El feliz reencuentro

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El feliz reencuentro

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Hace un tiempo, en una de esas películas ambientadas en tiempos históricos – una película épica – me llamó la atención lo expresado por uno de los personajes. Éste decía con angustia que ya no podía recordar el rostro de un ser muy amado suyo, fallecido muchos años atrás. Nunca me había puesto a pensar en lo que debe haber representado la muerte de un ser amado para la gente de épocas pasadas, cuando no había los recursos que tenemos en la actualidad para registrar imagen, sonido y acción; cuando el único recurso para registrar el rostro amado de un ser querido muerto era la propia memoria. Cuán torturante debió ser que el semblante de una persona, a quien uno quiso mucho, con el paso de los años empezara a desdibujarse en la mente, tal que cada vez se hiciera más difícil evocar la cara de alguien a quien se amó. En la más remota antigüedad aquellos que sufrían la muerte de un ser amado no tenían manera de conservar el recuerdo de su imagen y su fisonomía. Con el desarrollo del arte, particularmente la pintura y la escultura, el ser humano logró tener una manera de inmortalizar los rasgos de alguien; groseramente al principio, con más definición y detalle conforme el arte iba refinándose, la fisonomía de algunos personajes pervivía a su muerte, tal que quienes le sobrevivían podían recordarle más o menos como se veía. Y aunque el arte inmortalizó primero la imagen de los personajes más destacados – reyes, nobles, guerreros, pensadores y filósofos – quien pudiera pagarle a un artista por un busto o un cuadro, podía asegurarse un recuerdo de sí mismo para quienes vinieran después. Sólo quienes pudieran pagarlo; los pobres, que no podían pagar un dibujante o pintor, o un escultor, no tenían más remedio que confiar en el poder de su memoria para fijar las facciones de alguien querido a quien habían perdido. Recién en el siglo 19, con el advenimiento de la fotografía, vino a sumarse una nueva manera de registrar la imagen, y es notable cómo en las primeras décadas de existencia del arte fotográfico se popularizaron las fotografías post-mortem, sobre todo de niños. Fue habitual que en aquellos años los fotógrafos promocionaran su trabajo de esa manera; por ejemplo, en un diario argentino llamado El Nacional, en 1861, se publicitaban dos fotógrafos de la siguiente manera: “Retratan cadáveres a domicilio, a precios acomodados”. En la película de terror sobrenatural del año 2001 Los Otros, protagonizada por Nicole Kidman, se hace referencia a esta costumbre de retratar a los muertos, aún en boga a principios del siglo 20, como forma de conservar la imagen del ser querido fallecido. Luego de la fotografía en blanco y negro, que hoy nos impresiona como algo antiguo, vetusto, de otras épocas, vino la fotografía color; y después el video. Siempre para quienes pudieran pagar un fotógrafo, o comprar una cámara fotográfica, y luego una cámara de video. Y hoy en día, tenemos el teléfono móvil personal, con el cual podemos sacar innumerables fotos y videos de alta definición, cuantos queramos y sin mayor costo. Y en esos cientos de fotografías y decenas de videos tenemos garantizado, al menos, un abundante recuerdo en imágenes de aquellos que son nuestros afectos, para el caso de perderlos, por ya no estar más en este mundo.

