Soledad: asunto de Estado

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Soledad: asunto de Estado

Parte 1:

Parte 2:

Por: Ps. Graciela Gares

No es ningún misterio decir que la soledad se ha instalado como compañera de vida de muchas personas en el mundo actual, pero saber que en el gabinete de gobierno del Reino Unido se creó un Ministerio de la Soledad ha dejado boquiabiertos a muchos.

Un periódico europeo afirmó que varios países alrededor del mundo están orientándose a encarar la soledad (el sentimiento de falta o pérdida de compañía) como un problema de salud pública.

Luego de su designación (2018), la primera ministra de soledad del mundo, Sra. Tracey Crouch, se habría reunido con parlamentarios de Canadá y Suecia, dado que ellos estarían mirando a los ingleses para ver cómo lideran en el abordaje del tema del aislamiento humano.

“Podría ser el Ministerio para la Felicidad, -dijo Crouch hablando de su tarea-, porque eso es exactamente lo que estoy tratando de desarrollar.”

Su desafío no solo será atender las necesidades físicas o materiales de las personas en soledad que no pueden cuidarse a sí mismas, sino además, “volver a conectar a la gente entre sí”, como por ejemplo, fomentar los espacios comunitarios a nivel social donde la gente pueda reencontrarse con otras personas y hacer nuevas amistades o al menos contactos, para reducir los efectos de la soledad.

La magnitud del problema fue lo que impulsó al Reino Unido a considerar al aislamiento social como asunto de Estado.

El 14 % de la población de ese país (9 millones de personas) sufren soledad; 2 de esos 9 millones son mayores de 75 años. 

Por su parte, en Estados Unidos, cerca de un 25% de la población vive sola y más de 40 millones de adultos mayores de 45 años sufrirían soledad crónica.

En España, cada vez más adultos mayores (el 60 % de los mayores de 65 años) viven sin compañía y a menudo fallecen solos en su domicilio. Por ello, algunas organizaciones españolas están pidiendo un Ministerio de Soledad “como el británico”, si bien entienden que el problema en suelo español tiene un porte menor por el momento. Pero desean anticiparse!

En su 125ª Convención anual (2017),  la Asociación Americana de Psicología concluyó que la soledad y el aislamiento social representan un peligro para la salud pública, mayor que la obesidad.

Una buena conexión social fue evaluada por estos expertos en salud mental, como una necesidad humana fundamental, pues contribuye al bienestar y la supervivencia, recordando que el aislamiento social y la reclusión en soledad han sido usados históricamente como formas de castigo en las sociedades humanas.

En dicha Convención se anunció que existe evidencia sólida de que la vida en solitario aumenta  el riesgo de muerte prematura.

Afirmaron, asimismo, que diversas naciones del mundo estarían enfrentando una epidemia de soledad, lo cual se constituiría en una amenaza a la salud pública.

“La soledad destruye vidas, y le cuesta al erario público una gran cantidad de dinero”, habrían evaluado autoridades del Reino Unido.

Otros estudios demostraron que la soledad produce estrés, cuyo daño para la salud podría ser equivalente a fumar 15 cigarrillos al día, o beber en exceso.

De hecho, sentirse solo puede desembocar en el desarrollo de adicciones (alcoholismo, drogadicción, adicción a internet o redes sociales) para mitigar el sufrimiento.

Y en los meses de invierno, cuando se verifican habitualmente episodios de depresión invernal o estacional en mujeres y personas con antecedentes depresivos, la soledad podría ser letal, conduciendo a una muerte prematura. Aumenta el riesgo de cardiopatías y multiplica las consultas a médicos.

Además, eleva el riesgo de suicidios.

Socializar, en cambio, impacta positivamente sobre el cerebro, induciendo la producción de serotonina, un neuro-trasmisor responsable del buen estado anímico.

Tanto el estrés como el desánimo hacen más frágil nuestro sistema inmune que nos defiende de enfermar.

El mismo Creador que dijo: “no es bueno que el hombre esté solo, le haré una ayuda idónea” (Génesis 2:18) nos dotó de un cerebro con plasticidad neuronal, moldeable, el cual se desarrolla y aumenta su rendimiento en la medida que socializamos. Se dice que nuestro cerebro es “social” y necesita socializar.

Podría pensarse que el drama de sentirse solo/a atañe más bien a población envejecida, jubilados o personas viudas. Pero la entidad que ha cobrado el problema obliga a dejar de lado tales pre-conceptos.

Los adolescentes, por ejemplo, no están a salvo de sentirse solos.

Los adultos vivimos a prisa y ellos intuyen que no somos capaces de escucharlos con atención. Por eso conversan poco o nada con nosotros. Advierten que no serán comprendidos y por ello no comparten lo que están viviendo. Optan por refugiarse o evadirse  en la tecnología y se vuelven adictos a los dispositivos móviles o las redes sociales. Allí comienza su aislamiento. Tienden a pensar que el mundo está en su contra. Pierden capacidad de relacionamiento y ello daña su autoestima.

