La violencia de Dios – Parte 4

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La violencia de Dios – Parte 4

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

La violencia ordenada directamente por Dios en el Antiguo Testamento de la Biblia es un tema que trae de cabeza a muchos creyentes, personas que creen en Jesús, que le admiran y procuran seguir sus enseñanzas, y que se consideran cristianas, aunque no cumplan con nuestro particular repertorio eclesiástico evangélico de lo que debe ser un cristiano. Y nosotros, cristianos evangélicos supuestamente bien encuadrados en lo que el cristiano debe ser, si no miramos a los tales como hermanos – porque no llenan la medida, según nos parece – al menos deberíamos mirarlos como personas a quienes evangelizar. Y con estos creyentes particulares, que se han trancado en pasajes bíblicos polémicos y difíciles de tragar por más que se los mastique – como son los pasajes de violencia del Antiguo Testamento – podemos evangelizar de dos formas; diciéndoles: esto es así, y hay que aceptarlo (como si fueran niños); o dialogando con franqueza, como adultos, acerca de esos párrafos de la historia sagrada antigua que – en mayor o menor medida – a todos nos sorprendieron e intrigaron, y a algunos horrorizaron, cuando leímos por primera vez el Antiguo Testamento. Luego cada uno procesará, sobre la base de su fortaleza en la fe y su entendimiento de la Palabra de Dios, aquellos hechos de la historia bíblica que, para la mentalidad actual, no parecen tener una explicación única ni una justificación aceptable.

Una primera consideración a tener bien presente al dialogar sobre la violencia y la guerra librada en nombre de Dios, la guerra santa hecha por “mandato de Dios”, es que debemos separar por un lado la historia religiosa en general, por ejemplo las cruzadas, las guerras de conquista en las Américas, cuando se enarbolaba un justificativo religioso, e incluso las recientes guerras en Irak y Afganistán, las cuales – como comentamos en otra oportunidad – recibieron justificativo y apoyo de predicadores cristianos; y por otro lado, la historia sagrada, es decir, la registrada en el Antiguo Testamento, que para los cristianos es Palabra de Dios. Sobre la historia religiosa en general podemos atribuir el carácter nada cristiano y atroz de esas guerras al degeneramiento moral del ser humano, que maquilla de religión intereses nada espirituales y sí muy humanos, materiales y egoístas, tales como el odio al infiel por ser de otra religión – y de otra cultura, y de otra raza – y la ambición de apropiarse de sus bienes, de sus tierras y de sus recursos. El justificativo, motivación e incentivo religioso de las guerras, antiguas o modernas, tiene su equivalente secular en ideologías políticas y sentimientos de patriotismo exacerbado que empujan a miles de seres humanos al campo de batalla, en beneficio de los intereses de unos pocos, que jamás se acercarían al frente para luchar.

¿Qué ocurre con la historia sagrada? ¿Podemos atribuir las guerras de Dios a los intereses egoístas de los hombres? ¿Es posible interpretar que la inspiración divina del Antiguo Testamento no muestra un Dios guerrero y sanguinario, sino que en realidad exhibe hombres egoístas y crueles que mienten en nombre de Dios, para empujar naciones enteras a la guerra? Es posible; de hecho, algunos han planteado que la violencia ejercida por los israelitas en la conquista de la Tierra Prometida nació de una postura ultranacionalista y de fanatismo religioso, y se atribuyó a Dios el mandato de proceder con extrema crueldad. Como ejemplo de esto va la siguiente cita: “se encuentran en el Antiguo Testamento, también muchas exhortaciones para el genocidio a pueblos vecinos. Aquí se trata de falsificaciones realizadas por la casta sacerdotal dominante, que lo han puesto en boca de Dios respectivamente, al profeta Moisés o a otros profetas. La idea de una convivencia pacífica con todos los pueblos que habitan en Palestina es desecha por el SEÑOR de Israel. El genocidio, respectivamente, la aniquilación despiadada de personas que piensan distinto, es puesto en boca de “Dios” por los sacerdotes, para legitimar con esto de forma religiosa, los crímenes de guerra”1. Esta cita proviene de un artículo llamado La exhortación al genocidio en la Biblia, y fue extraído de una página que – es necesario aclararlo – presenta una posición teológica bastante cuestionable, en mi opinión. Pero lo dicho, sirve como ejemplo de una postura muy particular. Es verdad que podemos pensar que esta interpretación extrapola a la antigüedad esa realidad actual antes mencionada: que para justificar una guerra desencadenada por intereses muy seculares y mundanos se le aplica un barniz religioso; pero también es válido pensar que esto siempre fue así, desde el fondo de la historia. Con este pensamiento vamos a la segunda consideración.

