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Qué mundo tan ¿maravilloso?


Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Termina el año y pasamos raya. Siempre es difícil ponerse reflexivo en esta semana, entre navidad y fin de año, en plena atmósfera festiva. Sin embargo, conforme se acerca el 31 de diciembre, algunos medios de comunicación procuran conducirnos – por no decir, obligarnos – a una revisión resumida del año que finaliza. Una revisión en la que, con mucho esfuerzo, se destaca lo positivo que trajeron los pasados doce meses: una leve mejoría en la economía, algún logro deportivo, los gestos solidarios de compatriotas desinteresados, un logro científico de cierta importancia; pero una revisión en la que es inevitable rememorar lo mucho de negativo que, a nivel nacional e internacional, el mundo nos regaló: la desagregación familiar, la violencia creciente, el índice de rapiñas y homicidios, la corrupción entre los políticos, y también los desastres naturales, las guerras, atentados y crímenes que cuestan incontable número de vidas. En estos días tenemos la oportunidad de presenciar una síntesis, muchas veces visualmente impactante, del año en el mundo y en nuestro país; una síntesis, o un sumario, que provoca sentimientos ambiguos, mezcla de la exaltación y entusiasmo propios de las fiestas con la impresión producida por las cosas que pasan en el mundo que nos ha tocado vivir.

Y ahí cabe preguntarse: ¿en qué mundo nos ha tocado vivir? Esa es una pregunta que, aunque trillada, sigue siendo legítima; pero no a muchos se les ocurriría hacérsela, en esta semana de transición posterior a la navidad, ya en la recta final hacia la culminación del año, entre humo de petardos, vapores de alcohol y resaca de comilonas, impactados por lo que pasó en el mundo y en el país, y quizás también por hechos y situaciones que sufrimos en nuestra vida personal y en nuestro hogar. Realmente, es con un gran esfuerzo de voluntad y de optimismo que uno llega al final del año pensando aún que, pese a todo, vivimos en un mundo maravilloso. ¿Es maravilloso nuestro mundo? Quién escuche esta vieja y hermosa canción, editada en 1967 en la voz de Louis Armstrong, titulada Qué mundo tan maravilloso (What a wonderful world) puede legítimamente preguntarse: ¿cuál fue la visión que tuvieron los autores, los estadounidenses Bob Thiele y George David Weiss cuando la escribieron? Indudablemente, fue una visión de optimismo y de esperanza, o eso es lo que impresiona cuando uno lee la letra de esta balada de música jazz. La letra, realmente sencilla y encantadora, habla de la belleza de la naturaleza que nos rodea: los árboles y las flores, el cielo azul y las nubes, el día y la noche, el arco iris; también menciona la gente, los amigos que se quieren, y los niños, la referencia a los cuales introduce la esperanza, cuando dice: Oigo a niños llorar, los veo crecer, aprenderán mucho más que lo que yo nunca sabré, y pienso para mí… qué mundo tan maravilloso

