La fábula del hacha

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La fábula del hacha

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

            Las cosas prestadas conllevan una carga de responsabilidad; por lo menos en personas responsables. En el Antiguo Testamento se relata un episodio curioso, protagonizado por uno de los personajes más destacados del Israel de aquellos días, el profeta Eliseo, junto a un grupo de individuos llamados “los hijos de los profetas”. Estos individuos, los hijos de los profetas, eran llamados así en virtud de un modismo hebreo, siendo en realidad discípulos del profeta Eliseo, quién estaba viviendo con ellos, tal vez temporalmente, en una forma primitiva de vida comunitaria. El relato de este hecho notable es el siguiente: Los hijos de los profetas dijeron a Eliseo: He aquí, el lugar en que moramos contigo nos es estrecho. Vamos ahora al Jordán, y tomemos de allí cada uno una viga, y hagamos allí lugar en que habitemos. Y él dijo: Andad. Y dijo uno: Te rogamos que vengas con tus siervos. Y él respondió: Yo iré. Se fue, pues, con ellos; y cuando llegaron al Jordán, cortaron la madera. Y aconteció que mientras uno derribaba un árbol, se le cayó el hacha en el agua; y gritó diciendo: ¡Ah, señor mío, era prestada! El varón de Dios preguntó: ¿Dónde cayó? Y él le mostró el lugar. Entonces cortó él un palo, y lo echó allí; e hizo flotar el hierro. Y dijo: Tómalo. Y él extendió la mano, y lo tomó (2 Reyes 6:1 – 7). Estos hombres querían agrandar la casa donde vivían, y para eso fueron a conseguir madera cortando árboles de las florestas que había a orillas del río Jordán. En eso estaban cuando a uno se le cayó el hacha al río; justo un hacha prestada. Aunque este hecho aparentemente intrascendente ocurrió hace aproximadamente dos mil ochocientos años, la expresión del obrero suena peculiarmente actual. El pobre hombre, probablemente, no tenía cómo pagar al dueño el hacha perdida. El pueblo israelita no tenía obligación, por ley, de dar de sus ofrendas y diezmos a las comunidades espirituales de profetas, como sí debían hacerlo con los sacerdotes y ministros del Templo, y es muy probable que el aprendiz de profeta metido a leñador no tuviera otro ingreso más que el de su humilde trabajo. El obrero torpe se lamentó, dirigiéndose al profeta, tal vez porque éste era su referente, pero probablemente sin pretender que hiciera algo más que solidarizarse con su situación. Uno casi puede imaginárselo agarrándose la cabeza y diciendo: ay, jefe, el hacha no era mía, ¿y ahora cómo le explico al dueño?

            El relato del hacha perdida está colocado en el contexto de varios capítulos del segundo libro de Reyes que narran el ministerio del profeta Eliseo. Es un relato breve y parece estar allí por tratarse de un episodio de la vida de este hombre, notable por el milagro de hacer flotar el hierro de un hacha, hundido en el fondo del río. El procedimiento que el profeta usa, cortar un palo y echarlo en el agua en el lugar donde había caído el hierro, por supuesto que no es admisible como explicación natural de la recuperación del hacha; probablemente haya constituido un acto simbólico, representativo de un hecho sobrenatural en marcha. Efectivamente, Eliseo ejecutó allí un milagro, y benefició así al obrero que recuperó el hacha perdida. Sin embargo, a punto de partida de este incidente, que resulta a la vez sencillo y extraordinario, podemos imaginarnos algo así como una fábula; es decir, imaginar que, en este suceso, no sólo Eliseo y el obrero tenían pensamientos y sentimientos, sino también un objeto inanimado como el hacha. Entonces, más allá del milagro, en relación al relato podemos buscar otros aspectos que contengan un mensaje, una enseñanza, algo edificante para nuestra vida y nuestro carácter. Por ejemplo, podemos preguntarnos, en primer lugar: ¿cómo se sentía el que usaba el hacha? Seguramente consternado, preocupado y desesperado, al haber perdido una propiedad muy valiosa en aquellos tiempos, que no era suya y por la que debería responder. Y Eliseo, ¿cómo se sintió? Del relato surge que se mantuvo tranquilo; no tanto porque él no tenía responsabilidad en la pérdida del hacha, y no debía responder por la misma ante el dueño, sino porque sabía que, en una cuestión tan aparentemente sin importancia comparada con los problemas que enfrentaba la nación, en el inconveniente personal de un obrero humilde, Dios también podía intervenir, y de hecho lo haría. Ahora, ¿cómo se sentía el hacha?

