Yo quiero otra Navidad

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Yo quiero otra Navidad

Por: Ps. Graciela Gares*

Nos propusimos ver la Navidad desde la mirada de los jóvenes y encontramos la carta que un adolescente español escribió a su familia:

“Queridos papá y mamá,

Me encanta la Navidad. Me gusta este tiempo en que todo se llena de alegría y nos reunimos toda la familia. Volvemos a estar todos juntos y soy feliz por eso.

Y les agradezco la ilusión que ponen en estas fechas. Pero quiero decirles algo que espero no les moleste demasiado porque no es mi intención.

Ya no soy aquel niño de hace 18 años. Ni 15. Ni siquiera 5. Ya no me deslumbran las luces, ni los villancicos, ni los deliciosos budines del día de Navidad. Es cierto que todo me gusta, pero ya no lo miro con los mismos ojos. Veo vuestro esfuerzo, lo agradezco pero no lo necesito. Ya no necesito tantos regalos. Ni tanta decoración. Ni tanta música.

Quisiera que la Navidad significara otra cosa. Ahora quiero otro tipo de Navidad…

Quisiera que hubiera un compromiso de toda la familia de aprender a discutir. Que no volviéramos a hablarnos como nos hablamos anoche. Eso es lo que de verdad quiero para esta Navidad. Quiero que cuando yo los desafío, cuando yo pierdo el control y soy agresivo, ustedes no lo pierdan. Que no se pongan a mi nivel.

Tampoco quiero que “se olviden de mi”, como si yo ya no tuviera “solución”… No quiero sentir que soy un problema, vuestro gran problema, y que sin mis desafíos vuestra vida sería más agradable. Eso duele…

No quiero volver a oírles decir entre ustedes esa horrible frase: “no hay manera de que aprenda, ya le enseñará la vida…” porque la vida me enseñará, claro que sí, pero no cómo lo harían ustedes ni me enseñará lo que ustedes quieren que aprenda.

Quiero que la Navidad signifique un cambio. Que de verdad se note en todos nosotros que queremos que esta familia “salga adelante”, y que dejemos de ir cada uno por nuestro lado. Estoy cansado de vuestra mirada también de cansancio… Todos estamos cansados de todos en casa… Y eso duele…

Yo quiero otra Navidad. Quisiera una Navidad con compromiso. De vuestra parte. Miren; yo lo intento año tras año pero fracaso. Me supera mi impulsividad, mi inmadurez, mi egoísmo y mi orgullo…y lo siento. La mayoría de las veces me arrepiento después de una bronca con ustedes. Yo no puedo solo. Quisiera que ustedes “tiraran de mi (me condujeran)”. De una forma diferente a la de ahora.

Busquen la manera de ayudarme. ¡Yo no sé cómo! ¡Son ustedes los padres! Solo sé que en mi carta de los Reyes Magos este año no quiero pantallas, ni juegos, ni dinero…quiero que aprendan a hacer algunas cosas mejor. Solo algunas pocas…

No soy un hijo fácil, lo sé. Pero seguro que existe una manera de hacer mejor las cosas y yo quiero aprenderla. Y que la aprendan ustedes. Y que Navidad tenga un sentido durante todo el año.

Los quiero mucho y los necesito. Por más que los insulte, y les grite, y les mienta. Y vuelva a gritarles. De verdad que los quiero. Muchísimo. Mi comportamiento no tiene nada que ver con lo mucho que los necesito.”

Fácilmente podríamos imaginarnos un planteo similar de parte de una esposa a su esposo o viceversa. De un pariente a otro. De un amigo a otro. De un vecino a otro. Un pedido de comprensión, tolerancia y cambio en la manera de relacionarnos, para rescatar y prolongar el verdadero sentido de la Navidad.

Algunos adultos “actuamos” cada Navidad como diciendo: “el show debe continuar”; hay que buscar reunirse con otros, hay que adornar la casa, hay que preparar un menú acorde, hay que comprar muchos regalos. Hay que intentar recrear la “magia navideña”, aunque quizá estemos ya cansados de procurar mostrarnos felices cuando no lo estamos.

Pero aquí tenemos un joven que se animó a hablar con franqueza, a corazón abierto y aprovechó el clima navideño para hacer una puesta a punto en las relaciones familiares o interpersonales. No se dejó atrapar por la fantasía de luces, comidas, regalos y brindis a la que otros nos inducen para forzarnos a consumir. Él eligió hablar de lo que realmente le importaba: la armonía familiar.

