Los deberes

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Los deberes

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

¿A quién le gustaba hacer los deberes en la escuela? Cuando niños, todos tuvimos la experiencia de ir a la escuela, cosa que hoy en día debemos agradecer, y rogar a Dios que todos los niños uruguayos vayan, efectivamente a la escuela. Que nuestro país no pierda esa característica de tener escuelas – y educación de calidad – al alcance de todos los niños y niñas, también debe ser la oración del pueblo cristiano evangélico. Todos recordamos que, al final del horario de clases, cuando por fin podíamos volver a casa, nuestros maestros nos encargaban tareas domiciliarias, que muchas veces nos ocupaban gran parte de la mañana, o de la tarde – dependiendo de nuestro horario de ir a la escuela – y demoraban el anhelado momento de jugar. Deberes que hacíamos porque al día siguiente había que presentárselos al maestro – o maestra – aunque la mayoría de las veces sin entender cuál era su propósito, su importancia y su implicancia para nuestro aprendizaje y nuestra educación con miras a nuestro futuro; todo lo cual entendimos muchos años después, cuando esa educación nos sirvió para, efectivamente, labrarnos un futuro.

Al crecer, y mucho más al madurar como personas, reconocemos que la realidad nos somete a situaciones que templan nuestro carácter, nos enseñan a conducirnos en la vida, y nos hacen aprender – a veces por las malas – cómo ser personas de bien, útiles a nuestros semejantes y a la comunidad. Y también aprendemos cuán inútiles somos, cuán frustrante es y cuán despreciables nos volvemos si decidimos rechazar, no hacer caso y desechar las lecciones que nos dan otras escuelas y otros maestros, bien distintos de aquellos que usaban guardapolvo en las aulas donde íbamos de niños. Porque hay otras escuelas y otros maestros. Si no lo dijo un poeta, lo dijo un filósofo, o el autor de un tango, o el letrista de una murga; la vida, la calle, el sufrimiento, todos son escuelas, todos son maestros, que enseñan con una dureza proverbial materias para la vida, sin el cariño, el consejo y la paciencia de aquellas lindas maestras y paternales maestros de la infancia.

Pero hay otro camino.

Para quienes hemos creído el mensaje del evangelio de Jesucristo, y hemos puesto nuestra fe en ese Jesús de Nazaret del cual nos habla la Biblia, él se ha vuelto nuestro Salvador, nuestro Señor, pero también nuestro Maestro. El arrepentimiento y la fe, el recibir a Jesucristo como único y suficiente Salvador, nos une espiritualmente a Dios, pero también nos une a la comunidad de creyentes en Cristo, los creyentes unidos en un cuerpo, el cuerpo de Cristo, la Iglesia. Unirse a Cristo significa unirse a la Iglesia, porque la Iglesia es el cuerpo de Cristo. Pretender haberse unido a Cristo, pero mantenerse alejado de la Iglesia, significa no haber entendido de qué se trata esto de la fe en Jesucristo para salvación, o mantener temores y suspicacias respecto a la misma fe que decimos profesar, o haber sufrido decepciones y desengaños entre los creyentes y de los creyentes, que conducen a refugiarse en la soledad protectora; pero no es el plan de Dios. La Iglesia, en el plan de Dios, es muchas cosas; es hogar espiritual, es familia de la fe, y es también una escuela. Y en esta escuela, uno sólo es el maestro; como el mismo Jesús expresó categóricamente: uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos ustedes son hermanos (Mateo 23:8). En la Iglesia somos enseñados a andar en la nueva vida que Cristo nos dio, cuando le recibimos por fe, nos perdonó nuestros pecados y nos dio la salvación. En esta escuela se aprende, y también hay deberes. Quizás si todos prestáramos la debida atención a esa enseñanza, si aprendiéramos cabalmente cómo conducirnos en la vida cristiana, y pusiéramos en práctica los deberes de esa escuela de fe, podríamos reducir los hechos, palabras y actitudes que conducen a decepciones y desengaños, cuando no a malos testimonios y escándalos, que no hacen más que acarrear descrédito sobre la Iglesia, sobre la fe y sobre la profesión de vida cristiana.

