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¿500 años de qué?


Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Fue hace 25 años; el año, 1992. Se cumplía el quinto centenario del descubrimiento de América por Cristóbal Colón, y al cruce de las celebraciones – o al menos, conmemoraciones – que en España y América estaban en marcha, surgió la expresión ¿500 años de qué? Y surgió como una respuesta, una crítica y una protesta contra lo que representó, para los pueblos indígenas de las Américas, todo el proceso de conquista y colonización de nuestro continente por parte de las potencias europeas de aquel entonces; particularmente España, Portugal e Inglaterra. Con esa expresión, colectivos enteros parecían decir: ¿qué hay para celebrar? ¿qué hay para evocar y rememorar en la conquista europea de América? Y la historia, con la contundencia cruel de los hechos, les daba la razón. Por supuesto, también podríamos preguntarnos qué habría ocurrido si los europeos nunca hubieran cruzado el océano Atlántico ni colonizado América. Indudablemente, sería un mundo muy diferente, en el que tal vez muchas atrocidades nunca habrían sucedido; pero quizás, otras habrían sobrevenido. La pregunta es: ¿habría sido posible que, por otros quinientos años y hasta el momento actual, el Viejo Mundo y el Nuevo Mundo se mantuvieran aislados? ¿Las corrientes de la historia, discurriendo por otros caminos, no nos habrían llevado de todos modos a la globalización que actualmente vivimos, y que disfrutamos o padecemos, según el color del cristal con que se mire? La especulación no tiene mucho sentido. Pero valga el ejemplo como ilustración y para traer a colación otro quinto centenario que este mismo año muchas personas, en distintas partes del mundo, están recordando, y también celebrando: la Reforma Protestante del siglo 16.

La Reforma Protestante constituye un capítulo fundamental en la historia del cristianismo – tanto católico como evangélico – y por extensión en la historia de la civilización occidental. Hace algunos años le dedicamos una columna, que se tituló Tras las tinieblas, la luz; de esa columna vamos a extraer un par de párrafos, breves pero importantes para ponernos en contexto de aquello de lo cual queremos hablar. Primero, acerca de la fecha considerada el Día de la Reforma: El 31 de octubre de 1517 Martín Lutero clavó las noventa y cinco tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg, principalmente como un modo de llevar a debate teológico la doctrina subyacente en la venta de indulgencias, medio con el que el pontífice romano esperaba financiar la culminación de la Basílica de San Pedro en Roma. Ese debate teológico sobre una doctrina fundamental para el cristianismo, el perdón de los pecados y la salvación eterna, condujo no sólo a Martín Lutero, sino también a otros reformadores, a redescubrir la Biblia. Y de la lectura del Nuevo Testamento surgió ese regreso a las Sagradas Escrituras, y a doctrinas virtualmente olvidadas; justamente esas doctrinas que hacen peculiar al cristianismo, en cuanto a la relación del ser humano con Dios y cómo aquel se justifica delante del Creador. Es decir, cómo el ser humano, alejado y alienado de Dios por causa de su pecado y maldad, puede alcanzar el perdón y la salvación. Al respecto de esto decíamos en aquella oportunidad: Los principios doctrinales que identificarían la teología protestante a partir de entonces: sola fide, sola gratia, sola scriptura, nos dan la pauta de cuáles eran sus doctrinas acerca de la salvación del pecador perdido. Muy resumidamente, porque esto tampoco es un artículo teológico, sola fide o sólo por la fe en Cristo, y en ningún otro, el pecador recibe el perdón de sus pecados; sola fide también puede entenderse como salvación sólo por la fe, y no por las obras (buenas obras de caridad, penitencia, etc.) tal como la Iglesia Católica enseñaba; en este caso se superpone con la siguiente afirmación, sola gratia o sólo por la gracia (el favor no merecido, la bendición no ganada por ningún medio al alcance humano) de Dios, el pecador es perdonado, salvo y redimido de la condenación. Y, por último, sola scriptura o sólo las Sagradas Escrituras de la Biblia constituyen la Palabra de Dios divinamente inspirada, y por lo tanto revestidas de autoridad de lo alto para ser guía de fe y conducta para el cristiano. Es imposible condensar en pocas palabras la enorme producción intelectual, doctrinal y espiritual cristiana de los reformadores del siglo 16, pero valga este pequeñísimo resumen de las doctrinas fundamentales que movieron en primer lugar a Lutero, y luego a muchos otros, a enfrentar la ira de la Iglesia oficial, la excomunión y la entrega al brazo secular – es decir, a la fuerza policial del gobierno civil del momento – para ser condenados como herejes; condena que en la mayoría de los casos derivaba en la ejecución en la hoguera, como antes había ocurrido durante cientos de años con muchos que se habían atrevido a discrepar con las enseñanzas de la Iglesia Católica.

