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El buzón de queja

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

El quejarse es una característica que todas las personas tenemos; algunas más, otras menos, pero todos en algún momento nos hemos quejado de algo, o de alguien. Es muy difícil que nunca nos sintamos tan desconformes, molestos, disgustados o resentidos por un hecho o un acontecimiento, o por la actitud de una persona, su conducta o sus palabras, que no verbalicemos una queja. ¿Y qué es una queja? Justamente, el disgusto por cómo alguien actuó, o se comportó, también el reclamo, la protesta generalmente presentada ante la autoridad, por desacuerdos o disconformidades; pero también, en un terreno más personal, es una expresión de dolor, sea dolor físico (el clásico “ay”), o de un dolor emocional, fruto del sufrimiento, de una profunda aflicción, de una inconsolable pena. Por lo tanto, quejarse es expresar tales sentimientos de desagrado y dolor con palabras, o gemidos, suspiros, lamentos, llanto, gruñidos y gritos de rabia y de impotencia, a veces acusaciones, críticas y recriminaciones, y hasta palabrotas, maldiciones y – en casos extremos – arranques impensados de violencia, como romper algo, o querer pegarle una trompada a quien vemos como responsable del descontento que motiva la queja. También es cierto que, si bien algunos se quejan hasta cuando están solos, generalmente los quejosos expresan sus disconformidades delante de alguien. Es decir que uno, varios o muchos van a tener que – en cierta manera – “sufrir” las quejas del quejoso, sus protestas y lamentos, y también sus broncas y gritos, su enojo y agresividad. Y probablemente, los que escuchan y soportan al quejoso, luego se quejen de haber tenido que pasar por esa experiencia, desde simplemente molesta hasta muy desagradable y negativa.

Los uruguayos somos muy quejosos; así lo dicen periodistas, comunicadores y psicólogos. La queja es casi un deporte nacional para nosotros. En un reportaje sobre el libro uruguayo La historia de la queja, se nos dice que el mismo es “un volumen donde el autor recorre en clave de humor y parodia los orígenes de la sempiterna costumbre uruguaya y montevideana de protestar por todo”; el mismo artículo también dice que el autor “traza un recorrido cronológico de más de 500 años de historia vernácula con el leit motiv de la queja como elemento determinante de la idiosincrasia local” (https://www.elobservador.com.uy/el-adn-la-queja-uruguaya-n305021).

La queja es un auténtico desahogo emocional, en un momento de intenso dolor, rabia o frustración. Expresar lo mal que uno se siente, lo amargado y enojado y furioso, tiene el efecto catártico de descargar emociones negativas que, de otra manera, no sólo mortificarán nuestra vida interior, sino que también pueden originar síntomas somáticos, como gastritis, elevaciones de la presión arterial, y en determinadas personas, con algunos factores predisponentes, hasta ataques cardíacos y cerebrovasculares, entre otras condiciones graves de salud. Paradójicamente, quejarse generalmente es mal visto, y no sólo en nuestra cultura. La persona que nunca se queja es muy apreciada, por ejemplo, en el trabajo por sus jefes y pares, o en grupos formados con distintos fines, y también en familia; los quejosos, por el contrario, son un fastidio. Es necesario amor, para soportar a quien se queja, y mantener el ánimo de ayudar; para soportar al que se queja de continuo, al que se queja triste y amargamente, al que parece profesional de la queja, se necesita mucho amor y paciencia.

Entre cristianos evangélicos la queja, en general, también es mal vista. El concepto de Dios como el Creador Todopoderoso que está al control de todo (Hebreos 4:13), y también como un Padre amoroso que tiene cuidado de sus hijos (Lucas 12:7), conduce a considerar que cualquier cosa que suceda en nuestra vida tiene un propósito, nada es accidental, todo es guiado por la voluntad sabia y perfecta de Dios. Por lo tanto, el cristiano que se queja de algo que le aconteció, se queja de lo que Dios ha hecho, y eso es reprobable, a los ojos de sus hermanos. Esta es una visión bastante restrictiva del vínculo espiritual entre el creyente y su Dios, que no deja lugar a las consecuencias del libre albedrío que Dios le ha dado al hombre; tampoco deja lugar a la necesidad, muy humana, que tiene quien sufre un contratiempo o un fracaso, o atraviesa una crisis en su vida, de expresar su sentimiento de frustración o dolor, para así desahogarse. Podríamos plantear honestamente la pregunta: ¿está mal quejarse delante de Dios? Sería interesante comentar luego las respuestas. A muchos nos enseñaron que no hay que quejarse delante de Dios; hay que andar calladitos y sin chistar, nos dijeron. Recuerdo que, en mi juventud, siendo ya un creyente evangélico, cuando las cosas no me iban del todo bien, ni experimentaba satisfacción en la vida, y me venían una buenas ganas de quejarme, recordaba un pasaje como el de Números 11:1, en el cual leemos: “Aconteció que el pueblo se quejó a oídos de Jehová; lo oyó Jehová y ardió su ira”; este mismo pasaje bíblico, en la traducción DHH, se lee de la siguiente manera: “Un día los israelitas se pusieron a murmurar contra el Señor debido a las dificultades por las que estaban pasando. Al oírlos, el Señor se enojó mucho”. La diferente traducción pone en claro cómo cuando nos quejamos de alguien, nos estamos quejando contra alguien; y en este caso en concreto, el pueblo de Israel se quejó contra Dios. Sin embargo, eso no es siempre así; en el momento que relata el pasaje bíblico, los israelitas se quejaban de Dios por haberlos sacado a un desierto donde no había carne para comer. Nosotros, aún siendo creyentes, podemos sufrir reveses que nos mortifiquen y disgusten, vinculados a nuestra actividad diaria, al trabajo, la salud, la familia o la economía del hogar, y expresar queja al respecto no necesariamente es quejarse contra Dios; o por lo menos, cuando expresamos nuestro malestar, no tenemos intención de expresarlo contra el Dios en quien creemos. Es un tema complicado, porque también está escrito, en Lamentaciones 3:38: “¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno?”; un pasaje bíblico expresado en forma de interrogante, que induce una respuesta afirmativa: el Señor es omnipotente, por lo tanto, todo procede de Él.

