500 años, ¿por qué?

Legado al castellano
31 octubre 2017
Reforma Protestante 5 – La proyección de la Reforma
31 octubre 2017

500 años, ¿por qué?


Por: Dr. Álvaro Pandiani*

¿Por qué merece ser recordada la Reforma Protestante del siglo 16? ¿Por qué merece ser celebrada, como lo está siendo en estos días, en nuestro país y en otras partes del mundo? Una manera de contestar estas preguntas es reflexionar acerca de qué beneficios y aportes trajo la Reforma Protestante a la cultura religiosa y la espiritualidad cristiana. Pensar qué habría perdido el cristianismo, y por extensión el mundo, si no se hubiera producido este movimiento espiritual y religioso cristiano, a principios del siglo 16. ¿Cómo sería la iglesia hoy, sin un cristianismo fruto de la Reforma?

Consideraciones preliminares son: en primer lugar, que el cristianismo fue introducido en el mundo por la vida, obra y ministerio de Jesucristo, y el propósito de Jesús de Nazaret al venir – el propósito de Dios al enviarlo – fue bendecir a la humanidad con el perdón de los pecados y la eterna salvación. Dos pasajes básicos y claves del evangelio, en este sentido, son Marcos 10:45 (el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos), y Juan 3:16 (de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna).

Segundo, el cristianismo ha bendecido a muchos, pero la iglesia ha maldecido a muchísimos. A lo largo del tiempo, la fe cristiana predicada y vivida como Cristo y los apóstoles – y los cristianos de aquella primera generación de la iglesia primitiva – la predicaron y la vivieron, fue de bendición, inspiración y revelación espiritual para incontables personas; perdón de las culpas, libertad de los vicios, y la oportunidad de iniciar una nueva vida en Cristo no son beneficios que el evangelio de Jesús, creído con sencilla fe, ofrece recién en la era moderna de las campañas evangelísticas; es parte del evangelio original desde el mismo inicio de la predicación cristiana. Un ejemplo mayor del poder del evangelio cristiano en obrar la transformación de un individuo es aquel hombre llamado Saulo de Tarso, que de enemigo y perseguidor acérrimo de la iglesia, se convirtió en su más ferviente predicador, y quien escribió: “habiendo yo sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador… fui recibido a misericordia porque lo hice por ignorancia, en incredulidad; Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Pero por esto fui recibido a misericordia, para que Jesucristo mostrase en mí el primero toda su clemencia, para ejemplo de los que habrían de creer en él para vida eterna” (1 Timoteo 1:13, 15, 16). Frente a beneficios y bendiciones tan indiscutibles para cualquier ser humano que encuentra en Cristo la fe que dará sentido al resto de su vida, tenemos los daños, males y perjuicios sin número que a lo largo de los siglos la iglesia ha traído sobre la vida de muchos de aquellos a los cuales ha tocado con su dogmatismo, su intolerancia y el uso de la violencia, sin contar los abusos particulares cometidos por sus ministros sobre víctimas inermes e indefensas, siendo ejemplo de lo primero las cruzadas y la inquisición, y de esto último los casos de pedofilia que, periódicamente, salen a la luz.

