Sala vacía

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Sala vacía

Una reflexión sobre nuestras convicciones

Por: Ezequiel Dellutri*

Los teatros vacíos siempre causan una sensación extraña. Hay una soledad muy profunda en las butacas sin gente, en el silencio, en los pasillos desiertos. Supongo que enfrentar una platea repleta de público debe ser complejo para un actor, pero… ¿qué se sentirá al representar una obra frente a una sala vacía, escuchando solo el eco de la propia voz? Tal vez la única persona que pueda contestar esto sea el maestro de actores Giovanni Mongiano, quien al enterarse de que el teatro en el que debía dar su espectáculo estaba vacío, decidió realizar la representación igual. Una locura, pensé cuando me enteré, pero una locura hermosa, la de un hombre que ama lo que hace y se mantiene firme en sus convicciones. Porque cuando Mongiano recibía a sus alumnos, una de sus primeras lecciones era esa, que la función no se abandona, que se da hasta el final aunque nadie venga a verla. Luego, el actor confesó que jamás había pensado que iba a enfrentar exactamente esa situación. Pero sucedió, y entonces decidió que a sus sesenta y cinco años iba a dar una lección más: la de ser consecuente que lo que sentía y pensaba.

Pelearle a la hipocresía en los tiempos que corren no es fácil. Las redes sociales parecen creadas expresamente para configurar máscaras que nos permitan mentir sin darnos cuenta, porque al final, nosotros mismos creemos en la vida que dibujamos foto a foto. Pero aún fuera de la tecnología, la falta de consistencia es el mal de nuestro tiempo: decimos y hasta hacemos, pero cuando la sala está vacía, nos olvidamos de nuestras convicciones. Otras veces, la presión es tal que de tanto escuchar ciertas mentiras empezamos a cuestionar nuestras pocas verdades y hasta la vida, nuestro más preciado bien, puede parecernos relativo. 

Cuando pienso en todo esto, vuelve a mí la imagen de ese actor representando para un público inexistente. Y si el gesto de arar en el mar me conmueve, mucho más me emociona al saber que el tema de la obra, que él mismo había escrito, era el amor al teatro. Entonces, Giovanni Mongiano hizo su función completa, sin restarle una sola coma al texto, por el simple hecho de que amaba lo que estaba haciendo.

Me pregunto si la única forma de mantenernos firmes en nuestras convicciones no será recodando que creemos lo que creemos por amor: el que Dios tuvo por nosotros, primero; después, el que nosotros tenemos por Él al sabernos sus hijos.

Cuando el apóstol Pablo dijo que el amor era la indiscutible base del ser cristiano, no se equivocaba. Porque aun cuando nadie quiera escuchar lo que tenemos para decir, hay que seguir hablando, buscando la forma, intentando iluminar aunque la sala esté oscura como la noche, como la boca de un lobo que devora a nuestros hijos, como una noche lejana y triste en la que nos olvidamos de que aún la vida más pequeña tiene valor porque puede ser amada.

Nuestra sociedad necesita hoy más que nunca de cristianos que sean como Giovanni Mongiano: que sepan hablar aun cuando parece que nadie escucha, que se mantengan firmes en sus convicciones, que más allá de defender una postura, vivan cada día, cada hora, cada minuto como verdaderos Hijos de Dios. A veces, lo que salva no es el discurso grandilocuente o la discusión ganada; a veces, lo que salva es, aun cuando la sala está vacía, hacer lo que debemos: ser luz para un mundo en penumbras.

 

*Ezequiel Dellutri: Integra el equipo del programa Tierra Firme de RTM (www.tierrafirmertm.org). Profesor de literatura, escritor de literatura fantástica y novelas policiales. Está casado con Verónica y tiene dos hijos (Felipe y Simón).

 

1 Comment

  1. claudia chevez dice:

    Excelentisimo

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