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El rompe vidas

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Los cancioneros evangélicos son una de las expresiones más notables y conocidas de la fe, la espiritualidad y la vitalidad del pueblo cristiano. Con mayor o menor energía, según se trate de denominaciones cristianas evangélicas conservadoras o renovadas, el canto de las congregaciones evangélicas es una constante, reconocible por cualquier persona. Quien viva cerca de una iglesia evangélica quizás no sepa qué predican, qué hacen o cómo funciona ese grupo de gente allí; pero lo que sí sabe es que en la iglesia cantan. Cantos que hablan del amor de Dios, de la obra de Cristo y de las experiencias de la vida cristiana, individual y congregacional, como una forma de anunciar el evangelio, de predicar a los de afuera, y también de alentar, consolar e instruir en la fe a los propios creyentes.

 Uno tipo de cántico, habitual en las congregaciones evangélicas, es el llamado “coro”, o “corito”; una canción con una letra corta, generalmente una estrofa y estribillo, que se repite varias veces. De estos hay una multitud, que se cantan en todas partes, y algunos saltan las barreras denominacionales, siendo cantados en iglesias evangélicas de distintos apellidos (bautistas, pentecostales, nazarenos, etc.); algunos, incluso, también son cantados entre católicos. Ese es el caso de un viejo coro – yo lo vengo oyendo hace por lo menos treinta y cinco años – conocido por lo que dice su primer verso: Tú eres el alfarero. La letra completa de esta canción dice: Tú eres el alfarero pues con tus manos tú me formaste, y mientras pasan los días, pasan los años, más te venero. Rompe mi cántaro, rompe mi copa, rompe mi vida y hazla de nuevo. Este coro se canta en diferentes lugares con algunas variantes; por ejemplo, el segundo verso puede salir de la siguiente manera: que con tus manos me has transformado; y el último verso puede decir, en vez de rompe mi vida, toma mi vida. Yo recuerdo haber cantado siempre rompe mi vida; y en la actualidad, cuando lo cantamos, seguimos diciendo rompe mi vida.

El autor de esta canción breve, muy difícil saber quién es, usa en la misma una metáfora bíblica muy popular entre los creyentes evangélicos: el alfarero y el vaso de barro. Esta metáfora surge de la Biblia y aparece en varios pasajes, por ejemplo, 2 Corintios 4:7: “tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros”; también en Isaías 45:9: “¡Ay del que pleitea con su Hacedor! ¡el tiesto con los tiestos de la tierra! ¿Dirá el barro al que lo labra: ¿Qué haces?”, un pasaje que parece estar en la mente del apóstol Pablo cuando escribe, en Romanos 9:20: “oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?”. Pero indudablemente, el pasaje más representativo en este sentido, el que seguramente da la base a la letra de la canción, está en el libro del profeta Jeremías 18:1 – 6, donde leemos lo siguiente: Palabra de Jehová que vino a Jeremías, diciendo: Levántate y vete a casa del alfarero, y allí te haré oír mis palabras. Y descendí a casa del alfarero, y he aquí que él trabajaba sobre la rueda.  Y la vasija de barro que él hacía se echó a perder en su mano; y volvió y la hizo otra vasija, según le pareció mejor hacerla. Entonces vino a mí palabra de Jehová, diciendo: ¿No podré yo hacer de ustedes como este alfarero, oh casa de Israel? dice Jehová. He aquí que como el barro en la mano del alfarero, así son ustedes en mi mano, oh casa de Israel”. Esta enseñanza gráfica, tan sencilla como profunda, tiene una simplicidad que evoca las parábolas de Jesús, que eran historias breves al alcance de todos. La figura del barro y el alfarero casi que se explica sola. Dios Todopoderoso, Creador de todas las cosas, es ese alfarero que toma en sus manos el barro sin forma, y con un trabajo dedicado y paciente, lo transforma en un hermoso producto; una vasija, un cántaro, o una copa. El barro representa a los seres humanos; individuos, o naciones como en el pasaje de Jeremías en el cual el Señor le habla al profeta acerca de todo el pueblo de Israel. La fuerza de la imagen es formidable; el barro, algo rastrero, sucio y despreciable, puesto en las manos del alfarero, puede convertirse en una magnífica obra de arte, atractiva y valiosa. Los cristianos evangélicos hemos adoptado el mensaje de la casa del alfarero, dirigido originalmente a Israel, como imagen de lo que Dios puede hacer con la vida de hombres y mujeres que se atreven a creer en Jesucristo, y ponen sus vidas en las manos de Dios. Básicamente, cualquiera sea la magnitud de nuestros vicios, pecados y miserias como seres humanos, que nos hacen sentirnos sucios y vernos como individuos despreciables a los ojos de Dios y de nuestros semejantes, podemos en un momento puntual de la historia de nuestra vida hacer un alto, tomar la decisión de creer en Jesucristo, y en un acto de fe humilde y sincera, con genuino arrepentimiento, poner nuestra vida en las manos de Dios, y dejar que Él haga algo nuevo de nosotros.