Esa segunda consideración es que en la antigüedad era habitual adjudicar a las divinidades las guerras y atrocidades cometidas por un pueblo contra otro. La batalla no se libraba sin invocar el favor de la divinidad; si el resultado era favorable, la deidad había otorgado la victoria, pero si sobrevenía la derrota, la deidad estaba castigando al pueblo por sus pecados. Todo esto se puede reconocer en la historia del antiguo Israel; por ejemplo, cuando el rey Saúl no quiere ir a la lucha contra los filisteos sin implorar el favor de Dios: “Ahora descenderán los filisteos contra mí a Gilgal, y yo no he implorado el favor de Jehová” (1 Samuel 13:12). Pero esto mismo se ve también en los pueblos paganos; por ejemplo, cuando los filisteos atribuyen a Dagón la derrota y captura de un enemigo para ellos temible, Sansón: “los principales de los filisteos se juntaron para ofrecer sacrificio a Dagón, su dios, y para alegrarse. Y decían: Nuestro dios entregó en nuestras manos a Sansón, nuestro enemigo” (Jueces 16:23). En el caso del Imperio Romano, ellos atribuían a sus dioses la grandeza de Roma, y los desastres y reveses que precedieron – en siglos – la caída definitiva se interpretaron como muestra del desagrado de esos dioses, como lo expresa la siguiente cita de un historiador: “Muchos paganos afirmaban que el descuido de los antiguos dioses que habían dado poderío a Roma era causa de los desastres que estaban acosando al mundo mediterráneo”2. Es sabido que en la antigüedad la suerte de muchos prisioneros de guerra era ser ofrecidos en sacrificio en los templos de los dioses adorados por el vencedor, como ofrenda por la victoria que esos dioses habían propiciado. Así que el vínculo entre divinidad y guerra era real y era fuerte, y debemos decir con franqueza que ese vínculo también se nota en el Antiguo Testamento. Ahora, ¿eso significa que el Dios del Antiguo Testamento de la Biblia queda rebajado al nivel de cualquier divinidad guerrera, antigua o moderna? No necesariamente; también puede argumentarse que ese vínculo entre divinidad y guerra es una expresión tosca y primitiva del conflicto del ser humano con el problema de la maldad y el pecado, y que es – del mismo modo – una manifestación de la gran lucha entre el bien y el mal, que en la Palabra de Dios encuentra una revelación progresiva hacia su resolución: de la lucha de Dios por preservar a su pueblo elegido de la degradación provocada por la idolatría y el pecado en sus vecinos, a la gran lucha del Mesías, nacido en ese pueblo elegido, contra Satanás, por la salvación eterna del alma humana.

Una tercera consideración, también muy pertinente, es que cuando dialogamos sobre la violencia y las guerras hechas en el nombre de Dios, deberíamos tener en cuenta las muy diferentes condiciones sociales y culturales de una época tan distante en el tiempo respecto de nuestra realidad. Una época en la que no existía, o no era tan marcado, el rechazo de toda forma de violencia que prevalece en la actualidad en las culturas occidentales. Ese rechazo de la violencia, en primer lugar convive con una violencia creciente en las mismas comunidades donde prevalece, sin que parezca haber una solución efectiva para el problema; segundo, es testigo de la violencia que, en nombre de alguna religión o de alguna ideología política, se practica en otras partes del mundo, fuera de la civilización occidental; y en tercer lugar, ese rechazo de la violencia, como valor, nos lleva de regreso a la Biblia, en este caso al Nuevo Testamento, donde la civilización occidental, antes cristiana, encontró siempre la base para predicar como bienes superiores – aunque no los practicara – el amor, el perdón, la paz, la misericordia y la compasión.
Y es que, efectivamente, no es posible encontrar respuesta al problema de la violencia en el Antiguo Testamento, si no lo miramos a la luz del Nuevo Testamento.

