La violencia de Dios – Parte 3

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La violencia de Dios – Parte 3


Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Seguimos reflexionando sobre lo que llamamos la violencia de Dios, el Antiguo Testamento y sus pasajes polémicos, en los cuales no solo se habla de violencia, guerra y exterminio de seres humanos – y a veces destrucción de la naturaleza – sino que se presenta como permitida, aprobada y aun ordenada por Dios.

Como se dijo al final de la columna anterior, el Antiguo Testamento de la Biblia tiene un imprescindible y riquísimo contenido espiritual que ha iluminado, consolado, exhortado y fortalecido a incontables generaciones de creyentes cristianos. Pero además, ese Antiguo Testamento era la Sagrada Escritura con la que contaban Jesús de Nazaret y los apóstoles, en los inicios de la predicación del evangelio, y recurrieron muy extensamente al mismo para demostrar, ante la audiencia judía inicial, que los hechos relativos al nacimiento, vida, ministerio público, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, así como el nacimiento de la Iglesia Cristiana como un movimiento espiritual nuevo que trascendería los límites de Israel, ya habían sido anunciados en épocas pasadas por los profetas de Dios.

Positivamente, las Escrituras del Antiguo Testamento fueron citadas en forma abundante en el Nuevo Testamento. Por ejemplo, por los evangelistas respecto al nacimiento de Jesús: Mateo 1:23 cita Isaías 7:14; Mateo 2:6 cita Miqueas 5:2. También fueron citadas otras Escrituras acerca del ministerio de Jesucristo, por ejemplo Mateo 4:15, 16, que cita Isaías 9:1; Mateo 13:14, 15, que cita Isaías 6:9, 10; Marcos 1:2, 3, que cita Isaías 40:3 y Malaquías 3:1; Lucas 4:18, 19, que cita Isaías 61:1, 2. Asimismo, sobre la muerte y resurrección del Señor: Mateo 27:46, donde Jesús mismo cita el Salmo 22:1; Marcos 15:28, que cita Isaías 53:12; Lucas 23:46, donde Jesús cita el Salmo 31:5; y Juan 19:24, que cita el Salmo 22:18. Además, tenemos el pasaje de Lucas 24:27, en el que Jesús se refiere al Antiguo Testamento en general (comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían); del mismo modo aunque más escueto, Pablo escribe en 1 Corintios 15:3, 4: Primeramente les he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras. Hay que tener en cuenta que en todos estos pasajes hasta aquí mencionados nos limitamos a citas explícitas o referencias generales al Antiguo Testamento por parte de los cuatro evangelistas – y del apóstol Pablo – no considerando la multiplicidad de pasajes de los evangelios donde se reconocen hechos anunciados en el Antiguo Testamento, en profecías mesiánicas de una claridad diáfana, como el resto del Salmo 22, y el capítulo 53 de Isaías, y muchos otros.

Los apóstoles y los líderes cristianos primitivos también citan abundantemente el Antiguo Testamento en relación al plan de Dios cumplido en Jesucristo y la Iglesia. Respecto del destino de Judas Iscariote, Hechos 1:20 cita los Salmos 69:25 y 109:8; sobre la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés, en su primer discurso Pedro cita Joel 2:28 – 32 (Hechos 2:17 – 21); sobre la resurrección de Cristo, Hechos 2:25 – 28 cita el Salmo 16:8 – 11, y acerca de la ascensión del Señor, Hechos 2:34, 35 cita el Salmo 110:1. En la oración en la que los primeros cristianos piden fortaleza espiritual, en Hechos 4:25, 26, citan el Salmo 2:1, 2. Asimismo hay que considerar la revisión breve de la historia de Israel que hace Esteban en su juicio ante el Concilio de Jerusalén, en Hechos 7:2 – 50. Algo similar pero más breve hace Pablo en su predicación a los judíos de la dispersión, en Antioquía de Pisidia (Hechos 13:16 – 23). Cuando Felipe predica el evangelio de Jesús al funcionario de la reina de Etiopía, parte de una Escritura que éste estaba leyendo (Hechos 8:32, 33, que cita Isaías 53:7, 8). Notoriamente, cuando Pedro predica en casa de Cornelio ante una audiencia de gentiles – es decir, no judíos – no hay citas explícitas del Antiguo Testamento; sin embargo, tanto Pablo como Jacobo declaran que esta apertura del evangelio a los gentiles estaba anunciada en las Escrituras, es decir, el Antiguo Testamento (Hechos 13:47 cita Isaías 49:6; y Hechos 15:15 – 18 cita Amós 9:11 – 12).