Tercero, el cristianismo fue fundado por Jesús de Nazaret, quien lo hizo al establecer la iglesia – es decir, la compañía de sus seguidores – como una comunidad de discípulos que seguirían sus enseñanzas y compartirían el evangelio. En Mateo 16:18 leemos, inequívocamente, cómo Jesús le dice a Pedro: “yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”. Este mismo pasaje, en la traducción Dios Habla Hoy, se lee de la siguiente manera: “yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra voy a construir mi iglesia; y ni siquiera el poder de la muerte podrá vencerla”. Pero la iglesia, ido Jesús de este mundo, quedó en manos de hombres; los apóstoles y otros discípulos de Jesús primero, luego discípulos de los apóstoles, más tarde discípulos de discípulos de los apóstoles. Esto, en una sucesión referida en el Nuevo Testamento, primero, en la oración de Jesús cuando intercede por sus discípulos antes de su arresto; en esa oportunidad, Él dijo: “no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos” (Juan 17:20). Y también, en la secuencia que menciona Pablo en 1 Timoteo 2:2: “Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros”. Esta secuencia de predicación, enseñanza y discipulado, se extiende hasta el tiempo actual. Ahora, desde el principio, los hombres en cuyas manos quedó la iglesia recibieron una guía para seguir el camino trazado por Jesús de Nazaret; primero el Espíritu Santo, venido sobre la compañía de discípulos de Cristo el día de Pentecostés, día considerado el día del nacimiento histórico de la iglesia cristiana; y también la Palabra de Dios, que en los días de la iglesia primitiva estaba representada por los escritos sagrados de los judíos, que nosotros conocemos como Antiguo Testamento, y la predicación de los apóstoles, que paulatinamente fue poniéndose por escrito, constituyendo un cuerpo de sagradas escrituras cristianas; este cuerpo, aproximadamente trescientos años después, fue reunido por la iglesia para conformar el Nuevo Testamento, que nosotros creemos inspirado por el Espíritu de Dios. Pero, y esto es un hecho histórico, justamente el hecho histórico que explica el porqué de la Reforma Protestante, al correr de los siglos los hombres que estaban a cargo de la iglesia, los prelados, ministros y teólogos, abandonaron la guía exclusiva de la Palabra de Dios, y la prístina doctrina cristiana bíblica se contaminó con ideas filosóficas, mitos y creencias religiosas paganas con maquillaje cristiano, leyendas de diverso origen, y supersticiones sin fundamento espiritual alguno en la Biblia. Esto constituye la mirada más espiritual y depurada del estado de la iglesia y la cristiandad, al final de la edad media. Capítulo aparte merecerían la inmoralidad, la mundanalidad, y la avidez de poder y riquezas que condujo al mercantilismo religioso, ejemplo extremo del cual fue la venta de indulgencias durante la segunda década del siglo 16; certificados de perdón de pecados a cambio de dinero que el papa vendía para recaudar fondos destinados a la construcción de la Basílica de San Pedro en Roma. El abuso que esto representó fue lo que forzó a Lutero a actuar.

Entonces, en cuarto lugar, lo que hicieron los reformadores fue volver a la Palabra de Dios, y sólo aceptar la doctrina surgida exclusivamente de la Biblia como Palabra divinamente inspirada por el Espíritu de Dios. Lo interesante es que los reformadores protestantes, lo que querían era reformar la iglesia. No era su intención salir de la iglesia que tenía su centro en Roma desde más de mil años antes. Al respecto dice el historiador

Justo L. González: para los jefes del protestantismo, la unidad de la iglesia era una de sus características esenciales y, por tanto, aunque de momento fuera necesario quebrantarla a fin de permanecer fieles al mensaje bíblico, esa misma fidelidad exigía que se continuara haciendo todo lo posible por volver a la unidad perdida1. Entonces, en efecto, los reformadores del siglo 16 no pretendían dividir la iglesia, sino depurarla; en doctrina, en liturgia y en conducta, aquellas personas procuraron volver al cristianismo primitivo de los días de los apóstoles, tal como aparece en el Nuevo Testamento. La iglesia romana no toleró esto, y al no responder el brazo secular – por razones religiosas y también políticas de la época – y, por lo tanto, al no poder aplastar el movimiento de la Reforma, como había aplastado antes otros movimientos de disidencia y protesta, los reformadores fueron virtualmente expulsados. De esta manera, la Reforma Protestante dio lugar a iglesias independientes de la iglesia romana, que pervivieron, fructificaron y se extendieron, originando nuevos movimientos y demostrando una vitalidad espiritual que persiste hasta el presente.