El recuerdo de un ser querido fallecido, y el registro de imagen de su rostro, sus facciones, su sonrisa y su voz, además de un magro consuelo para su ausencia, puede llegar a resultar una tortura. Así como para quien, ya anciano y débil, que mira una foto de sí mismo cuando era joven, fuerte y hermoso; para quien contempla la imagen de un ser querido desaparecido, la fotografía puede llegar a ser un arte cruel. Porque se contempla aquello, o aquel, o aquella, que ha desaparecido y se ha perdido para siempre. La noción de la pérdida definitiva de quien ha partido de este mundo se vincula innegablemente con la fe y las creencias de quien murió, pero sobre todo de quienes le lloran. Todavía recuerdo una escena que presencié personalmente en un cementerio de Montevideo, siendo un adolescente, cuando fuimos llevados por las autoridades del colegio al sepelio de un profesor muy querido por todos los alumnos. El profesor, que había fallecido aún joven, era un hombre de profunda fe católica; sin embargo, la viuda, cerca de la cual yo estaba parado, rompió a llorar con auténtica desesperación mientras el féretro era introducido en la tumba, y sus palabras fueron: “ahora no te voy a ver nunca más”. El llanto desesperado y al parecer inconsolable ante la muerte de un ser amado es una reacción natural, y aunque hablemos desde la fe cristiana, aquí no se pretende que la angustiosa tristeza de la pérdida sea algo superado de antemano por el creyente en Jesucristo, por más firme que esté en su fe. En el Nuevo Testamento se nos dice que, cuando el diácono Esteban murió como mártir cristiano, y a pesar de que, antes de sobrevenir la muerte, dijo ver el cielo abierto y a Jesús a la diestra de Dios, unos hombres piadosos – muy presumiblemente cristianos – llevaron su cuerpo para darle sepultura, “e hicieron gran llanto sobre él” (Hechos 8:2). Al respecto de los seres queridos fallecidos, el apóstol Pablo escribe a los Tesalonicenses: “Tampoco queremos, hermanos, que ignoren acerca de los que duermen, para que no se entristezcan como los otros que no tienen esperanza” (1 Tesalonicenses 4:13); este pasaje en la traducción Dios Habla Hoy se lee de la siguiente manera: “Hermanos, no queremos que se queden sin saber lo que pasa con los muertos, para que ustedes no se entristezcan como los otros, los que no tienen esperanza”. Esos otros que no tienen esperanza son, evidentemente, los no cristianos. Ahora, cuando el apóstol se refiere a no entristecerse como los incrédulos, sus palabras no significan que el creyente, por ser creyente, no deba entristecerse ante la muerte de un ser querido; como si el creyente, en razón de su fe en Cristo, tuviera prohibido sentir tristeza – como se ha oído por ahí en el ambiente evangélico – porque eso sería ridículo. Las palabras del apóstol Pablo deben interpretarse como un consuelo para quienes lloran la muerte de un ser amado; un consuelo que ninguna otra cosa en este mundo puede ofrecer, porque introduce la noción de la esperanza en un reencuentro futuro con el ser querido fallecido. Que tales palabras son un consuelo queda demostrado por lo que escribe Pablo, luego de hablar de la resurrección de los muertos y el arrebatamiento de la iglesia; en el versículo 18 dice: “aliéntense los unos a los otros con estas palabras”. La fe cristiana y la iglesia cristiana han alentado siempre la esperanza de un reencuentro – en otro tiempo, en otro mundo, en otra vida – con aquel que partió de este mundo; un reencuentro personal, con la posibilidad de reconocerse mutuamente como las personas que eran en esta vida, y estar juntos otra vez. Ahora, ¿qué dice la Biblia al respecto?

 Efectivamente, desde la fe enseñada tradicionalmente por la iglesia, el principal consuelo ante la separación definitiva que implica la muerte es la esperanza en un feliz reencuentro, más allá a de esta vida. La expectativa de un feliz reencuentro con aquellos que la muerte nos arrebató parece implícita en la doctrina de la vida eterna. Si un ser querido mío murió en la fe de Jesucristo, y ahora está en el cielo, en el paraíso, en la presencia de Dios, descansando, contemplando el bendito rostro del Señor – todo según la manera de interpretarlo, o simplemente de presentarlo de la fe – y si en un plazo de tiempo – días, o años, o décadas – yo muero en la fe de Jesucristo, y voy al mismo destino eterno, es razonable pensar que, además de ver al Señor, voy a ver de nuevo a aquellos que me precedieron en el mismo camino hacia ese maravilloso destino de ultratumba, que constituye la esperanza cristiana ante la muerte. Aunque el cielo sea infinitamente grande, más que el universo físico en el que ahora vivimos, mis afectos no habrán de estar tan lejos que me lleve una eternidad encontrarlos. Y el mismo Señor nos ha de ayudar en ese feliz reencuentro. Esto se da por sentado en la fe cristiana.

La creencia cristiana en el reencuentro tras la muerte es sumamente antigua. Un ejemplo de la misma, que se transformó en obra cumbre de la literatura universal, es el viaje alucinante del poeta medieval florentino Dante Alighieri por el mundo más allá de este mundo. En su recorrido, Dante visita el infierno, el purgatorio y el paraíso, en una obra estructurada según las creencias religiosas de la época. Y según esas creencias, el autor se encuentra en las tres divisiones de ese mundo del más allá con muchos conocidos, con familiares, y también con amigos y enemigos políticos; característicamente, a los enemigos políticos los encuentra en el infierno. Pero, sobre todo, el que constituye el ejemplo más destacable es su encuentro con Beatriz, el gran amor platónico de la juventud del poeta, muerta muchos años antes de la composición del poema. La veneración de Dante por Beatriz se expresa en los sonetos del poema Vida Nueva de la siguiente manera: Tan honesta parece y tan hermosa, mi casta Beatriz cuando saluda, que la lengua temblando queda muda, y la vista mirarla apenas osa. Ella se va benigna y humillosa, y oyéndose loar, rostro no muda, y quien la mira enajenado duda, si es visión o mujer maravillosa. El poema manifiesta el amor sublime y perfecto que Beatriz representa para Dante, quien queda destrozado cuando su amada muere, y la idealiza como símbolo de fe, reencontrándose con ella al finalizar su periplo por el infierno y el purgatorio, estando ya a las puertas del paraíso: vi a la dama que antes me apareciera, velada bajo la angélica fiesta, alzar los ojos a mí de acá del río. Aunque el velo que de su cabeza caía, como cerco de la fronda de Minerva, no la dejaba ver manifiesta, con majestad real y de aspecto altiva continuó, como el que hablando la palabra más ardiente dentro reserva: ¡Míranos bien! Soy yo, en verdad soy yo, Beatriz. Dante imaginó el reencuentro con su amada perdida, en la eternidad sin tiempo del paraíso, y la imaginó como una bienaventurada y angelical criatura. Como, en definitiva, quien ha perdido a un ser amado lo idealiza, y que aunque no tenga la fe que alienta la esperanza en el feliz reencuentro, ¿quién sabe si no sueña con que ese reencuentro fuera algún día posible?