Hay que hacer los deberes; los deberes cristianos.

En varias partes del Nuevo Testamento hay listas de deberes cristianos. Cosas que debemos hacer, practicar, mostrar en nuestra conducta cotidiana; cosas que deben caracterizar nuestra vida cristiana. Conducta y comportamiento, formas de hablar, de expresarnos y conversar, actitudes y maneras de responder a situaciones que plantea la vida cotidiana, aún pensamientos y opiniones, y también sentimientos, y decisiones a tomar, todo guiado por la revelación de Dios en su Palabra y el delicado toque de la obra del Espíritu de Dios, en aquellos que han entregado sus vidas a Jesucristo. Son deberes claros y fáciles de entender. Estas listas están en Romanos 12:9 – 21; en Gálatas 6:1 – 10; en Efesios 5:1 – 4, y 5:21 – 6:9; en Colosenses 3:5 – 4:6; 1 Tesalonicenses 5:1 – 12; 2 Tesalonicenses 3:6 – 15; en Hebreos 13:1 – 18; y también en 1 Pedro 3:1 – 12, sin pretender agotar en estos pasajes bíblicos todo lo que el Nuevo Testamento dice sobre recomendaciones de vida para los cristianos. A estos “deberes cristianos” deben añadirse además todas las recomendaciones de conducta diaria dadas por Jesús de Nazaret, registradas en los evangelios.

Al respecto de los “deberes cristianos” hay que entender tres cosas: primero, que todo el Nuevo Testamento – y por extensión, toda la Biblia – constituye una guía de fe y conducta. En segundo lugar, que estos deberes en cierta forma obligan y ponen en el compromiso de mostrar un definido patrón de comportamiento y testimonio de vida a quienes profesan ser cristianos, y de hecho establecen la base del estereotipo del ser cristiano que nuestras comunidades, que llevan la impronta cultural religiosa cristiana, esperan ver en quienes, efectivamente, declaran públicamente ser creyentes en Dios, en Jesucristo, y asiduos concurrentes a la Iglesia. Tercero y de enorme importancia, estos “deberes cristianos” no son “obras de bien” u “obras buenas”, que permitan esperar la obtención de la salvación eterna, o un destino feliz más allá de esta vida, “porque la persona era muy buena”; esto está en la base de la doctrina protestante de la justificación por la fe. Hacer el bien, cumplir con los deberes de un buen cristiano, no nos hace ganar la salvación eterna del alma, ni el perdón de los pecados, pues el perdón y la salvación se reciben por la fe en Jesucristo. En Efesios 2:8 – 9 está escrito: por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Este mismo pasaje en la traducción DHH se lee de la siguiente manera: por la bondad de Dios han recibido ustedes la salvación por medio de la fe. No es esto algo que ustedes mismos hayan conseguido, sino que es un don de Dios.  No es el resultado de las propias acciones, de modo que nadie puede gloriarse de nada. Queda claro que las obras, o buenas acciones, no logran la salvación, sino que es un regalo de Dios a quien cree en Jesucristo. Resulta interesante entonces leer a continuación lo siguiente: somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas (v. 10). Así que las buenas obras no son para salvación, pero Dios completó la obra de salvación en Jesucristo, para que nosotros, una vez salvos por la fe en Él, andemos en buenas obras.

La primera de las listas citadas, Romanos 12:9 – 21, es un interesante ejemplo de “deberes cristianos”, y merece considerarse una revisión – aunque breve – de estos deberes, a realizar en esta escuela de vida que es la iglesia cristiana. El texto citado dice: El amor sea sin fingimiento. Aborrezcan lo malo y sigan lo bueno. Ámense los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndose los unos a los otros. En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor; gozosos en la esperanza, sufridos en la tribulación, constantes en la oración. Compartan las necesidades de los santos y practiquen la hospitalidad. Bendigan a los que les persiguen; bendigan y no maldigan. Gócense con los que se gozan; lloren con los que lloran. Unánimes entre ustedes; no sean altivos, sino asóciense con los humildes. No sean sabios en su propia opinión. No paguen a nadie mal por mal; procuren lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de ustedes, esten en paz con todos los hombres. No se venguen ustedes mismos, amados míos, sino dejen lugar a la ira de Dios, porque escrito está: “Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor”. Así que, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber, pues haciendo esto, harás que le arda la cara de vergüenza. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal. Ahora un comentario somero, versículo a versículo, para adquirir y trasmitir una idea de estos deberes.