Varias cosas resultan curiosas acerca de esta canción. En cuanto a su letra, este mundo tan maravilloso tiene escasas alusiones a los seres humanos: gente que pasa, amigos, los que se quieren, y niños, niños que lloran y que aún tienen que crecer para empezar a aprender; es decir, niños pequeños y, por lo tanto, todavía inocentes. Si bien es una canción positiva, que habla de las cosas sencillas de la vida, no tuvo mayor aceptación el año de su lanzamiento, pero sí veinte años después, cuando fue incluida en la banda sonora de la película Buenos Días, Vietnam, un filme ambientado en 1965 durante la guerra en el sureste asiático. En tercer lugar, What a wonderful world fue incluida en una lista de canciones no apropiadas, luego de los ataques del 11 de setiembre de 2001 en Estados Unidos. Al respecto de esto leemos: “La psicosis colectiva que se desató tras los atentados motivó que una de las redes de emisoras locales más importantes del país, Clear Channel Communications, entregara a sus editores una amplia lista de canciones cuya emisión se prohibiría a partir de entonces porque sus letras podían herir sensibilidades. Lo anecdótico es que la mayoría de los temas no eran belicistas ni violentos, simplemente se instalaba esta censura con la que se pretendía no avivar los recuerdos de este trágico hecho que tan profunda huella ha dejado en la población estadounidense” (http://papeldeperiodico.com/2013/09/la-censura-musical-en-estados-unidos-tras-el-11-s/). Otras fuentes sobre este hecho informan que en realidad la prohibición no era tal, sino más bien una recomendación de no pasar estar canciones, por los motivos antedichos. Es indudable que, para aquellas personas que lloraban seres queridos muertos en uno de los peores atentados terroristas registrados – recordemos que dejó tres mil muertos y seis mil heridos – y para todas las personas que estaban horrorizadas por la dimensión de la tragedia – y la magnitud de la maldad humana – que alguien les cante que el mundo es maravilloso podía sonar a broma cruel, a humor negro. Igual que pensar, obstinadamente, que el mundo es maravilloso, después de un resumen findeañero de noticias.

Con todo, en cuanto a esta canción interpretada por Louis Armstrong – y probablemente en relación a muchas otras – por tratarse de un tema no belicista, que no excita en modo alguno al odio, la violencia y la guerra, surge la duda acerca de si fue considerada no apropiada porque podría herir sensibilidades y despertar recuerdos dolorosos, o si, justamente por no ser belicista, no fuera adecuada en un momento en que el gobierno de la nación del norte se preparaba para ir a la guerra, como de hecho sucedió después con la invasión de Afganistán, antes de cumplirse un mes de los ataques a las torres gemelas. En cualquier caso, la recomendación de retirar de circulación, así haya sido por un tiempo, una canción con un mensaje positivo, pacifista y no violento, un mensaje de optimismo y esperanza – aunque esa esperanza no se base en la fe, como nos gusta a los cristianos – recomendar no pasar semejante tema musical, nos dice bastante sobre la naturaleza humana, y también sobre este mundo en que vivimos; un mundo que a los creadores de la canción les pareció tan maravilloso, pero que en realidad parece que no lo es tanto.

Si reflexionamos acerca de si el mundo es maravilloso o apenas lindo, si es feo, o es un lugar horrendo, vamos a ver que – en la mayoría de los casos – todo depende del momento que le esté tocando vivir a quien haga la apreciación. Nos puede parecer terrible, por ejemplo, cuando sabemos de un desastre natural que destruye bosques y fauna silvestre, o al ver la agonía y la muerte de las presas, en las fauces de sus depredadores, pero eso lo tomamos como parte de la naturaleza. Pero si una catástrofe natural provoca la muerte de personas, o estas mueren bajo el ataque de fieras salvajes, o peor todavía, por el ataque despiadado de sus propios congéneres – por razones políticas, religiosas, o de simple odio – eso ya es diferente. En ese caso, la mayoría de los seres humanos se siente sensibilizado y hondamente impactado; y algunos, hasta intentan ayudar. Una vez, en una entrevista sobre la novela Columnas de Humo, me preguntaron ¿dónde está Dios en medio de las tragedias? Uno en general se prepara, armándose de versículos bíblicos y explicaciones más o menos teológicas, para cuando alguien plantea la trillada pregunta acerca de por qué Dios permite el sufrimiento de los inocentes; pero la pregunta sobre ¿dónde está Dios en medio de las tragedias?, me tomó por sorpresa. En realidad, en parte era culpa mía, pues esa pregunta es una de las frases clave de la presentación de la novela – no escrita por mí, sino por la editorial – que figura en la contratapa del libro. Y la otra frase clave viene a continuación: Mejor diré, ¿dónde estoy yo? En otras palabras, ¿qué hago yo, cuando hay una tragedia? En aquel momento, en aquella entrevista radial que estaba saliendo en vivo, atiné a contestar que Dios está en aquellos que se sensibilizan ante una tragedia, y se mueven para ir a ayudar. Hasta el día de hoy creo que esto es así. Antes dijimos que la letra de la canción What a wonderful world hacía varias referencias a la naturaleza; más que a los seres humanos. Pero quizás la pregunta que debemos hacernos, a propósito de lo que propone esta canción, si el mundo es tan maravilloso o no, es la siguiente: ¿qué hago yo, para que el mundo sea maravilloso?