Es imposible citar en una breve reflexión como ésta todas las referencias al Antiguo Testamento que los apóstoles hacen en el resto del Nuevo Testamento, en apoyo de la esencia del evangelio que predicaban: que Jesús de Nazaret era el Mesías prometido a Israel, y el Hijo de Dios que había venido para morir en sacrificio por los pecados del mundo, para la salvación eterna de todos. Pero podemos destacar algunos pasajes cumbre en este aspecto, en la Epístola a los Hebreos. Por ejemplo, en 4:14 leemos: “teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión”, pasaje que constituye una referencia al sumo sacerdocio Aarónico de Israel, como tipo o figura anticipada de la obra de Cristo. También en 7:26, 27, donde se lee: “tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos; que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo”; y aquí se introduce, además, la noción de que la persona y obra de Jesucristo no solo estaba prefigurada por el sacerdote israelita del Antiguo Testamento, sino también por la víctima ofrecida en sacrificio. Porque como dice Romanos 6:23: “la paga del pecado es muerte”, y esa víctima inocente que moría en lugar del culpable ofrecía al pecador un testimonio de la justicia, pero también de la misericordia y el amor de Dios. La noción de la víctima como prefigura de Jesús aparece también Hebreos 9:11, 12, donde leemos: “Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención”; y otra vez en 9:26, donde dice que Jesús “se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado”. Y esto está en concordancia con otros pasajes del Nuevo Testamento, que indirectamente citan el Antiguo Testamento, por ejemplo: “vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29), en referencia a los corderos que eran ofrecidos en sacrificio en la Pascua judía, y “el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por todos” (Marcos 10:45), en referencia al sacrificio vicario, es decir, la sustitución del culpable por un inocente que muere en su lugar. Todo esto nos da la pauta de que el carácter cruento del Antiguo Testamento no se limita a la violencia entre grupos humanos, sino que incluye también la muerte de innumerables animales cada año en el altar del Templo de Dios; pero animales que morían por una concepción religiosa o teológica que tiene que ver con el castigo por el pecado y la maldad, y que prefiguraba el hecho cruento más destacado del Nuevo Testamento, que fue la muerte de Jesús de Nazaret por crucifixión.

Es al Antiguo Testamento que se refieren el apóstol Pedro cuando dice: “los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:21), y el apóstol Pablo al escribir: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2 Timoteo 3:16). Lo truculento y a menudo atroz de la violencia relatada en el Antiguo Testamento nos confronta – a los creyentes, y a quienes quieren creer en ese Dios de amor, misericordia y perdón que presenta la Biblia – con una gran pregunta: ¿aceptaremos el Antiguo Testamento como Palabra de Dios, todo o solo una parte?

