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Unos tipos peleadores

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Entre los relatos de las guerras de Israel contenidos en el Antiguo Testamento, en el libro conocido como Primero de Samuel se narra un enfrentamiento fronterizo que el pueblo israelita mantuvo con sus vecinos filisteos. Se trata de un hecho ubicado temporalmente al final de la época de desagregación y casi anarquía que caracterizó el período del gobierno de los Jueces, poco antes del establecimiento de la monarquía. Israelitas y filisteos se enfrentaron en el campo de batalla, y las cosas fueron mal para Israel. Entonces, los israelitas hicieron traer el arca del pacto, el símbolo más tangible – para ellos – de la presencia de Dios. La llegada del arca al campamento hizo estallar la moral de las tropas israelitas. Cuando esto se supo entre los filisteos, el texto sagrado dice que tuvieron miedo, “porque decían: Ha venido Dios al campamento. Y dijeron: ¡Ay de nosotros! pues antes de ahora no fue así. ¡Ay de nosotros! ¿Quién nos librará de la mano de estos dioses poderosos? Estos son los dioses que hirieron a Egipto con toda plaga en el desierto” (1 Samuel 4:7, 8).

Estas palabras evidencian que la reacción de los filisteos fue empecinarse en pelear contra Israel, y por lo tanto, luchar contra ese Dios, a quien sabían más poderoso; para animarse a la lucha, se arengaban entre sí diciendo: “Esfuércense, filisteos, y sean hombres, para que no sirvan a los hebreos, como ellos les han servido a ustedes; sean hombres, y peleen” (4:9). Los filisteos, aunque creían que el Dios de Israel era más poderoso y se sintieron desamparados y perdidos, no estuvieron dispuestos a rendirse, solicitar una tregua o retirarse en paz. Prefirieron luchar contra Dios, para evitar la humillación de ser reducidos a servidumbre por aquellos a los cuales ellos habían reducido a servidumbre. Este pasaje es muy curioso, porque el resultado de la batalla fue adverso para Israel, pareciendo incluso que Dios hubiera premiado a los filisteos por su postura soberbia y libertaria.

La actitud de aquellos filisteos, dispuestos a sacrificar sus vidas luchando contra el mismo Dios si era necesario, en aras de mantener su honor, su orgullo y su libertad, es muy actual y está a tono con el espíritu de nuestra época. Es una actitud que manifiesta no solamente el carácter indómito y altivo del espíritu humano, presente en muchas personas, sino también su afán de independencia, su individualismo y su deseo – y elección – de ser libres de todo poder o autoridad superior, suprema o divina, que los seres humanos hayan venerado como dioses a lo largo de su historia. Es muy común oír – o leer – a esta clase de personas referirse a las creencias religiosas y prácticas espirituales como “esclavitud”, y como residuos de las épocas de “ignorancia” de la humanidad, y celebrar a quienes se han liberado del oscurantismo de la religión. Por eso podemos establecer un cierto paralelismo entre los filisteos bíblicos, que según el texto sagrado manifestaron creer que el Dios de Israel era poderoso, pero se empecinaron en luchar contra Él, con las personas que en la actualidad menosprecian la fe en un Dios en el que no creen, en razón de reconocer en estos el mismo espíritu de soberbia, de suficiencia petulante, y de independencia respecto a creencias espirituales que consideran superadas, y a las que denostan con insolencia, sin importarles si al hacer eso hieren la sensibilidad de quienes sí decidieron creer en Dios.

Es curioso porque en general estas personas, estos modernos filisteos, son los mismos que se muestran orgullosos de su amplitud y autonomía de pensamiento, y preconizan la tolerancia, la diversidad, la inclusión y la no discriminación; pero cuando se habla de las creencias religiosas reaccionan con rechazo y desprecio, descalificando la fe de los creyentes, y a los mismos creyentes. Hace algunos años en el artículo La Tenaz Teofobia1 decíamos lo siguiente: “La tenaz teofobia describe muy bien una obstinada, intransigente y terca actitud de incredulidad, burla, desprecio, rechazo de la idea de Dios, fe y religión o espiritualidad. Rechazo que llega a la agresión verbal, al menosprecio y al insulto dirigido a los creyentes y a quienes predican su fe; y que llegaría a la agresión física si tal cosa fuera posible, a juzgar por la vehemencia y el odio contenido en las expresiones de personas que parecen aborrecer a Dios, y querer vengarse de Él”.