Y aunque para los “nativos digitales” la tecnología es imprescindible para la vida, él renunciaba a recibir teléfonos celulares, juegos o dinero. Creía que era posible otra Navidad y la reclamaba.

Confesaba que por sí mismo no la podía crear, que no sabía cómo hacerlo.

Nosotros quizá también debamos declararnos incompetentes para  recuperar el verdadero sentido de estas fiestas y pedirle a Cristo que presida este año la celebración en nuestro hogar.

En la noche del nacimiento de Cristo no hubo magia, ni fantasía. La única algarabía quizá haya sido el canto de los ángeles. Antes y después de ello, habría silencio en el establo. Asombro en los rostros de María y José ante el misterio de Dios encarnado; reflexión y adoración en los pastores que vinieron tiempo después a visitarlo. Ellos venían con regalos, pero no brindaban con alcohol, ni comieron en exceso para celebrarlo, sino que “regresaron glorificando y alabando a Dios por lo que habían visto y oído, pues todo sucedió tal como se les había dicho”. (Lucas 2:20)

En todo caso, fue una fiesta del corazón para todo israelita que esperaba el nacimiento del Mesías.

Pensando en nuestro país, ¡cuánta necesidad de sanar los vínculos entre todos luego de un año 2017 quizá record en violencia hacia niños, mujeres, etc.

¡Cuánta necesidad que las familias uruguayas reflexionemos qué estamos haciendo mal para que haya tanta discordia y daño hacia los más débiles!

¡Cuántos niños y jóvenes con dolor repartirán su tiempo entre dos hogares en esta Navidad, ya que sus padres están separados!

¡Cuánta necesidad de franqueza, humildad y “mea culpa” para escuchar la voz de Dios hablando a nuestra conciencia!

Sin dudas, Él nos dirá que hemos dejamos de lado sus preceptos, sus mandamientos, que no leemos Su Palabra o si lo hacemos, no la obedecemos y por eso nuestro país se ha llenado de violencia. Que no doblamos suficientemente nuestras rodillas a diario ante Dios y por eso Satanás está ganando la batalla, sembrando odio y discordia en las relaciones entre los habitantes de nuestro suelo.

¡Que cada uruguayo en estas fiestas invoque la paz de Dios sobre su hogar y el de sus prójimos!, con actitud de diálogo y tolerancia, rogando a Dios que sane al país de los males que hoy lo enlutan.

Unos 27 jóvenes recientemente participaron de un experimento social en el que debían escoger los regalos navideños para las personas más importantes en sus vidas. Eligieron desde dulces a celulares, libros, discos, videojuegos, viajes, casas en la playa, hasta drones y aún caballos.

En segunda instancia, les invitaban a imaginar que esa fuera la última Navidad que compartirían con quienes amaban y volvían a preguntarles qué regalarían. Emocionados, todos cambiaron los regalos materiales por regalos del corazón:

 “Si fuera la última Navidad le pediría perdón por una discusión que tuve con él o ella, le diría te quiero, le regalaría mi presencia ese día, regalar tiempo es un regalo exclusivo y único, la/o llevaría al pueblo de sus abuelos que no ha podido volver, reuniría a la familia entera en casa, etc.”

En Navidad recordamos el regalo del corazón de Dios a la humanidad.

¡El Creador se avecinó a sus criaturas! ¡La divinidad se humilló y comenzó a convivir con nosotros! Al “humanarse”, Jesús inició el proceso de consustanciarse con nuestras debilidades (hambre, cansancio, tentaciones, sufrimientos, etc.), camino que culminaría cuando ocupara el lugar que nos correspondía, el sitio del pecador que debía ser castigado por la justicia perfecta de Su padre, muriendo en sustitución nuestra.

Por eso nos parece absurda una Navidad sin Jesús,

“… quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse.
 Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo haciéndose semejante a los seres humanos.
 Y, al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!
Por eso Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre,
para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre
. (Filipenses 2: 5 – 11)

Y el apóstol Pablo concluye:

La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo ….

“teniendo un mismo parecer, un mismo amor, unidos en alma y pensamiento. No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses, sino también por los intereses de los demás”. (Filipenses 2: 2 – 4)

Sin duda, la fórmula perfecta para acabar con los males que enlutan a nuestra sociedad y regalarnos una feliz Navidad y un próspero 2018! Que así sea!!!

*Ps. Graciela Gares – Participa en la programación de RTM Uruguay que se emite por el 610 AM – Columna: “Tendencias” – Lunes 21:00 hs.

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