El Sol desnudo

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El Sol desnudo


Por: Dr. Álvaro Pandiani

El escritor de ciencia ficción ruso – americano Isaac Asimov, ya fallecido, es autor de una novela publicada en la década del cincuenta del siglo XX, llamada El Sol desnudo. En esta narración Asimov imagina un grupo humano que ha colonizado un planeta lejano llamado Solaria, para luego constituirse en mundo políticamente independiente de la Tierra y de otros planetas colonizados por los humanos. Allí, los solarianos construyeron una nación con una cultura propia y peculiar. Uno de los rasgos más llamativos de su cultura es que, al mantener un estricto control de la natalidad para evitar la superpoblación de su mundo, los solarianos disponen de enormes extensiones de tierra deshabitada para ocupar, y esto los lleva a distanciarse progresivamente unos de otros, convirtiéndose poco a poco en ermitaños dueños de fincas enormes. El contacto interpersonal directo va siendo cada vez más escaso, lo que unido al desarrollo de un sistema de comunicación remota mediante un dispositivo electrónico tridimensional deriva en que, trescientos años después de su fundación, la sociedad de Solaria esté integrada por personas que sienten repugnancia y horror ante la idea de estar en la misma habitación con otra persona. Excepto el sexo para procrear, obligación que asumen con estremecimiento – y aquí es evidente que el autor no imaginó o no quiso introducir procedimientos de fecundación artificial – todos los tratos entre los solarianos se dan mediante visualización electrónica tridimensional, ya que estas personas, pese a ser compatriotas, no soportan la presencia de sus semejantes. El entramado social que da marco a la acción en El Sol desnudo contiene sutiles observaciones sobre el ser humano en comunidad, sus costumbres, virtudes, vicios y defectos, y sirve de ilustración para el ángulo desde el que queremos mirar hoy la comunidad global de cristianos, la Iglesia.

Uno de los momentos cumbre del relato evangélico se da cuando Jesús interroga a sus discípulos acerca de la identidad que las personas le atribuían, en razón de sus enseñanzas, pero sobre todo de sus milagros. “¿Quién dice la gente que soy yo?” es – más o menos – la pregunta que Jesús hace. Recuerdo bien la versión cinematográfica Jesús de Nazaret, del realizador italiano Franco Zeffirelli; en la escena que reproduce este diálogo, los discípulos responden: “Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas” (Mateo 16:14), riendo mientras contestan, como si la confusión o el error de la gente fuera motivo de risa. Si esto fue así en la realidad, la siguiente pregunta de Jesús debe haber borrado la sonrisa de sus caras: “y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Tras la memorable confesión de Pedro acerca del mesiazgo de Jesús – según éste, revelada por Dios el Padre a su discípulo – el Señor menciona por primera vez la Iglesia, su Iglesia, la cual Él edificaría, al punto que ni las mismas puertas del infierno se le resistirían.

Desde el comienzo de la era cristiana la Iglesia ha sido – y sigue siendo – eje y protagonista de la vida de incontables individuos a lo largo de los últimos dos mil años. Subterránea y perseguida en los primeros siglos del cristianismo, se codeó con los grandes y poderosos más tarde, para pasar a ser grande y poderosa, y luego dictatorial, perseguidora e intolerante. Conflictiva, contradictoria, inflexible, dogmática, renovada, vital y aún hoy pujante, esta institución religiosa, la Iglesia, fue prominente durante más de un milenio en la civilización occidental, y extendió su influencia a todo el mundo, impregnando casi todas – o todas – las culturas y naciones. La Iglesia es hoy artista de reparto, entre multitud de movimientos sociales, políticos, filosóficos, y también religiosos no cristianos, que pululan en las sociedades y naciones que fueron su baluarte histórico; pero un artista que se hace notar, que insiste en marcar presencia, que se presenta de pie y desafiante frente a aquellos que insisten en señalar que su tiempo ya pasó, que demuestra aspirar aún a los premios de la academia.

