Las huellas de un padre

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5 Julio 2017
Lecciones para la vida – 16
5 Julio 2017

Las huellas de un padre


Parte 1:

Parte 2:

Ante una nueva celebración anual del día del padre, queremos llamar la atención al costo social y personal de la ausencia de esta figura parental en la vida de los hijos.

Millones de niños en el siglo XXI crecen sin la presencia del padre, no por situaciones extremas como guerras que otrora diezmaban la población masculina de una comunidad, sino por decisiones personales de sus progenitores. Algunos por separación o divorcio; otros porque se desentendieron de entrada  de su responsabilidad, y en no pocos casos, porque sus parejas les impiden acercarse a sus hijos en represalia por la ruptura sentimental u otras problemáticas (excluyendo obviamente la violencia). Esto deja huellas negativas imborrables en los hijos.

Por ello, nos proponemos reflexionar juntos sobre la importancia de la presencia física del padre en la vida de sus criaturas, en pro del desarrollo saludable de éstas a nivel psíquico, emocional y social.

Sabemos que las funciones de padre y madre son distintas, complementarias e igualmente necesarias, dada la contribución específica de cada uno al desarrollo del niño en lo personal, familiar y social.

La ausencia del padre por abandono de la familia (paternidad irresponsable) o como represalia de una madre hacia su ex pareja, es muy grave para la personalidad del hijo y muy difícil de suplir. De allí que la crianza sin padre derive en múltiples problemas sociales.

Algunos opinan que los efectos negativos son menores según cual sea la edad del hijo/a al separarse del padre. A mayor edad, sería menor el impacto pues el niño ya tendría una moral conformada y habría estado expuesto ya cierto tiempo al ejemplo y autoridad paterna.

Pero la realidad muestra que cuando un adolescente o un joven es privado de la convivencia con su padre (salvo caso de fallecimiento o antecedente de violencia) entrará en una fase conflictiva de su existencia.

Las huellas positivas de la función paterna en la vida de los hijos incluyen, en primer lugar, oficiar de sostén y respaldo emocional para la madre, a la vez que ejercer el liderazgo familiar (1 Timoteo3:4), ser forjador de identidad y modelo de conducta.

Un padre es un agente de contención para su núcleo familiar y además le compete la tarea de introducir las nociones de disciplina y límites en la mente del hijo/a.

También, es quien aporta al niño/a una visión objetiva la realidad (en las mujeres prima lo subjetivo) y prepara al hijo/a para las demandas del mundo exterior (sacrificio, esfuerzo, metas). A través del padre los niños se abren más fácilmente al mundo. Por el contrario, las madres fomentan el apego y la vida intra-familiar del chico.

Aunque la madre trabaje, un padre seguirá oficiando de soporte material familiar. De hecho, es mayor la pobreza en hogares liderados por madres solteras, lo que se ha dado en llamar la  “feminización de la pobreza”.

Cada papá es un aportante de “capital social” a sus criaturas, través del mundo del trabajo, la política y la familia extensa paterna. No nos referimos al capital económico sino algo intangible, como pueden ser sus contactos, relaciones sociales, saberes que él puede facilitar  al niño o joven y que le serán útiles para abrirse paso en la vida.

La presencia activa, participativa y comprometida del padre junto al niño le dará seguridad y le facilitará la percepción del mundo como un ambiente medianamente seguro.

La capacidad del padre para establecer límites firmes brinda protección.

Asimismo, como pareja de la mamá,  el hombre  es quien interrumpe el eventual vínculo edípico y el apego emocional excesivo del niño con su madre, fomentando así una afectividad equilibrada en ambos.

Pero en este siglo XXI hemos debido asumir drásticos cambios de la estructura familiar, que suponen a menudo, la ausencia del progenitor varón.

Por ello es preciso advertir que los “niños huérfanos de padres vivos” se ven afectados en alguna o varias de las diversas áreas del desarrollo: autoestima, identidad, seguridad, rendimiento educativo, relaciones interpersonales y madurez emocional.

De las huellas negativas o vacíos que promueve la ausencia del papá en la vida de las criaturas, mencionamos en primer término el desarrollo de una autoestima pobre o negativa a raíz del desinterés o abandono paterno. El concepto que cada uno tiene de sí mismo se forja y se nutre en la infancia a partir del trato que recibimos y el lugar de atención y respeto que nuestros referentes más próximos nos dispensan.

Abandonar a la esposa supone dejar a los niños al resguardo de una mujer “fragilizada”, desbordada y con dificultad para fijar reglas estrictas. Ello deriva en que tales madres no lograrán trasmitir seguridad a sus hijos.

En el caso del varón, sufrirá por la falta de reafirmación del padre ausente. Podría gestarse entonces, un vacío de identificación masculina y un posible fracaso en desarrollar cualidades agresivas (Lebovici) y a futuro, dificultad para asumir un rol paterno.