Volviendo a lo escrito insistentemente por un oyente sobre la figura de Moisés, a quien acusó de genocida y criminal, negándose a creer que los hechos hayan sido así como se relatan en el Antiguo Testamento, debemos decir que es verdad que algunos hechos de Moisés son difíciles de digerir. Sobre todo, los terribles castigos que recibió el propio pueblo israelita en el desierto, y las guerras de exterminio de pueblos de la Transjordania. También son difíciles de digerir los hechos de Josué, el asistente de Moisés y su sucesor, y quien fue en realidad el Comandante de Israel durante la guerra de conquista de Canaán. El punto es que si dudamos de tantas partes del Pentateuco – es decir, de los libros de Moisés, sobre todo de Éxodo a Deuteronomio – y también del libro de Josué, que relata la ocupación por Israel de la Tierra Prometida, libros en los que se afirma que las cosas se hicieron así por mandato de Dios, ¿no hacemos tambalear la confiabilidad de toda la Biblia?

Muchas de los hechos bélicos que Moisés, Josué, y otros líderes del pueblo israelita llevaron adelante, la conquista y ocupación de Palestina, y luego guerras crónicas con las naciones vecinas, derivaron en acciones muy violentas, matanzas indiscriminadas y reducción de pueblos enteros a la condición de servidumbre o – en el mejor de los casos – a la obligación de pagar impuestos. Estas cosas hoy en día sensibilizan nuestras conciencias cristianas, y ni que hablar que sensibilizan – y producen aversión – en el muy occidental y posmoderno pensamiento secular que preconiza la tolerancia, la diversidad, la convivencia pacífica y la inclusión social. Sin embargo, al justipreciar estas cosas no debemos olvidar que aquellos sucesos truculentos se dieron en otra cultura, otro tiempo, y no menos importante, otra dispensación, es decir, otro trato de Dios con los hombres. Un tiempo de ley moral y penal inflexible, preparatorio para la gracia de Dios, la misericordia no merecida por el humano pecador, que sería revelada con la venida de Jesucristo; como lo expresa el apóstol Pablo: “la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes” (Gálatas 3:22). Una ley inflexible que denunciaba el pecado y demandaba la ejecución de la justicia de Dios sobre el pecador, fuera éste un individuo o una nación, para vindicar el carácter justo, recto e insobornable del Dios de ambos testamentos. Por lo tanto, el Dios del Antiguo Testamento no es un Dios guerrero y sanguinario, sino un Dios de justicia perfecta, que “no tendrá por inocente al culpable” (Nahúm 1:3); un Dios del cual se nos dice, no en el Antiguo sino en el Nuevo Testamento, que es “fuego consumidor” (Hebreos 12:29); y un Dios acerca del cual se anuncia – también en el Nuevo Testamento – que para el pecador “horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo” (Hebreos 10:31). Así que hablamos de un Dios que juzgará con justicia perfecta el pecado y la maldad de los pecadores y malvados. Ahora, regresando al Antiguo Testamento, respecto a que murieron inocentes en las guerras de conquista de Canaán, y también en otras guerras y cruzadas de venganza de Israel contra sus vecinos, ¿cómo sabemos nosotros, tantos siglos después, que eran inocentes? Concedamos que es un enigma – en el cual seguir reflexionando – la muerte ordenada de niños pequeños; un enigma para el cual no tenemos una respuesta satisfactoria. Pero en relación a los demás, personas idólatras, sensuales, inmorales y malvadas, podemos decir que sufrieron la aplicación de la Ley de Dios, tal como Dios la administraba en ese tiempo.

