De administradores a contaminadores

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De administradores a contaminadores

Por: Ps. Graciela Gares

Parte 1:

Parte 2:

Parte 3:

 

Los seres humanos, por voluntad divina, tuvimos el honor de haber sido designados “administradores” de un mundo que no creamos. Dios nos diseñó a Su imagen, nos dio inteligencia y raciocinio, para luego investirnos como administradores de sus obras. Un privilegio que no confirió a otras de sus criaturas. El texto sagrado expresa: Dios los bendijo y dijo: “Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Ejerzan dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra” (Génesis 1:28). Resultamos nominados para gerenciar un planeta que no conocemos ni entendemos a cabalidad, como se lo hizo ver Dios a Job cuando le formuló estas preguntas:

¿Quién encerró el mar tras sus compuertas  cuando éste brotó del vientre de la tierra?
¿O cuando le dije: “Solo hasta aquí puedes llegar;  de aquí no pasarán tus orgullosas olas”? 
¿Conoces las leyes que rigen los cielos? ¿Eres tú quien señala el curso de los rayos? (Job 38: 8 y 11)

Y a sabiendas de nuestra ignorancia en tales aspectos, no obstante, nos encomendó la tarea. 

Pero algunas cosas sí sabemos respecto del bien recibido para administrar. Conocemos que se nos entregó:

Un mundo en orden. En un principio la tierra estaba desordenada y vacía, pero el Creador la ordenó según lo consigna Génesis cap. 1. Separó las tinieblas de la luz, las aguas de la tierra seca, etc.

Un planeta no contaminado, con aguas limpias, cielos límpidos, aire y tierra no polucionados.

Una tierra fértil y generosa. Hasta el día de hoy cualquier semilla que caiga en tierra, germina.

Un suelo con metales preciosos en sus entrañas (oro, plata, piedras preciosas, etc.). En los cielos, en la tierra y aún debajo de la tierra la mano de Dios se mostró pródiga y generosa.

Un mundo armonioso y bien sincronizado: “Mientras la tierra exista, habrá siembra y cosecha, frío y calor, verano e invierno,  y días y noches”. (Génesis 8:22). Y desde aquel entonces, estos ciclos se repiten invariable e inexorablemente y hacen nuestro mundo predecible.

Un ecosistema que se auto-recicla naturalmente: los seres vivos (plantas, animales y el hombre) envejecen, mueren y se integran de nuevo a la tierra desde hace miles de años, sin que la superficie del planeta se haya vuelto tóxica o contaminada por ese motivo o saturada de desperdicios orgánicos. Según observaciones de un naturópata chileno (M. Lezaeta) la tierra es un misterioso laboratorio de vida. Los desechos que recibe en su seno los descompone, transforma y regenera en nuevos elementos para vida orgánica. Junto a las tumbas de los cementerios creen los mejores rosales, afirmaba Lezaeta.

Veintiún siglos después, los desperdicios generados por la actividad humana sobre el planeta están amenazando la calidad de vida de todos los seres vivos y en particular de las generaciones que vendrán. La contaminación, la polución del aire, los mares y la tierra han alterado todo el ecosistema. Se han producido derrames de petróleo en los océanos, acumulación de plásticos que no se degradan sino en muchos años, aplicación de pesticidas que afectan los alimentos que la tierra produce (frutas y verduras), toxicidad en la cadena alimentaria animal debido a la inyección de hormonas y antibióticos.

La novedad – no por todos conocida -, son las enormes islas de desperdicios o basura no reciclable que comenzaron a formarse en los océanos. Los desperdicios no orgánicos que generamos rebasaron la superficie terrestre y están invadiendo los mares. Arrastrados por las corrientes y los vientos llegan a los océanos donde se agrupan en remolinos. La isla de basura del océano Pacífico –la más grande conocida hasta el momento – mediría varios kilómetros y contendría partículas de plásticos no degradados, tapas de botellas, redes de pesca, etc., constituyendo un testimonio sin palabras de la pésima administración que hemos hecho del planeta. 

¿Las causales? Son las formas perversas de producción y consumo, guiadas por una búsqueda egoísta de placer individual sin medir consecuencias, aunque haga daño a otros, dañe el planeta o ensucie las ciudades. Vivimos en la cultura del “use y tire” donde casi todo es desechable. Transformados en consumidores compulsivos, compramos algo solo porque está barato y accesible, aunque podríamos vivir sin eso. Cambiamos el celular cada pocos meses solo para tener el último modelo. Ya nada es para toda la vida, ni siquiera los grandes electrodomésticos (heladeras, cocinas, lavarropas, etc.). Los vasos, platos, cubiertos y bandejas desechables se producen en abundancia, sin que nadie repare en que cuando los desechemos quizá no haya forma de eliminarlos rápido y definitivamente del planeta. El plástico, de difícil degradación, se ha adueñado del mundo. Se ha vuelto omnipresente en nuestras vidas. Se utiliza en la fabricación de utensilios, envases y hasta en la confección del calzado.

