El colapso evangélico – 2

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El colapso evangélico – 2

Por: Dr. Álvaro Pandiani* 

La introducción del artículo El próximo colapso evangélico de Michael Spencer, que hoy sí comenzamos a comentar, contiene afirmaciones de largo alcance y mucho peso; afirmaciones proféticas en su forma, que no obstante se fundamentan no en revelaciones proféticas, reales o supuestas, sino en una observación atenta del curso de los acontecimientos y tendencias, en lo social y religioso, en occidente.

Lo que aparece como subtítulo ya es muy sugestivo del tenor general del artículo:

            Un capítulo anti-cristiano en la historia occidental está a punto de comenzar.

La idea de un occidente anticristiano puede sonar casi apocalíptica para quién mira la historia de esa región del mundo, pues occidente, entendido como la Europa occidental y las naciones nacidas en tierras colonizadas por las potencias europeas, y herederas del legado religioso de éstas, ha sido históricamente un baluarte del cristianismo. Sin embargo, no fue sino en el occidente cristiano donde surgieron los peores ataques a la fe cristiana, tales como el racionalismo del siglo 18, el positivismo científico, el marxismo y el liberalismo intelectual del siglo 19, todo lo que favoreció una progresiva descristianización y secularización de las sociedades occidentales, fomentando en las mismas la indiferencia y la pérdida de la fe religiosa. A tal punto que, ya desde hace muchos años, es pertinente hablar de un occidente post cristiano (yo lo vengo haciendo desde la década del noventa del siglo 20). Otra manera de decirlo es que occidente ha incurrido en una gran apostasía, y resulta significativo en este sentido que reconocidos líderes del cristianismo evangélico, también desde hace años están llamando a una re-evangelización, tanto de Europa como de Estados Unidos. En este escenario, no es descabellado imaginar un occidente revolviéndose contra el cristianismo, y eso afirma Spencer, cuando expresa que los evangélicos: vivirán en un siglo XXI muy secular y religiosamente antagónico. Un poco antes manifiesta que dentro de dos generaciones, el evangelicalismo será una casa abandonada por la mitad de sus ocupantes. Y ese concepto, evangelicalismo, merece ser definido, pues nosotros no lo usamos habitualmente. Dice en el Diccionario de Historia de la Iglesia (Editorial Caribe, Nashville, TN. 1989. Pág.422) que evangelicalismo es un término utilizado para “describir el movimiento internacional comprometido con la comprensión del evangelio por el protestantismo histórico”; un poco más adelante agrega “destaca la entrega personal y la aceptación de la Biblia como la base de la autoridad”. Por lo tanto, el término designa en realidad al movimiento evangélico, y por extensión, a la cristiandad evangélica.

Volviendo al punto anterior, el autor expresa casi enseguida algo que sí puede sonarnos conocido: La intolerancia hacia el cristianismo se elevará a niveles que muchos de nosotros no creía fuera posible ver en nuestras vidas, y la política pública llegará a ser hostil hacia el cristianismo evangélico, viéndolo como el oponente del bien común. Aunque nos parezca imposible que estas cosas sucedan en el baluarte del protestantismo, no debemos olvidar que Estados Unidos es un país en el que, por ejemplo, hace mucho está legalizado el aborto. La mención de este crimen nos trae a lo que en nuestro país ha sido la vertiginosa legislación en cuanto al aborto, perspectiva de género y homosexualidad, unión concubinaria, todos temas que hemos tratado, y que han constituido un ataque frontal a la institución del matrimonio y la familia, según los parámetros de la moral y doctrina cristiana. Aquí debemos aclarar que no solo los evangélicos sino también la Iglesia Católica Romana, acérrima opositora de estos dislates morales de nuestros legisladores, ha sido denostada por estos “defensores oficiales” del (supuesto) bien común. Así que, efectivamente, esto aplica en nuestro país.

Spencer sigue diciendo: Millones de Evangélicos renunciarán. Miles de ministerios finalizarán. Los medios de comunicación cristianos serán reducidos, si no eliminados. Muchas escuelas cristianas irán en rápido declive… el fin del evangelicalismo tal como lo conocemos está cerca. Es realmente difícil comentar afirmaciones tan contundentes y dramáticas, tan proféticas en apariencia, aunque el autor insiste en que no es profeta ni reclama que su punto de vista sea visto como autoritativo o infalible. En ese sentido, Spencer se aleja de aquellos que, arrebatos místicos por medio, pretenden haber sido llamados a un ministerio profético sobrenatural, y que tanto tienen que ver con esta pronosticada debacle del cristianismo evangélico. En pocas palabras, el autor vaticina la apostasía de muchos que hoy se consideran evangélicos, el cierre de organizaciones eclesiásticas y paraeclesiásticas por medio de las cuales los evangélicos sirven a Dios, a la Iglesia y la sociedad, la limitación (oficialmente impuesta, suponemos) de la comunicación del evangelio y los valores cristianos, y el menoscabo de la educación cristiana; en suma, un escenario escatológico de desaparición de las Iglesias Evangélicas. Seguramente, una realidad que más de un recalcitrante, ateo y enemigo del cristianismo saludaría alborozado, tal vez hasta descorchando botellas de champagne para festejar; pero una realidad calamitosa para todos aquellos que vemos en el cristianismo evangélico la forma de predicar y vivir la fe en Jesucristo, llevando al mundo la luz espiritual que se encendió hace veinte siglos en Palestina. Y Spencer se pregunta: ¿Por qué es que va a pasar esto? Eso es lo que veremos a continuación.