La Iglesia no es institución, no es empresa, no es organización, pero sí es organismo; la verdadera iglesia no es nada de aquello, pero sí es un cuerpo viviente formado por millones de células individuales, unidas entre sí por vínculos diversos, a veces diferentes – dolorosamente diferentes – de aquel que su fundador, Jesús, definió: “en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros” (Juan 13:35). La Iglesia no es el templo de madera, piedra, ladrillo o cemento donde los discípulos de Cristo se reúnen para adorar al Señor y tener comunión unos con otros. Es el conjunto de personas, la comunidad de fieles, el grupo de creyentes, que se reúne en un templo, pero también en una casa, una plaza, un bosque, o hasta en cementerios o catacumbas, como las primitivas comunidades cristianas en la Roma imperial. En este contexto, cada congregación, cada grupo de cristianos, pequeño, grande o multitudinario, es Iglesia, pues aún donde están dos o tres personas congregadas en el nombre de Jesús, fundador de la Iglesia, Él aseguró que estaría allí, “en medio de ellos” (Mateo 18:20).

Lo que ha sido así durante casi dos mil años, ¿puede cambiar definitivamente en esta era de globalización, comunicaciones instantáneas, internet y redes sociales? ¿Ha llegado el fin de la era de la Iglesia tal como la conocemos, para transformarse el cuerpo de creyentes en Cristo en una comunidad virtual, un grupo de WhatsApp, un conjunto de amigos en Facebook, que se ven las caras en Instagram o vía Skype, o la cuenta de Twitter de un predicador que registra un determinado número de seguidores? ¿Deberemos “adaptarnos” y “evolucionar”, cerrando templos y abriendo cuentas en redes sociales, para así reunirnos con otras personas, sobre todo, con tantos y tantos hermanos – muchos más de los que creemos, muchos más de los que los ateos desearían – que creen en Dios y creen en Jesucristo, y aman la Palabra de Dios, la Biblia, pero no van a la Iglesia? ¿Nos transformaremos en cristianos virtuales – miembros de iglesias virtuales – compartiendo fe, esperanza y amor con nuestros hermanos a través de la pantalla de una laptop, tablet, smartphone, u otro dispositivo por venir, pero perdiendo para siempre la calidez de un abrazo, la fortaleza anímica que ofrece un apretón de manos, la pureza de un beso fraterno? ¿Ya no más el compartir un mate o un café alrededor de una mesa de estudio bíblico, viendo y escuchando y sintiendo cerca nuestro a hermanos y hermanas que son a la vez amigos sinceros, y a quienes podemos considerar nuestra familia (a veces, nuestra única familia)?

¿Por qué hay tantos cristianos virtuales, que comparten la fe evangélica pero no la comunión eclesial? Muchos creyentes, que antes recurrían por ejemplo a la radio para escuchar un mensaje espiritual – pues sólo eso tenían – o si eran más privilegiados y tenían televisión por cable podían acceder a programas cristianos en determinados canales, hoy en día, además de la radio y la televisión, miran y escuchan a un predicador en Youtube, a la hora que prefieran, e interactúan con otros creyentes en los blogs de opinión de las páginas cristianas y en las redes sociales. De esa manera, desarrollan una sensación de pertenencia a una comunidad; una comunidad que es tan auténtica como los “amigos” de Facebook, que no son amigos, sino simples contactos en la pantalla de un monitor de computadora, con los que intercambiar fotos, videos, comentarios superfluos sobre cosas de la vida cotidiana, y raramente algo más trascendente. Una comunidad virtual cuya existencia depende del suministro de energía eléctrica, de la conexión a internet, de los pagos en fecha para que los servicios no sean cortados, y de tener solvencia económica para esos pagos; de todo eso, pero no del amor. Las disensiones internas, la hipocresía, los malos testimonios, el chismerío, la falta de amor y perdón, son ejemplo de las cosas que explican por qué algunos cristianos prefieren unirse a una comunidad virtual. Para sólo ver, o saber de los otros, a través de la pantalla de un dispositivo electrónico, el cual se puede apagar cuando el relacionamiento se pone difícil, tirante o áspero, para obtener de inmediato el asilamiento protector, la tranquilidad del ermitaño, que no tiene problemas con nadie porque no tiene a nadie cerca. Esto también se explica por la falta de paciencia y de disposición para ejercitar el amor, para “soportar con amor” (Efesios 4:2) las debilidades e impertinencias de los demás, así como los demás soportan las nuestras. Así, muchos de nuestros hermanos en la fe terminan pareciéndose a los solarianos que imaginó Asimov – el cual, por cierto, no era creyente – unos individuos solitarios, rodeados de soledad, que evitaban a toda costa el contacto con sus semejantes, y sólo admitían verlos a través de la pantalla tridimensional de un aparato electrónico de comunicación.

