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Dame, hijo mío, tu dinero – 1


Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Hace tiempo deseaba abordar este tema. El disparador fue el relato que me hizo una hermana de mi iglesia acerca de lo visto en un canal de televisión cristiano evangélico: pastores que revelaban enfermedades en los concurrentes a sus reuniones, y ahí mismo declaraban la sanidad y la persona quedaba totalmente sana, por la módica suma de cien dólares, pagaderos al contado rabioso. Y no se trataba de una iglesia neopentecostal llegada a nuestro país desde Brasil hace muchos años, cuyos métodos son por todos conocidos, y con la cual el pastorado evangélico uruguayo oficialmente tomó distancia, también hace años, por sus artes escandalosas para sacarles dinero a los crédulos. Esto venía desde Miami, esa especie de  “norte” para el cristianismo evangélico latinoamericano.

Hace algunos años leí un artículo escrito por el pastor Chuy Olivares de México, uno de los iniciadores del movimiento de Alabanza y Adoración de los años noventa junto a Marcos Witt y Jorge Lozano1; el artículo se titula Estoy cansado de la Gran Comisión2. El título del artículo casi obligaba a leerlo, por dos razones: primero, porque la Gran Comisión es el término con que el cristianismo evangélico conoce el mandato dado por  Jesucristo a sus apóstoles de predicar el evangelio y hacer discípulos en todas las naciones del mundo (Mateo 28:19; Marcos 16:15; Lucas24:47; Juan 20:21; Hechos 1:8), y que un pastor dijera estar cansado de la misma resultaba muy llamativo; en segundo lugar, por la forma en que estaba escrita la palabra comisión: COMI$$$IÓN. El artículo en cuestión era una extensa diatriba contra la apetencia desmedida por el dinero de muchos pastores y predicadores evangélicos, que idearon – e idean – múltiples formas de convencer “piadosamente” a los fieles a meterse la mano en el bolsillo y dar de su dinero. En un artículo similar en el que habla del tema, el referido pastor expresa, entre muchas otras cosas: “Cansado estoy de la llamada T.V. “Cristiana”, que vende los milagros por 70 dls. al mes”1. ¡Cómo se sentirá ahora este hermano, pues seguramente ya sabe que la tarifa por milagro subió a cien dólares!

En realidad, en esta columna ya hicimos una aproximación al tema del abuso en el pedido de ofrendas y diezmos, en la tercera parte del ciclo Evangelización y campañas evangelísticas, que reprodujimos nuevamente en 2015, recogiendo comentarios muy interesantes de los oyentes. Siempre, ante estas situaciones, es bueno recordar que las propias Escrituras del Nuevo Testamento nos advierten que esta clase de males se meterían en las iglesias cristianas; o sea que esto sucedió prácticamente desde el principio del cristianismo. El apóstol Pedro avisa del advenimiento de este tipo de “ministros” del evangelio, cuando escribe: “Habrá entre ustedes falsos maestros que… llevados por la avaricia harán mercadería de ustedes con palabras fingidas” (2 Pedro 2:1b, 3); el apóstol Pablo advierte a Timoteo sobre “hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que toman la piedad como fuente de ganancia” (1 Timoteo 6:5). Ahora, ¿por qué puede darse esto, y por qué podía darse prácticamente desde el inicio del cristianismo? ¿Por qué algunos individuos, con discursos poblados de palabras fingidas, podían hacer mercadería de los creyentes, es decir, usarlos como medios para obtener lucro? ¿Por qué hombres corruptos podían tomar la piedad – o sea, la práctica de la devoción religiosa de los fieles – como fuente de ganancia, es decir, de beneficios monetarios? La respuesta a estas preguntas está en cómo el plan original del Señor para sus obreros se desarrolló en una dirección, para luego ser retorcido por la naturaleza humana egoísta, ambiciosa y avara. En los días de su ministerio terrenal, cuando Jesús de Nazaret envió a sus doce discípulos a predicar el evangelio por el territorio de Israel, les dijo: “No lleven oro, ni plata, ni cobre en sus cintos, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón, porque el obrero es digno de su alimento” (Mateo 10:9 – 10). En otras palabras, Jesús les mandó no preocuparse en preparativos ni equipaje alguno para subsistir durante los días de su misión, pues Dios proveería lo necesario. ¿De qué manera? A través de las ofrendas de aquellos que fueran beneficiados por el trabajo que harían los discípulos: la predicación, la enseñanza, la sanidad de enfermedades, la liberación de endemoniados (Mateo 10:7, 8). La expresión clave es “el obrero es digno de su alimento”, la cual que se repite cuando Jesús envía a los setenta discípulos a predicar, de la siguiente manera: “el obrero es digno de su salario” (Lucas 10:7). Esta sentencia de Jesús es la base de la práctica en la Iglesia, establecida desde los días de los apóstoles, de que los ministros religiosos, aquellos llamados y dedicados a la obra de Dios – predicación, enseñanza, cuidado pastoral de los fieles – reciban sostén económico de los mismos fieles; en otras palabras, que en vez de vivir de un trabajo secular, y dedicarse a la predicación y el pastorado en su tiempo libre, estén en el ministerio a tiempo completo, y por lo tanto, como se dice en la actualidad, “vivan de la obra”.