            Aquí empieza a armarse la fábula; una fábula en la cual ese objeto de hierro desprendido del mango del hacha durante un movimiento ejecutado por el obrero, y hundido hasta el fondo del río, ese objeto se transforma en un ser sensible y pensante, con emociones y temores, perdido y solo en el lecho del Jordán. En tal situación, ¿qué haría el hacha? Si tuviera ojos miraría hacia arriba, hacia la superficie del río, que aparecería como la vía de salida y de escape de su condición, pero impresionando como lejana e inalcanzable. Si tuviera intelecto comprendería que no le era posible volver por sí misma a la superficie, al no tener ni medios ni fuerzas para salvarse; se sabría perdida. Si tuviera recuerdos pensaría en el tiempo pasado, en una época anterior de su vida, cuando era útil y cumplía su función a plenitud; cuando hacía las cosas bien, y todo iba bien. Si tuviera sentimientos, el hacha se sentiría sola, abandonada y sin esperanzas; se sentiría desesperada, y además de saberse perdida, se sentiría perdida. Si tuviera libre albedrío, desearía que no hubiera pasado lo que pasó; desearía nunca haber tomado esa mala decisión que la hizo hundirse hasta el fondo, o nunca haberse dejado arrastrar por la mala decisión tomada por otra persona, sólo para terminar desamparada, en una profunda y oscura situación. Si el hacha de nuestra fábula tuviera humildad, reconocería que necesitaba ayuda; depondría el orgullo que impide reconocer los propios errores y pecados, y dejaría a un lado la soberbia que no permite asumir la responsabilidad por las elecciones equivocadas hechas en el camino de la vida. Si tuviera boca para hablar, tal vez clamaría pidiendo ayuda.

            Mirar hacia arriba, comprender cabalmente la propia difícil situación, evocar tiempos mejores ya desaparecidos, sentir soledad, abandono y desesperanza, sentir desesperación, desear volver atrás para cambiar una mala decisión, para hacer las cosas diferentes, para no terminar en una situación de desamparo, reconocer con humildad que uno necesita ayuda, y deponer el ego, el orgullo y la soberbia para pedir ayuda, son cosas que un hacha de hierro jamás va a pensar, sentir ni hacer. Porque son pensamientos, emociones y acciones de las que sólo los seres humanos somos capaces. Pero los seres humanos también somos capaces de tener un ego inflado como pelota de playa, un orgullo insufrible y una soberbia repulsiva; también somos capaces de tomar malas, pésimas decisiones, en ignorancia o aún a sabiendas de que nuestras elecciones dañarán a otros, o a nosotros mismos; también somos muy capaces de incurrir en la estupidez, o en la maldad, al punto de hundirnos hasta lo más profundo, lejos de la luz, de la vida y de la alegría, lejos de la paz, lejos de quienes más amamos, lejos de Dios.

            Somos capaces de hundirnos, y también de arrastrar a otros con nosotros.

            Como el hacha de la fábula podemos estar en algún momento de la vida. Hundidos, pero hundidos hasta el fondo; sintiendo que verdaderamente nuestra vida tocó fondo. Abrumados por la desesperación, al saber que estamos en lo más profundo; que nada puede empeorar ya, porque todo está mal, y no se avizora una salida, ni un respiro. Puede ser que nuestra condición sea tal, que miramos la solución, el alivio, la salvación, como algo inalcanzable. Y allí estamos, sumergidos, pensando y recordando un tiempo mejor, comprendiendo que no hay forma de volver atrás, porque estamos perdidos. Deseando no haber tomado aquella mala decisión que nos llevó a hundirnos en el pozo de la desesperación, y no creyendo que nada ni nadie pueda ayudarnos; no creyendo posible salir.