El amor sea sin fingimiento. Aborrezcan lo malo y sigan lo bueno. Como en otras listas de deberes cristianos, y también en gran parte del Nuevo Testamento, el amor encabeza – y constituye el eje – de las ideas expresadas en el texto. En este pasaje, además, se ve una dupla amor – odio. Aborrecer, es decir, odiar, parece formar parte del amor, cuando se trata de odiar “lo malo”. Queda sujeto a una consideración posterior qué es “lo malo”, pero parece darse por sobreentendido que “lo malo” es malo según la regla que nos ofrece la Palabra de Dios. Eso sí, el amor no admite fingimiento; es decir, el hacer creer algo que no es verdad, el engaño. Que el amor sea auténtico amor, siempre es la base.

Ámense los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndose los unos a los otros. El amor recomendado a los cristianos es el amor de hermanos; pero de hermanos, hermanos. Como de la familia, como cuando éramos niños. A pensar, ¿peleábamos con nuestros hermanos cuando éramos niños? Sí, por supuesto, pero siempre nos reconciliábamos. Y además, el amor reclama darle el primer lugar al otro; aquí el amor se contrapone al egoísmo. El amor debe ser la vacuna contra el “yo primero”.

En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor. Al amor debe unirse la diligencia; o, dicho de otra manera, necesitamos vivir y mostrar un amor diligente. Es decir, ágil y eficiente en lo que hace; en la obra del Señor, en el servicio de amor a los demás. Y con fervor; o sea, con intensidad y devoción.

Gozosos en la esperanza, sufridos en la tribulación, constantes en la oración. La esperanza cristiana incluye vida abundante en Cristo, en esta vida presente y también en la eternidad, y la presencia del Señor permanentemente en nosotros. Estas realidades internas son causa de una alegría impermeable a las circunstancias externas, por más adversas que sean, aunque esto requiere el esfuerzo de la fe; aferrarse a creer. Por ejemplo, para enfrentar los momentos difíciles de la vida, soportando en silencio y esperando – con esperanza – la liberación que el Señor traerá a quienes confían en Él. Añadido a esto, debe estar el no aflojar en la oración, siempre persistir orando, aunque la tan anhelada respuesta parezca tardar.

Compartan las necesidades de los santos y practiquen la hospitalidad. Un deber y una recomendación directa: poner en acción el amor y la caridad cristiana. Si tengo, comparto, no me lo guardo todo para mí; sea comida, ropa, techo – sí hablamos de las cosas materiales – si tengo, comparto. Como dijo Juan el Bautista: el que tiene… dé al que no tiene (Lucas 3:11).

Bendigan a los que les persiguen; bendigan y no maldigan. Este puede describirse como uno de los deberes más difíciles: bendecir, es decir, desear el bien y hablar bien de aquellos que se ponen de enemigos nuestros, e incluso rogar por ellos; no rogar contra ellos, como aquellos salmos imprecatorios del Antiguo Testamento, en que los salmistas pedían el castigo de los enemigos. Éste es un deber cristiano; aquí se trata de rogar a favor de la bendición – o sea, el bien, tanto la salvación del alma como la prosperidad en todo sentido – de quienes son hostiles a nosotros. Y se insiste: no maldecir a los perseguidores. Bendecirlos, sobre todo, para poder ver el cambio tan anhelado en su actitud.

