La caridad egoísta

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La caridad egoísta

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

El tema de hoy tiene que ver con los motivos más íntimos de nuestras acciones; sobre todo de aquellas que consideramos “buenas” acciones, es decir, de las cosas que hacemos y son reconocidas como buenas, apropiadas, altruistas e incluso nobles, tanto por uno mismo como por nuestro prójimo. Hace tiempo vengo reflexionando sobre esto, y de hecho ya lo hemos abordado en otras oportunidades. Por qué hacemos lo que hacemos; concretamente ahora, por qué hacemos cosas buenas, cuando las hacemos (si las hacemos). Hablamos de un servicio prestado a alguien, una ayuda brindada a quien la necesita, o algún acto de caridad.

Hace algunos años compartimos un artículo llamado Servicio Navideño, el cual, originalmente publicado en la página web iglesiaenmarcha.net en diciembre 2011, tuvo participaciones de lectores en el foro, entre las cuales ahora quiero destacar la siguiente: “No creo en el servicio desinteresado de ningún cristiano. Creo que cada uno hace lo que le parece le conviene. Necesitan sobresalir. Esto no es solo con los cristianos, también con otros religiosos. Quieren fama y dinero”. Al cruce de este lector salió otro, reprochándole que generalizara a todos eso de un servicio hecho con un interés oculto, y planteándole que al hacer eso juzgaba a muchas personas sin conocerlas. El lector en cuestión contestó: “En cuanto a que no creo en el servicio desinteresado, no creo, que te puedo decir, no creo. Todos tienen un interés subyacente. Todos esperan algo y todos piden algo”. La participación de este lector se prolongó en la mención de líderes cristianos – por nombre y apellido – en lo cual no vamos a entrar. El segundo lector contestó algo que me parece interesante, respecto al interés oculto que puede mover a una buena acción, una acción de servicio: “Quizás la naturaleza humana, en su estado actual, no permita que un servicio sea cien por ciento desinteresado; siempre puede pasar que uno tenga también la motivación de, luego, sentir el bienestar que da la noción del “deber cumplido”. Desde hace mucho me impresionó que esto último merece reflexión; la reciente opinión de un amigo acerca de que a veces hacemos cosas simplemente por sentirnos bien con nosotros mismos, me decidió a iniciar esta reflexión sobre si el servicio, incluso el más sacrificado, tiene oculto un interés egoísta.

Para abordar este tema vamos a empezar con algunas interrogantes, que tienen que ver con nuestras emociones, con el sentimiento de bienestar o malestar con uno mismo que podemos experimentar, como resultado de nuestras decisiones y acciones. Por ejemplo, ¿al hacer algo bien, me siento bien? Alguien que hace algo que está bien, ¿se siente mal? Si una persona sabe que aquello que hace – o hizo – está bien, ¿puede sentirse mal? Como se notará, vamos a poner el énfasis en las emociones, en lo que experimentamos interiormente como resultado de nuestros actos. A manera de recordatorio, cuando hablamos de la experiencia cristiana decíamos sobre el tema que la emoción no se piensa ni se quiere; se siente o experimenta. Las emociones son experiencias subjetivas, internas, de las que depende el bienestar – o malestar – de una persona en un momento dado; su fuente está en estímulos externos o internos, y también en la escala de valores del individuo1. Las emociones no son racionales, no se piensan; yo no puedo decir: pienso que estoy triste. Sin embargo, los pensamientos pueden moldear las emociones. Las emociones tampoco se deciden; yo no puedo decidir estar triste, o alegre. Pero las emociones pueden acompañar una buena o una mala decisión. Un pensamiento positivo, que lleva a tomar decisiones positivas, inevitablemente producirá emociones positivas. En aquella oportunidad – al discutir sobre la experiencia cristiana – también poníamos como ejemplo de emociones negativas – entre otros – los sentimientos de remordimiento y culpa por haber transgredido una norma, o una regla moral propia1. De igual modo, podríamos poner como ejemplo de emociones positivas los sentimientos de satisfacción y bienestar personal que acompañan una buena acción, la obediencia a las normas, o la sujeción a un decálogo moral considerado como intrínsecamente valioso y superior, y por lo tanto digno de ser obedecido. El ajustar los actos y la conducta a los principios morales que uno sustenta va a producir sentimientos de bienestar.