            Hace muchos años, en una clase de psicología médica, un profesor mostraba a sus estudiantes la entrevista a una mujer de edad madura, internada en un hospital de Montevideo. La paciente relataba al psicólogo los problemas que la acuciaban: su seria y delicada enfermedad, y su precaria situación económica, agravada por no poder trabajar, debido a su condición. Varias veces se refirió a sí misma como estando en un pozo, del cual no sabía cómo salir. Luego contó un sueño: un helicóptero flotaba sobre ella, y del mismo le arrojaban una cuerda; una vez aferrada ella a la cuerda, el helicóptero comenzaba a ascender; pero en determinado momento la cuerda se rompió, y ella cayó nuevamente al lugar donde estaba. Cuando el video se apagó, los estudiantes rodearon al profesor de psicología; todos hablaban, y discutían la situación de la paciente, sin comprender lo que ella sentía, ni qué quería decir con sus palabras. Hasta que uno pidió interpretar el sueño. El estudiante explicó que cualquiera que quisiera ayudar a la paciente, dado que ella había descrito su situación como “estar en un pozo”, se vería simbolizado por algo con la capacidad de ascender verticalmente; como, por ejemplo, un helicóptero. Que la cuerda se rompiera significaba que ella no creía posible salir del pozo. El profesor de psicología aprobó la interpretación de su alumno, y en pocos minutos más finalizó la clase.

            Ahora bien, nosotros sabemos que sí hay una manera de salir del pozo más profundo al que las circunstancias de la vida puedan hacernos caer. La manera es acudir al Único que tiene poder sobre la vida y ha vencido a la enfermedad y la muerte: Jesucristo. Cuando nos aferramos a Cristo, Él nos aferra para nunca soltarnos, ni dejarnos caer. Acudir con fe al Señor puede elevarnos sobre toda desesperación. Como lo dice también el salmista: Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor. Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; Puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos (Salmo 40:1, 2); este mismo pasaje en la traducción Dios Habla Hoy se lee de la siguiente forma, muy expresiva: Puse mi esperanza en el Señor, y él se inclinó para escuchar mis gritos; me salvó de la fosa mortal, me libró de hundirme en el pantano. Afirmó mis pies sobre una roca; dio firmeza a mis pisadas. Eliseo echó un palo en el lugar donde se había hundido el hacha; eso dice el relato bíblico. Si el hacha de nuestra fábula hubiera tenido ojos, esos ojos con los que miraba hacia arriba con el deseo imposible de salir de esa profundidad a la que había caído, esos ojos, habrían visto ese palo – un trozo de madera en realidad – y lo habrían visto acercándose. Luego se habría dado cuenta que ese palo que había aparecido ahí arriba no se acercaba por estar hundiéndose también, sino que el hacha estaba saliendo a flote. En el mundo real – sí, el mundo real que incluye la dimensión espiritual que es invisible a nuestros ojos, pero no por eso es menos real – en diferentes momentos de nuestra vida, Jesús se acerca a nosotros; en el mensaje de un predicador del evangelio, o en el sencillo testimonio de vida de un creyente de a pie, sin títulos pero sincero, o en un humilde papel escrito que alguien anónimo nos entregó en la calle, en un ómnibus o en la cama de un hospital, o a través de un programa de radio, Jesús se presenta ante nosotros, con su mensaje de amor, perdón, fe y esperanza. Y cuando estamos hundidos en nuestros pecados y miserias, y viviendo los peores momentos de nuestra existencia, Él viene hasta donde estamos hundidos, y pone ante nuestros ojos la cruz en la que pagó por nuestros pecados, para perdonarnos y salvarnos. La fe en ese Cristo muerto en la cruz, en nuestro lugar, para pagar por las culpas de nuestros errores y pecados, es la cuerda que nos aferra al Señor, para que Él comience a subirnos, a elevarnos, a sacarnos del pozo de la desesperación, del pantano cenagoso que resultó una trampa mortal para nuestra vida, para nuestra familia y nuestras esperanzas de ser felices. No se trata de fe en la cruz, sino de fe en Jesucristo quien murió en la cruz, y resucitó de entre los muertos al tercer día, y ascendió a los cielos, y ahora está sentado a la diestra de Dios Padre, hasta el tiempo en que vendrá por segunda vez a este mundo, para juzgar a los vivos y a los muertos, según lo escrito en la Biblia.

