Sanidad divina – Un tema controvertido. Parte 1

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Sanidad divina – Un tema controvertido. Parte 1


Por: Dr. Álvaro Pandiani

Abordar este tema debería ser como un amanecer de esperanza, luego de una larga noche de incertidumbre. Desgraciadamente, es como un amanecer tormentoso. La sanidad divina es un tema controversial, no solo entre el cristianismo y el “resto del mundo”, sino aún entre los mismos cristianos. Incluso, entre quienes creen en la sanidad divina, hay diferencias de opinión. El objetivo ahora es hablar de uno de los aspectos de la fenomenología sobrenatural que rodea, o aparenta rodear a la humanidad, en su interacción con fuerzas invisibles: los hechos milagrosos. Para alguien familiarizado con la cosmología bíblica, que sostiene que el universo fue creado por un Ser Supremo, Dios, cuya existencia, poder y esencia traspasan los límites de la comprensión humana, y en cuyo universo se mueven e interactúan seres inferiores a Dios pero superiores al hombre en atributos, capacidad e inteligencia, y diferentes a éste en la naturaleza y estructura del ser, criaturas de origen celestial, ángeles o demonios, parecerá natural y hasta lógico que en la interacción de esas fuerzas invisibles con el hombre, ocurran sucesos que escapan a la posibilidad de una explicación racional. Para quién acepta y adopta la cosmovisión bíblica del mundo, lo paranormal se vuelve normal, y lo oculto es revelado. Negar a priori toda la fenomenología sobrenatural, así como su origen invisible, no es una postura científica, pues nadie ha demostrado hasta ahora, con rigurosidad científica que no existan las entidades inteligentes no biológicas (incorpóreas, espíritus) a las que la humanidad desde tiempos inmemoriales ha atribuido el origen de lo sobrenatural. Tampoco se ha demostrado científicamente que sí existan, por lo cual una posición neutral, como podría ser el agnosticismo, acerca de Dios y el mundo espiritual, parece lo más razonable desde el punto de vista humano. Ahora bien, además de aquello que es accesible al conocimiento natural, tenemos lo que constituye el conocimiento revelado; revelado para toda la humanidad en las Sagradas Escrituras de la Biblia, para ser creído por fe.

La Biblia es multifacética; es un libro de historia, y también de leyes; es un libro de poesía, de filosofía, y también de ética, y moral; es además un libro de religión. Pero por sobre todas las cosas, es el Libro de Dios. El libro en el que Dios se revela a la humanidad está poblado de principio a fin de hechos sobrenaturales y fenómenos milagrosos. Para el creyente, eso es lógico; lo ilógico es pretender negar lo sobrenatural de la Biblia, despojándola de todo lo milagroso. Quitar lo sobrenatural de la Biblia sería como quitar la actividad dinámica de Dios a lo largo del libro; se estaría quitando el esqueleto, el sostén del relato bíblico, y nos quedaría solo una masa desordenada de historias inconexas, probablemente sin valor literario, histórico ni religioso.

¿Qué es un milagro? La definición bíblica de milagro la da el propio Señor Jesucristo al decir: “Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios” (Lucas 18:27); otros textos bíblicos a tener en cuenta son el pasaje paralelo de Mateo 19:26 (Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible), y Salmo 115:3 (Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho). El poder de Dios, su capacidad de hacer obras que exceden ampliamente toda posibilidad humana, es la razón, el motor y la virtud que hace posible el hecho milagroso. La sanidad divina es una clase especial de hecho milagroso. Reviste tal importancia que llega a situarse en fenómeno paralelo al resto de los milagros. En la enumeración de los dones del Espíritu Santo a los individuos en la Iglesia se menciona por separado (1 Corintios 12:9,10).

Ahora bien, la Biblia comienza con un milagro: el universo creado de la nada por la voluntad de Dios (Por la fe comprendemos que el universo fue hecho por la Palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía; Hebreos 11:3). A lo largo del Antiguo Testamento se multiplican los fenómenos milagrosos: las diez plagas de Egipto (Éxodo 7 al 12); la división del mar Rojo (Éxodo 14); manantiales que fluyen de las rocas del desierto (Éxodo 17 y Números 20); el reverdecimiento de la vara desarraigada del sacerdote Aarón (Números 17); el río Jordán dividido (Josué 3); el derrumbe de la muralla de Jericó (Josué 6); la detención del sol y la luna (es decir, la detención del movimiento de rotación terrestre; Josué 10); truenos y lluvia repentinas en un cielo despejado (1 Samuel 12); la multiplicación de la harina y el aceite (1 Reyes 17); descenso de fuego del cielo en varias oportunidades (1 Reyes 18; 2 Reyes, 1); lluvia tras la sequía (1 Reyes 18), división del río Jordán en dos oportunidades (2 Reyes 2); descontaminación de las aguas (2 Reyes 2); descontaminación de la comida (2 Reyes 4); multiplicación de los panes (2 Reyes 4); retroceso de la sombra en un reloj de sol (es decir, retroceso transitorio del movimiento de rotación terrestre; 2 Reyes 20).