Por supuesto, podría ser que las palabras de Jesús sólo tuvieran como objetivo a sus discípulos, los que en ese momento en particular salieron a predicar. Sin embargo, la Iglesia primitiva no lo entendió así, y en eso puede decirse que siguió el modelo del sacerdocio del Antiguo Testamento, el cual era sostenido económicamente por todo el pueblo de Israel (Hebreos 7:5). La aseveración de Jesús es reproducida por el apóstol Pablo cuando, en su carta pastoral a Timoteo escribe: “La Escritura dice: …  Digno es el obrero de su salario” (1 Timoteo 5: 18); y el mismo Pablo agrega, basándose en el derecho de las sacerdotes israelitas a “comer” del Templo – es decir, recibir sustento por su tarea sagrada – que “ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio que vivan del evangelio” (1 Corintios 9:14). En este mismo capítulo 9 de 1 Corintios, hablando de sus derechos como apóstol – que podríamos generalizar a todo ministro del evangelio – refiriéndose a sí mismo y su compañero de misión Bernabé – pregunta: “¿O sólo yo y Bernabé no tenemos derecho a no trabajar?” (v. 6), de lo que se deduce que los otros apóstoles no trabajaban en lo secular, sino exclusivamente en la predicación del evangelio.

Así que el plan del Señor fue que sus discípulos no tuvieran que preocuparse por el sustento material – alimento, ropa, calzado – pues todo esto sería provisto por Dios a través de las ofrendas de quienes se beneficiarían del ministerio de esos discípulos. Luego, la Iglesia del Nuevo Testamento entendió que los ministros de la Palabra tenían derecho a recibir su sostén económico de los creyentes. Y después, la naturaleza humana codiciosa, hipócrita y cínica, vio la oportunidad de transformar esto en un muy redituable negocio.

La historia del cristianismo da cuenta de cómo los ministros religiosos idearon formas de lucrar con la religión. La perversión de la doctrina bíblica de la salvación por la fe es paradigmática en este sentido. El Nuevo Testamento dice claramente: “por gracia son salvos por medio de la fe; y esto no de ustedes, pues es don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8, 9). La respuesta del apóstol Pedro al mago Simón, quien pretendió comprar con dinero la capacidad de otorgar el Espíritu Santo a los creyentes, es paralizante: “Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero” (Hechos 8:20). Sin embargo, el desarrollo doctrinal de la Iglesia condujo a entender la salvación como una operación en la que el pecador participaba mediante “obras”, entre las cuales se encontraban las limosnas. La palabra limosna tiene las siguientes acepciones: Donativo o ayuda que se da al necesitado, generalmente dinero3; Cosa, especialmente dinero, que se da a otro por caridad4; los términos donativo y caridad nos hablan del carácter voluntario de la limosna. Así está recomendada en la Biblia, en ambos testamentos; por ejemplo en Isaías 58:6a, 7 leemos: “El ayuno que yo escogí… ¿no es que compartas tu pan con el hambriento, que a los pobres errantes albergues en casa, que cuando veas al desnudo lo cubras, y que no te escondas de tu hermano?”; y en Lucas 12:33 encontramos a Jesús diciendo: “Vendan lo que poseen y den limosna; háganse bolsas que no se envejezcan, tesoro en los cielos que no se agote, donde ladrón no llega ni polilla destruye”; también en la epístola a los Gálatas, Pablo informa sobre su reunión en Jerusalén con Jacobo, Pedro y Juan, y concluye diciendo: “Solamente nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, lo cual también me apresuré a cumplir con diligencia” (2:10). En Hechos de los Apóstoles se relata cómo los primeros cristianos de la Iglesia de Jerusalén vendieron sus bienes y los entregaron a la comunidad: “vendían sus propiedades y sus bienes y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno” (2:45), “así que no había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían heredades o casas las vendían, y traían el producto de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad” (4:34, 35). Las limosnas o donativos de estos primeros cristianos se entienden como actos voluntarios de entrega para las necesidades de aquellos que eran sus hermanos y hermanas en la fe de Jesucristo; actos ejecutados por amor. En ninguna parte de las Escrituras se dice que estas limosnas – u ofrendas, que es del término más común entre los evangélicos – sirvieran para obtener la salvación eterna del alma, o que su propósito haya sido inducir a Dios a dar al oferente una “bendición”, entendiendo por bendición, en este contexto, una recompensa (económica, en salud, resolución de problemas, o de otro tipo).