A veces, tristemente, también la ausencia de decisión y compromiso con el Señor y con su obra explica esta tendencia a quedarse en casa, encerrado y solo, viviendo la experiencia de fe comunitaria a través de una laptop, de una tablet, o de un teléfono inteligente. Es que, después de todo, no es fácil oír que te digan cosas como: “el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo”, “cualquiera de vosotros que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:27, 33). Pero es el único camino. Seguro que la mente infinita de Dios previó hasta dónde podía y puede llevarnos el desarrollo científico y tecnológico, pero también es seguro que no está en su plan que sus hijos, los discípulos de Jesucristo hoy, sean cristianos virtuales, distanciados entre sí, solos, rodeados de la inmensidad de un mundo en el que no hay cerca ni rostros amigables ni voces de aliento, ni amigos comprometidos por el amor en su forma más excelsa; solamente personas que dicen ser “hermanos”, al otro lado de una pantalla electrónica. El plan no ha cambiado; Jesús dijo: “edificaré mi iglesia” (Mateo16:18). Iglesia es asamblea, es congregación; es decir, es comunidad, es agrupación de personas, es reunión, no desunión, disgregación, dispersión, ruptura y cisma. La Iglesia es un cuerpo de personas que están juntas y se ven, se oyen, se tocan y hasta se huelen unas a otras, pero sobre todo, se mantienen unidas en fe y amor, y constituyen una comunidad de amor, en la que el ideal es aquel amor que Cristo demostró por nosotros: entrega, y sacrificio.

Una de las cosas que repugnaba a los solarianos de la novela de Asimov era olerse. Estar juntos les era repulsivo, compartir un mismo techo constituía una procacidad. A propósito de esto, recuerdo una anciana indigente que se congregaba en la iglesia en la que transcurrí mis primeros años como cristiano evangélico, en mi juventud. Esta persona provenía de un medio socio económico muy deficitario, y sus hábitos de higiene personal eran sumamente deficitarios también; su hedor era proverbial, y motivo de comentario frecuente entre la gente. Un día, durante la oración, quien conducía la reunión sugirió que cada uno se aproximara a quien tuviera cerca para orar juntos. Yo la tenía cerca, así que me armé de valor – de mucho valor – y me acerqué para hacer oración por ella, y luego la abracé. Hasta el día de hoy recuerdo sus lágrimas de incredulidad, y agradecimiento. Ni el mal olor, ni el mal testimonio, ni las peleas y discusiones, ni la hipocresía y el cinismo con que podamos encontrarnos en aquellos que dicen ser cristianos, son ni serán nunca más fuertes que el amor, el amor como el que Cristo demostró, muriendo en una cruz por cada uno y cada una, para edificar su Iglesia, la congregación de los que fueron llamados a estar juntos, como hermanos, unidos por el amor fraternal.

* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario.

1 Comment

  1. elrusoperes dice:

    La psicoperapeuta estadunidense Elisabeth J. LaMotte cree que para mucha gente hoy en día el decir adiós o acabar con una relación es incómodo y lo evitamos en muchas esferas, particularmente en el campo del amor.
    Pasamos mucho tiempo socializando a través de las nuevas tecnologías y compartiendo nuestra vida privada en las redes sociales y cada vez nos sentimos más incómodos con el contacto interpersonal, aseguró LaMotte en entrevista con BBC Mundo.
    (http://www.msn.com/es-xl/estilo-de-vida/relaciones/ghosting-la-forma-m%C3%A1s-cruel-de-terminar-una-relaci%C3%B3n/ar-BBnuBOD?li=AAgh0dF&ocid=spartanntp)

    ¿VAMOS CAMINO A SER SOLARIANOS?

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