La violencia relatada en el Antiguo Testamento como ordenada por Dios no se limita solo a las guerras de conquista de Canaán; también aparece en las guerras crónicas de Israel con las naciones vecinas: Moab, Amón, Edom, Filistea, Siria, y ya en el primer milenio a.C. el Imperio Asirio, y luego los Imperios Babilónico y Persa. Sobre Asiria merece destacarse el episodio del sitio de Jerusalén, bajo el reinado de Ezequías sobre Judá, el reino del sur, diez años después de que ese mismo imperio había barrido a Israel, el reino del norte. La Biblia dice que los emisarios de Senaquerib, el emperador asirio, blasfemaron al Dios de Israel (“¿Qué dios de todos los dioses de estas tierras ha librado su tierra de mi mano, para que Jehová libre de mi mano a Jerusalén?”; 2 Reyes 18:35). Ezequías se aferró a su fe en Dios, y recibió un mensaje de esperanza en la crisis de parte del profeta Isaías (2 Reyes 19:6, 7, 20 – 34). A continuación el texto sagrado dice: “aconteció que aquella misma noche salió el ángel de Jehová, y mató en el campamento de los asirios a ciento ochenta y cinco mil; y cuando se levantaron por la mañana, he aquí que todo era cuerpos de muertos” (2 Reyes 19:35). Algunos estudiosos han sugerido que una plaga de ratas esparció en el campamento del ejército asirio una forma particularmente fulminante de peste bubónica1. Si ese hubiera sido el caso, y aunque cuesta entender cómo los sitiados no enfermaron cuando se arrojaron sobre los despojos, la destrucción del ejército asirio habría sido un fenómeno natural, pero inexplicable para los judíos, quienes atribuyeron su liberación a Dios. De hecho, los mismos estudiosos atribuyen la plaga a una intervención de Dios a través de medios naturales. Porque si no se comprende así, habría que interpretar que, efectivamente, un ser sobrenatural enviado por Dios, o el mismo Dios, aniquiló a ciento ochenta y cinco mil seres humanos aquella noche. He escuchado, y he leído, muchos mensajes proclamando – en forma enfervorizada – la liberación que Dios obró a favor de su pueblo en esa oportunidad, procurando aplicar la forma en que Dios intervino en un muy cruento hecho de la historia sagrada antigua (los asirios paganos, crueles y blasfemos, aniquilados por Dios para rescatar a unos pocos creyentes fieles), a la realidad del cristiano de hoy, a menudo enfrentado a situaciones adversas, o a personas inconversas que tienen mala actitud hacia el creyente. La gran pregunta es si en la época actual podemos usar como ejemplo de una “gran liberación de Dios” la destrucción de un gran número de vidas humanas, para salvar a unos pocos.

Avanzando más en este enfoque, podemos preguntarnos: ¿qué posibilidades tenían los soldados asirios, simples seres humanos, si en verdad el Dios Omnipotente en persona fue contra ellos? ¿Y qué posibilidades tenía el ejército egipcio, cuando empujado por el orgullo empecinado del faraón persiguieron a Israel dentro del Mar Rojo, estando las aguas divididas, metiéndose en una trampa de la que no escaparon? ¿Qué posibilidades tenían los habitantes de Sodoma y Gomorra, cuando el mismo Creador Todopoderoso decidió destruirlos? Ahora, como vimos en la parte 2 de este ciclo, las posibilidades de los habitantes de Sodoma y Gomorra de escapar de la aniquilación estaban en que algunos de ellos – al menos – hubieran sido “justos”, es decir, personas que hubieran practicado la justicia, que hubiesen sido honrados y decentes seres humanos, y no perversos malvados hasta el extremo. Es ostensible de la lectura de la Biblia que en aquel pasado remoto, la reverencia a Dios y la obediencia a Sus Leyes aparecen como un camino de vida, por lo menos para prolongar la existencia en este mundo (“yo te mando hoy que ames a Jehová tu Dios, que andes en sus caminos, y guardes sus mandamientos, sus estatutos y sus decretos, para que vivas y seas multiplicado”; Deuteronomio 30:16).