Sin embargo, cuando profundizamos la lectura de la Biblia, encontramos expresiones interesantes, salidas de personas que la estaban pasando mal, y no se callaron. Por ejemplo, en estas cuestiones del sufrimiento, infaltable es Job, e inevitable comenzar con él. El mismo Job, que al inicio demuestra una entereza en su profunda aflicción que lo lleva a decir: “¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?” (2:10), algún tiempo después, cuando la pena y el sufrimiento se habían prolongado y soportar se hacía ya difícil, Job dijo: “Está mi alma hastiada de mi vida; daré libre curso a mi queja, hablaré con amargura de mi alma” (10:1). Resulta sugestiva la expresión daré libre curso a mi queja; este pasaje se lee de la siguiente manera en la traducción DHH: “¡Ya estoy cansado de vivir! Voy a desahogarme con mis quejas, voy a dar rienda suelta a mi amargura”. Destaca en esta traducción la expresión acerca del desahogo que proporciona el quejarse; pero volviendo a la traducción de RV, el daré libre curso a mi queja, puesta en palabras coloquiales, parecería decir: voy a quejarme todo lo que se me antoje.

 

Otros ejemplos bíblicos de quejosos. El salmista que dice: “Delante de él expondré mi queja; delante de él manifestaré mi angustia” (Salmo 142:2), dice no sólo que se va a quejar, sino que se quejará delante de Dios. El profeta Elías, amenazado de muerte por la reina pagana Jezabel, nos dice la Biblia que: “Viendo, pues, el peligro, se levantó y se fue para salvar su vida, y vino a Beerseba, que está en Judá, y dejó allí a su criado. Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres” (1 Reyes 19:3, 4). Elías, perseguido y solo, se sentía como alguien que no había colmado las expectativas puestas en él por sus mayores, y tenía ganas de morirse; así estaba el ánimo del profeta Elías, y dirigiéndose a Dios dijo basta. Ese basta, y el ruego de que se le ponga fin a su vida, equivale a la queja desesperada de quien ya no soporta la situación, y desea que alguien superior – o de mayor poder – le ayude, poniéndole fin.

Otro de los profetas del Antiguo Testamento que la pasó mal, y no se calló la boca ni siquiera ante Dios, fue Jeremías. Jeremías es llamado el “profeta llorón” por sus Lamentaciones, que es como un apéndice a su largo libro profético. Este profeta se despachó en un momento dado de su ministerio – al servicio a Dios – con una exclamación de grueso calibre: “Maldito el día en que nací” (20:14a); él evoca la maldición sobre un momento dado de su historia personal, y esto tiene su correlato en los modernos quejosos, cuando se lamentan diciendo, por ejemplo: maldito el día que te conocí, o malditas las ganas que tenía de venir aquí, o maldito el momento en que hice… tal cosa. Al maldecir el día de su nacimiento, Jeremías en cierta forma se emparentó con Job, que hizo otro tanto (Job 3:1 – 3). Pero en Jeremías vemos momentos difíciles en que expresa cosas más interesantes. Por ejemplo: “Justo eres tú, oh Jehová, para que yo dispute contigo; sin embargo, alegaré mi causa ante ti” (12:1a). El profeta dice estar convencido de la justicia de Dios; lo que pasa, pasa porque Dios así lo dispone, y a Dios no se lo puede acusar de injusto. Esa es la premisa con que también nos manejamos en la actualidad los creyentes: Dios es justo, y si el desarrollo de los acontecimientos nos resulta adverso – y nos parece que no nos merecemos tal adversidad – hay que buscar la razón en alguna parte, pero no en el proceder de Dios, porque en Él no hay injusticia; por lo tanto, con Él no se discute. Esa es, justamente, la posición opuesta a la del incrédulo, el agnóstico y el ateo, quienes ante lo que parece una injustica o crueldad, reniegan de la existencia de un Ser Supremo, o en caso de haberlo, lo acusan de injusticia. Pero según el pasaje bíblico que leímos antes, el profeta Jeremías toma una posición más compleja, y mucho más interesante; él asume que Dios es justo, y por lo tanto no tiene sentido discutir con Él por lo que hace; pero igual quiere discutir con Dios. El mismo pasaje en la traducción DHH suena muy revelador: “Señor, si me pongo a discutir contigo, tú siempre tienes la razón; y sin embargo quisiera preguntarte el porqué de algunas cosas”. Así que aquí, el profeta se da el lujo de pedirle explicaciones a Dios. Otro pasaje interesante en esta línea de comentario es aquel en que Jeremías dice: “¿Hasta cuándo estará desierta la tierra, y marchita la hierba de todo el campo? Por la maldad de los que en ella moran, faltaron los ganados y las aves” (12:4). La queja de este hombre aquí está verbalizada de una forma que puede sonarnos muy conocida a todos los que, atravesando una situación difícil, cuando sentimos que ya no dábamos más levantamos la mirada al cielo y exclamamos: ¿Hasta cuándo, che?, ¿hasta cuándo voy a tener que soportar esto?