¿Por qué lo hicieron? ¿Por qué aquellas personas desafiaron una Institución tan poderosa como la Iglesia de Roma, cuya hegemonía espiritual y política sobre toda Europa se había extendido, ya en aquel momento, más de mil años? A juzgar por lo que ellos mismos predicaron y trasmitieron en sus enseñanzas, lo hicieron por la profunda convicción de haber encontrado en la Palabra de Dios un tesoro espiritual, una revelación celestial, y una promesa eterna, que no sólo sobrepujaba cualquier peligro para sus vidas en el tiempo presente, sino que además debía darse a conocer a toda la masa del pueblo.  Un pueblo que continuaba en la ignorancia acerca de las bendiciones espirituales contenidas en la Palabra de Dios, al alcance de la fe de cualquier persona, sin necesidad de la intermediación de sacerdote alguno; ignorancia impuesta por una religión cuyos contenidos habían degenerado. El evangelio original debía ser rescatado para el pueblo, para el hombre y la mujer de la calle, para los pobres y la gente sencilla, cuyas conciencias  eran adormecidas por promesas de un mundo sobrenatural y una vida futura; promesas que ni siquiera tenían base en la Palabra de Dios, sino en elucubraciones teológicas elevadas a la categoría de dogma, dadas a luz por pensadores a lo largo de los siglos – pero sin fundamento en la Biblia – cuando no en leyendas paganas con maquillaje piadoso, y supersticiones absurdas.

En ocasión de compartir la columna Tras las tinieblas, la luz recibimos varios comentarios de oyentes, algunos de los cuales resultaron interesantes y llamativos por su tenor, pues vincularon fe individual, iglesia actual y doctrina de la Reforma. Como hemos hecho en otras oportunidades, vamos a considerar esos comentarios, haciendo algunas observaciones a propósito de los mismos. En noviembre de 2010, cuando compartimos por primera vez la reflexión, un oyente escribió: Los felicito por tratar estos temas y rescatar el evento histórico de la Reforma. Creo que sería muy positivo para la iglesia de hoy que las doctrinas de la Reforma se recuperaran y se predicaran desde el púlpito. Son doctrinas sanas que “curan” de verdad la “enfermedad” del pecado en el hombre. Un punto que me resulta significativo, una observación preliminar al comentario de este oyente, es su alusión a rescatar el evento histórico de la Reforma. En efecto, la Reforma Protestante del siglo 16 es un hecho histórico de crucial importancia, como ya quedó dicho, que muchos cristianos evangélicos desconocen, o del cual tienen sólo una noción vaga, y muchas iglesias evangélicas no tienen en cuenta en su calendario anual de celebraciones y días especiales. Yo mismo tomé conocimiento de este hecho histórico, no porque me haya sido enseñado en la iglesia, sino a través de mi estudio personal y libre de la historia del cristianismo, materia a la que soy gran aficionado, y cuyo estudio estoy convencido que puede favorecer el crecimiento espiritual personal del cristiano. En el momento actual, mientras denominaciones protestantes históricas tienen programas y ciclos de celebraciones acerca del quinto centenario de la Reforma, otras denominaciones evangélicas no consideran la fecha digna de mención; ni siquiera como alternativa cristiana frente a una celebración pagana enormemente extendida, y que, pese a ser foránea se metió en nuestra cultura, la cual coincide el 31 de octubre: Halloween.