Seguir en esta línea de pensamiento, la justicia de vida de una persona entendida como rectitud, probidad, honradez, virtud, todo eso más fe y obediencia a Dios, es probable que nos ayude a comenzar a comprender, al menos en parte, este asunto de la violencia en la Biblia, sobre todo en el Antiguo Testamento. No todo, pero sí en parte. Esta noción de un accionar de Dios que resulta en violencia, pero violencia justificada, se refuerza si nos representamos la escena de un pueblo – el judío – invadido por un imperio poderoso como el asirio, refugiado en una ciudad – Jerusalén – y esperando una liberación que está más allá de sus propias fuerzas, cuyo rey se aferra a su fe en Dios; o también la imagen de un pueblo de esclavos, sometido a los abusos y vejaciones de sus amos, como sucedió con Israel en Egipto, cuyo líder guía a su pueblo a poner su confianza en Dios; o de múltiples y anónimas personas, probablemente campesinos y obreros pobres, esclavos y menesterosos, avasalladas por personas crueles y sanguinarias, como debió suceder con Sodoma y Gomorra y los habitantes de sus alrededores, clamando los oprimidos al Dios del cielo por liberación. La imagen que trasmiten estos ejemplos es la de aquella situación en la que los pocos, débiles, indefensos y desamparados, son asediados, oprimidos y avasallados por los que son más, los poderosos, violentos, fríos e inhumanos. La esperanza de los débiles y desamparados frente a los poderosos y crueles no está en esta tierra sino en Dios, quien aborrece la injusticia y la maldad. Y en Él es que los débiles deben depositar su fe, confianza y obediencia. En el Antiguo Testamento está escrito: “Los ojos del Señor contemplan toda la tierra, para mostrar su poder a favor de los que tienen corazón perfecto para con él” (2 Crónicas 16:9); y en el Nuevo Testamento dice: “Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hechos 10:34, 35). Entonces, cuando en el Antiguo Testamento leemos de violencia, no vemos un Dios que destruye vidas humanas, o manda a sus seguidores que las destruyan; lo que vemos es a Dios defendiendo a los humildes y a los justos, a los pobres, débiles y desamparados, de aquellos que abusan de ellos y les arrebatan sus derechos. Como está escrito en el libros de los Proverbios: “No traspases el lindero antiguo, ni entres en la heredad de los huérfanos; porque el defensor de ellos es el Fuerte, el cual juzgará la causa de ellos contra ti” (23:10, 11). Y a veces, la defensa de los débiles por el Dios Todopoderoso, guste a quien le guste y pese a quien le pese, implica la destrucción de los poderosos, impíos y crueles. Volviendo al ejemplo de los asirios, un imperio excepcionalmente cruel en su trato con los pueblos conquistados, respecto a Nínive, su capital, el profeta Nahúm exclama: “¡Ay de ti, ciudad sanguinaria, toda llena de mentira y de rapiña, sin apartarte del pillaje!”; “¿sobre quién no pasó continuamente tu maldad?” (3:1, 19), y anuncia de parte de Dios: “Heme aquí contra ti, dice Jehová de los ejércitos” (3:5). Agenciarse a Dios como enemigo, moverlo a intervenir – a veces con rigurosidad extrema y dolorosa – a causa de la mentira, la rapiña y la maldad, es la receta perfecta para la catástrofe, personal y nacional.
Pero como ya quedó dicho, esta perspectiva solo explica en parte la violencia del Antiguo Testamento. El sufrimiento de inocentes, y las matanzas indiscriminadas que acompañaron, por ejemplo, las guerras de conquista de la Tierra Prometida, necesitan otro enfoque, que le daremos en la última parte de este ciclo.

 

1) Pfeiffer C. 2 Reyes. En Comentario Bíblico Moody. Grand Rapids, Michigan: Editorial Portavoz; 1995: pág. 361.

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario.

Lea y escuche aquí: La violencia de Dios – Parte 1

Lea y escuche aquí: La violencia de Dios – Parte 2

Lea y escuche aquí: La violencia de Dios – Parte 4

 

