La violencia de Dios – Parte 2

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La violencia de Dios – Parte 2

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Al terminar la primera parte de este ciclo comentamos las inquietudes que algunos oyentes/lectores dejaron expresadas en los foros de varios artículos, respecto a la violencia de la que puede leerse en el Antiguo Testamento de la Biblia, y al hecho de que, en muchos casos, tal violencia aparezca como ordenada expresamente por Dios. Una violencia extrema a ser ejecutada sin piedad, ordenada por el Dios que la Biblia nos presenta como el Creador de todas las cosas, y del cual se dice que su amor y misericordia para con el ser humano son infinitos. El Dios que, al llegar al Nuevo Testamento, aparece como el Padre de Jesucristo, y del cual se nos dice que tanto fue su amor por el “mundo” – es decir, la humanidad – que envió a su Hijo Jesús para que todo aquel que pusiera en Él su fe no fuera a eterna condenación, sino que recibiera la vida eterna (Juan 3:16). Esta aparente contradicción en el carácter de Dios, tal como se nos presenta en las Sagradas Escrituras, ha llevado a que no sólo los ateos y militantes contra la religión ceben sus ideas en la crítica acerba de la Biblia también en este aspecto (yo he llegado a leer cosas como que allí se nos presenta un Dios esquizofrénico) sino que también algunos creyentes tengan serios problemas con el Antiguo Testamento, al punto de no aceptar ciertas partes como Palabra de Dios; por lo menos no las partes en que aparece el mandato de ejecutar hechos de violencia en nombre de Dios. Como escribía uno de los oyentes citados en el foro del artículo “Ataque de furia”: “soy parte (de) aquellos a quienes les cuesta creer que Dios (nuestro Señor) haya encomendado a Moisés el genocidio de personas. Francamente no creo que los hechos fueran de ese modo”.

No debemos pensar que el rechazo de parte o todo el Antiguo Testamento por parte de creyentes y grupos cristianos sea un fenómeno de nuestro tiempo. Ya en la antigüedad casi primitiva de la Iglesia hubo una disidencia doctrinal que renegó del Antiguo Testamento, considerándolo el producto no del Ser Supremo, sino de un dios menor que habría sido el Creador del mundo material. Tomando de la doctrina platónica el concepto del Demiurgo como Hacedor del mundo – que también fue utilizada por escritores griegos cristianos primitivos(1) – y del gnosticismo la ideal del dualismo: “una oposición entre el Dios inefable y trascendente, y un demiurgo ignorante y obtuso (a menudo caricatura del Jehová del AT) el cual es el creador del cosmos”(2), e influenciado por este entramado doctrinal, a mediados del siglo II d.C. apareció Marción, un disidente de la doctrina oficial de la Iglesia de esos días; es decir, un hereje, alguien que propugnó una doctrina considerada errónea. Según Marción, “el dios del AT, el demiurgo, ser inferior que creó el mundo material y sobre el cual reinaba, no era propiamente un ser malvado, pero no era bueno en el mismo sentido que el Dios y Padre de Jesús, Dios de amor y gracia”(3). La herejía o doctrina errónea de Marción, combatida por la ortodoxia cristiana, demoró algunos siglos en desaparecer, y hoy queda como un dato de la historia temprana de la Iglesia, uno más en la larga lista de herejes que registra el cristianismo. Ahora, ¿por qué mencionarlo aquí?

En primer lugar debe entenderse que cuando hablamos de Marción como hereje, lo hacemos porque la historia de la fe cristiana lo hace así. No porque discrepara con doctrinas de la Iglesia Católica o el Vaticano, pues en el siglo II d.C. ni éste ni aquella existían, y la Iglesia no era la estructura de poder político y económico en que después se transformó, sino una comunidad subterránea sometida a periódicas tormentas de persecución sangrienta por parte del Imperio Romano. Las enseñanzas de Marción eran herejía desde el punto de vista de la Biblia, es decir, del Antiguo Testamento (ya recopilado en ese tiempo) y del Nuevo Testamento, entonces todavía en formación. De hecho, según los detractores de Marción, por medio de los cuales sabemos de él (ya que sus escritos no se conservaron) él habría modificado los textos del Nuevo Testamento que adoptó como sus escrituras sagradas (el evangelio de Lucas y la mayoría de las epístolas de Pablo) eliminando algunas partes. ¿Qué partes? Por ejemplo, aquellas en que el Dios y Padre de Jesucristo aparece como el Creador del universo, pues los marcionitas sostenían que la creación era obra del Demiurgo, el dios del Antiguo Testamento, el dios que – en definitiva – sería también el responsable de ordenar los hechos de violencia “en nombre de Dios” que motivan esta reflexión. Es decir que, si esta doctrina fuera la aceptada por la Iglesia actualmente, los cristianos podríamos levantar las manos con las palmas hacia adelante y decir: “nuestro Dios es un Dios de amor, de misericordia y de paz, que nada tiene que ver con los hechos truculentos del Antiguo Testamento. Para explicar el porqué de esas cosas, pregúntenles a los judíos, ya que fue otro dios, el dios del Antiguo Testamento, no el nuestro”. Este esquema podría haber sido válido en la época del Imperio Romano, antes del triunfo de la cristianización. Hoy en día, en un occidente en el que las creencias religiosas en general tienen mala prensa frente a los sistemas de ideas imperantes (racionalismo, evolucionismo, ateísmo, cientificismo) poblar con nuevos dioses el mundo invisible a nuestro alrededor no impresiona como una propuesta viable.

