El feliz reencuentro – 2

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El feliz reencuentro – 2

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Continuamos con el comentario acerca de la esperanza, tradicionalmente aceptada en la fe cristiana, de un feliz reencuentro con los seres amados fallecidos, en el más allá. Un más allá proyectado a partir de la doctrina cristiana; sea cielo, paraíso, o posterior a la resurrección de los justos, en los cielos nuevos y tierra nueva anunciados en el Apocalipsis. En síntesis, la esperanza de reencontrar a los afectos que nos arrebató la muerte, en la eternidad más allá de este mundo y esta vida, y bajo el reinado eterno del Dios y Creador de todas las cosas.

Ese feliz reencuentro forma parte del imaginario popular como recurso de consuelo, incluso en personas que no son devotas de una religión. Y salvo ateos firmes en su fe de que no hay más nada después de esta vida, es posible escuchar hasta en individuos que no tienen nada de creyentes practicantes, referirse a personas que han muerto, como que están “en un lugar mejor”, o que “nos miran desde el cielo”, o que alguien recientemente fallecido está junto a otro ser querido suyo, muerto mucho tiempo atrás. Este elemento del reencuentro con familiares muertos forma parte de los relatos e historias de experiencias extracorpóreas tenidas por personas declaradas clínicamente muertas, que posteriormente reviven espontáneamente o son reanimadas mediante técnicas de resucitación cardiopulmonar. Estas historias son llamadas actualmente – por los escépticos – experiencias cercanas a la muerte, e incluso han sido explicadas por medio de ciertas hipótesis sobre el funcionamiento químico del cerebro en condiciones críticas, en un intento de quitarles el valor de evidencia objetiva acerca de la vida después de la muerte. Sin embargo, estos relatos se han popularizado desde hace varias décadas, existiendo libros y películas sobre el tema, y regresan periódicamente a la portada de la atención pública. Y aunque el reencuentro con familiares fallecidos es un elemento marginal – al lado del más importante y siempre presente encuentro con el “ser de luz” – es un elemento que generalmente también está presente en estas historias. Entonces, efectivamente, aunque las personas no profesen ni practiquen una fe religiosa definida, la cultura popular les proporciona, como un recurso de esperanza y consuelo, la idea de que después de la muerte se volverán a encontrar con sus seres queridos, en una eternidad sin pecado, ni maldad, ni sufrimiento. 

En la entrega anterior abordamos este tema del feliz reencuentro tras la muerte, fuertemente presente en la fe cristiana y una pieza clave de las creencias cristianas, y de la esperanza cristiana frente a la muerte. Revisamos la noción de la vida de ultratumba que tenían los israelitas de los tiempos del Antiguo Testamento, y qué dice el mismo respecto a la vida después de la muerte, y si encontramos alguna alusión clara a un reencuentro con familiares y amigos fallecidos. Y encontramos que las referencias del Antiguo Testamento al respecto son más bien vagas, escuetas, derivadas de inferencias y sujetas a opinión, y a más de una interpretación. Por todo lo cual, dijimos que buscaríamos enseñanzas más significativas al respecto, en el Nuevo Testamento.

La revelación de Jesucristo en el Nuevo Testamento introduce elementos decisivos en la esperanza del creyente, en cuanto a la vida venidera. Acerca de Jesús, el apóstol Pablo escribe que “quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio” (2 Timoteo 1:10). Este pasaje puede tomarse como descriptivo de en qué medida la venida de Jesucristo abrió al creyente la posibilidad de un mayor conocimiento y una mejor esperanza, acerca de la muerte y la eternidad. ¿Pero qué pasa concretamente con el reencuentro y la feliz reunión con aquellos que conocimos, al otro lado del umbral de la muerte? No sólo en cuanto a la resurrección de los muertos, como esperanza distintivamente cristiana frente a la muerte, sino también en relación a la pervivencia de la personalidad inmediatamente después del fallecimiento, el Nuevo Testamento lo presenta como un vínculo del creyente con Cristo. Agonizando en la cruz, Jesús le dijo al ladrón crucificado que había puesto su fe en Él: “hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43); ese ladrón, cruzado el umbral de la muerte, reconocería en ese hombre crucificado a su lado al Señor, junto al cual estaría. Pablo dice algo similar; cuando habla acerca de continuar haciendo la obra del Señor en este mundo, o sufrir la muerte por martirio, y de los sentimientos que tales eventualidades despertaban en él, escribe: “de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor” (Filipenses 1:23). Para Pablo, la unión con Cristo más allá de la muerte implicaba ir a estar con Él. Relacionado con esta esperanza del cristiano frente a la muerte, también el apóstol Pablo dice: “vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor (porque por fe andamos, no por vista); pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor” (2 Corintios 5:6 – 8). En otras palabras, mientras estamos en este cuerpo, no estamos en la presencia del Señor (entendida no espiritualmente, sino en su presencia visible); pero cuando ya no estemos en este cuerpo, estaremos en la presencia del Señor.