En relación a la disyuntiva altruismo – egoísmo, es decir, actos y conductas de servicio desinteresado y generoso, o actos y conductas que tienen un interés egoísta oculto, aunque ese interés oculto no sea más que sentirse bien con uno mismo, debemos recordar que las emociones no son racionales, pero sí acompañan situaciones. Como entre los cristianos acostumbramos exaltar como valores superiores el amor, la misericordia y la generosidad, cuando procedemos con amor, misericordia y generosidad, inevitablemente vamos a sentirnos bien con nosotros mismos. Ahí comienza a resultar dudoso calificar como egoísmo el motivo de la acción positiva. Porque el sentirse bien con uno mismo será inevitable. La reflexión acerca del egoísmo que pudiera haber implícito en un acto de generosidad, desprendimiento o aún de sacrificio por el prójimo me condujo a preguntarme qué acto de servicio, o de sacrificio, podía verse libre de ese bienestar posterior al hecho mismo (si tal cosa es posible). Como en todo y como cristiano, mi preocupación fue ver qué tiene la Biblia que decir al respecto; si avala o no la noción de un “inevitable” sentimiento de bienestar con uno mismo, tras cualquier conducta que represente “hacer el bien”. Pensando en esto llegué a la consideración de que, al menos, el sacrificio máximo, el dar la vida por otros, podría estar exento de ese sentimiento; simplemente porque la perspectiva de la muerte anularía cualquier emoción positiva, y luego del sacrificio máximo ya no quedaría vida para experimentar bienestar. Sin embargo, pensaba si acaso el que se ofrecía a morir para salvar a otros no se consolaría pensando que su sacrificio quedaría en el recuerdo, para fama y veneración de su nombre. Considerando el sacrificio máximo que representa dar la vida por otros, y al ir a la Biblia en busca de una respuesta, emerge la figura de Jesús de Nazaret como el ejemplo que puede solucionar el dilema. Entonces, cabe preguntarse, ¿qué sintió Jesús?

Si es posible determinar cuáles fueron las emociones de Jesús respecto a su misión, y sobre todo respecto a su sacrificio máximo, dar la vida por la salvación de todos los seres humanos, podemos en primer lugar percibir en la forma más íntima posible la humanidad del Hijo de Dios, y también apreciar un modelo – confiable para el creyente – de respuesta emocional que podríamos considerar “adecuada” o “aceptable”, aunque ya adelantamos que las respuestas emocionales no son razonadas. Para empezar, cabe observar que Jesús tenía claro desde mucho tiempo antes de llegar la semana de la pasión, que la culminación de su misión era morir en forma violenta. En varios de sus discursos surgen referencias veladas al plan que le había traído a la tierra, el cual incluía la muerte; por ejemplo: “el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por todos” (Marcos 10:45), “Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas” (Juan 10:11). También, él afirmó con contundente claridad que su destino era morir con violencia: “Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas, y sea desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y que sea muerto, y resucite al tercer día” (Lucas 9:22); “El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, y le matarán; mas al tercer día resucitará” (Mateo 17:22, 23a); “Tomando Jesús a los doce, les dijo: He aquí subimos a Jerusalén, y se cumplirán todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre. Pues será entregado a los gentiles, y será escarnecido, y afrentado, y escupido. Y después que le hayan azotado, le matarán; mas al tercer día resucitará” (Lucas 18:31 – 33). Ahora, ¿cómo se sentía Jesús, cuando se aproximaba ese momento? Juan nos relata: “Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Juan 13:1). El eufemismo que usa Juan suaviza lo que de hecho está diciendo: que Jesús sabía que había llegado la hora de morir. Eso de que amó a los suyos “hasta el fin” tiene varias lecturas: teológica, espiritual, pero también emocional; esos hombres eran sus amigos – algunos, sus más íntimos amigos – y decidió pasar sus últimas horas en libertad junto a ellos. Algo similar se puede ver en el evangelio de Mateo; una vez fuera de Jerusalén, en el huerto de Getsemaní, él les pide a sus tres discípulos más cercanos – Pedro, Jacobo y Juan – “quédense aquí, y velen conmigo” (26:38). El preámbulo de ese ruego es una ventana abierta al alma de Jesús en ese momento: “Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (26:37, 38a). La condición emocional de Jesús de Nazaret en ese momento era de una profunda desolación: él habló de tristeza y angustia mortal. Podemos sobre espiritualizar esto y decir que su angustia se debía al pecado humano, a la incomprensión, el odio y el rechazo de aquellos para quienes había venido. Pero una forma más humana de verlo es que la proximidad de una muerte violenta lo había sumido en la melancolía y la desesperación. También resulta muy humano ver cómo en su hora más oscura, él procuró que aquellos que podríamos llamar sus tres mejores amigos estuvieran cerca suyo. Que la proximidad de la muerte en la cruz tenía mucho que ver con su estado emocional parece quedar demostrado cuando miramos las palabras de su oración: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39); en otras palabras, si es posible, que esto no me suceda a mí, pero si así tiene que ser, que así sea. También es muy sugestivo lo que registra Lucas: “estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (22:44); evidentemente la agonía no era física, pues nadie lo había tocado ni herido todavía. Aquí otra vez podemos espiritualizar, diciendo que su agonía era por el pecado y la maldad de los seres humanos; pero de igual modo podemos conjeturar que la muy oscura perspectiva de lo que vendría en las siguientes horas era causa de una agonía emocional tan dolorosa como las heridas que recibiría. Tal vez la señal más extrema de cuál era el estado emocional y espiritual de Jesús de Nazaret el día de su muerte sea el grito desgarrador proferido por él desde la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Marcos 15:34). Porque Jesús sabía bien cómo y por qué había llegado a ese fin, y sin embargo su agónica desesperación – profética y con un significado teológico, eso lo sabemos – lo llevó a clamar tales palabras.

