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Si estuvieras en mi lugar

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Hay muchas profesiones y ocupaciones que tienen que ver con atender a la gente, y atender a la gente cuando está en problemas, o pasando por ciertas dificultades, o atravesando crisis. Hay personas que se dedican profesionalmente a trabajar con otras personas, cuando éstas necesitan ayuda; por ejemplo, los profesionales de la salud, pero no sólo estos. Entre los profesionales de la salud – y se reitera, no sólo entre estos – hay una expresión muy gráfica que describe lo que representa encontrarse, en un momento dado de la vida, no entre los que atienden, como siempre y como es la rutina de trabajo porque a eso uno se ha dedicado, sino encontrarse entre los que necesitan ser atendidos. La expresión es “estar del otro lado del mostrador”; podría decirse que es una versión alternativa de la muy conocida frase que refiere a “estar en los zapatos” de otra persona. Indudablemente, estar “del otro lado del mostrador” es una experiencia muy aleccionadora para quienes cada día trabajan en la asistencia de personas con problemas de todo tipo, tal que desarrollan habilidades y destrezas propias de su profesión, en las cuales pueden llegar a ser muy buenos, pero quienes, debido a la rutina de trabajo, debido a la pericia técnica que desarrollan, y también debido a la costumbre de trabajar apegados a un protocolo, pueden en algún momento perder de vista un aspecto fundamental del trabajo con personas: el aspecto humano. La empatía, el entender lo que el otro siente, lo que experimenta, sus angustias, sus temores, su incertidumbre, sus penas y dolores; y actuar, además de con pericia, habilidad, destreza y profesionalismo, también con comprensión, con compasión y humanidad. El aspecto humano puede llegar a ser perdido de vista por algunos, a veces en forma puntual, ocasional, porque también los que atienden tienen sus problemas y sus días malos. Otros, en cambio, al aspecto humano lo pierden en forma permanente; o dan la impresión de que nunca lo tuvieron.

Para los cristianos apegados a la Biblia, para los cristianos que seguimos los pasos de Jesucristo, actuar con amor, misericordia y compasión con quienes están sufriendo, están en problemas graves, o se encuentran sumidos en la angustia por diversas causas, debe ser – o debería ser – una regla. No importa si el destinatario del amor y la compasión es un hermano o hermana en Cristo, miembro de iglesia evangélica, o no lo es. El ejemplo de amor y compasión de Jesús de Nazaret es más que elocuente e instructivo. En Mateo 9:36 leemos que Jesús al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor; y en relación al sufrimiento y la enfermedad, el mismo Mateo es enfático al conectar compasión con acción en la persona del Maestro: saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, y sanó a los que de ellos estaban enfermos (Mateo 14:14). Es curioso que el término compasión reconozca sinónimos que en principio parecen tan positivos, como piedad, misericordia, clemencia, humanidad y altruismo, pero también otros como lástima y sensiblería, que parecen negativos, e incluso generan el rechazo manifiesto en la conocida expresión no quiero que me tengas lástima. Cabe preguntarse en qué medida cada uno, cuando le toca pasar al otro lado del mostrador, rechaza la lástima pero espera la compasión que mueve a la acción; o por lo menos, espera una buena atención, quizás mejor que la que supo brindar a quién la necesitó. Es legítimo preguntarse hasta qué punto aquellos que fallaron en brindar una atención y ayuda compasiva, solidaria y humana, lo hicieron por no creer que alguna vez estarían en los zapatos del otro, por no pensar o negarse a pensar en ello, y por lo tanto actuaron como si nunca les fuera a tocar. Los cristianos apegados a la Biblia deberíamos ser capaces de reconocer en las Sagradas Escrituras sendas directivas y claros ejemplos que desaconsejan semejante actitud.

