Horror jamás visto

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Horror jamás visto

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

El tema de hoy es otra vez la violencia; pero no la violencia de Dios, como llamamos un ciclo sobre la violencia en la Biblia, sino la de los hombres. Porque la violencia usada por los seres humanos contra sus semejantes puede llegar a ser atroz. Hoy en día un rato frente al televisor durante cualquiera de los noticieros que nos informan acerca del país y el mundo puede transformarse en una sesión de horror, algo como una película de terror – muy truculento pero real – en la que ni demonios, ni vampiros, ni monstruos ni tampoco zombis protagonizan hechos de sangre que estremecen, sino simples seres humanos. Seres humanos que parecen simples seres humanos, comunes y normales – por lo menos tan normales como dicta el sentido común en nuestras comunidades – pero que en su interior ocultan almas tenebrosas; y que han perdido, o nunca tuvieron porque no les fue enseñado, todos los frenos e inhibiciones para mantener bajo control ese interior oscuro. A las violaciones, decapitaciones y matanzas en masa en los países donde están activos el Estado Islámico y otros grupos terroristas, se suman tiroteos injustificados en Estados Unidos y – como una plaga que se extiende – también en otros países del llamado “primer mundo”, que acaban con vidas inocentes sin haber una explicación ni un por qué. Hubo una época, y no fue hace tanto, en que nos enterábamos de estas cosas por los medios masivos de comunicación; las noticias hablaban de horrores ocurridos en otros países, países lejanos, de culturas diferentes, y la profunda impresión que causaban estos hechos venía acompañada de una cierta tranquilidad – como un alivio egoísta – al pensar: “bueno, esas cosas en mi país no pasan”. Sin embargo, en los últimos años en nuestro país la violencia ha crecido más allá de lo creíble: personas que matan a sus propios cónyuges, maltrato infantil, maltrato de ancianos, y también muertos y heridos en los estadios de fútbol; además de eso, cada día los medios nos golpean el rostro y el alma con noticias de una delincuencia desbocada que – sin respeto por la vida humana – asesina a sus víctimas sin razón. Asaltos en los que las víctimas son baleadas aunque no opongan resistencia, ajustes de cuentas, violaciones, secuestros, torturas atroces y asesinatos por encargo. La violencia que usan algunos seres humanos contra sus semejantes puede llegar a ser escalofriante.

Llegados a este punto vamos a abrir un paréntesis para comentar un episodio de la historia sagrada antigua, a efectos de establecer una comparación entre aquellos tiempos y estos; comparación de la que no vamos a salir muy bien parados, aunque al principio parezca lo contrario. Un pasaje del Antiguo Testamento, 2 Reyes 25:1-7, nos transporta a una de las grandes debacles de Israel, cuando el ejército babilonio destruyó Jerusalén. El rey Sedequías, quien había jurado vasallaje a Nabucodonosor, emperador de Babilonia, finalmente se rebeló contra el mismo, atrayendo la invasión sobre su tierra, y la ruina de su nación. Sedequías, un rey perjuro y rebelde, sufrió un castigo horrendo; en el versículo 7 se lee: “Degollaron a los hijos de Sedequías en presencia suya y a él le sacaron los ojos, lo ataron con cadenas y lo llevaron a Babilonia”. La suerte de Sedequías fue terrible. Una vez capturado debió soportar el inhumano tormento de ver a sus hijos ser asesinados; él tenía treinta y tres años de edad, por lo que el mayor de ellos no podía ser más que un adolescente. Luego sus ojos le fueron arrancados, y el resto de su vida, la cual no sabemos cuán larga fue, lo pasó en la cárcel, seguramente atormentado por lo último que vio: la imagen de sus hijos degollados por soldados extranjeros. Relatos como éste y otros semejantes, de la Biblia o de otras fuentes literarias de la antigüedad remota, conmueven e impresionan profundamente nuestras conciencias, sensibilizadas por los cantos a la tolerancia y la prédica insistente acerca de los derechos humanos, al ver los extremos de crueldad a que el ser humano fue capaz de llegar. Y al considerar estos hechos de violencia atroz de la antigüedad, otra vez podemos sentir una cierta tranquilidad – un alivio egoísta – al pensar: “bueno, esas cosas en esta época ya no pasan”. Y es que hoy en día algunos piensan – y mojigatamente opinan – que los seres humanos somos más civilizados que quienes vivieron en aquellos tiempos salvajes; que al haber avanzado en conceptos tan magníficos como la tolerancia, el respeto a la diversidad, la convivencia pacífica con el diferente – en raza, credo, posición social u orientación sexual – y al haber avanzado también en la noción de la importancia de los derechos humanos, por todo esto, digo, algunos piensan que somos mejores seres humanos que quienes vivieron en otras épocas. Sin embargo, aquello que nos muestran las noticias, y reseñamos al inicio de esta reflexión, nos desmiente en nuestra propia cara esa presunción. La realidad es que vivimos en un mundo cuyo aspecto ha sido transformado por la tecnología desarrollada por el ser humano, pero que no es moralmente mejor ni más pacífico o civilizado que aquellos tiempos violentos de la antigüedad.