¿Qué consecuencias nos ha deparado esta mala administración?

Existe una amenaza sobre la vida de miles de especies marinas, insectos y pájaros que se intoxican al ingerir desechos plásticos, confundiéndolos con alimento. La desaparición de las abejas, productoras de un nutriente de alta calidad como la miel (y fuente de trabajo de miles de apicultores), es atribuible al uso masivo de pesticidas. En estos días, la prensa internacional ha anunciado que Francia acaba de prohibir insecticidas que tienen efectos nocivos para el medioambiente, especialmente, para los insectos polinizadores. En nuestro país se han perdido miles de colmenas por razones similares. Las abejas no solo elaboran miel sino que además, polinizan otros cultivos, mejorando la producción de frutas y verduras. Son, por lo tanto, importantes para el futuro de la agricultura de cualquier país. El uso indiscriminado de plaguicidas, así como el cambio climático, también serían responsables de la desaparición de las mariposas, mayoritariamente en las ciudades pero también en el campo. Expertos opinan que esto desequilibra el ecosistema, pues hay algún tipo de plantas que para su polinización dependen exclusivamente de las mariposas, por lo que dichos vegetales entrarían en riesgo de desaparecer. 

La contaminación atmosférica nos afecta también a los humanos. Según la Organización Mundial de la Salud, cada año mueren prematuramente más de 1 millón de personas por la contaminación del aire en las ciudades. Asimismo, aumenta el número de quienes padecen enfermedades respiratorias y cardíacas. Los más perjudicados por la mala calidad del aire que respiramos son los niños, los ancianos o quienes ya tienen un precario estado de salud. De modo que el problema no es nada menor.

La contaminación química con disolventes, herbicidas, detergentes, productos industriales o restos de combustibles también altera las aguas continentales. Todos sabemos que el agua potable es un recurso natural escaso, del cual depende nuestra existencia. También, el agua salada es indispensable para el equilibrio medioambiental. Pero nuestro patrón de desarrollo inadecuado ha determinado el deterioro de este recurso, a causa de los vertidos de sustancias tóxicas al ambiente, sin reparar en los daños posibles. La contaminación química del agua no solo la descalifica para ser usada en la producción de alimentos o para actividades recreativas como los baños de mar. También se ha vinculado al aumento de enfermedades como el cáncer.

¡Nuestra insensatez es asombrosa ya que arruinar el planeta es destruir nuestra propia casa!

De alguna manera, la naturaleza ha comenzado a rebelarse contra quienes la atacamos. El sol provoca lesiones en la piel, la desertificación ha avanzado en algunos lugares del planeta, los mares se elevan por efecto del deshielo amenazando anegar zonas habitadas, la tropicalización del clima determina mayor frecuencia de fenómenos como ciclones, tornados, etc.

¿Quién no ha adquirido para consumir un refresco o agua mineral en botella de plástico? ¿Quién no ha aceptado bolsas de nylon al hacer sus compras diarias? ¿Quién no ha utilizado sprays insecticidas a pesar de que emiten gases tóxicos? Todos los que hemos usado alguno de esos productos somos parte del problema.

Lo esperanzador es que podemos hacer algo al respecto:

  • Evitar comprar artículos de materiales no biodegradables.
  • Rechazar las bolsas de nylon en todos los casos que sea posible, sustituyéndolas por envases de papel si es factible. Utilizar bolsas de material ecológico, re-utilizables.
  • Preferir llevar los productos pequeños sin envasar.
  • Adquirir frutas y verduras a productores orgánicos, que además de ser más saludables, en su producción no agreden el ambiente.
  • Reutilizar. Reciclar. No desechar los objetos mientras no acaben su vida útil.
  • Evitar el uso de aerosoles.
  • Y toda otra solución creativa que podamos imaginar.

Quizá no logremos restaurar las condiciones iniciales del planeta que se nos confió. Pero el Creador valorará que cesemos de atacar Su obra. Un administrador es alguien que gestiona los bienes de otro, optimizando su uso, sabiendo que en algún momento tiene que dar cuenta de tal gestión. “A los que reciben un encargo se les exige que demuestren ser dignos de confianza” (NVI). Según otra versión: “se requiere de cada administrador que cada uno sea hallado fiel” 1 Corintios 4:2 (RVR1960).

El pasaje de Apocalipsis 11:18 parece indicar que no pasarán inadvertidas para el Creador las acciones depredatorias del planeta: “…tu ira ha venido, y el tiempo de juzgar a los muertos, y de dar el galardón a tus siervos los profetas, a los santos, y a los que temen tu nombre, a los pequeños y a los grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra”.

*Ps. Graciela Gares – Participa en la programación de RTM Uruguay que se emite por el 610 AM – Columna: “Tendencias” – Lunes 21:00 hs.

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