La Vejez y el sufrimiento – Cómo enfrentar el dolor

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La Vejez y el sufrimiento – Cómo enfrentar el dolor

De la sección “Renovando el Espíritu” del programa “Los años no vienen solos”.

Escuche aquí el programa:

SER ANCIANO implica haber vivido una prolongada existencia, encontrarse al final de un largo viaje, quizá demasiado cansado.

No puede concebirse la vejez como una época fácil de nuestra vida. A los trabajos propios del peregrinaje sobre la tierra  se suman la progresiva pérdida de fuerzas, la inercia de cuanto se ha obrado anteriormente, los característicos achaques de la vejez contra los que es necesario luchar y los inconvenientes que plantea este siglo nuestro tan inhumano. Es inevitable envejecer; pero si a eso le sumamos dolores y sufrimientos extraordinarios necesitaremos una dosis muy abundante de la gracia de Dios para sobrellevar la vejez.

 Por ello, la vejez  puede ser también tiempo de naufragios. No es sólo un naufragio de las fuerzas físicas o una disminución paulatina de la inteligencia y la voluntad. Digamos que en la vejez puede revelarse con todas sus fuerzas —y sin piadosas vendas que lo oculten—el naufragio de toda una vida.

 No se puede olvidar que la ancianidad pertenece todavía al tiempo del peregrinaje terreno.  E1 hombre no es fruto del azar. Su misma estructura material ha sido delineada por la sabiduría amorosa del Creador;  Dios le infundió un alma inmortal, capaz de conocer y de amar trascendiendo lo efímero, capaz de desear una vida y un amor eternos.

La misma debilidad de la vejez es su mayor fuerza. Lejanos ya los sueños de la adolescencia y los delirios de la juventud, el anciano puede enfrentarse a la verdad con una sobriedad y con un realismo superiores a los de las demás épocas de la vida. Se hace así más fácil descubrir con una nueva nitidez lo que es importante y lo que es intrascendente, distinguir lo fugaz de lo que permanece. La ancianidad pertenece al ciclo vital humano, nos prepara para el encuentro definitivo con Dios. E1 dolor, la soledad, la sensación de impotencia, se convierten muchas veces en imprescindible colirio para curar los ojos del alma y abrirlos a las realidades trascendentes. También la ancianidad está bajo la mano providente y amorosa de nuestro Padre Dios.

La medicina divina es eficiente, pero el hombre sigue siendo hombre y libre: puede no aprovecharla. Es posible que quien naufragó a lo largo de toda su vida naufrague también en esta última época, ya cercana la última batalla entre el pecado y Dios, en que se juega la suerte eterna. El proceso de involución, que se inició con el primer pecado y que ha podido irse acelerando —generalmente por la pereza y la soberbia—, puede seguir avanzando, y la egolatría terminar en un lamento estéril por el ídolo caído de la juventud. Se avanzaría así, casi inexorablemente, hacia el endurecimiento total del corazón, precursor de una eternidad sin Dios. Y es que la ancianidad, como toda época de la vida, puede ser bien vivida o mal vivida; pero es una época aunque fatigosa, en la que Dios nos espera, nos asiste, llama a la puerta de nuestro corazón, y en la que tiene más importancia de lo que a veces sospechamos la respuesta de nuestras libres decisiones.

No es la vejez una época vacía o inútil. Es época de lucha, de heroísmo, de santidad. A pesar de la decadencia física, la gracia de Dios rejuvenece el alma con fuerzas sobrenaturales.

2ª Corintios 4:  16 Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día.

17 Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria;

18 no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.

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