Es natural que al saber de hechos de violencia criminal, de actos de maldad truculenta e incomprensible, de personas honradas, trabajadoras, pacíficas, que son agredidas, heridas o muertas por individuos a los que parece importarles bien poco y nada la vida de sus semejantes, es natural que al saber de todo esto las personas honradas, decentes, trabajadoras y pacíficas experimenten un arranque de ira, de furia y de ansias de justicia. Uno de los temas que está en boca de mucha gente en estos tiempos es el de la justicia por mano propia. La indignación general por la violencia innecesaria – y en muchos casos letal – ejercida por unos pocos tipos que viven al margen de la ley ha despertado el reclamo de mayor severidad por parte de las autoridades, pero también ha provocado que muchas personas – ciudadanos civiles desarmados y pacíficos – hayan visto la necesidad de armarse y preparase para responder con violencia a quien venga a ejercer violencia en su contra. Esto es desaconsejado por la mayoría de las autoridades, y a propósito de esto podemos recordar la recomendación del Ministro del Interior acerca de no resistirse ante los delincuentes, por la cual recibió muy duras críticas. Esto de la justicia por mano propia también es perseguido por la Justicia, la Justicia oficial – jueces y fiscales – que ha desplegado una severidad que a muchos ciudadanos comunes impresiona como mayor que la que despliega contra los mismos delincuentes, y esto también ha estado en boca de todos. A muchos, parece que para muchísimos ciudadanos, la violencia criminal que impera en la actualidad en nuestro país, unida a una muy débil y blanda respuesta por parte de las autoridades, ha llevado a clamar – bajo el anonimato en blogs y foros, porque esto no es políticamente correcto – por una justicia más directa, expeditiva y resolutiva, que elimine al criminal. La justicia por mano propia cruza la línea entre la justicia propiamente dicha, y la venganza.

Las ansias de justicia llevan a mirar a los magistrados de la Justicia secular, el Poder Judicial, de quienes se espera la defensa y protección de las personas de bien que viven en comunidad, y el castigo de los malhechores. Y esto último, castigar a los malhechores, no contradice en ningún punto los muy humanistas, modernos y políticamente correctos principios y postulados de atacar las causas del delito mediante la educación, y la rehabilitación de los delincuentes. Pero cuando las víctimas de la delincuencia, y los familiares de las víctimas del delito, salen a las calles y a la prensa a clamar por justicia – ¡justicia, señores! – por lo que claman es por la protección de las personas de bien, y por el castigo de los malhechores.

¿Cuál es nuestro lugar como cristianos frente a esta situación?

Para los cristianos cristocéntricos, imbuidos de verdad – no como una pose para la foto, sino de verdad – de los principios evangélicos de amor aún a los enemigos, perdón y paz, el participar así sea sólo como una reacción visceral, en la bronca, la rabia y la impotencia que genera en las personas de bien el delito violento, y sentir el deseo de una justicia rápida, expeditiva y radical – que se codea con la venganza – produce casi de inmediato escrúpulos y conflictos de conciencia; porque choca frontalmente con aquellos principios evangélicos mencionados. Sin embargo, no debemos olvidar que la justicia es tema fundamental y una de las columnas de la Biblia. Dios es justo; irreductible e insobornablemente justo. La justicia de Dios implica el castigo del pecador, pero el mensaje del evangelio ofrece el perdón, la salvación y una nueva vida – más que rehabilitación, regeneración, nuevo nacimiento – por la fe en el sacrificio de Cristo. En cuanto a las relaciones humanas en comunidad, en el Antiguo Testamento la Ley de Moisés prescribe penas durísimas para los responsables de crímenes violentos; y aún en el Nuevo Testamento, en el cual el énfasis está puesto en el amor y la misericordia de Dios manifestados en Jesucristo, encontramos expresiones como la siguiente: “Los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno y serás alabado por ella, porque está al servicio de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme, porque no en vano lleva la espada, pues está al servicio de Dios para hacer justicia y para castigar al que hace lo malo” (Romanos 13:3 – 4); un pasaje en el que llama la atención la referencia al soldado romano, armado y con funciones policiales, como aquel encargado de aplicar el justo castigo al malhechor, satisfaciendo así la Justicia.