Uno de los más significativos de estos ejemplos es el de Job. La situación de este patriarca bíblico es paradigmática del sufriente sobre quien han caído sucesivas desgracias, y no se explica el porqué. Job fue un hombre de quien se dice que era perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal (Job 1:1; en la traducción Dios Habla Hoy, Job era un hombre que vivía una vida recta y sin tacha, y que era un fiel servidor de Dios, cuidadoso de no hacer mal a nadie). Este individuo pierde todos sus bienes, sufre la muerte de todos sus hijos, y casi enseguida enferma de una afección descrita como una sarna maligna desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza (Job 2:7); muchas pérdidas e infortunios, permitidos por Dios, cuyo propósito al dejar que tanto sufrimiento cayera sobre un hombre justo permanece inexplicado. Además, aún su esposa – por supuesto que también en trágica amargura – no pudo decirle más que lo siguiente: ¿Aún retienes tu integridad? Maldice a Dios, y muérete (Job 2:9); una manera de aquella mujer – una madre que también había perdido a todos sus hijos – de decir “no me hables más de Dios”. El broche de esta situación para Job es la llegada de tres amigos, que con el propósito de condolerse de él e intentar consolarle vienen para acompañarle; que se conmovieron profundamente por la situación del patriarca; pero que, en la búsqueda de una explicación para las terribles desgracias vividas por su amigo, no pudieron encontrar una mejor que acusarlo de, bajo la apariencia de una vida honrada y moralmente pura, esconder terribles pecados. Así presentada la situación, este hombre empobrecido y solo, que lloraba la muerte de sus hijos y sufría en su cuerpo una enfermedad dolorosa y molesta, aunque sabía en su fuero interno que él no había cometido maldades que merecieran semejante castigo, tuvo que soportar las largas diatribas de unos sujetos insensibles, que creyeron más importante explicar el enigma del sufrimiento de una persona aparentemente justa, que consolar a dicha persona sufriente, que era para lo que habían venido. Para ellos, el enigma se explicaba de una sola manera: la hipocresía culpable de Job.

Ninguno de los tres amigos de Job parece haber pensado en aquel momento en ponerse del otro lado del mostrador. Lo curioso es que el propio patriarca los invitó a pensarlo, cuando les dijo: También yo podría hablar como ustedes, si vuestra alma estuviera en lugar de la mía (Job 16: 4a).

El pasaje bíblico citado se encuentra en un contexto dado por los versículos 1 al 5 del mencionado capítulo 16 del libro de Job, en los cuales se lee: Respondió Job, y dijo: Muchas veces he oído cosas como estas; consoladores molestos son todos ustedes. ¿Tendrán fin las palabras vacías? ¿O qué te anima a responder? También yo podría hablar como ustedes, si vuestra alma estuviera en lugar de la mía; yo podría hilvanar contra ustedes palabras, y sobre ustedes mover mi cabeza. Pero yo les alentaría con mis palabras, y la consolación de mis labios apaciguaría vuestro dolor. Los cristianos evangélicos somos, básicamente, portadores de un mensaje; esto, entre otras tantas cosas que, entendemos, forman parte de nuestra profesión de fe en Jesucristo. Portamos un mensaje de fe y esperanza para el mundo, para la gente y para quienes nos rodean, sobre la base de la obra de salvación de Jesús. A menudo, ser portadores de un mensaje nos hace creer, pensar o sentir que tenemos que decir algo, cuando vemos a una persona viviendo una situación difícil o crítica en su vida; sentimos que tenemos que hablarle del amor de Dios, que debemos hablarle de la fe y la esperanza en Jesucristo, de la obra que Dios puede hacer, si deposita su fe en Él. Hasta ahí, todo bien. El problema es cuando, imbuidos de la noción de nuestro papel como portadores del mensaje del evangelio, pasamos a hacer interpretaciones de la realidad – del tipo de: “esto pasa por tal o cual cosa” – o cuando emitimos juicios de valor, y comenzamos a hacer recomendaciones y señalar cursos de acción. En suma, cuando nos ponemos a hacer consejería cristiana, como si fuéramos expertos en la materia, siendo que en realidad primero deberíamos preguntarnos si estamos llamados y verdaderamente capacitados para semejante tarea. El pasaje bíblico de Job 16 puede ayudarnos a pensar, y evaluar eso. En el versículo 2 dice: Muchas veces he oído cosas como estas; consoladores molestos son todos ustedes; parafraseando al patriarca, Job les dice a sus amigos que sólo repiten ideas que él ya conoce de sobra, por lo cual el consuelo que ellos pretenden darle – el cual, hay que recordar, era el objetivo de su visita – se ha transformado en una molestia. Esto debería hacernos reflexionar sobre que el hablar interminablemente, hablar sin parar, aunque se esté hablando – o uno suponga estar hablando – del Señor, puede resultar no en una bendición – consuelo, esperanza y fortaleza – sino en una molestia. Entonces, ¿estamos haciendo algún aporte?; ¿estamos siendo de bendición? En el versículo 3 Job les enrostra: ¿Tendrán fin las palabras vacías? ¿O qué te anima a responder? El fastidio y disgusto del que escucha al que habla sin parar se evidencia en la pregunta retórica acerca de si en algún momento el discurso hueco y sin sentido, que no ayuda, se acabará. La pregunta del patriarca, ¿qué te anima a responder?, debería entenderse en el sentido de: ¿Qué te motiva a hablar tanto? Y nosotros preguntarnos: cuando hablamos a los demás, cuando le hablamos a alguien, ¿qué nos motiva? ¿Ayudar, bendecir, consolar y sostener al que necesita una palabra de aliento? ¿O simplemente hablar, poniéndonos en el papel de consejero, sabio y espiritual, aunque tal vez no llenemos la medida de tal? En este aspecto, y con las quejas de Job acerca de sus amigos expresadas en estos versículos en mente, cabe recordar aquella recomendación bíblica del apóstol Santiago: mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse (Santiago 1:19). En otras palabras, estar más listos para escuchar que para hablar, para no tapar con nuestras palabras lo que el otro, el que necesita consuelo y desahogo, tenga para decir.