Cuando ese mismo artículo se publicó en iglesiaenmarcha.net recibió como aporte de los lectores algunos comentarios que me gustaría compartir aquí. Para empezar, el siguiente: “No sé cómo expresarme bien pero me siento altamente identificado con lo que escribió. Nada más cierto por desgracia para los cristianos. Nos vetan en todo y se ríen de todo lo que decimos, hacemos, pensamos. Hoy día todo es tan confuso. Ser cristiano y decirlo es como exponerse al ridículo. Pero no debemos dejar de ser lo que somos”; también una lectora nos compartía: “No es sencillo ser cristiano, no porque nos ataquen físicamente por estas latitudes, como a nuestros hermanos de la iglesia perseguida, sino porque no podemos opinar sin ser detractados o menospreciados por el entorno. Somos demodé para esta sociedad posmoderna”; y el último a ser citado aquí es de un oyente de Transmundial, cuando compartimos ese tema en esta columna: “Lo que Ud. denuncia es totalmente cierto. Sufro en carne propia las burlas de “ateos militantes” que no respetan lo que para otros es sagrado; tengo accesos de ira contra estas personas lo cual no es propio de nuestro Maestro que nos pide humildad y mansedumbre ni me justifico por esas reacciones que he tenido pero tienen una explicación bien clara. Te quieren imponer sin argumentos sólidos sus ideas, que aceptes los errores de las Iglesias, los manidos temas de las cruzadas, Inquisición, etc., pero no quieren hablar de los totalitarismos genocidas comunistas, ni del jacobismo, ni de que la revolución francesa terminó en un océano de sangre”.

Esta participación, a tono con lo expresado por los anteriores lectores, agrega un elemento interesante: la reacción del cristiano convencido cuando el opositor a la fe irrespeta y ridiculiza aquello que para el creyente es sagrado; una reacción que raramente está acorde a los elevados principios preconizados por el cristianismo en cuanto a paciencia, mansedumbre, amor, misericordia y perdón, sino que constituye la mayoría de las veces, en la mayoría de nosotros, una respuesta visceral de enojo, rabia y deseo de ver cabezas rotas. Una respuesta visceral que, más tarde o más temprano, producirá en nosotros un sentimiento de escrúpulo y culpa, justamente por transgredir aquellos elevados principios; pero que en el momento de ira, bronca y humillación por el descaro con que estos modernos filisteos pisotean el santuario de nuestras creencias, puede hacernos imaginar castigos ejemplarizantes, sino con nuestras fuerzas, con el concurso de la fuerza divina. Algo similar a lo que sucedió en el relato con que inicia esta reflexión. Los israelitas no pudieron contra los filisteos; entonces dijeron: “Traigamos a nosotros de Silo el arca del pacto de Jehová, para que viniendo entre nosotros nos salve de la mano de nuestros enemigos” (1 Samuel 4:3). Pero eso tampoco funcionó; Israel, con arca del pacto y todo, fue derrotado.

¿Es para nosotros, los cristianos, adecuado actuar como el antiguo Israel, frente a los modernos filisteos? ¿Nos ponemos peleadores, o es que Jesús enseñó otra forma?
Un relato del Nuevo Testamento muy orientador respecto al tema planteado está en el evangelio de Lucas, donde se lee lo siguiente: “Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén. Y envió mensajeros delante de él, los cuales fueron y entraron en una aldea de los samaritanos para hacerle preparativos. Mas no le recibieron, porque su aspecto era como de ir a Jerusalén. Viendo esto sus discípulos Jacobo y Juan, dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma? Entonces volviéndose él, los reprendió, diciendo: Ustedes no saben de qué espíritu son; porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas. Y se fueron a otra aldea” (9:51 – 56). Los samaritanos eran descendientes de pueblos trasladados a Palestina cientos de años antes por los asirios, que habían desarrollado una religión sincrética compuesta por sus creencias ancestrales y la fe del Dios de Israel (2 Reyes 17:24 – 41). El Nuevo Testamento nos informa que judíos y samaritanos tenían diferencias religiosas sustanciales (Juan 4:20), y algo importante a los efectos de entender el hecho relatado, que “judíos y samaritanos no se tratan entre sí” (v. 9). Según el relato de Lucas, cuando Jesús entendió que debía dirigirse a Jerusalén, abandonó Galilea y cruzó Samaria hacia el sur, rumbo a Judea. Al llegar a una aldea de Samaria envió a dos de sus discípulos para “hacerle preparativos”, lo que probablemente se refiera a comprar alimentos, pero sobre todo, a buscar la hospitalidad de algún aldeano para pasar la noche bajo techo. Los samaritanos reconocieron a los caminantes como judíos y se negaron a recibirlos. Esto constituyó una falta grave contra la costumbre de la hospitalidad – que era un deber muy importante en el oriente antiguo – y enojó a Jacobo y Juan. Entonces, a estos dos discípulos de Jesús se les ocurrió que la actitud de los samaritanos merecía un castigo adecuado; lo que propusieron fue mandar – es decir, ordenar – que el cielo vomitara fuego sobre los samaritanos, para hacerlos desaparecer. Para apoyar su propuesta, ellos evocaron un hecho de las Sagradas Escrituras: el profeta Elías haciendo descender fuego del cielo contra las tropas que Acab, un rey idólatra de Israel, había enviado para capturarlo (2 Reyes 1:9 – 12). Arteramente los dos discípulos de Jesús, ofendidos por el rechazo de los samaritanos, procuraron transformar un suceso del Antiguo Testamento que nos habla de liberación y protección de Dios sobre su profeta, en un método para aplicar un castigo ejemplar a los aldeanos samaritanos que se habían atrevido a rechazar a su Maestro.