Pero, otra vez, ¿y qué del feliz reencuentro con las personas amadas fallecidas? No sale claramente expresado en estos pasajes, aunque en el último, la introducción del plural da la noción de un grupo, congregación o gran multitud de salvos, en la presencia del Señor. Una idea similar sale en Apocalipsis. En ese libro, Juan tiene visiones del cielo, del trono de Dios, de ángeles y otros seres sobrenaturales, e incluso de almas de seres humanos muertos. La opinión más extendida en la iglesia es que este Juan es el mismo apóstol Juan del grupo de doce apóstoles originales de Jesús de Nazaret; él escribió este libro a fines del siglo primero de la era cristiana, cuando Pedro, Pablo, Mateo, e incluso su hermano Jacobo, ya habían muerto. Sin embargo, Juan no refiere haberse encontrado con ellos en el cielo, ni haberlos visto. Pero sí habla en plural acerca de los salvos: las almas de los mártires muertos (6:9, 10), una gran multitud vestida de ropas blancas (7:9), y ciento cuarenta y cuatro mil elegidos (14:1). Es inconcebible que esa muchedumbre de salvos no tenga comunión unos con otros; Juan no lo dice explícitamente, pero suponer lo opuesto – que no se miren, ni se reconozcan, ni se hablen – sería absurdo, en un reino celestial regido por el amor eterno de Dios. Sin embargo, esto vuelve a ser una inferencia; es decir, una idea, y una creencia, derivada de otra, aunque no claramente expresada en el texto bíblico. Hay que seguir mirando el Nuevo Testamento, en busca de más datos sobre el tema.

El Apocalipsis ofrece otra visión llamativa, que permite sacar inferencias acerca del reencuentro con aquellos a quienes conocimos y amamos en esta vida, ya en la eternidad. Juan escribe acerca de la derrota y expulsión de Satanás de las regiones celestiales, y el canto de celebración que sigue a este suceso: “Entonces oí una gran voz en el cielo, que decía: Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche. Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte” (12:10, 11). Alguien, o más de uno, entona alabanzas a Dios en el cielo por el destierro definitivo de la presencia inmediata de Dios del acusador (diabolos). Quien o quienes celebran esto en el cielo hacen una referencia a “sus hermanos”, como personas que vencieron a Satanás por la sangre del Cordero, es decir, por medio del sacrificio de Cristo, y por el testimonio de vida que tenían, y recuerdan que tales personas no temieron la muerte. Esto excluye que se trate de seres angélicos, y obliga a interpretar que se trata de seres humanos glorificados, habitantes de los cielos, que recuerdan a sus hermanos que aún están en el mundo presente, y que se mantienen fieles a Cristo a cualquier precio. La noción del recuerdo de aquellos que aún están vivos en el mundo bajo el sol, por parte de aquellos que ya están en los lugares celestiales, permite la inferencia del reencuentro, una vez que la muerte saque de esta vida a quienes se mantienen fieles al Señor. Juan también habla de la cena de las bodas del Cordero, una visión simbólica de la reunión de Cristo con su Iglesia en la eternidad; en Apocalipsis 19:9 se lee: “el ángel me dijo: Escribe: Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero. Y me dijo: Estas son palabras verdaderas de Dios”. La noción de un encuentro colectivo, en una gran celebración celestial más allá de esta vida, abona la inferencia de un feliz reencuentro de muchos, muchísimos que se mantuvieron fieles al Señor.        