El punto es que el rechazo del Antiguo Testamento, ejemplificado en la referencia sobre Marción, es una actitud muy actual en algunos creyentes cristianos, quienes no entienden o no aceptan algunas partes del mismo, como la aprobación tácita de la poligamia, la institucionalización del divorcio en el Israel antiguo, la ley de la venganza, la pena de muerte para diversos delitos, y por supuesto, la aparente incitación a la violencia, la guerra y el genocidio de pueblos, simplemente por ser extranjeros al “pueblo elegido”. En este punto, la pregunta a la que nos conduce la reflexión sobre estas cosas es: ¿podemos prescindir del Antiguo Testamento? ¿Podemos desecharlo todo, o al menos una parte?

La idea de desechar el Antiguo Testamento seguramente suene muy extraña al creyente evangélico convencido y convertido, que ha entregado su alma, vida y corazón a la doctrina de Jesús, y por lo mismo se apega a la Biblia – Antiguo Testamento incluido – con un fundamentalismo de su fe que puede resultar extraño a quienes miran las Escrituras con actitud más crítica; sean estos ateos, o sea que profesen una fe más genérica en Dios, sin tanta convicción y compromiso con la doctrina y con la Iglesia. La polémica sobre lo que otros encuentran cuestionable de la Biblia, sobre todo – aunque no exclusivamente – en el Antiguo Testamento, para el creyente se resuelve por una vía parecida a la mencionada por Jesús a Tomás, cuando éste vio al Señor resucitado. Jesús dijo: “Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Juan 20:29), bienaventuranza que podría resumirse en la máxima “creer para ver”. Volviendo a los pasajes polémicos e incomprensibles, para el creyente la máxima podría ser: “creer para entender”. Si aceptamos esta máxima, que por otra parte representa la vivencia de fe y comprensión del evangelio – y de toda la Biblia – de muchísimos cristianos, significa que la experiencia de encuentro con Jesucristo, arrepentimiento de pecado, fe y nuevo nacimiento a una nueva vida con Cristo, no depende para nada de entender hasta aceptar como lógico y racional todo lo que la Biblia dice, sino de atreverse y arriesgarse a creer en ese Jesús de Nazaret del cual nos hablan las Sagradas Escrituras, como Hijo de Dios y Salvador del mundo. Por supuesto, se nos puede decir que nosotros, por alguna razón – emocional, psicológica o lo que sea – elegimos creer, y luego procuramos encuadrar en un marco coherente todo lo que dice el libro sagrado de nuestra fe. Y puede que esa afirmación sea válida, pero su validez no hace sino apoyar lo dicho: la fe va por caminos diferentes y superiores al razonamiento humano. Si espero a entender todo de una manera que le quede bien a mi particular razonamiento, ideas y opinión sobre lo que la vida es y debería ser, es probable que viva sin fe, y que muera sin fe. Como ya lo he planteado en uno de los foros al respecto de este tema, yo pongo mi confianza en palabras que Jesús dirigió a Pedro cuando lavó los pies de sus discípulos: “Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después” (Juan 13:7).