Lo que no hay que olvidar es que poner la vida en las manos de Dios significa permitir que Él haga con nosotros lo que el alfarero hizo con la vasija: hacerla toda de nuevo, según le pareció mejor. En más de una oportunidad pregunté a una congregación quienes conocían ese cántico del que estamos hablando, Tú eres el alfarero; muchas manos se levantaron. Luego les pregunté quienes lo habían cantado, junto a todos sus hermanos y hermanas en una iglesia; otra vez, muchas manos se levantaron. Entonces les pregunté si, mientras cantaban, se daban cuenta de lo que estaban cantando; si comprendían en verdad lo que significa decirle a Dios rompe mi vida, y si tenían alguna idea de lo doloroso que puede llegar a ser que Dios te rompa la vida.

Porque Dios no trabaja en conjunto con un anestesista.

El evangelio de Jesucristo es un mensaje que redime, que ofrece una nueva oportunidad, una nueva vida, accesible a través del arrepentimiento y la fe en Jesucristo. El mensaje del evangelio llama al cambio, a una transformación de vida, a un nuevo nacimiento; esto es esencial al evangelio cristiano. Cambio, transformación y vida nueva implican un proceso espiritual que alcanza a todas las facetas de la vida, y que implica dejar de ser cómo éramos y lo que éramos, para ser otra persona; como la vasija del alfarero. Es un proceso de regeneración, una nueva creación; como la vasija del alfarero. El proceso sigue a lo largo de la vida del cristiano, tal que, en determinados momentos de la vida de un hombre de fe o una mujer de fe, puede suceder que la vida tal como es vivida necesita ser renovada, cambiada en otra cosa, según la voluntad de Dios; como la vasija del alfarero. Es un proceso cuyos resultados siempre son una bendición; es decir, un beneficio, un crecimiento, una ganancia. Una ganancia no necesariamente económica, sino espiritual, emocional, familiar, en salud, en trabajo, en paz. La bendición trae alegría, gozo y paz. Pero el proceso mismo de cambio, de ser hecho de nuevo, como la vasija del alfarero, suele ser doloroso. El sufrimiento de la prueba precede a la bendición.

Este binomio: sufrimiento – bendición, aparece ya en los momentos más críticos de la vida de Jesús, al final de su ministerio. En Hebreos 12:2 dice: Jesús, el autor y consumador de la fe… por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz. Este pasaje bíblico dice más cosas, pero interesa ahora destacar esa secuencia: el sufrimiento de la cruz como algo necesario de atravesar, para alcanzar luego una gran alegría. Es un pasaje bíblico emblemático en este sentido, porque esta expresión del versículo 2 viene precedido por las siguientes palabras: corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús. Así que, según lo que en este pasaje expresan las Escrituras, quienes se atrevan a emprender la carrera de la fe cristiana, deberán armarse de paciencia, y mirar sólo a Jesús, quien estuvo dispuesto a sufrir para alcanzar el gozo, es decir, la alegría de un logro eterno, como lo fue la salvación de los seres humanos. Una idea similar puede verse en otro pasaje bíblico, 1 Pedro 4:1a: Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, ustedes también ármense del mismo pensamiento. Esta idea necesita ser más predicada a todos los cristianos: la noción de que, si Jesús sufrió hasta tal punto, no fue para dejarnos un camino sembrado de pétalos de rosa. Si de verdad decidimos seguir las pisadas del Maestro, vendrán pruebas; pero tras las pruebas, vendrán las victorias. Victorias ganadas con constancia, perseverancia, paciencia y fe; mucha fe, puesta en Jesucristo.