En referencia al sacrificio de Cristo, en Hebreos 12:2 encontramos una afirmación llamativa; hablando de Jesús de Nazaret, el escritor sagrado dice: “por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios”. Esta aseveración del Nuevo Testamento parece decir que Jesús aceptó pasar por el terrible trance de su pasión y muerte, por un sentimiento de gozo posterior – posterior a su resurrección, la cual Él también había anunciado – un gozo, o alegría, satisfacción, incluso felicidad, que alcanzaría cuando, habiendo ascendido, se sentara a la diestra de Dios. Entonces, ¿Jesús hizo lo que hizo para experimentar gozo? ¿Cómo se entiende esto? ¿Cuál fue la verdadera causa del gozo que a posteriori experimentó el Señor?

Para comprender esa afirmación importa tener presente que Jesús de Nazaret conocía claramente el objetivo de su sacrificio, el cual era un sacrificio vicario; es decir, su muerte en lugar de los pecadores traería salvación y vida eterna a quienes creyeran en Él. De hecho, Él mencionó este resultado de su muerte en diversas oportunidades en que la anunció; para ejemplo, los pasajes citados de Marcos 10:45 y Juan 10:11, y también cuando aludió a su propia crucifixión en Juan 3:14, 15: “es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Así que el resultado de su muerte en la cruz es, aún hoy, el perdón de los pecados y la salvación eterna de los creyentes. Visto así, echa luz sobre eso del “gozo puesto delante de él” un pasaje profético que habla sobre el sacrificio de Jesús, en el Antiguo Testamento: “Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho” (Isaías 53:11). El fruto de la aflicción de Jesús fue la oportunidad de salvación para todo aquel que cree en Él. Esa es la causa de su satisfacción y de su gozo. Y nunca debemos dejar de tener presente que lo hecho por Jesús, fue hecho por amor a la humanidad perdida.

Entonces, siguiendo el ejemplo de Cristo, nuestras acciones deben ser guiadas por el amor; el amor que antepone el bienestar de otros al propio. Lo que hacemos, no debemos hacerlo por algo material, o por prestigio, o fama, o para recibir alabanzas. Sí, el sentimiento de bienestar se va a producir; como parecemos estar “programados” para sentirnos bien cuando hacemos las cosas bien, hasta podríamos pensar que el sentirse bien con uno mismo es incluso una recompensa que Dios nos da cuando hacemos las cosas bien. Pero debemos racionalmente priorizar el bienestar ajeno como objetivo de lo que hacemos. Entonces, cuando actuemos con esa clase de amor, después disfrutaremos de la sensación de bienestar que produce haber hecho lo correcto.

Porque actuar con amor es lo correcto.

1) La experiencia cristiana 2; publicado en esta página web.

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario.

1 Comment

  1. […] en el nombre de Jesús. Ya utilizamos las palabras de este lector en otra oportunidad, en la columna La caridad egoísta; y como nos ha pasado varias veces, los comentarios de los lectores proporcionan tela para cortar […]

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