Por otro lado, el comentario de este oyente tiene otra afirmación, expresada como deseo, que se constituye en lo más importante de lo dicho por él; cuando dice que cree que sería positivo que las doctrinas de la Reforma se recuperaran y se predicaran desde el púlpito. ¿Es necesario recuperar las doctrinas de la Reforma Protestante? Ya vimos, brevemente, que las principales doctrinas de este movimiento fueron la salvación sólo por la fe y sólo por la gracia de Dios, y sólo las Sagradas Escrituras de la Biblia como única fuente de fe y conducta para todos los cristianos. A mí, esas doctrinas me fueron enseñadas en mis primeros pasos en la vida cristiana. La iglesia evangélica fue la que, hace tres décadas, me enseñó que los fundamentos de la fe cristiana dicen que sólo la fe, sólo la gracia, y sólo la Biblia. Algo similar surge del comentario de otro oyente, también de noviembre de 2010, con el siguiente tenor: Estimado Dr. Pandiani: Recientemente me he separado de la Iglesia de Roma, fui un católico de “cuna” engañado por más de 50 años. Hoy con mi esposa he recibido a Cristo Jesús en mi corazón sin dudar, mis pecados han sido perdonados, reconociendo en Él a mi único Señor y Salvador. Esto tan simple para los cristianos protestantes, me avergüenza no haberlo cultivado en mi espíritu, pese a ser un profesional supuestamente preparado en el intelecto. De aquella jactancia y soberbia del erudito, perdí el camino y hoy soy un siervo del Señor. He comprendido su palabra maravillosa y trabajo para su obra. Gracias por su mensaje, magnifico y esclarecedor. Dios lo bendiga. Lo que hizo este oyente fue compartir la experiencia, reciente en aquel momento, de haber recibido a Jesucristo en su corazón junto a su esposa. Es llamativo que, tras referirse a su experiencia como católico durante la mayor parte de su vida, el hecho de haber recibido a Jesucristo como único Señor y Salvador le hizo experimentar el perdón de sus pecados; y afirma que esto – el recibir a Jesús y el perdón de sus pecados – es algo simple para los cristianos protestantes. ¿Por qué es simple? Porque, según nos fue enseñado, es el ABC del evangelio. O es, como se lee en Hebreos 5:12: “rudimentos de las palabras de Dios”; es decir, lo básico del evangelio cristiano. Recibir a Jesús por la fe, recibir el perdón de los pecados por la gracia de Dios en Jesucristo, son enseñanzas claramente expresadas en las Sagradas Escrituras de la Biblia. Allí se reconocen los postulados básicos de la Reforma. Que el anterior oyente diga que sería positivo para la iglesia recuperar y predicar desde el púlpito estas doctrinas, nos obliga a preguntarnos: ¿qué se predica, entonces, desde los púlpitos de algunas iglesias evangélicas? Hace algunos años familiares que viven en la Argentina, cristianos y miembros de iglesia en aquel país, vinieron de visita a Montevideo, y un domingo nos acompañaron en la iglesia. Luego del culto, me manifestaron: “vos al menos predicás la Biblia”. No lo tomé como un cumplido, ni algo de que enorgullecerme. Me preocupó la implicancia: ¿qué predican en su iglesia? Hace poco recibimos en la iglesia un grupo de personas, cristianos evangélicos que necesitaban dónde congregarse, por estar sin iglesia. Según me refirieron, varios de ellos, luego de estar un tiempo congregándose, manifestaron: “en esta iglesia se predica la Palabra”. No lo tomé como un halago, ni algo de que gloriarme. Me inquieta la implicancia: ¿qué predican en otras iglesias evangélicas, en algunas al menos? Ya en noviembre de 2015, otro oyente entró a dejarnos su comentario, y el mismo fue muy vehemente; escribió: ¡Dios levante en Uruguay a un Lutero para escribir nuevas tesis ante el manoseo de apóstoles, mesías y profetas falsos! La forma en que lo escribió era realmente muy vehemente, con muchos signos de exclamación y en mayúsculas; es decir, gritando. Este oyente, que ha de haber leído nuestra columna sobre la Reforma, u oído alguna repetición de aquel programa, respondió de esa manera, o por alguna mala experiencia que lo marcó profundamente (se destaca lo del manoseo de apóstoles, etc.), o por un sentir acerca del deterioro de los contenidos de la predicación en general, en las iglesias evangélicas. Por supuesto, es la opinión de un oyente, una persona, y no corresponde generalizar, ni aplicar el parecer de esta persona a lo que ocurre en todas las congregaciones evangélicas. Pero es una opinión, que parece el grito angustiado de un creyente ante una situación vivida y conocida por él, y merece ser oída y tenida en cuenta. Y no es una opinión peregrina ni solitaria; el clamor porque Dios levante un nuevo Lutero, es en realidad el clamor por una Segunda Reforma, y son muchas las voces que se han levantado y se levantan aún, en este sentido, en los últimos años.

Para terminar un último comentario, dejado en la columna Tras las tinieblas, la luz, éste de octubre de 2015. En esa oportunidad, un oyente escribió: ¿Se imaginan el mundo sin Lutero? Millones de “creyentes” habrían perdido su salvación por desconocer lo que dice la Biblia, el texto bíblico que cambio al mundo. “Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá” (Romanos 1:17). Al principio de esta columna nos preguntábamos si habría sido posible que el Viejo y el Nuevo mundo no se hubieran encontrado por otros quinientos años, si las corrientes de la historia no nos habrían llevado de todos modos a la globalización actual. Y en relación a la pregunta planteada por este oyente, bien merece que reflexionemos: ¿se podría haber evitado la Reforma? ¿Cómo sería hoy el mundo sin la Reforma Protestante del siglo 16? Qué nos trajo dicha Reforma, podrá contestar estas interrogantes.

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

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