¿Qué hago yo para que el mundo sea maravilloso? ¿Qué hago para que mi mundo sea maravilloso? ¿Qué hago para que sea maravilloso para mi familia, para los que me rodean, para mis amigos, para mi comunidad? Esas son interrogantes legítimas, y está bueno hacérselas, aunque sea una vez al año. Y qué mejor época del año que esta, a menos de una semana del final del año, cuando pasamos raya, hacemos una evaluación del año que se va, y nos proponemos cosas para el nuevo año; qué mejor que proponernos cosas que sí cumplamos – aunque sean muy pocas, dos o tres, pero significativas – y aplicarnos a ellas desde el primer minuto del próximo primero de enero.

Según la Biblia, el mundo creado por Dios era bueno, y no simplemente bueno; era bueno “en gran manera” (Génesis 1:31), es decir, era muy, muy, muy bueno. Y esto, la Biblia lo dice después de la creación de los seres humanos. También en el libro del Génesis se nos dice que el pecado humano trajo nefastas consecuencias sobre toda la creación; en 3:17 se lee que Dios le dijo al hombre, después de su pecado: “maldita será la tierra por tu causa”. Más allá del debate y revisión a que han sido sometidos los capítulos iniciales del Génesis, y de que algunos – en general no cristianos – lo consideren un relato cuyo objetivo es trasmitir una enseñanza moral, pero no un relato histórico, en lo que todos podemos estar de acuerdo es en que, desde el fondo de la historia y hasta el presente, el ser humano parece ser siempre el gran responsable de arruinar el mundo en que vivimos. Y aunque los que más insistan con esto sean los ecologistas, respecto al daño que el ser humano hace al medio ambiente y la naturaleza, no cabe duda que el ser humano es el principal agente de daño y perjuicio provocados al propio ser humano. La Biblia también afirma que “toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora” (Romanos 8:22); este pasaje, en la traducción Dios Habla Hoy (DHH), está expresado de la siguiente manera: “la creación entera se queja y sufre como una mujer con dolores de parto”. Este pasaje es llamativo, pues equiparando “creación” a mundo, o planeta en el que vivimos, evoca una afirmación muy popular acerca de aquello que expresan los desastres naturales – huracanes, terremotos, sequías –: la repercusión negativa de la acción del hombre sobre el mundo y la naturaleza. Sin embargo, la afirmación del apóstol Pablo va más allá; evoca la dimensión espiritual de la creación: la relación original del ser humano con el Creador de todas las cosas, una relación rota por el pecado y la maldad (“las maldades cometidas por ustedes han levantado una barrera entre ustedes y Dios; sus pecados han hecho que él se cubra la cara y que no los quiera oír”; Isaías 59:2, DHH); una relación que, al romperse, puso al mundo bajo maldición, y bajo el gobierno del enemigo de Dios, como expresa el apóstol Juan con una afirmación teológica escueta pero contundente: “el mundo entero está bajo el maligno” (1 Juan 5:19). Realmente, cuando miramos los hechos de violencia injustificable y perversión incomprensible en que incurren algunas personas, que muchas veces parecen muestras de maldad en estado puro – maldad por maldad, y nada más – sin que ni la ideología ni la academia puedan ofrecer una explicación completa y acabada del mal que nos golpea cada día como comunidad y como nación, uno se siente tentado a regresar a la antigua explicación, que postula que la maldad humana es inspirada por una presencia espiritual invisible, consciente, maligna y suprahumana, que arrastra a los seres humanos, a algunos al menos, a convertirse en monstruos.