Hacia fines del Imperio Romano, San Agustín de Hipona enseñó que las limosnas podían aliviar la condición de las almas que sufrían en el purgatorio5 (lugar de ultratumba surgido de una enseñanza no bíblica, donde las almas de los difuntos que no habían muerto en pecado mortal eran purificadas antes de entrar al cielo). En plena Edad Media, en la doctrina del sacramento de la penitencia, la limosna, la oración y el ayuno constituían los “castigos temporales” para obtener la absolución, es decir, el perdón de los pecados. Además del horror que significa llamar a la oración un “castigo”, se enseñaba a los fieles que podían obtener el perdón de sus pecados dando limosna, con lo cual, indirectamente, se les enseñaba a “pagar” por el perdón de los pecados. Las grandes limosnas que la realeza, los nobles y los ricos dieron durante siglos para obtener el perdón de sus pecados explican la riqueza extrema que la Iglesia llegó a acumular. No podemos olvidarnos que los abusos en la venta de indulgencias, es decir, de “certificados” de perdón de pecados dados por el pontífice romano a cambio de dinero – el cual se usaría para la reconstrucción de la Iglesia de San Pedro en Roma – esos abusos fueron el disparador de la Reforma Protestante del siglo 16. Por las vecindades de Wittenberg, ciudad donde vivía Martín Lutero, llegó un fraile dominico llamado Juan Tetzel, quien afirmaba que las almas se salvaban por las indulgencias que él vendía: “he salvado más almas con mis indulgencias que San Pedro con sus discursos”7; Tetzel fue el infame personaje que dijo una frase famosa, citada en todos los libros de Historia de la Reforma: “En el mismo instante en que la moneda suene en el fondo del cofre, saldrá del purgatorio el alma de la persona a favor de la cual hacéis esta limosna y volará libre al cielo”7.

Estas barbaridades, que movieron a Lutero a proclamar las noventa y cinco tesis, hecho considerado el principio de la Reforma Protestante, casi quinientos años después siguen horrorizando las conciencias de quienes, como cristianos evangélicos y herederos espirituales de la Reforma, ponemos nuestra fe en la obra consumada de Jesucristo en la cruz, y creemos y predicamos la justificación por la fe, es decir – y para no meternos en definiciones teológicas intrincadas – el perdón de los pecados y la salvación eterna sólo por la fe en Jesucristo. Sin embargo, en el medio eclesiástico evangélico contemporáneo, la mentirosa doctrina de la prosperidad y otras enseñanzas similares han llevado a un abusivo énfasis en que los creyentes ofrenden – o donen – lo material que tengan: dinero, pero también bienes (casas, autos, otras cosas), bajo la promesa de una abundante bendición de Dios, a cambio. En uno de los comentarios que nos llegó el año pasado cuando reprodujimos la columna Evangelización y campañas evangelísticas (parte 3), un oyente anónimo nos dijo lo siguiente: donde me congrego inculcan a la gente que si Dios nos pide el auto la casa tenemos que darlo para la obra porque todo es de Dios no es de nosotros. Mi respuesta en esa oportunidad fue que lo que le decían a esta persona en su iglesia es esencialmente cierto: Dios es el dueño de todo lo que existe y lo que tenemos. Pero el problema se da cuando ministros y pastores, algunos en forma sincera pero más frecuentemente porque son aves de rapiña, pretenden volverse voceros de Dios, y reclaman cada vez más ofrendas y diezmos, e incluso pretenden aparecer como iluminados por una revelación especial, y dicen a sus fieles: “Dios dice que tiene que ofrendarme su camioneta”, o “Dios dice que tiene que vender su casa y darme el dinero de la misma”. Y le recomendé huir de tales “ministros”, no porque se me haya ocurrido a mí, sino porque tal es el consejo de las Sagradas Escrituras, en un pasaje bíblico que ya citamos, y ahora vamos a repetir; aquel en el cual Pablo advierte a Timoteo sobre “hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que toman la piedad como fuente de ganancia. Apártate de los tales” (1 Timoteo 6:5). La recomendación apostólica, al final del versículo bíblico citado, es más que clara y contundente, y va a servir para cerrar la primera parte de esta reflexión sobre un tema tan escabroso y difícil.