En nuestro país, los primeros años después del final de la dictadura militar, el discurso de grupos políticos que denunciaban las violaciones a los derechos humanos habidas durante el proceso era un clamor por justicia – claramente un reclamo por el castigo de los culpables – con la peculiaridad de enrabar la justicia con la paz. La justicia – no la venganza, sino la justicia – se entendía necesaria para lograr la paz, para alcanzar la definitiva pacificación de una nación que había estado dividida y enfrentada. En cierta forma, en aquellos años la demanda insistente de justicia – que sin dudarlo, era una demanda de castigo – me impresionó ser el fruto de un encono y un rencor irreductibles. Y me sorprendió mucho encontrar en el Antiguo Testamento un pasaje bíblico muy llamativo; el de Isaías 32:17, donde se lee: “el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre”; palabras que parecían refrendar completamente aquel clamor de “justicia para la paz”. Estas palabras bien pueden espiritualizarse, refiriéndolas a la obra de Jesucristo como la “justicia” del creyente, es decir, como aquel que por su muerte en la cruz pagó por los pecados de quien cree y se arrepiente, alcanzando así la paz con Dios por la reconciliación en Cristo. Pero lo cierto es que el contexto del versículo donde aparecen estas palabras se refiere evidentemente a la justicia entre seres humanos, en una comunidad donde las malas personas se aprovechan de su astucia y su poder para violar los derechos de los pobres e indefensos, como se desprende por ejemplo de lo expresado en el versículo 7, donde se lee: “Las armas del tramposo son malas; trama intrigas inicuas para enredar a los simples con palabras mentirosas, y para hablar en juicio contra el pobre”. El profeta anuncia una justicia justa – valga la redundancia – y añade acerca de los efectos de esta justicia: “el ruin nunca más será llamado generoso, ni el tramposo será llamado espléndido” (v. 5), y “Y mi pueblo habitará en morada de paz, en habitaciones seguras, y en recreos de reposo” (v. 18). Por supuesto, el capítulo 32 de Isaías comienza con el anuncio del reinado de un rey justo, cuya justicia perfecta evoca el reinado mesiánico del Hijo de David, personaje que en nuestra conceptualización cristiana de la profecía se identifica con Jesucristo. Eso lo sabemos, y también sabemos que la justicia humana y las cosas “del mundo” – como se suele decir entre cristianos evangélicos – son imperfectas y falibles. Sin embargo, como cristianos apegados a la Biblia es necesario que, sin olvidar la esperanza puesta en la justicia venidera de un reino mesiánico futuro, en el presente cumplamos el rol que nos compete como ciudadanos; ciudadanos honrados, decentes y pacíficos, y además, respetuosos de las leyes y las autoridades del país. Puede que a veces no comprendamos las decisiones de la Justicia, pero debemos acompañar siempre los reclamos por justicia, y colaborar con la labor de la justicia. Recordemos, la labor de la justicia será paz, reposo y seguridad; y eso es lo que todos los ciudadanos queremos. Oremos al Señor pidiendo que nuestras autoridades – Policía y Poder Judicial – puedan lograr lo mejor posible esa tan noble tarea.

Pero aún más, los cristianos apegados a la Biblia debemos favorecer, propiciar y colaborar con la justicia, y aún reclamar justicia, sin olvidar la misericordia, el amor y el perdón en Cristo al pecador. Algunos hijos de Dios deben cumplir la tarea de ser agentes de justicia – de una justicia de acuerdo a la ley – pero todos tenemos la oportunidad de ser agentes de paz y reconciliación; reconciliación del ser humano con Dios, y reconciliación entre las personas. Tenemos la oportunidad y el privilegio, la responsabilidad y el deber moral, de ser sembradores de paz entre nuestros semejantes. Sea en nuestro círculo inmediato – familia, trabajo, iglesia – o también más allá, donde llegue nuestro discurso y nuestra prédica – el barrio, la ciudad, el país – que nuestros semejantes nos reconozcan como mensajeros de paz y misericordia, como administradores de compasión y de perdón. Y que Dios pueda decir de nosotros lo que se dijo de otros en otro tiempo: “¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!” (Romanos 10:15). Esto es tan necesario hoy día como siempre; los cristianos tenemos la oportunidad de ser pacificadores; no instigadores de violencia y enemistad, ni diseminadores de discordias, enfrentamientos y recelos, sino emisarios de paz.

Pensemos en ello.

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

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