La secuencia de sucesos milagrosos continúa en el Nuevo Testamento. Para la mente creyente esto es muy natural; el Nuevo Testamento contempla la aparición y el ministerio público de Jesucristo, el Hijo de Dios. Comienza con el nacimiento virginal y la aparición de los ángeles (Lucas 2); la estrella que guió a los magos de Persia (Mateo 2); el agua convertida en vino, en el principio de su ministerio público (Juan 2); la pesca milagrosa, en dos oportunidades (Lucas 5 y Juan 21); la calma de la tempestad (Mateo 8); la alimentación de cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños, con cinco panes y dos peces (Mateo 14); otro milagro similar, cuatro mil hombres, sin contar mujeres y niños, con siete panes y algunos peces (Mateo 15); el propio Jesús, y Pedro, caminan sobre el agua (Mateo 14); una higuera, maldecida por Jesús, se seca en menos de veinticuatro horas (Mateo 21); un hechicero que se opone al apóstol Pablo es cegado (Hechos 13); el propio apóstol Pablo, mordido por una serpiente, es inmune a los efectos del veneno (Hechos 21).

Los milagros de sanidad, que hemos dejado de considerar hasta ahora, son comparativamente pocos en el Antiguo Testamento, en relación con los milagros en general: la sanidad de aquellos que miraban la serpiente de bronce, luego de ser mordidos por serpientes del desierto (Números 21); la sanidad de la mano atrofiada del rey Jeroboam de Israel (1 Reyes 13); un general sirio, Naamán, sanado de una enfermedad incurable, la lepra (2 Reyes 5); un rey judío, Ezequías, sanado de una enfermedad mortal (2 Reyes 20); la resurrección del hijo de la viuda de Sarepta (1 Reyes 17); la resurrección del hijo único de una familia de Sunem (2 Reyes 4); la resurrección de un hombre en la tumba del profeta Eliseo (2 Reyes 13). Estos últimos tres podrían considerarse aquí, si aceptamos las resurrecciones como milagros de sanidad de enfermedades que ya habían provocado la muerte.

Comparativamente, los milagros no relacionado con la curación de enfermedades en el Nuevo Testamento son pocos, en relación a un abrumador cúmulo de sanidades milagrosas operadas por Jesucristo y los apóstoles: el hijo de un oficial del rey Herodes (Juan 4); la suegra de Pedro (Mateo 8); un paralítico (Mateo 9); un inválido (Juan 5); un hombre con una mano atrofiada (Mateo 12); el sirviente de un centurión romano (Mateo 8); una mujer con “flujo de sangre”, probablemente genital (Mateo 9); dos ciegos (Mateo 9); la hija de una mujer extranjera, un sordomudo (Marcos 7); otro ciego (Marcos 8); diez leprosos (Lucas 17); un ciego de nacimiento (Juan 9); una mujer con espíritu de enfermedad (Lucas 13); un hombre hidrópico (Lucas 14); otros dos ciegos (Mateo 20); la oreja cortada de Malco, en el momento del arresto de Jesús (Lucas 22); y muchos otros milagros de sanidad, obrados sin especificar el enfermo o la enfermedad. Los apóstoles también obraron milagros, antes de la resurrección de Cristo, según se dice en Lucas, capítulo 10. Después de la resurrección de Cristo, por Pedro, un inválido de nacimiento (con Juan; Hechos 3); muchos enfermos (Hechos 5); Eneas, un paralítico (Hechos 9). Por Pablo, un inválido en Listra (Hechos 14); el padre de Publio, en la isla de Malta (Hechos 28); otros enfermos de esa isla. Por Felipe en Samaria (Hechos 8). Si también aquí aceptamos las resurrecciones, tenemos: el hijo de la viuda de la ciudad de Naín (Lucas 6); la hija de Jairo (Mateo 9); Lázaro (hermano de Marta y María (Juan 11); Dorcas, cristiana de Jope (Hechos 9); Eutico, muerto al caer desde un tercer piso en la ciudad de Troas (Hechos 20). Si también aceptamos como milagros de sanidad la liberación de víctimas de posesión demoníaca, debemos tener en cuenta entonces a los endemoniados feroces de Gadara (Mateo 8); un endemoniado mudo (Mateo 9); el chico lunático (Mateo 17); un endemoniado en la ciudad de Capernaum (Marcos 1); María Magdalena (Lucas 8); una joven con “espíritu de adivinación” (Hechos 16), y muchos endemoniados libertados en ocasiones ya mencionadas, cuando muchos enfermos recibieron salud.