            Respecto de la fe en Jesús para salvación, y relacionado a lo recién dicho acerca del juicio que el Señor ejecutará cuando venga por segunda vez a cumplir su prometido regreso, los incrédulos y enemigos de la fe han procurado rebajar el ofrecimiento del amor de Dios en Jesucristo a una cuestión de proselitismo exclusivista; como si el evangelio cristiano ofertara creer, y amenazara con la condenación a quien se niegue a creer. La iglesia, otra vez y lamentablemente, equivocó el camino de la predicación y anuncio del evangelio, a lo largo de la historia y por demasiado tiempo. El primitivo evangelio predicado por Jesús y los apóstoles en el Nuevo Testamento nunca fue una propuesta del tipo “creés o te reventamos”. Fue una oferta de salvación a quienes ya estábamos condenados a causa de nuestros pecados. El evangelio de Jesús no dice “el que no cree será condenado”, sino que dice el que no cree, ya ha sido condenado porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios (Juan 3:18). En este párrafo, el apóstol Juan recoge un discurso del propio Jesús acerca de la fe, la condenación, y la fe que salva de la condenación eterna. A mí me resulta significativo que Jesús no haya dicho el que no cree, será condenado, sino ya ha sido condenado; el texto impresiona decir que la condenación es una sentencia previa sobre el ser humano, que se confirma cuando el mismo rechaza creer en Jesucristo, porque en Jesucristo está la oportunidad de salvación que Dios le dio a la humanidad perdida. Y esto se confirma si tenemos en cuenta lo expresado por Jesús en el versículo anterior, en el cual leemos que el Señor había dicho no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. Amigo oyente y amiga oyente, más allá de lo enseñado históricamente por la iglesia, lo importante es lo que dice la Biblia. Jesús se acerca a usted para ofrecerle salvación por la fe, no para amenazarle con la condenación. El ofrecimiento del evangelio de Jesús no es crea, o se irá al infierno; ¿sabe por qué?, porque usted ya está en el infierno. Y si se muere sin creer en Jesús, para usted la muerte va a ser sólo una mudanza, del infierno de este mundo, al del otro mundo. El detalle es que en el infierno de esta vida hay una oportunidad, que no hay en el otro: creer en Jesucristo para salvación eterna.

            ¿Usted se siente hundido hasta el fondo? ¿Se siente perdido, se siente perdida? ¿Se ha preguntado, una y otra vez, por qué tomó aquella mala decisión que lo llevó – que la llevó – a su situación actual? ¿Se siente desesperado, al saber que no puede salir a flote por sus propios medios? ¿Está dispuesto a reconocer que necesita ayuda? ¿No será que va a cometer la tontería de mantenerse en su orgullo, y en vez de clamar por ayuda, desechará cualquier ayuda, como si no pasara nada? Jesús puso ante sus ojos, ante los míos y los de todos, ante los ojos de nuestro corazón y de nuestra alma, esa cruz en la que murió para darnos vida eterna. Mirémosle a Él, confiemos en Él, pidámosle ayuda a Él. Es nuestra única oportunidad de salir otra vez a flote; de ser perdonados, de recibir salvación, de ser útiles otra vez, de comenzar una nueva vida de servicio, de alegría en medio de las dificultades y de paz en lo peor de la tormenta; de comenzar una vida de esperanza.

            Amigo oyente, amiga oyente, si usted está hundido – o hundida – y tocó fondo, clame a Jesús, para que Él le saque de lo profundo de sus miserias, y le haga una nueva persona, redimida, perdonada, y feliz.

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

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