Suele ocurrir que el hijo varón al ir creciendo llegue a fungir como “padre”, asumiendo un rol que no debe y le perjudica. Pueden observarse madres que comparten con su hijo, aún niño o adolescente, la carga del hogar, los problemas económicos o personales de ella, sin  darse cuenta que tal peso es excesivo para el psiquismo infantil.

En el caso de la hija mujer, puede surgir un sentimiento de inferioridad por la falta de aceptación paterna (real o imaginaria). El padre es para la hija la primera figura masculina significativa en su vida e influenciará la opinión que a futuro ella tenga sobre los hombres.

Como lo expresa H. Norman Wright (1991), “Los padres ejercen una influencia primordial sobre el destino emocional de la mujer”.

La hija puede embarcarse en una búsqueda del padre ideal, en otras relaciones que configurará promiscuamente o a través de dependencias patológicas. Muchas hijas “huérfanas de padres vivos” procuran tempranamente parejas que las contengan y valoricen en sustitución de su papá.

Es frecuente observar la afectación del rendimiento educacional, que se expresa en bajas calificaciones, deserción escolar o expulsión de instituciones educativas, amén de dificultades de relación con sus compañeros.

Puede verse afectado también, el desarrollo de la inteligencia emocional del hijo o hija, lo que se traducirá en una escasa capacidad de enfrentar adversidades, debido a una baja tolerancia a la frustración.

Podrían observarse trastornos del comportamiento (indisciplina) que en casos extremos requieran el ingreso a centros de detención juvenil. Esto obedece a que un padre incide más que una madre en la evitación de conductas delictivas y antisociales, ayudando a incorporar tempranamente normas y límites en la mente de los menores a su cargo.

Los chicos criados sin padre se exponen más frecuentemente a experimentar estados mentales patológicos, como una sensación de vacío, agresividad por la dificultad de modular sus interacciones violentas, aislamiento, resentimiento, inseguridad al sentir que no es suficientemente importante para que el padre se quede junto a él o ella.

Al llegar a la adolescencia podrían aparecer síntomas depresivos y a veces intentos de suicidio.

 

Es difícil entender como tantos varones rechazan o esquivan asumir su paternidad y desarrollar las tareas inherentes, cuando se trata de una de las funciones más nobles que un hombre pueda experimentar. El título de padre supera en honor y trascendencia a cualquier otro que un varón pueda detentar en nuestra cultura en el plano profesional, comercial o político (gerente, empresario, profesor, presidente de un país, etc.).

A lo largo de todo el relato bíblico la paternidad y sus funciones son resaltadas permanentemente, al punto que el Dios creador de todo el universo se identifica como un padre en la relación con su pueblo:

“Porque el Señor corrige a quien él ama, como un padre corrige a su hijo”. (Proverbios 3:12)

“El Señor es con los que le honran, tan tierno como un padre con sus hijos”. (Salmos 103:13)

“Miren cuánto nos ama Dios el Padre, que se nos puede llamar hijos de Dios”. (1 Juan 3:1)

“…ora a  tu Padre en secreto. Y tu Padre que ve en lo secreto, te dará tu premio”. (Mateo 6:6)

 “Más ahora, oh Señor, tú eres nuestro Padre, nosotros el barro, y Tú nuestro alfarero; obra de tus manos somos todos nosotros”. (Isaías 34:8)

“Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden?” Mateo 7:11

En todas estas citas bíblicas, se destaca la actuación del padre como quien disciplina, corrige, provee, protege y lidera.

Es comprensible que a muchos hombres jóvenes que engendran hijos les asuste la idea de ser padres. Pero una vez que contribuyeron a procrear un ser humano y éste nace, la responsabilidad es irrevocable, y en todo caso deberían invocar el auxilio de Dios para cumplirla.

Ninguna madre puede reemplazar cabalmente a un padre, aunque hay madres que realizan un esfuerzo sobrehumano para lograrlo.

Cuando una pareja parental decide separarse, la custodia compartida, bien armonizada, podrá mitigar parcialmente el vacío de un padre.  

Reconocemos que la figura y el rol del padre en la familia obedecen al diseño perfecto de Dios para el bien de la raza humana.

Y ante la ausencia forzada de la figura paterna, creemos que sólo Dios puede llenar tal vacío y sanar las heridas causadas por el abandono parental.

Todo varón, como jefe de hogar, está llamado a ser imagen o semblanza de Dios.

 

1 Comment

  1. Olga Villamarin de Viafara dice:

    Todo hijo necesita de sus dos padres para mlldear sanamente su kdentidad. Debemos enfatizar, y resaltar la importante labor del padre como lider, protector, provvedor y quien imprime el sentido de valor en la identidad de cada hijo. Extraordinario articulo ! Gracias por aportar al buen entendimkentomde la familia cristiana y permitirnos argumentos para la solidez del hogar formadompo hombre-mujer

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