Es cierto que esta respuesta puede no resultar satisfactoria para muchos; es evidente que hoy en día no son de recibo para muchas personas cosas como por ejemplo la forma en que el apóstol Pablo cancela la discusión sobre la justicia de Dios al decir: “¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?” (Romanos 9:20). Es probable que los cristianos debamos aceptar que el pensamiento prevaleciente en la actualidad simplemente rechace la idea de la justicia de un Dios justo, que inexorablemente traerá a juicio todas las obras humanas, como lo anuncia la Biblia (Eclesiastés 12:14); pero no obstante eso debemos seguir llamando a todos y todas al arrepentimiento y la fe en Jesús para el perdón de los pecados. De esta forma quienes se atrevan a creer en Jesucristo y entregarle sus vidas seguirán un camino marcado por aquella máxima ya mencionada: creer para entender. Las opiniones, puntos de vista y posturas personales sobre muchos aspectos de la vida se alejarán del pensamiento secular, aproximándose a los de la Palabra de Dios; y así, progresivamente y con cada vez más fuerza amanecerá la comprensión de la Palabra de Dios, incluso en sus pasajes más polémicos.
En el Nuevo Testamento encontramos a Jesús de Nazaret diciendo: “Oyeron que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo les digo: No resistan al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra” (Mateo 5:38, 39); y también “Oyeron que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, bendigan a los que los maldicen, hagan bien a los que los aborrecen, y oren por los que les ultrajan y los persiguen” (v. 44, 45). Ese “oyeron que fue dicho… pero yo les digo” da la pauta de que Jesús estaba introduciendo un cambio de magnitud, incluso con respecto a algunas enseñanzas del Antiguo Testamento. En vez de nacionalismo a ultranza y guerra, el mensaje de Jesús se caracterizó por amor universal, perdón, paz y paciencia ante la adversidad. Es como que Jesús nos estuviera diciendo: así fue antes, pero ahora debe ser diferente; tal vez debamos aferrarnos a esas palabras de Jesús, y no quemarnos la cabeza tratando de comprender – o justificar – la violencia desplegada en el nombre de Dios.

Para finalizar, una clave fundamental para aproximarnos a comprender la violencia relatada en el Antiguo Testamento, y esa evolución desde los extremos de severidad y rigidez – siempre en un marco de justicia divina – del Antiguo Testamento, hacia el amor, la misericordia y la compasión que – sin salir del marco de la justicia divina – exhibe el Nuevo Testamento. En Hebreos 1:1 se lee: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo”. El autor de la epístola comienza diciendo que ese mismo Dios, que en tiempos pasados había dado su mensaje a los seres humanos por medio de los profetas de la antigüedad, en los “postreros días” había enviado su mensaje por su Hijo Jesucristo. ¿Qué quiere decir esos de los postreros – o últimos – días? No que aquellos fueran los últimos días del mundo, pues el mundo ya ha durado otros dos milenios, sino que la revelación de Dios en Jesucristo es la última y más elevada manifestación del Creador del universo a la humanidad. Jesús de Nazaret es la culminación de la revelación que Dios ha hecho de sí mismo. ¿Qué clase de Dios nos mostró Aquel que es la cumbre de la manifestación de la Divinidad ante nuestros ojos? Un Dios de amor.
Dios mostró su amor hacia nosotros al enviar a su Hijo único al mundo para que tengamos vida por él. El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo, para que, ofreciéndose en sacrificio, nuestros pecados quedaran perdonados (1 Juan 4:9, 10; DHH).

1) www.theologe.de/antiguo-testamento.htm
2) Latourette, KS. Historia del Cristianismo, Tomo 1. Casa Bautista de Publicaciones; 1967.

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista y profesor universitario.

Lea y escuche aquí: La violencia de Dios – Parte 1

Lea y escuche aquí: La violencia de Dios – Parte 2

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