1 Comment

  1. Oscar dice:

    Estimados los flicito por el programa; les paso un comentario que saque de un libro de Samuel VIla, en el que estoy de acuerdo con su explicacion. El Señor los continue bendicioendo.
    En primer lugar que la ocupación de Canaán por los israelitas y la destrucción de los pueblos cananeos (incluyendo a los poderosos hittitas o héteos) que la habitaban, fue una acción divina bien manifiesta, pues la arqueología y los documentos históricos más antiguos, como las cartas de estos poderosos pueblos cananeos a Egipto, recientemente descubiertas, lo prueban contundentemente. Podemos decir, hoy como nunca, que las declaraciones de los espías que Moisés envió a explorar la tierra de Canaán 40 años antes de su ocupación (números 13:32-33) no fueron ninguna exageración motivada por el temor, según decían los escépticos del siglo pasado, sino que las investigaciones arqueológicas e históricas las han acreditado, precisamente en esta última parte del siglo xx. Solamente una serie de milagros sobrenaturales podían hacer que los israelitas, un pueblo de esclavos escapado de Egipto, reducidos a la desventajosa situación de beduinos por 40 años, pudieran vencer a tales pueblos poderosísimos y bien pertrechados con carros herrados de combate y todos los demás elementos guerreros de aquellos tiempos. Este hecho
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    Histórico, confirmado recientemente, acredita nuestra fe en el contenido de las Sagradas Escrituras como libro auténtico, e inspirado por Dios.
    En segundo lugar, sabemos que estos pueblos eran tan poderosos materialmente, como moralmente degradados. Ya en tiempos de Abraham y Lot la degeneración sexual de Sodoma y Gomorra había generado un pueblo de proxenetas, que ha dado su nombre al vicio degenerativo del tercer sexo (véase Génesis 19:8). Expertos en eugenesia han dicho que si las ciudades de la antigua llanura del mar muerto no hubiesen sido destruidos por fuego en días de Hammurabi y Abraham, se habrían destruido ellos mismos en pocas generaciones a causa de su vicio generativo. Sin embargo, leemos que Dios dijo que en sus días no había la maldad del Amorreo, que habitaba un poco más al norte, en la tierra prometida a Abraham, llegado todavía a su colmo como para ser destruido (Génesis15:16). Así fue, empero, en los días de Moisés y de Josué. Era preciso extirpar la gangrena en todas sus fibras. Operar un cáncer es obra terrible, obra que debe repugnara cualquier cirujano, pero a menudo operar un cáncer es un gran beneficio. Así el exterminio de los cananeos fue la obra más bienhechora que Dios pudo ordenar para bien de la raza humana, fue la operación quirúrgica para la bendición de la población humana en un punto neurálgico de la tierra habitada, en el centro de tres continentes. En tercer lugar debemos decir que para Dios la muerte no es lo mismo que para nosotros. Para el Creador y sus ángeles, los hombres y mujeres de este mundo somos como reses destinadas al matadero; todos tenemos que morir; por consiguiente, el que sea unos años más pronto o más tarde, no tiene tanta importancia para Dios como para nosotros, que no vemos más que este lado de la vida, los pocos años que estamos aquí. En cambio para el Omnisciente Creador, lo que está al otro lado de la muerte es mucho más importante que lo que tiene lugar en este mundo. Por esta misma razón el exterminio de los hijos de los cananeos no sólo fue una misericordia para el mundo de su época, sino de un modo particular para los niños de aquella generación. Si se les dejaba vivir les aguardaba una vida degenerada; en cambio, al ser exterminados, les salvaba de su condición depravada, y lo que les aguardaba después de la muerte no era la perdición (Mateo 19:14).Aún hoy día, tan grande es la desgracia de los nacidos en los bajos fondos de las grandes ciudades, que no faltan personas misericordiosas que piensan que son realmente favorecidos los niños que mueren en la infancia. Bien, dirán algunos, pero ¿por qué no fueron exterminados por una peste o un terremoto, mejor que por las manos de los israelitas? A esta pregunta tenemos una doble respuesta:1.