En todo lo dicho, y en la dilatada historia del desarrollo de la Reforma Protestante – imposible de mencionar aquí, salvo algunos titulares – hay un eje, podríamos decir, “argumental”, que es el rescate de la Palabra de Dios, la Biblia. ¿Por qué rescatar la Palabra de Dios es el eje de la Reforma? Porque es su principal legado. Desde aquellos días, de los movimientos eclesiásticos separados de la iglesia católica romana que han seguido exclusivamente la Biblia como Palabra de Dios y, por lo tanto, como la única regla autorizada de fe y conducta, se han mantenido – la mayoría, no todos, pero sí la mayoría se ha mantenido – dentro de la comunión del cristianismo evangélico. Por otro lado, aquellos movimientos que agregaron como sagradas escrituras otros libros, junto y a la par de la Biblia, no entraron dentro de la comunión evangélica, ni tampoco lo solicitaron, permaneciendo aparte como movimientos exclusivistas que reclamaron ser la única iglesia de Dios, o el único camino de salvación. Ejemplo de esto son la iglesia mormona, con su Libro del Mormón, y otros dos libros, Doctrinas y Convenios y La Perla del gran Precio, como escrituras divinamente inspiradas, según ellos2; y también, la Ciencia Cristiana, que sigue el libro de Mary Baker Eddy, Ciencia y Salud con clave en las Escrituras3. En general estos movimientos, y otros que hacen interpretaciones de la Biblia que resultan heterodoxas para el cristianismo evangélico, permanecen, como se dijo, separados, cada uno reclamando ser la única iglesia verdadera, y son considerados, incluso por los evangélicos, de la misma manera que el catolicismo romano ha considerado tradicionalmente a las iglesias evangélicas: como sectas. Por eso es que, hace muchos años, personalmente llegué a considerar que, más allá de nombres y apellidos de iglesias, lo más importante es el carácter Cristocéntrico o no, y Bibliocéntrico o no, de un movimiento eclesiástico. En definitiva, eso también es legado de la Reforma, que, al rescatar la Biblia como Palabra de Dios, dirigió los ojos de la fe sólo a Cristo como único Salvador, y a la Sagradas Escrituras como divina revelación de Dios, única y suficiente para nuestra eterna salvación.

Entonces, desde los días de la Reforma Protestante, y en el tiempo actual, rescatar la Palabra de Dios es la manera en que el cristianismo y la iglesia pueden volver a bendecir al mundo, y esto en un doble sentido; primero, entregando los predicadores y ministros religiosos a todo el pueblo los tesoros espirituales de la Biblia, y también, demostrando el valor, la pertinencia y la aplicabilidad actual de tales tesoros espirituales en sus propias vidas. Es decir, que los ministros de Dios, con su conducta y sus actos, no sean una maldición para la gente, sino que sean una bendición que le haga bien a la gente. Y esto se logrará si los ministros cristianos, en primer lugar, ponemos por obra en cada faceta de nuestras vidas, la Palabra de Dios. En definitiva, uno de los grandes problemas de la iglesia desde sus principios ha sido – y sigue siéndolo – el mal testimonio de sus representantes. Jesús dijo en una oportunidad: “Imposible es que no vengan tropiezos; mas ¡ay de aquel por quien vienen! Mejor le fuera que se le atase al cuello una piedra de molino y se le arrojase al mar, que hacer tropezar a uno de estos pequeñitos” (Lucas 17:1, 2). En el pasaje paralelo de Mateo 18:6 leemos: “cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar”. Es plausible interpretar que, cuando Jesús dijo “pequeños”, o “pequeñitos”, no se refería simplemente a niños, sino a creyentes de a pie; a gente sencilla que – a lo largo del tiempo – pondría su fe y su confianza sincera en Él como Salvador y Señor. Desafortunadamente, el testimonio de dos mil años de historia cristiana muestra que muchos ministros religiosos que ocuparon lugares de autoridad y eminencia en la institución de la iglesia, no fueron capaces de sentir la soga al cuello y el peso de la piedra; o no les importó. Que Dios nos ayude para no llegar a semejante extremo de falta de sensibilidad.