Permanecen a solas en sus habitaciones sin hacer contacto físico con nadie, sin que alguien les mire a los ojos o los abrace.

Otro grupo social vulnerable a la soledad son los divorciados o separados.

Se han desvinculado de la persona con la que compartieron parte importante de la vida y ahora permanecen en la casa que ambos instalaron, pero “ el otro”  se ha retirado, y se siente el vacío que toda persona deja al marcharse. Comienzan a lidiar con los recuerdos y concluyen que no todo fue malo en el vínculo.

No tienen con quien conversar a diario.

Les toca presenciar como amigos comunes toman partido por el otro cónyuge y se alejan de la vida de ellos.

Deberán cuidar que sus hijos no se transformen en botín de guerra entre sí y el otro cónyuge. Todo ello les hará la vida más pesada.

Quienes migran de un país a otro también se exponen a ser presa de la soledad: es la nueva realidad que nos trajo la oleada migratoria. A los desterrados del suelo donde nacieron les suele resultar difícil sostener el sentido de pertenencia a su grupo étnico (caso de latinos que emigran a Europa, por ejemplo) y tal desarraigo contribuiría – según estudiosos de la ciencia del comportamiento-, a una pérdida de identidad que les provoca vivencias de desesperanza y soledad, predictoras de riesgo de suicidio.

Un artículo de una universidad europea señalaba en 2017:

“El suicidio es un problema grave de salud mental entre los estudiantes universitarios, especialmente los latinos, que pueden tener dificultades con la pertenencia a su grupo étnico.”

Tal pertenencia es un sentimiento protector para cualquier habitante del planeta. A falta del ello, quienes consiguen interactuar positivamente con otros grupos étnicos mejoran su adaptación social y reducen el riego de comportamiento suicida.

Quizá por ello, los extranjeros, junto a los huérfanos y las viudas, han sido objeto de un cuidado especial  de Dios y así se lo hizo saber a su pueblo en diversas ocasiones (Deuteronomio 10:19; 24:19 – 21).

Hoy tenemos en Uruguay una afluencia notoria de bolivianos,  dominicanos, venezolanos, colombianos y cubanos. Habrían llegado 30.000 inmigrantes en los últimos 3 años.

Somos responsables entonces, de mitigar su soledad en la medida que nos sea posible.

Los ancianos, por su parte, continúan siendo uno de los contingentes humanos más vulnerables a la soledad.

Algunos ancianos viven días, incluso semanas, sin ningún tipo de interacción social. Resulta duro pensar que muchos de ellos pueden pasar un mes sin mantener ninguna conversación con un amigo o familiar.

Aún, estando hospitalizados no reciben ninguna visita en semanas o meses.

Una mascota puede proveer de compañía al anciano, un ser vivo a quien dar cariño, pero no puede reemplazar nunca la compañía humana.

En ocasiones, la salida puede ser elegir ingresar en un buen hogar de ancianos (con habilitación oficial) donde podrá  hallar compañeros con quienes charlar, y personal que le cuidará y asistirá en caso de emergencia, y estará también más a salvo de la delincuencia.

A esta altura nos preguntamos: ¿qué nos está pasando que en un mundo sobrepoblado e hiper-conectado, un número importante de personas se sienten solas?

El individualismo, la disolución familiar y la pérdida de confianza en el prójimo explican en alguna medida el fenómeno. El profeta Miqueas ya anticipaba estos tiempos cuando decía:

No creáis en amigo, ni confiéis en príncipe; de la que duerme a tu lado cuídate, no abras tu boca.

Porque el hijo deshonra al padre, la hija se levanta contra la madre, la nuera contra su suegra, y los enemigos del hombre son los de su casa.(Miqueas 7: 5 -6)

 

Las estrategias humanas para vencer la soledad son diversas.

Ser pro-activo en comunicarse, venciendo desconfianzas y prejuicios. Recomponer vínculos familiares cortados.

Si la persona es joven, debería involucrarse en trabajo voluntario en la sociedad, para dar un sentido a su existencia y beneficiarse en la construcción de nuevos vínculos. “Cuando uno ayuda se activan los sistemas de placer del cerebro”; “el altruismo genera placer”, afirma el neurólogo y escritor argentino Facundo Manes.

Los cristianos conocemos que la principal defensa contra la soledad pensada por el Creador es la familia! Algunos la definen como un núcleo de supervivencia donde se protege a los más vulnerables.

Y nuestras iglesias deberían funcionar como centros de acogida, promoviendo espacios de interrelación donde prime el amor fraternal.

Pero si los vínculos humanos fallan, todo solitario puede hallar en Dios un padre y en Jesús un hermano y amigo.

Mas yo a Jehová miraré, esperaré al Dios de mi salvación; el Dios mío me oirá. (Miqueas 7:7).

 

*Ps. Graciela Gares – Participa en la programación de RTM Uruguay que se emite por el 610 AM – Columna: “Tendencias” – Lunes 21:00 hs.

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