El hasta cuándo nos conduce a otro quejoso del Antiguo Testamento: Habacuc. Habacuc es el nombre de un profeta del Israel antiguo que dejó un libro muy breve, de apenas tres capítulos, y poco conocido; pero un libro que contiene palabras trascendentes para la vida espiritual como, por ejemplo: “El justo por su fe vivirá” (2:4), expresión de gran importancia para la recta comprensión del evangelio de Jesucristo. Casi al inicio de este breve libro, el profeta exclama: “¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás?” (1:2). Ese hasta cuándo, con tono de recriminación, dirigido por el profeta a Dios, contrasta con un himno de confianza en Dios, de una confianza a toda prueba, que aparece al final del libro: Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación. Jehová el Señor es mi fortaleza, el cual hace mis pies como de ciervas, y en mis alturas me hace andar (3:17 – 19). Al finalizar su libro, este profeta quejoso demuestra haber llegado a un grado superlativo de confiada entrega a Dios. ¿Cómo llega a semejante entrega? Porque en el himno final de su profecía, este hombre prácticamente dice que, aunque la vida que conoce se desmorone, él seguirá confiando en Dios. Una clave se lee en 2:1, donde en la traducción DHH dice: Estaré atento y vigilante, como lo está el centinela en su puesto, para ver qué me dice el Señor y qué respuesta da a mis quejas. Aquí, Habacuc dice claramente que se había quejado delante de Dios; pero, además, esperaba respuesta. Habacuc se mantuvo firme, esperando en Dios. Este hombre estaba harto, asqueado, repugnado y fastidiado de la maldad, la injusticia, los problemas y el sufrimiento de su pueblo en su época; pero él dijo: voy a estar firme como un guardia que protege una fortaleza, como un centinela que no puede distraerse, ni dormirse, ni irse para otro lado, aguardando al Señor.

Uno de los mensajes más reveladores del libro de Habacuc, es que el Señor también responde las quejas. Pero, más aún, ¿cómo pudo Habacuc pasar de aquel hasta cuando, y sus otras quejas, al himno de confianza en Dios, a toda prueba, con que cierra su libro? Mediante firmeza, fe y oración. Él dijo que esperaría firme en su puesto, como un centinela responsable, esperando la respuesta del Señor, porque creía que había un Dios que podía responder, y que Él respondería; y se mantuvo en contacto con ese Dios en el que creía. No en vano es este breve libro del Antiguo Testamento el que contiene ese también breve pero fundamental mensaje: “El justo por su fe vivirá”, que muchos siglos después recogieron los escritores del Nuevo Testamento – en Romanos 1:17; Gálatas 3:11 y Hebreos 10:38 – para fundamentar el trato especial de Dios con los seres humanos, a partir de la obra redentora de Jesucristo: la fe es la llave que abre la puerta de la bendición de Dios, del perdón de los pecados, de la vida eterna, de la vida en abundancia que prometió Jesús, de una vida en comunión con el Señor en todo momento. También en los momentos de dificultad, de pena y de dolor, para desahogar nuestras aflicciones, nuestros sentimientos de rabia e impotencia, nuestras preocupaciones, inquietudes y temores, no en la queja estéril verbalizada ante oídos a los que no les importa lo que sentimos, sino ante Dios, que nunca se cansa de oírnos y atendernos, porque somos sus hijos, una vez que depositamos nuestra fe, desde lo profundo del corazón, en Jesucristo.

“Dejen todas sus preocupaciones a Dios, porque él se interesa por ustedes” (1 Pedro 5:7 DHH).

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

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