De la serie de razones que Michael Spencer da como probables causas del colapso evangélico (siete en total), vamos a tomar por cuestión de espacio solo tres, y aún de estas sola una parte, para intentar comentarlas y ver si aplican a nuestra situación actual.

Primero, el autor dice que la inversión evangélica en temas de la moral, lo social y lo político ha agotado nuestros recursos y expuesto nuestras debilidades. Estar contra el matrimonio gay y ser retóricamente pro-vida no logrará compensar el hecho de que la gran mayorías de los evangélicos no pueden articular el Evangelio siquiera con algo de coherencia. Aunque quizás en menor escala y más tímidamente, también aquí en nuestro país los evangélicos hemos tenido cada vez más participación en asuntos sociales, de moralidad pública y de política, incluso política partidaria; en el último año electoral inclusive desde esta columna comentamos varias veces ese fenómeno. Los evangélicos hemos clamado contra la corrupción; hemos protestado públicamente por varios aspectos de la legislación que nos parecen francamente inmorales, por supuesto que casi sin que se nos prestara atención; hemos visto también el apoyo público prestado a candidatos políticos de diferente pelo por varios líderes evangélicos, siendo testigos de cómo dichos líderes desoían olímpicamente las recomendaciones de organizaciones evangélicas multidenominacionales y representativas, que aconsejaban no inmiscuirse en política partidaria. Nuestra tradicional incapacidad para ponernos de acuerdo se hizo pública en dicho escenario, en el cual los principales líderes evangélicos hicieron uso del derecho a hacer lo que bien les parecía, y de este modo nuestras diferencias se volvieron más notorias. Lo que Spencer dice a continuación también aplica. Hemos levantado la voz, insistiendo en que la Biblia condena la homosexualidad y el aborto, aunque ni siquiera en eso los protestantes uruguayos hemos podido presentar un frente monolítico. En cuanto a que la gran mayoría de los evangélicos no articulan el evangelio de un modo coherente… bien, si se refiere a armonizar palabra con conducta diaria, investigar el testimonio de la mayoría de quienes se sientan cada domingo en las bancas de una iglesia evangélica, bien que no tenemos derecho a hacerlo (pues no estamos puestos para ser jueces), podría traernos desagradables sorpresas; o no. Si se refiere a hacer una presentación intelectualmente coherente de nuestra fe al mundo, debemos reconocer que la afirmación de Spencer también se corresponde con nuestra realidad. Desde el momento en que los testimonios personales sustituyen al estudio detenido de la Palabra de Dios en la predicación de las iglesias, o que ésta apunta más a las emociones y el bienestar afectivo de los feligreses, antes que a su comprensión de cuáles son las bases doctrinales de la fe cristiana, es muy difícil que dichos feligreses estén en condiciones de exponer con fundamento las razones de su fe. Podríamos decir que no estamos siguiendo fielmente la recomendación del apóstol Pedro: “estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15); pues si nos demandan razón de nuestra esperanza, deberíamos estar preparados para presentar nuestra fe en forma razonable (es decir, sensata, lógica, coherente).

En segundo lugar, el autor afirma hemos fallado en transmitir a nuestros jóvenes una forma ortodoxa de la fe que pueda echar raíces y sobrevivir los ataques seculares. Los ministerios juveniles, música cristiana, edición y publicación, y medios de comunicación, han producido una cultura de jóvenes cristianos que saben casi nada acerca de su propia fe, salvo cómo se sienten acerca de ella. En esta aseveración merece destacarse lo que Spencer llama una falla en la transmisión (o sea, transferencia, comunicación, enseñanza) de una fe ortodoxa; lo de ortodoxo debemos interpretarlo como algo sólidamente basado en la Biblia como Palabra de Dios, única regla de fe y conducta, según como es aceptado por el cristianismo evangélico. Una enseñanza de la doctrina cristiana fundamentada en la Biblia es lo que puede hacer que los creyentes crezcan en la fe firmemente arraigados en Cristo como la roca, contra la cual pueden chocar cuantos ríos embravecidos de cambios sociales y culturales se quiera, que no serán movidos de sus convicciones. El autor menciona actividades estructuradas dirigidas específicamente a los jóvenes, con fines evangelísticos y de consolidación de la decisión de seguir a Cristo, suponemos, tales como música, literatura, y emprendimientos juveniles de otro tipo (¿retiros y campamentos, por ejemplo?), todo lo cual les dio como resultado que los jóvenes no sepan casi nada de la fe (doctrina cristiana). En relación a esto hay dos afirmaciones lapidarias: nuestros jóvenes no saben por qué deberían obedecer a la Escritura, lo esencial de la teología, o la experiencia de la disciplina espiritual y la vida en comunidad; y también las generaciones venideras de los cristianos van a ser monumentalmente ignorantes y  sin preparación para resistir la presión de la cultura actual. La presión de la cultura actual se resistirá, como dijimos, de la misma manera que se resistió siempre a lo largo de la historia: con una base sólida para la fe, que produzca convicciones inamovibles por más violentos que sean los vaivenes ideológicos y filosóficos que se turnen para ponerse de moda en las sociedades modernas. Si unimos eso a una aseveración previa que habla de jóvenes cristianos que saben casi nada acerca de su propia fe, salvo cómo se sienten acerca de ella, la conclusión es que el contenido de la fe que se ha trasmitido a los jóvenes ha sido predominantemente  emocional y afectivo, apuntando a un bienestar específico actual, sin las nociones mínimas necesarias (teología, disciplina espiritual, vida en comunidad) para comprender cabalmente y abrazar de corazón las enseñanzas de Jesús y los apóstoles, y así volverse un genuino discípulo de Cristo.