Hasta ahora enumeramos noventa y ocho situaciones en que se produjeron hechos milagrosos (sin pretender haber mencionado todos los hechos milagrosos que registra la Biblia), treinta y ocho en el Antiguo Testamento, y sesenta en el Nuevo Testamento. De las treinta y ocho situaciones enumeradas en el Antiguo Testamento, siete son milagros de sanidad de enfermedades físicas. En el Nuevo Testamento asistimos a un abrupto incremento de actividad sobrenatural, sobre todo teniendo en cuenta que el período histórico abarcado es de un máximo de cien años, mientras que la historia del Antiguo Testamento comprende miles de años. De sesenta situaciones en que se producen hechos milagrosos en el Nuevo Testamento, pues, cuarenta y seis son sanidades de enfermedades físicas.

El lugar que siempre ha tenido la enfermedad física como causante de sufrimiento, y el hecho que sea en tantos casos la antesala de la muerte, explicaría el lugar prominente que ocupa la sanidad divina entre los hechos milagrosos de que habla el Nuevo Testamento. Tras milenios de medicina empírica, de práctica médica a tientas, de fracaso e impotencia ante la enfermedad, en el presente, pese a los avances, descubrimientos y progresos tecnológicos, el balance entre lo que realmente se puede curar, y lo solamente se puede paliar, aunque la vida se prolongue unos años, es bastante descorazonador. Ante lo costoso de algunos tratamientos, lo agresivo y doloroso de otros, y lo profundamente que distorsionan una vida normal muchos de ellos, indudablemente, no hay mejor medicina que estar sano. El anhelo del enfermo crónico es estar sano, en forma instantánea y sin sufrimiento. Hay en los mismos una etapa de búsqueda, de lucha por recuperar la salud perdida. Cuando la medicina tradicional ya no puede ofrecer nada, muchos enfermos buscan en la medicina no tradicional; entonces, curanderos, brujos y otros charlatanes le quitan su dinero a cambio de falsas esperanzas. Se busca la salud por medio de la sanidad; no siempre, precisamente, la sanidad divina de la que estamos hablando, pero sí la sanidad milagrosa, mágica, sobrenatural. Esa sanidad milagrosa tan buscada representa la curación de una enfermedad cuyo curso natural lleva al deterioro más o menos rápido y a la muerte, y para la cual no existe terapéutica eficaz. La sanidad divina supone la intervención de Dios en la curación de una enfermedad que para la medicina humana es absoluta y probadamente imposible curar.

El incremento de lo milagroso entre el Antiguo y el Nuevo Testamento se da a expensas de un notorio aumento de casos de sanidad divina; de siete pasan a cuarenta y seis. Este fenómeno que nos muestra la Biblia requiere interpretación y explicación. Eso nos proponemos hacer en la siguiente entrega de este ciclo.

(Extractado de Sanidad divina, Aspectos teológicos, Capítulo 5 del libro Cielo de Hierro Tierra de Bronce, Editorial ACUPS, Montevideo, Octubre de 1998).

* Dr. Alvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario.

2 Comments

  1. julio saquisilì dice:

    Bueno nuestro Dios tiene proteccion para sus hijos,hace muchos años atras, fuì liberado de una hechicerìa que fuì vìctima y ese accionar de El hacia mì , cambiò mi vida y ahora solo vivo para EL, le amo y le adoro con todas mis fuerzas, con toda mi alma y con todo mi corazòn. amen.

  2. Cristina Bruzone dice:

    “La intervención de Dios”, la experimenté. El me dió sanidad del aparato digestivo a través de una oración de fe. ¡Dios es soberano!
    Cuando pasé por la última intervención, quise sanidad divina. Dios no me la dió, pero le agradezco a ÉL, me costó, APRENDÍ Y ACEPTÉ. ¡No era feliz antes, como lo soy ahora!

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