Tal vez deberíamos preguntarnos: qué perderíamos, si desecháramos el Antiguo Testamento, no considerándolo Palabra de Dios. Imposible referirlo todo, pero sí mencionar algunas cosas. En primer lugar, pasajes de hondo contenido espiritual, que han iluminado la vida de creyentes cristianos por generaciones, y lo siguen haciendo: “El Señor es mi pastor; nada me faltará”; “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento” (Salmo 23:1, 4). “El Señor es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? El Señor es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?”; “Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, El Señor me recogerá” (Salmo 27:1, 10). “Este pobre clamó, y le oyó El Señor, y lo libró de todas sus angustias” (Salmo 34:6). Estos son sólo algunos pocos pasajes de ese tesoro espiritual inmenso que representa el libro de los Salmos. Pero no nos podemos olvidar de los Diez Mandamientos (Éxodo 20:3 – 17), en los cuales la civilización judeocristiana encontró la base para las normas morales – aún vigentes – que prohíben robar, matar, mentir, codiciar, ser infiel, e incluso – algo muy necesario hoy en día – que ordenan no faltar el respeto a los padres. Por otra parte, ¿qué cristiano, consciente del perdón de sus pecados y culpas por la misericordia de Dios, olvidaría aquel pasaje del Antiguo Testamento que dice: “Vengan luego, dice El Señor, y estemos a cuenta: si sus pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:18)? También hay palabras sublimes que nos hablan del amor de Dios, como por ejemplo: “Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia” (Jeremías 31:3), o también: “El Señor está en medio de ti, poderoso, él salvará; se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos” (Sofonías 3:17). Y acerca de la preocupación de Dios por los suyos leemos: “Los hijos de Israel respondieron al Señor: Hemos pecado; haz con nosotros como bien te parezca. Sólo te rogamos que nos libres en este día. Quitaron, pues, de en medio de ellos los dioses ajenos y sirvieron al Señor. Y él se angustió a causa de la aflicción de Israel” (Jueces 10:15, 16); y un pasaje muy similar: “En toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz los salvó; en su amor y en su clemencia los redimió, y los trajo, y los levantó todos los días de la antigüedad” (Isaías 63:9). Ahora, alguien podría aducir que ese amor de Dios, del que se lee en el Antiguo Testamento, estaba dirigido específicamente a su pueblo, sus elegidos, Israel; ante este argumento, viene de inmediato a la mente el episodio de la destrucción de Sodoma y Gomorra, nada menos que en el Génesis, el libro de la antigüedad más remota. Allí leemos: “el clamor contra Sodoma y Gomorra se aumenta más y más, y el pecado de ellos se ha agravado en extremo” (Génesis 18:20); es curioso que en uno de los pasajes del Antiguo Testamento donde vemos a ese Dios severo, que ejecuta un castigo terrible sobre el pecado – la destrucción total de dos ciudades con todos sus habitantes – encontremos una referencia al amor. En primer lugar, Dios le dice a Abraham, que el clamor contra Sodoma y Gomorra se aumenta más y más; esto significa que al aniquilar esas ciudades inundadas de maldad, Dios estaba respondiendo a los gemidos, súplicas y lamentos de innumerables seres humanos que eran víctimas de la maldad de quienes habitaban allí. Pero cuando Abraham entiende lo que Dios se propone hacer, procura evitar la catástrofe mediante una forma de ruego muy particular: argumenta que si allí aún hubiera algunos justos – es decir, personas que no fueran unos perversos malvados – sufrirían un castigo no merecido. Dios contesta la intercesión del patriarca con respuestas memorables: si allí hubiera habido algunos justos, Él no habría destruido las ciudades, por amor a ellos (Génesis 18:23 – 32).

Entre los tesoros espirituales más importantes para la fe cristiana contenidos en el Antiguo Testamento están las profecías mesiánicas. Aquellos dichos que anunciaron la vida y obra, muerte y resurrección de Jesucristo con siglos de antelación, y que son testimonio de un plan en marcha cuyo objetivo era la redención de los seres humanos; un plan que, según el apóstol Pedro, había sido trazado “desde antes de la fundación del mundo” (1 Pedro 1:20). Las profecías mesiánicas son muy numerosas, y es difícil resumirlas en el espacio de una reflexión; pero quizás una de las más importantes, que merece ser citada aquí, sea la muy conocida de Isaías 53: “él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados. Por darnos la paz, cayó sobre él el castigo, y por sus llagas fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas El Señor cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como un cordero fue llevado al matadero; como una oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, no abrió su boca”, “Se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte. Aunque nunca hizo maldad ni hubo engaño en su boca”, “derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos y orado por los transgresores” (5 – 7, 9, 12). Cualquiera que conozca medianamente la historia de Jesús de Nazaret puede darse cuenta de en qué medida estas palabras, dichas y escritas setecientos años antes de Jesucristo, anticiparon los hechos de la pasión y muerte del Salvador. ¿Cómo podríamos, los cristianos, prescindir de la enorme riqueza espiritual, que alienta la fe con la evidencia de la profecía cumplida, que está contenida en el Antiguo Testamento?

Sobre ese Antiguo Testamento vamos a seguir reflexionando, revisando lo mucho que el Nuevo Testamento cita y fundamenta en el mismo la obra de Jesús y de la Iglesia Cristiana, para después sí, enfocarnos en sus párrafos más truculentos y problemáticos,

1) Douglas JD. Demiurgo. En: Diccionario de Historia de la Iglesia. Nashville, TN: Editorial Caribe; 1989: Pág. 334.
2) Ward Gasgue W. Gnosticismo. En: Diccionario de Historia de la Iglesia. Nashville, TN: Editorial Caribe; 1989: Pág. 475.
3) Ward Gasgue W. Marción. En: Diccionario de Historia de la Iglesia. Nashville, TN: Editorial Caribe; 1989: Pág. 693.

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario.

 

Lea y escuche aquí: La violencia de Dios – Parte 1

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