Una de las parábolas más conocidas de Jesús hace una referencia a este tema. La parábola del sembrador habla de un hombre que sale a arrojar la semilla, la cual cae en distintos tipos de terreno. La forma de sembrar de esta persona, según esta historia ficticia con contenido instructivo – eso es una parábola – hoy en día puede parecernos poco eficiente; pero tal vez esa era la manera de sembrar de aquellas gentes. El punto es que, uno de los terrenos en que cae la semilla es entre piedras. Jesús dice claramente que la semilla es la Palabra de Dios, y los distintos tipos de terreno son diferentes clases de personas, o personas que responden de distintas maneras al llamado del evangelio. En relación a aquellos representados por las piedras, Jesús dijo: Los de sobre la piedra son los que, habiendo oído, reciben la palabra con gozo; pero éstos no tienen raíces; creen por algún tiempo, y en el tiempo de la prueba se apartan (Lucas 8:13). Sí; las pruebas, las luchas, las dificultades, las adversidades, los problemas que parecen insolubles, las pérdidas irreparables que nos hacen sufrir, pueden conspirar contra la fe que una vez iluminó nuestro corazón y llenó nuestra alma de paz. Pueden apartarnos de la fe, hacer que dejemos de creer. Jesús dijo que quienes pierden la fe por causa de las pruebas no tienen raíces. ¿Qué quiso decir? ¿Cuáles son las raíces adecuadas de una vida de fe? ¿Qué es lo que nos mantendrá firmes, mientras el alfarero vuelve a romper la vasija, para hacerla de nuevo?

No hay fórmulas mágicas. Y hay que desconfiar de las fórmulas piadosas, que periódicamente aparecen como un arcano teológico recientemente redescubierto, que puede darnos la clave de una vida de victorias, sin luchas. Sin lucha, no hay victoria. El apóstol Pablo escribió: nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo (1 Corintios 3:11). Así como Jesús compara una vida de fe con un árbol, que para estar firme debe tener sus raíces profundamente arraigadas en la tierra, Pablo compara la vida del cristiano con un edificio, cuyo cimiento es sólo Jesucristo. Y volviendo a Jesús, el también habla del adecuado cimiento, cuando dice, al final del Sermón del Monte: Cualquiera… que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca (Mateo 7:24, 25). Lluvias, ríos y vientos simbolizan aquí los avatares de la vida, que a menudo amenazan con derribarnos y hacernos perder la fe. La fe en Jesucristo, la obediencia a sus palabras, y la noción cierta de que el Alfarero Divino trabaja en hacer de nuestra vida algo nuevo y aún mejor, por un lado, y por otro lado, no mirar las circunstancias – a veces terribles – por las que nos vemos obligados a pasar, constituyen la clave para pasar por el doloroso proceso de ser roto por el sufrimiento, y ser hecho otra vez por el amor del Padre Celestial.

El apóstol Pedro escribió que la salvación eterna preparada por Dios para quienes creyeran en Él, llenaba a los creyentes de alegría, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengan que ser afligidos en diversas pruebas (1 Pedro 1:6). La noción de la necesidad de pasar por aflicciones y pruebas, de que sea necesario el proceso de ser rotos y hechos de nuevo por las manos divinas en las que pusimos nuestra vida, evoca la idea de un camino a recorrer. Llegar a la fe en Jesucristo es sólo un principio; vendrán tiempos de gloria, pero también vendrán horas oscuras. Independientemente de lo que nos toque vivir, si nos mantenemos fieles a Dios y a sus promesas, amanecerá un nuevo día de regocijo, cuando la obra del Señor en nosotros, una vez más, se halle completa.

Para terminar, una promesa de Jesús para los tiempos de crisis, angustia y aflicción:

Les aseguro que ustedes llorarán y estarán tristes, mientras que la gente del mundo se alegrará. Sin embargo, aunque ustedes estén tristes, su tristeza se convertirá en alegría. Cuando una mujer va a dar a luz, se aflige porque le ha llegado la hora; pero después que nace la criatura, se olvida del dolor a causa de la alegría de que haya nacido un hombre en el mundo. Así también, ustedes se afligen ahora; pero yo volveré a verlos, y entonces su corazón se llenará de alegría, una alegría que nadie les podrá quitar (Juan 16:20 – 22; DHH).

 

* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario.

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