Ahora, en cuanto a la situación de Job en sí, y sus tres amigos empecinados en acusar al sufriente, en una actitud que en su versión actual sonaría algo así como la conocida expresión: algo habrás hecho para que te haya pasado esto, en cuanto a Job, vamos a la invitación que él les hizo; invitación a pensar qué pasaría si las cosas fueran al revés. Decirles si vuestra alma estuviera en lugar de la mía es decirles: ¿y si ustedes estuvieran en mi lugar? ¿Y si cambiaran los papeles? Si ese fuera el caso, Job es enfático en afirmar que él también podría adoptar una pose de superado espiritual y moral, mirando desde la altura de su rectitud a los pobres pecadores a quienes había alcanzado su maldad. Él dice Yo podría hilvanar contra ustedes palabras, y sobre ustedes mover mi cabeza (v. 4b); en otras palabras, podría criticar y juzgar, sin misericordia como ellos, y mientras tanto sacudir la cabeza con suficiencia, como diciendo: ahí tenés tu merecido, o algo por el estilo. Sin embargo, Job dice algo diferente, y revelador de su carácter; un carácter más compasivo. El carácter necesario en el verdadero consejero cristiano, y muy necesario en aquellos cuya profesión consiste en atender personas en dificultades y sufrimiento, y también en todo aquel que procura ayudar a su prójimo, cuando ese prójimo – que puede ser un perfecto desconocido – necesita ayuda. Job dice que, en vez de hablar interminablemente, aleccionando severamente al que ha caído, y en vez de sacudir la cabeza con gesto de burla y superación, yo les alentaría con mis palabras, y la consolación de mis labios apaciguaría vuestro dolor (v. 5). En otras palabras, el patriarca dice que, si se invirtieran los papeles, él hablaría palabras de aliento, diría cosas que apuntaran al consuelo, para apaciguar el dolor del que sufre.

Jesús de Nazaret dijo en una oportunidad: No juzguen, para que no sean juzgados. Porque con el juicio con que juzgan, serán juzgados, y con la medida con que miden, les será medido (Mateo 7:1, 2). Que todo vuelve en la vida, que lo que se siembra se cosecha, son leyes que no fueron derogadas, ni han quedado obsoletas por nuestra cultura tecnológica, ni por las nuevas formas de moralidad, ni tampoco por las novedosas formas de relación que las personas han desarrollado en esta posmodernidad. Antes que juzgar, es mejor aprender a ponernos en el lugar del otro; a sentir su tristeza, su amargura y su pena, a experimentar su incertidumbre, sus temores e inquietudes, a sufrir sus aflicciones, sus dudas y sus miedos. Y procurar siempre, con amor y compasión, apaciguar su dolor.

Jesús hizo suyas, en el Sermón del Monte, palabras de sabiduría antigua conocidas como la regla de oro: Así que, todas las cosas que quieran que los hombres hagan con ustedes, así también hagan ustedes con ellos; porque esto es la ley y los profetas (Mateo 7:12). Se podría decir que esta regla de oro es en esencia egoísta; que recomienda tratar bien a los demás, en el interés propio de ser bien tratado, cuando el caso lo requiera. Y en parte es verdad; la ley de la siembra y la cosecha también contendría ese espíritu de egoísmo. Pero también es cierto que nos habla de cuán bajo ha caído la naturaleza humana, que el mismo Dios nos recomiende, para que nos vaya bien, actuar bien con los demás. Por otra parte, Jesús dice que la máxima de la regla de oro es la ley y los profetas; es decir, el Antiguo Testamento. Pero el Señor nos trajo otra enseñanza bien diferente: el amor desinteresado que se sacrifica por el otro; y lo demostró al morir por nosotros en la cruz.

Quiera Dios que aprendamos a actuar con verdadero amor.

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

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