° Que Dios no quería el exterminio masivo de aquellas gentes por la espada de los israelitas, sino su desalojamiento del territorio que había prometido a Abraham. El pueblo cananeo podía haber huido a territorio inocupado, fuera del área que Dios había dado a Israel. Supieron por 40 años que los israelitas estaban viniendo, y habían oído acerca de los milagros que Dios hizo por ellos en Egipto, pero aparentemente pensaron que sus propios dioses podrían ayudarles a vencer a los invasores. Sabemos, por otra parte, que un buen número de ellos, aguijoneados por otros medios más suaves, y habiendo oído y creído en el poder del Dios de los hebreos, se alejaron prudentemente de aquel lugar durante los 40 años de prueba (véase Éxodo 23:38 y Deuteronomio 7:20), y embarcándose por el Mediterráneo llegaron a las costas del norte de África donde constituyeron el poderoso pueblo cartaginés, que un día disputó a Roma el dominio del surde Europa, y tuvo en jaque a esta gran nación conquistadora durante siglos. Probablemente fueron las familias más temerosas del Dios de los hebreos, como por ejemplo ocurrió con la familia de Rahab la posadera, mientras que los más recalcitrantes e incrédulos se quedaron en la tierra, pensando que el poder de sus horripilantes y crueles dioses, como Moloch, Baal, Remphan, etc., serían más poderosos que el Jehová de los israelitas. En cuanto a por qué Dios puso en manos de los israelitas la ejecución de su sentencia de muerte sobre aquellos recalcitrantes pobladores de Canaán, podemos decir dos
    cosas:
    1.° Porqué aquella serie de milagrosque representaba la caída de tan poderosos pueblos en sus manos, como lo que ocurrió en el caso de Jericó, sería una lección para los protagonistas acerca del poder invencible de su Dios. Debemos tener en cuenta que los mismos israelitas estaban pasando su curso de educación para años futuros. Por ese método se producía en ellos una profunda impresión de la santidad de Dios y su odio al pecado. Se les dijo claramente que al ejercitar los juicios de Dios sobre los cananeos lo habían de hacer «para que no os enseñen a practicar todas sus abominaciones que ellos hacen a sus dioses» (Deu-teronomio 20:8).En realidad, por no exterminarles del todo, fueron contagiados los mismos israelitas de su corrupción. ¿Y por qué habían de ser perdonadas las mujeres jóvenes y vírgenes? Los incrédulos se han imaginado que estas niñas se habían de perdonar para objetos de vicio (Deut. 20:10-15;Núm. 31:21-35). «Para el impuro, todo es impuro» (Tito1:15); pero la Biblia nos enseña todo lo contrario, a saber: cuando los israelitas se atrevieron a entregarse a la impureza con las hijas de Moab fueron ejemplarmente castigados con la muerte. (Núm. 25:1-9.) Fueron también muertas las mujeres envilecidas en Madian (Núm. 31:17), reservándose las niñas no contaminadas, no para servir a la brutalidad, sino para ser educadas para ser esposas y madres en Israel, y algunas lo fueron de personajes notables y aun de reyes. Hay que tener en cuenta que el carácter femenino es más dúctil, sobre todo en aquellos tiempos en que las mujeres eran mucho más ignorantes e infantiles que en nuestros días. Pero, ¿los niños? ¿No se les podía haber perdonado? Cualquiera que haya tratado a los hijos de padres depravados sabe perfectamente bien cómo los vicios practicados durante generaciones por los padres, aparecen en los hijos, aun cuando se les separa de los malos alrededores, y se les coloque en las condiciones más favorables.
    Por el poder regenrador del evangelio este mal se remedia, pero esas gentes vivían muchos siglos antes de proclamarse el evangelio.
    Si se hubiese perdonado a los niños varones, estos, al hacerse hombres, habrían guardado el rencor contra los que exterminaron a sus mayores y buscando a niñas de su propia raza habría engendrado una generación enemiga de Israel y avida de venganza. Lo que esta ocurriendo hoy con los palestinos.
    Finalmente, el propósito divino para con Israel no era meramente su bendición como pueblo escogido, sino la de todas las naciones. Dios estaba educando un pueblo para que fuera una bendición a todos los pueblos de su alrededor y de la tierra (Genesis 2:3, 18:18, 22:18, 26:4).
    Este propósito inicial no se cumplió en cuanto a Israel a causa de su dureza de corazón, pero ah sido cumplido plenamente en Cristo (Romanos 11:36).

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