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Malestar sexual

Por: Ps. Graciela Gares*

Así como la era victoriana de fines de los siglos XVIII y XIX se caracterizó por la represión de la sexualidad, y el siglo XX por una revolución y libertad sexual sin restricciones, el siglo XXI podrá ser recordado como una época de confusión y malestar sexual.

La sexualidad reprimida por el puritanismo victoriano quedó en el pasado. El siglo XX se identificó con la apología de la liberación sexual (Sexo, drogas y rock & roll).

Pero el siglo XXI nos trajo lo inesperado: individuos que expresan sentirse atrapados en un cuerpo que, según dicen, no refleja su verdadera identidad sexual. Hombres que prefieren ser mujeres; mujeres que anhelan ser varones u otros que optan por definirse como bi-sexuales.

Se ha acuñado el término “disforia” de género para referirse al malestar que algunas personas experimentan respecto al sexo con el que nacieron. Ellos se auto-perciben como pertenecientes al sexo opuesto al suyo. Por tanto, sufren disconformidad y disgusto (generador de ansiedad, depresión, irritabilidad) a raíz del sexo biológico que les ha correspondido.

Esto deteriora su desempeño social y familiar. Se les conoce como seres trans-género. Dicen sentirse prisioneros dentro de un cuerpo incompatible con la identidad sexual subjetiva.

Décadas atrás, el Dr. John William Money, psicólogo neozelandés, profesor de Pediatría y psicología médica, comenzó a hablar de la disforia sexual, promoviendo la reasignación de sexo para resolver tales situaciones.

En un tiempo, la condición de las personas disconformes con su sexo biológico fue considerada por la Organización Mundial de la Salud como un trastorno mental. Pero hoy se intenta “des-patologizar” el problema para que ya no sea visto como un sufrimiento psiquiátrico sino una opción de vida.

Asimismo, se procura vincular el malestar que experimentan a las secuelas del rechazo y discriminación social que tales individuos dicen sentir.

Algunos artículos científicos le asignan causal desconocida a la disforia o malestar sexual.

Otros manejan hipótesis biológicas, psicológicas e incluso sociológicas, pero los auto-definidos como individuos trans-género optan por decir que lo que viven es meramente una variante normal de la identidad y expresión de la sexualidad humana.

Desde el punto de mira de la psicología sabemos que la identidad sexual no es innata sino que construye.

Nacemos biológicamente determinados para ser varones o mujeres y no tenemos conciencia de los privilegios y responsabilidades de la condición sexual que recibimos por naturaleza, ni cómo hemos de vivirla.

Observando continuamente el entorno humano que nos rodea, pronto advertimos la diferenciación sexual: soy nena como mamá o varón como papá. Y distinguimos entre nuestros amigos quienes son varones y quienes mujeres.

En la etapa escolar se desarrolla una curiosidad investigadora respecto a las diferencias corporales entre nenas y varones. Satisfechas las dudas, continúa el período de latencia sexual (libido en reposo). La atención sigue concentrada en el juego y las tareas educativas.

Pero inconscientemente el niño o la niña ya han iniciado su proceso de identificación sexual buscando en su mamá o en su papá un modelo exitoso con el cual identificarse.

Las niñas necesitan ver en su madre una vivencia gozosa de la condición de mujer; una mujer que se respete y que sea respetada por el entorno, que celebre su femineidad y no la maldiga o la considere una carga. Además, que sea para su hija un modelo alcanzable, es decir, humano e imperfecto.

 Los varones, por su parte, soñarán con ser como su papá si lo perciben triunfador en sus distintos roles: como padre, esposo, proveedor del hogar y como integrante respetado de la comunidad o el vecindario. A su vez, que sea alguien cercano al hijo, que lo acepte, lo acompañe y exprese orgullo por él.

Nadie quiere identificarse con el perdedor, con el que reniega de su condición de varón o mujer o con el progenitor que es denigrado por el resto de la familia. También, es difícil que queramos identificarnos con alguien que nos hizo un gran daño, nos abandonó, no cumplió sus obligaciones morales básicas o abusó de nosotros.

Al llegar a la juventud todo ese proceso inconsciente de formación de la identidad sexual mostrará sus resultados a la luz del día.

La mayoría de los jóvenes que gozaron del cuidado, protección y contención responsable de un padre y una madre, en un ambiente familiar de cariño y respeto, no vacilarán en elegir vivir su identidad sexual acorde con su sexo biológico innato. La joven deseará ser tan mujer como su madre, para despertar en un varón el afecto y respeto que su mamá despertó en su padre. Y el varón procurará ser tan masculino como su padre para conquistar la admiración y respeto que su padre cosechó de su mamá.

Este proceso inconsciente es complejo pero simple a la vez, si las condiciones familiares saludables se cumplen.

Para explicarnos las desviaciones en el proceso de formación de la identidad sexual que han derivado en que muchos entren en conflicto con su sexo biológico y opten por renegar del mismo, debemos tener en cuenta, entre otros factores, los cambios en el escenario familiar surgidos durante los siglos XX y XXI.