Un pasaje del Nuevo Testamento ineludible, cuando el tema comentado es la vida de ultratumba, es la parábola del rico y Lázaro. Esta parábola o narración breve transcurre en su mayor parte en el mundo de ultratumba; en el texto bíblico se lee: “Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado. En el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Entonces, gritando, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama. Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, males, pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado” (Lucas 16:23-25). Como se dijo, esta parábola está constituida por un diálogo específico entre almas de difuntos, el rico y Abraham, con Lázaro de testigo, en el mundo de ultratumba. Quienes niegan la doctrina de la existencia consciente del alma entre la muerte y la resurrección enfrentan un problema: esta narración sale de la boca de Jesús de Nazaret. Si tal existencia consciente – o estado intermedio, como también lo llama la teología – no fuera una enseñanza de las Sagradas Escrituras, y la parábola del rico y Lázaro tuviera como propósito dar una lección moral sobre cosas de esta vida, persiste la interrogante acerca de porqué Jesús sitúa la acción de su relato en un mundo de ultratumba, en el cual asistimos a un diálogo entre espíritus humanos desencarnados. Cualquiera sea la explicación que se le invente a esta parábola para negar lo evidente – que en la misma hablan almas en el más allá – choca con ese argumento. ¿No previó Jesús que su parábola sería interpretada erróneamente, si el mundo de ultratumba no existe? ¿O acaso Jesús enseñó herejías? Absurdo. Que sepamos, la parábola del rico y Lázaro no ha sido cuestionada como parte integrante del evangelio y como enseñanza de Jesús, al mismo nivel que sus otras parábolas. Pues bien, en esa parábola vemos a ese rico muerto, sumido en el Hades o inframundo, que de algún modo sabe que Abraham es quien es, pero que reconoce a Lázaro, el mendigo que limosneaba a las puertas de su mansión; el rico, además, también tenía memoria de su familia, y se preocupaba por sus hermanos (v. 28). La continuidad, a través de la muerte, de la personalidad con sus pensamientos, afectos y recuerdos, el reconocimiento de alguien visto en esta vida, y la memoria de los seres queridos que aún están en el mundo de los vivos, aparecen tan claras en esta parábola que eximen de más comentarios.

Quizás el más importante pasaje bíblico que nos asegura el feliz reencuentro tras la muerte sea el registro de las palabras de Jesús durante la última cena con sus discípulos, hecho por el apóstol Juan, un testigo presencial que escuchó todo lo dicho por el Maestro y lo trasmitió en su evangelio a todas las generaciones de cristianos por venir. Una de las promesas del Señor más significativas e inolvidables es la de Juan 14:2, 3: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo se los hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para ustedes. Y si me fuere y les preparare lugar, vendré otra vez, y los tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, ustedes también estén”; el versículo 3, en la traducción DHH se lee de la siguiente manera: “después de irme y de prepararles un lugar, vendré otra vez para llevarlos conmigo, para que ustedes estén en el mismo lugar en donde yo voy a estar”. Indiscutiblemente, aquí Jesús, cuando hablaba de “irse”, se refería a su muerte; tras su muerte y resurrección, y luego de un tiempo de preparación de aquel lugar celestial que el Señor refiere en el texto como “la casa de mi Padre”, vendría a buscar a los suyos, para llevarlos a ese lugar de eterna bienaventuranza, a una feliz reunión más allá de este mundo. En el cenáculo, Jesús volvió a referirse a su muerte, y a los sentimientos que embargarían a sus discípulos, y también al feliz reencuentro luego de su resurrección. En Juan 16:16 se lee: “Todavía un poco, y no me verán; y de nuevo un poco, y me verán; porque yo voy al Padre”; y en 16:20 dice: “De cierto, de cierto les digo, que ustedes llorarán y lamentarán, y el mundo se alegrará; pero aunque ustedes estén tristes, vuestra tristeza se convertirá en gozo”, y en 16:22 agrega: “También ustedes ahora tienen tristeza; pero los volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie les quitará vuestro gozo”. Aquí Jesús promete que el llanto, el lamento y la tristeza por su muerte, se cambiaría en alegría desbordante al volver a verle con vida. La mañana del día de la resurrección de Jesús, el evangelio de Marcos informa que, cuando María Magdalena fue a contarle a los discípulos de Jesús que le había visto resucitado, ellos “estaban tristes y llorando” (16:10). Cuando el Cristo resucitado se presentó vivo ante esos mismos discípulos, fue tanta la alegría que “ellos, de gozo, no lo creían” (Lucas 24:41). Ambos pasajes, de los evangelios de Marcos y Lucas, muestran que la promesa de Jesús en el evangelio de Juan se cumplió cabalmente.

Creemos que lo que está claramente enseñado en las Sagradas Escrituras, y lo que también claramente se infiere a partir de lo escrito en la Palabra de Dios, permite legítimamente alentar la esperanza no sólo de un encuentro con el Señor Jesucristo, en quien pusimos nuestra fe y en cuyas manos entregamos nuestra vida toda, sino también la esperanza de un feliz reencuentro con aquellos seres queridos que partieron de esta vida en la fe de Jesús. Un feliz reencuentro más allá de este mundo de sinsabores y sufrimientos, en un día futuro en que definitivamente la tristeza se convertirá en alegría, en aquel reino celestial en el que, de acuerdo a la promesa de Dios “ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apocalipsis 21:4).

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo

 

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