Gócense con los que se gozan; lloren con los que lloran. En otras palabras, empatía cristiana; interesante y llamativo. Entender lo que siente el otro, participar afectivamente con el otro, y con todos. Pero no una empatía profesional, sino una nacida del amor, y del sincero interés – nacido del amor – de ayudar, consolar, dar fortaleza y esperanza, y así dar testimonio del amor de Cristo en nosotros.

Unánimes entre ustedes; no sean altivos, sino asóciense con los humildes. No sean sabios en su propia opinión. Aquí se exhorta a la unidad. ¿Cuál unidad, y porque invitando a la unanimidad? Porque habla de la unidad que nace del amor, de la unidad del Espíritu, la unidad de una fe común, de una misma esperanza, la unidad buscada y defendida activamente, la unidad que acepta la diversidad, pero acepta no el pecado. De inmediato se rechaza la altivez; la soberbia, la arrogancia, el orgullo, la altanería, no. Esto podría incluso estar sugiriendo que la unidad en amor entre los creyentes sale lesionada cuando hay soberbia y altivez. La recomendación, una de las más interesantes y removedoras de esta lista de deberes cristianos, es buscar la compañía de los humildes; entendiendo por tales aquellos que conocen sus propias limitaciones y debilidades, y actúan en consecuencia. Lo opuesto a ser soberbio, arrogante, orgulloso; buscar la compañía de los humildes, para aprender a ser humilde.

No paguen a nadie mal por mal; procuren lo bueno delante de todos los hombres. Con estos sencillos consejos, se proscribe el rencor, el odio y la venganza. Independientemente de cómo nos hayan tratado, paguemos siempre con el bien; porque somos cristianos.

Si es posible, en cuanto dependa de ustedes, esten en paz con todos los hombres. En pocas palabras, hacer la paz con todos; perdonar, olvidar la ofensa, reconciliarse activamente. Buscar la reconciliación. Si el otro no quiere, allá él, pero siempre tomar la iniciativa e intentar hacer la paz. Ser pacificadores, allí donde estemos.

No se venguen ustedes mismos, amados míos, sino dejen lugar a la ira de Dios, porque escrito está: “Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor”. Siguiendo con el tema de las relaciones interpersonales, se hace énfasis en el no a la venganza personal, tanto ejecutada en forma directa, como por medio de intrigas, trampas o cualquier otra acción para obtener la revancha o el desquite. El cristiano y la cristiana no deben ensuciarse el alma con esas cosas. El que nos hizo mal, si no se arrepiente, recibirá el mal que hizo, sin que sea necesario que nos metamos ni participemos en su castigo. Si otro argumento hace falta, se cita la Escritura donde dice que el Señor mismo será quien le dé el pago (Deuteronomio 32:35).

Así que, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber, pues haciendo esto, harás que le arda la cara de vergüenza. Otro deber difícil, como el del versículo 17 (no pagar mal por mal). Las buenas acciones realizadas a favor – y en beneficio – de quien nos odia pueden tener el saludable efecto de hacerle avergonzar de su actitud, e inducirlo a recapacitar. En cierta forma, cumple los dos consejos precedentes: procurar la paz con todos, y no tomar venganza.

No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal. Que el mal en cualquiera de sus formas – malos pensamientos, malos sentimientos, malas decisiones y malas acciones, también tentaciones, ataques del enemigo de nuestras almas y pruebas que debemos enfrentar – nunca nos doblegue. Que la fe nos mantenga firmes y en pie, y que el bien en nosotros – Cristo en nosotros, el Espíritu Santo en nosotros – derrote siempre el mal.

Este ejemplo de “deberes cristianos” supone un modelo de hombre cristiano y mujer cristiana. No son difíciles de entender; otra cosa es aplicarlos en la vida cotidiana, y hacerlo de corazón, como fruto de la obra del Señor en nosotros y como para el Señor, y en beneficio y bendición de los demás, siempre considerados en primer lugar; porque en eso consiste el amor. Dios nos ayude para que, como discípulos bien aplicados, cumplamos con estos deberes lo más posible en nuestra vida, cada día.

Que así sea.

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

 

 

 

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