 

1) contralaapostasia.com/2014/08/10/chuy-olivares-declara-estar-cansado/

 2) https://atalayadecristo.wordpress.com/…/estoy-cansado-de-la-gran-comii…

3) es.thefreedictionary.com/limosna

4) lema.rae.es/drae/srv/search?id=KT11w3bLODXX2V0MSBMX

5) Seeberg, R. Resumen de la ideas de Agustín. En Manual de Historia de las Doctrinas. Casa Bautista de Publicaciones, 1967; Tomo I, Págs. 360 – 361.

6) Seeberg, R. Los sacramentos y la Iglesia. En Manual de Historia de las Doctrinas. Casa Bautista de Publicaciones, 1967; Tomo II, Págs. 146 – 147.

7) Vila, S. Santamaría, D. Tetzel, Juan. En Enciclopedia Ilustrada de Historia de la Iglesia. Editotial Clie, España, 1979. Págs. 540 – 541.

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario.

Ver Segunda Parte

Ver Tercera Parte

6 Comments

  1. EDGARDO dice:

    ESTOY ABSOLUTAMENTE DE ACUERDO CON LA CONCEPCION DEL DR. PANDIANI SOBRE ESTE TEMA TAN ESCABROSO COMO EL DE LOS DIEZMOS, QUE ES UN CLASICO DE MUCHOS COMERCIANTES DE CRISTO, QUE VEN ALLI UNA GRAN FUENTE DE INGRESOS.-
    NADA MAS PENSAR EN QUE ESTAMOS HABLANDO DE ALGO DEL ANTIGUO TESTAMENTO, BAJO LA DISPENSACION DE LA LEY Y ESTAMOS AHORA EN EL TIEMPO DE LA GRACIA.-
    SIN EMBARGO, EN OTROS TIEMPOS, ME TUVE QUE RETIRAR DE UNA IGLESIA, DONDE SENTI VERGUENZA AJENA, CUANDO LOS PASTORES LOCALES, MAS UN “APOSTOL” QUE VENIA DE AMERICA CENTRAL, HICIERON OFRENDAR A LOS MIEMBROS, RELOJES, PULSERAS, CARAVANAS, CELULARES Y TODO LO QUE TUVIERA VALOR.-
    ESE DIA, TOME LA DECISION DE IRME, PORQUE SEGURAMENTE Y SIN NINGUNA DUDA ESTABAN “ROBANDO” A LA GENTE Y TRATANDO DE DARLE A ESE HURTO, UNA MANO DE VERASIDAD.-
    DIOS NOS GUARDO DE NO APARTARNOS Y BUSCAMOS OTRO LUGAR, PERO LAMENTABLEMENTE ESTE ES UN MURO QUE TIENE MUCHA GENTE PARA VENIR AL CAMINO Y PENSAR QUE EL EVANGELIO ES TAN SOLO UN NEGOCIO.-

  2. De Polanco dice:

    Yo vivo en polanco de laballeja en la ciudad de minas y tambien en montevideo hay unas iglesias que hacen lo que hablaron en el principio de la programación de trasmundial, A esas van cantidad de gente les piden montones de dinero y algunas les han hecho dejar un comercio yo tengo familiares y gente conocida que va yo soy de la iglesia las asamblea de dios yo acete a cristo en una campana en las piedras canelones hace como 30 anos hoy tengo 75 anos hai tengo una prima y sus hijos de ninos son evangelicos de la misma dios los bendiga el trasmundial es precioso violeta

  3. Saludando dice:

    Muy bien dr Pandiani hace unos años done algo que para mi tenia valor afectivo un reloj de mi padre ya fallecido fue en una iglesia donde la gente ofrendo hasta joyas, hoy me congrego en la mis heridas estan sanadas por Jesus gracias por su valentia de sacar a luz esto sobre las ofrendas bendiciones!!

  4. Doris dice:

    Dr Alvaro L Esteban siento disilucion pues amo mucho a Jesus el no falla jamas, poco me congrego. Sí me veo como una hermana en fe, no estoy enojada con nadie de la Iglesia pero veo que hay cosas que no entiendo x eso leo y escucho Trasmundial si estoy mal q Dios me perdone las personas no pensamos todos igual pero comprendo. asi bendiga la palabra d Dios Amen Doris P L Esteban pienso q si tengo q congregarme lo dise la palabra pensar y volver a otra Iglecia Evangelica auqe no sea la q medio el vautismo p nesecito c dice usted devemos congregarnos todo p nuestro bien le agradesco su comentario. Disculpe la falta d ortografia veo poco.

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