La respuesta de Jesús es paradigma de la actitud que todos desearíamos haber adoptado, cada vez que metemos la pata y abrimos la boca para dejar salir el enojo y la indignación de una forma destemplada, agresiva, ofensiva y, tal vez, hasta grosera. La reacción de Jesús es de una sencillez genial, y además es ejemplo de templanza, de misericordia y amor. Jesús simplemente no quiso saber nada de aplicar castigos ejemplares, y mandó irse para otro lado; y esto, no sin antes reprender – es decir, rezongar, amonestar – a los dos discípulos tirabombas. “Ustedes no saben de qué espíritu son”, dijo Jesús; ¿y qué quiso decir? Que Jacobo y Juan deberían saber – deberían haber sabido ya en ese momento – que ellos habían sido llamados a no pertenecer más al mundo y al espíritu que gobierna el mundo, un espíritu de odio y de rencor, de amenaza, de contienda y venganza violenta. Ellos habían sido llamados por Jesús a ser del mismo espíritu de Jesús, un espíritu de amor y de perdón, un espíritu de paciencia, de mansedumbre y humildad.

Cuesta mucho hoy en día poner en práctica cotidianamente un espíritu de amor, perdón, paciencia, mansedumbre y humildad. Cuesta en muchas áreas de la vida y en muchos momentos de la realidad que nos toca vivir, como personas y como ciudadanos de un país no exento de problemas que exasperan; pero cuesta sobre todo cuando, como cristianos, nos enfrentamos a los tipos peleadores que, exhibiendo una actitud de soberbia y orgullosa suficiencia, pretenden pisotear nuestro santuario más preciado: la fe que alienta y anima nuestro corazón. ¿Cuáles son las opciones en esos casos? ¿Ponernos peleadores nosotros también? ¿Dar rienda suelta a ese yo que quiere explotar, condenando y anunciando castigos ejemplares “a cargo de Dios”? Eso sería, literalmente, no saber de qué espíritu somos; porque como cristianos hemos sido llamados a ser del mismo espíritu de Jesús. Somos del Señor, y sabemos que en Él hay un espíritu de amor y misericordia, pues su objetivo, el propósito de su venida a este mundo y de que haya enviado a sus discípulos a predicar – y eso nos incluye a los creyentes – es salvar las almas, no perderlas. Por lo tanto, nuestra opción es la misma que tomó Jesús: ser benignos, y generosos en el perdón.

El apóstol Pedro escribió palabras de importancia fundamental en un tiempo como el actual, en que la fe cristiana es cuestionada y puesta a prueba casi a cada momento: “estén siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que les demande razón de la esperanza que hay en ustedes” (1 Pedro 3:15). Para quien nos demande razón – motivo, lógica o demostración – de nuestra esperanza puesta en Cristo, la respuesta deberá ser una defensa – porque nadie dice que hay que callarse o meter violín en bolsa – pero defensa con mansedumbre; es decir, con humildad, disciplina, moderación y bondad.
Que Dios nos de las fuerzas necesarias para obrar siempre así.

1) La Tenaz Teofobia, publicado en esta página web.

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

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