Se vincula con esto, y refuerza lo dicho, otra cosa de la que el autor habla, y aquí vamos al tercer punto que comentaremos brevemente hoy, al referirse a la gran incapacidad para transmitirle a nuestros hijos una confianza evangélica vital en la Biblia y la importancia de la fe. Es decir, que la ignorancia de la nueva generación de cristianos acerca de los principios de la Palabra de Dios, y el carácter endeble y frágil de su profesión de fe por Cristo, parten de una mala estrategia de la generación anterior; de los padres, de los pastores, de los líderes, de los maestros. La predicación del evangelio se ha visto enrarecida, diluida o contaminada por novedades, modas e ideas nuevas, bien que piadosas en apariencia, y el resultado no fue un pueblo evangélico espiritualmente saludable.

Vamos a dejar que cada uno reflexione en qué medida todo esto se aplica a nuestra realidad evangélica hoy; en la próxima entrega continuaremos comentando este artículo.

* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario.

 

4 Comments

  1. Estela de Uruguay dice:

    Fui educada en un colegio católico, y desde que tengo uso de razón creo en Dios porque me crié con una tía-abuela que siempre asistía a una capilla cerca de mi casa. Ella fue la primera en inculcarme la piedad y el amor hacia mis hermanos, animales y plantas, y el respeto y la fe hacia Dios y Jesús. Desde la adolescencia (tengo 50 años) inicié una búsqueda constante para sentirme más cerca de Dios. Hace poco le pedí a Él que reforzara mi fe, no es que no la tuviera, pero quería que fuera más grande, entonces comenzaron a sucederse algunas cosas que afirmaron mi fe, una de ellas fue encontrar ésta estación de radio a ésta hora, ¡jamás escuchaba radio! pero una noche sucedió y estoy maravillada y agradecida porque estoy comprendiendo como nunca las Sagradas Escrituras. ¡Cuánta Luz encontré en sus voces! ¿Católica dirán y escuchando a evangelistas? y yo les digo ¿Acaso no es el mismo Dios? En cuanto a la razón de porqué les escribo es la siguiente: Con el mayor respeto ¿Porqué temen por su perpetuidad? Un señor publicó un artículo sobre el colapso evangélico ¿y ustedes temen? Porque eso es lo que dejan ver cuando los escucho, y si temen es porque dudan. ¿Qué es más importante, la obra evangélica basada en la fe que se alimenta de la Palabra de Dios, o las dudas de éste señor fundadas en los argumentos de una sociedad que se descompone y equivoca sus caminos porque su dios es el dinero? Para ellos es Mateo 13 : 14-15 Tampoco debemos ser como Pedro en Mateo 14 : 29-31 Me disculpo si parezco impertinente y tal vez no entendí el concepto de sus comentarios, pero la fe que mueve montañas es la que se tiene sin dudar nada.

  2. los escucho a diario quiero agregar debemos profundizar y sobre este colapso y orar x un verdadero avivamiento

  3. muy bueno el comentario,estoy de acuerdo con maria,felicitaciones a los programas q emite radio transmundial xla verdadera predicacion como debe ser bendiciones.

  4. Maria dice:

    Hola mi nombre es Maria Delia tengo 76 años hace 40 años me entrege a Cristo y siempre los escucho, el martes hablando del colapso evangelico,pienso como cristiana que si es posible el colapso evangelico porque solo hay que ver las iglesias evangelicas y las predicaciones sin profundidad y como que las iglesias se estan adaptando al mundo, un pie adentro de la iglesia y otro afuera en el mundo y como persona mayor hija de Dios sabiendo y conociendo que los tiempos cada vez van a ser peor, se debiera predicar mas sobre la venida de Cristo y como prepararnos porque el servicio a Dios esta afuera de las iglesias y buscando las Almas perdidas,por tanto no se esta haciendo lo que Dios mando,lo felicito por el programa y la informacion que nos brinda. Dios le de sabiduria y los bendiga.

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