¿Por qué? Porque la conformación de la identificación (a quien me parezco) y posterior identidad sexual (qué quiero ser yo, como quiero vivir mi sexualidad) transcurre durante la infancia y adolescencia en el seno de una familia determinada. Por tanto, no es ajeno a la realidad familiar.

El siglo XX puso en entredicho el modelo de familia tradicional inspirado en la ética cristiana y dio paso a relaciones hombre-mujer “a término”, con compromiso no permanente, auge de divorcios (más divorcios que casamientos) y nuevos vínculos afectivos precarios (concubinatos). Y el siglo XXI flexibilizó aún más el modelo familiar, habilitando relaciones de pareja del mismo sexo.

¿Nadie soñó que eso conflictuaría los procesos de identificación sexual de las futuras generaciones?

Dios diseñó al ser humano a su imagen y semejanza y le fijó pautas de vida que no debían ser alteradas si aspirábamos a vivir sabia y felizmente.

La Biblia advierte: “sepan que les alcanzará vuestro pecado” (Números 32:23). “Dios no puede ser burlado; todo lo que el hombre sembrare eso también segará” (Gálatas 6: 7).

Hoy se encuentra en el Parlamento uruguayo un proyecto de Ley integral para personas “trans”. Define a la persona “trans” como quien “se auto-percibe y/o expresa un sexo distinto al que le fue legal y/o convencionalmente asignado al momento del nacimiento”.

De aprobarse esta ley, tal persona podrá adecuar su nombre y sexo ante el Registro de Estado Civil, para que se le confeccione nueva acta de nacimiento. También podrá acceder a intervenciones quirúrgicas totales o parciales y a tratamientos hormonales para adecuar su cuerpo a la identidad sexual auto-percibida. Tales prestaciones se realizarían en el marco del actual Sistema Integrado de Salud. Este derecho alcanzaría también a los menores de 18 años, invocándose el derecho al libre desarrollo personal consagrado en el Código de la Niñez y Adolescencia. 

El planteo ha generado preocupación en algunos sectores sociales, dado que  una cirugía de este tipo tendría carácter irreversible. Un menor de edad puede cambiar rápidamente de opinión pero la intervención realizada (amputación de pene, implantación de vulva artificial, etc.) ya no podría repararse.

Desde nuestra cosmovisión cristiana entendemos que la batería de leyes que incluyen la legalización del aborto, matrimonios del mismo sexo y el actual proyecto que propone, entre otras disposiciones, facilitar las operaciones de cambio de sexo, van contra la naturaleza y contra el diseño divino para la humanidad.

Todo esto se plantea desde una perspectiva de derechos.

Nosotros apoyamos que se respete el derecho a la no discriminación laboral, educativa ni social de las personas confusas o desconformes con su sexo biológico. Ellas han sido creadas a imagen de Dios y por tanto han de merecer las mismas oportunidades que quienes no experimentan tal contrariedad en su sexualidad.

Pero el vacío de género que les afecta no se solucionará con naturalizar su forma de ejercer su sexualidad ni con otorgarles subsidios económicos.

En la clínica psicológica se observa que en la mayoría de los casos tales personas provienen casi exclusivamente de hogares disfuncionales. También sufren de baja autoestima, inseguridad, perturbaciones emocionales y tienen un índice alto de suicidios. El denominador común son sus carencias afectivas profundas.

Lo que necesita una persona confusa sexualmente a raíz de una mala peripecia familiar es hallar en Dios la aceptación, el afecto incondicional, valoración, dignificación y propósito de vida que sus progenitores fallaron en trasmitirle.

Si se reconcilia con su Creador, el individuo encontrará en Él un progenitor que no falla y es capaz de llenar todos los vacíos que los errores humanos puedan haberle dejado en su alma.

Podrá descubrir el propósito con el que vino a este mundo y realizarlo para ser realmente feliz. Y aún más, ser parte del futuro reino de Dios que se está formando y en el cual Él desea incluirlos. Nada de esto hallará en un mero cambio de su cuerpo y su vestimenta.

El testimonio contundente de un homosexual que buscó en Dios la solución a su situación, así lo demuestra:

Ser homosexual era como vivir en un cuarto oscuro sin ninguna salida. Buscaba interminablemente formas de salida, pero todas eran vanas. Después de 20 años le pedí ayuda a Dios y Él misericordiosamente respondió. Comencé a darme cuenta de mi valor como hijo escogido de Dios y toda mi vida ha sido transformada. Hubo una salida de ese cuarto oscuro. La puerta tan solo podía ser abierta desde afuera y Dios estaba allí esperando llave en mano”. (Tomado del libro No más homosexual del Dr. Consiglio).

*Ps. Graciela Gares – Participa en la programación de RTM Uruguay que se emite por el 610 AM – Columna: “Tendencias” – Lunes 21:00 hs.

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