La Biblia es bastante escueta en este asunto de un feliz reencuentro más allá de esta vida; como lo es en cuanto a la vida de ultratumba en general, sobre todo en el Antiguo Testamento. A diferencia de otros pueblos de la antigüedad, el concepto de vida de ultratumba de los antiguos hebreos estaba poco desarrollado. La Biblia no menciona que los muertos fueran enterrados con comida, bebida y armas, para seguir alimentándose y luchando en la otra vida. El lugar de los muertos o Seol, en las creencias de los israelitas de tiempos del Antiguo Testamento, se confunde con el sepulcro. La afirmación del predicador y sabio rey de Israel es que “los muertos nada saben, ni tienen más paga; porque su memoria es puesta en olvido. También su amor y su odio y su envidia fenecieron ya; y nunca más tendrán parte en todo lo que se hace debajo del sol” (Eclesiastés 9:5b, 6). Job, en lo más profundo de su prueba, lo describe de una manera aún más sombría: “¿No son pocos mis días? Cesa, pues, y déjame, para que me consuele un poco, antes que vaya para no volver, a la tierra de tinieblas y de sombra de muerte; tierra de oscuridad, lóbrega, como sombra de muerte y sin orden, y cuya luz es como densas tinieblas” (Job 10:20 – 22). Eso es lo que los más sabios podían saber sobre la muerte, mientras estaban “bajo el sol”, es decir, en este mundo. A Dios se le sirve y se le alaba en esta vida; así lo creía David, quien canta en el salmo 6:5: “en la muerte no hay memoria de ti; en el Seol, ¿quién te alabará?” (Nadie que esté muerto puede acordarse de ti; ¿quién podrá alabarte en el sepulcro?, en la traducción Dios Habla Hoy). Por eso, una larga vida era evidencia de la bendición de Dios, y varios pasajes del Antiguo Testamento la mencionan, y ofrecen consejo moral para alcanzarla (Lo saciaré de larga vida, y le mostraré mi salvación, Salmo 91:16; Hijo mío, no te olvides de mi ley, y tu corazón guarde mis mandamientos; porque largura de días y años de vida y paz te aumentarán, Proverbios 3:1 ,2; ¿Quién es el hombre que desea vida, que desea muchos días para ver el bien? Guarda tu lengua del mal, y tus labios de hablar engaño. Apártate del mal, y haz el bien; busca la paz, y síguela, Salmo 34:12 – 14). En cuanto a los sentimientos de aquellas personas respecto a sus afectos fallecidos, hay varios ejemplos de exteriorizaciones de dolor ante la muerte – destaca el lamento de David por su amigo Jonatán en 2 Samuel 1:17 – 27 – pero tampoco aparece la noción de una esperanza de reencuentro futuro. Sin embargo, una expresión muy común en el Antiguo Testamento, al relatar la muerte de un personaje, es que éste era reunido con sus padres, o reunido con su pueblo. Estas expresiones salen, por ejemplo, en relación a Abraham (Génesis 25:8), y a Jacob (Genesis 49:29, 33), y también a David (Hechos 13:36). Y aunque bien podría interpretarse como una alusión a, simplemente, ser sepultado con los suyos (Génesis 49:31), algunos consideran que se refiere a una reunión con los familiares fallecidos, en una eternidad más allá de este mundo.

Un pasaje enigmático y notable del Antiguo Testamento, relacionado a la capacidad de reconocer a alguien en el otro mundo, está en Isaías 14. En un pasaje de la profecía contra el impío y tiránico rey de Babilonia se lee: “El Seol abajo se espantó de ti; despertó muertos que en tu venida saliesen a recibirte, hizo levantar de sus sillas a todos los príncipes de la tierra, a todos los reyes de las naciones. Todos ellos darán voces, y te dirán: ¿Tú también te debilitaste como nosotros, y llegaste a ser como nosotros?” (v. 9, 10); la referencia a los muertos que despiertan se lee como sigue en la traducción Dios Habla Hoy: “Abajo, entre los muertos, hay gran agitación y salen a recibirte. Las sombras de los muertos se despiertan”. Ahora, ¿es éste un pasaje simbólico? ¿O es una de esas ocasiones en que las Sagradas Escrituras descorren el velo del mundo de ultratumba, para dejarnos ver qué hay más allá? Porque si ese es el caso, en este diálogo entre difuntos vemos encuentro, reconocimiento al menos de uno de ellos, y memoria de lo que habían sido en esta vida.

Al avanzar hacia la revelación de Jesucristo en el Nuevo Testamento, vamos a encontrar enseñanzas más significativas, para sacar conclusiones acerca de si esta creencia en el feliz reencuentro con los seres queridos difuntos tiene base bíblica, o no.

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo

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