En definitiva, como sabemos, la Reforma Protestante del siglo 16 eclosionó en respuesta a uno de los peores excesos de la religión oficial de aquellos tiempos, la venta de indulgencias, algo que ya ha sido mencionado. Aquí emerge la figura de Martín Lutero; no como el primero que alzó su voz en contra de un sistema doctrinal apartado de la Biblia, sino como el que lideró un movimiento contestatario y protestante frente a la iglesia de Roma. Movimiento que tuvo otros adalides, surgidos en diversos lugares, que extendieron el fuego de aquella reforma religiosa y espiritual, demostrando que aquel fue un tiempo muy particular de la historia, un verdadero cambio de época; un tiempo de efervescencia espiritual, y un mover de Dios en su pueblo – distinto de la iglesia oficial – que colaboró en hacer de aquella época un punto de inflexión en la historia universal. Sí, no sólo en la historia de la civilización occidental, sino de toda la humanidad. Sobre Martín Lutero leemos los siguiente: Las llamadas noventa y cinco tesis son un documento de partida, y si bien después Lutero profundizó en sus descubrimientos del evangelio, son importantes como punto de partida de la protesta del reformador frente a los abusos de Roma y de sus teólogos4. Como dice el historiador, las noventa y cinco tesis fueron el inicio de un debate acerca de las indulgencias, que llevó a Lutero a un enfrentamiento con Roma, lo que lo empujó progresivamente a escudriñar cada vez más las Sagradas Escrituras. Las tesis de Lutero están impregnadas de mucho de la intrincada teología medieval, y no debe esperarse encontrar en ellas ese redescubrimiento del evangelio del Nuevo Testamento con el que tanto se promociona la Reforma Protestante, en círculos hoy en día protestantes, o evangélicos. Con todo, resultado interesante leer alguna de ellas; por ejemplo: se ha de enseñar a los cristianos que hacen mejor dando al pobre o prestando al necesitado, que tratando de redimir mediante indulgencias4. Esta tesis parece complementarse con otra que también pone foco en el gran escándalo de aquellos días – la venta de indulgencias – que dice: ¿Qué nuevo género de piedad en Dios y en el Papa es la que concede al impío y enemigo de Dios redimir por dinero su alma y volverla amiga de Dios y no, en cambio, por caridad gratuita, a la vista de la necesidad de la misma alma piadosa y amada?4. La primera que citamos forma parte de algo que es el ABC del evangelio: las buenas obras del cristiano. En los tiempos de Lutero, la más alta jerarquía eclesiástica le dijo a la gente que metiéndose la mano en el bolsillo y rascando hasta la última moneda para darla a la iglesia, recibirían certificado el perdón de sus pecados. Lutero rebatió esto diciendo que no es poniendo dinero que se redime el ser humano. Esta tesis se vincula con la segunda citada, presentada en forma de sorprendida interrogante; Lutero parece decir: ¿de dónde salió, a quién se le ocurrió esto de que los pecadores y enemigos de Dios salvan sus almas pagando dinero, y no por el amor y la gracia del Señor? De la primera tesis que citamos aquí se podría decir que Lutero menciona las buenas obras como medio para ganar la salvación; pero la segunda tesis deja bien en claro que esa redención es por la caridad gratuita, es decir, el amor y la gracia de Dios. Y además, con la primera tesis citada estimula la misericordia, el amor y la generosidad para con el prójimo, en vez de considerar suficiente el dar dinero a la iglesia, y después vivir de cualquier manera.

Este tema está asombrosamente vigente, debido a los conocidos abusos cometidos en diversas iglesias, en las cuales, sin llegar a prometer perdón de pecados por dinero, sí se prometen – con énfasis casi exclusivo – bendiciones a cambio de lo monetario, como si a Dios le complaciera más la generosidad que el arrepentimiento, la fe, la fidelidad y la santificación. Todo esto nos habla de la vigencia de la Reforma Protestante, y su trascendente importancia para nuestro cristianismo, hoy. Que reflexionemos en ello.

           

1) González, JL. Una edad convulsa. En: Historia del Cristianismo. Editorial Unilit; Miami, Fl; 1994. Tomo 2; Pág. 129.

2) Hoekema, AA. Mormonismo. En: Diccionario de Historia de la Iglesia. Editorial Caribe, Nashville, TN; 1989. Pág. 756.

3) Daane, J. Ciencia cristiana. En: obra citada. Pág. 235.

4) Vila, S; Santamaría, D. La aparición de Lutero y un descubrimiento sensacional. En: Enciclopedia ilustrada de historia de la iglesia.  Editorial Clie; Barcelona; 1979. Pág. 114.

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo

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