Vivimos en una época de abandono displicente – o de decidido rechazo – de la espiritualidad vinculada a la fe y la religión, en particular el cristianismo; una época en la que muchas personas buscan desarrollar alguna forma de vida espiritual que las rescate de la sequía de la filosofía humanista, y de teorías psicológicas que no han funcionado en la procura de soluciones a los problemas del diario vivir, pero sobre todo, que no han servido para lograr la máxima aspiración de cualquier ser humano: ser feliz. En esta época contradictoria, el ser humano considera arrogantemente haber superado la fe y la religión; en ocasiones, asombra ver con qué naturalidad algunas personas desprecian los sistemas de fe, y menosprecian a quienes creen en algo superior – tildándolos de débiles y dependientes – mientras afirman con soberbia que los avances de la ciencia y el desarrollo del pensamiento humano han proporcionado casi todas las respuestas, y que proporcionarán las respuestas que faltan, para entender los misterios del universo, los enigmas de nuestro mundo y los secretos de la mente humana. Sin embargo, al mismo tiempo, los seres humanos nos tenemos que horrorizar cada vez más por la multiplicación de hechos de maldad: la destrucción de vidas, la desintegración de hogares, el abuso y la muerte de niños, de mujeres, de ancianos, la corrupción desbocada en altas esferas de los gobiernos, y muchos etcéteras. Mientras tanto, como dice el viejo texto sagrado, la creación gime, el mundo a nuestro alrededor se queja; los desastres naturales, por ejemplo, en su violencia, intensidad y frecuencia crecientes, parecerían augurar el cumplimiento de algo que también figura en el antiguo texto sagrado de la Biblia, como una advertencia: “la tierra fue contaminada. Pero yo visité su maldad, y la tierra vomitó a sus habitantes… no sea que la tierra los vomite por haberla contaminado, como vomitó a la nación que la habitó antes que ustedes” (Levítico 18:25, 28).

De acuerdo, como reflexión findeañera, en este tránsito de navidad a fin de año, ésta es bastante pesada, sin bien son sólo titulares; sólo eso. Pero en algún momento merece la pena charlar sobre estas cosas.

La dimensión espiritual del sufrimiento y gemido de la creación se completa con la redención, la renovación del mundo, y la salvación del ser humano de su pecado, de sí mismo, y del maligno bajo cuyo dominio está sometida la tierra, a causa de la maldición original. El apóstol Pablo escribió al respecto de esa creación que gime y se queja y sufre: “el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios” (Romanos 8:19); y agrega con franca esperanza: “la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción a la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (8:21). Mirando la cosa con fe, con fe en Jesucristo y en el plan que Dios tiene para esta tierra, parece que los hijos de Dios tenemos un papel que cumplir en una prometida y aún futura renovación del mundo. En un tiempo futuro cuando se cumpla la promesa mencionada por el apóstol Pedro, en que Dios creará “cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia” (2 Pedro 3:13). Antes que llegue ese tiempo, en el momento actual que nos es dado vivir, cabe preguntarnos: ¿estamos nosotros cumpliendo un papel en lograr brindarles a quienes nos rodean un mundo maravilloso, o al menos no tan terrible? ¿No es una buena idea, dejar de hacer daño con nuestro egoísmo y nuestra superficialidad, y aportar al bien y la felicidad de aquellos a quienes podemos alcanzar y tocar con nuestras acciones, nuestras actitudes y nuestras palabras? ¿No es una buena propuesta, un buen propósito para el próximo año, y también para el resto de la vida? El propósito de una vida nueva, mejor, que haga mejor mi mundo, el de mi esposa o esposo, de mi hija y mi hijo, de mi madre y mi padre, de mi hermano y mi hermana. El propósito de construir juntos un mundo maravilloso; o por lo menos, un mundo mejor para quienes nos rodean. Empecemos el nuevo año con estas cosas en mente, y pongamos los ojos de nuestra fe en Jesucristo, quien puede ayudarnos a cambiar nuestro mundo para mejor.

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

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