Perdonarlos a todos

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Perdonarlos a todos


Un amor imposible, una paz enigmática.

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

¿Qué nos dice la expresión: un amor imposible? ¿En qué nos hace pensar? Generalmente en un amor no correspondido; amar y no ser amado, o amada. Amar a alguien con quien no es posible estar. En relación a esto, seguramente muchos evoquen algún teleteatro en que la chica, profundamente enamorada del galancito, se entera que es su hermano o algo de eso, y entonces todas las mujeres de la casa se tiran de los pelos, porque ese es un amor imposible.

Pero hay otra forma de amor imposible, y es claramente amar a quien preferimos odiar; tener amor, y demostrarlo, por aquel o aquellos – o aquellas – por quienes nos queda más cómodo y más fácil, y es más espontáneo, sentir odio. Un historiador cristiano del siglo 20 de la talla de Kenneth Scott Latourette, decía en los comienzos de su Historia del Cristianismo, Tomo 1, hablando sobre Jesús y el Evangelio, que los requerimientos morales que Jesús de Nazaret presentó a sus discípulos y a los judíos en general eran tan elevados que parecían irrealizables (poco más o menos lo que recuerdo de un texto que leí hace muchos años). Es pertinente aquí mencionar que hay varias alternativas opuestas al amor, al auténtico amor, aquel amor que procura el bien y la felicidad del otro, aún a costa de la propia felicidad. En primer lugar y en relación a esto, recordemos que al amor se contrapone el egoísmo, es decir, mirar primero – o a veces mirar únicamente – por el bien propio, por la propia felicidad. Al amor también se contrapone la indiferencia, entendida en este contexto no sólo como el no hacer nada por el otro – sobre todo por el necesitado – sino incluso el no experimentar un mínimo de compasión, que no importe nada la suerte del prójimo. Pero también, el amor es confrontado por el odio, ese sentimiento profundo de rechazo, aversión y hostilidad por una persona, a la que no molestaría ver destruida; tal vez, incluso, se disfrutaría verla destruida, y hasta se estaría dispuesto a colaborar en su destrucción, porque se la considera un enemigo.

Y ahí venimos al amor imposible, y a los requerimientos de Jesús de Nazaret, que suenan irrealizables, e incluso absurdos. En el Sermón del Monte, el gran discurso de Jesucristo dado casi al principio de su ministerio, el Señor dijo: “Oyeron que fue dicho: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, bendigan a los que les maldicen, hagan bien a los que les odian y oren por los que les ultrajan y les persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos. Si aman a los que les aman, ¿qué recompensa tendrán? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludan a sus hermanos solamente, ¿qué hacen de más? ¿No hacen también así los gentiles?” (Mateo 5:43 – 47). ¿Qué habrá significado para aquellos judíos del tiempo de Jesús escucharlo hablar de amor a los enemigos? Porque los judíos tenían enemigos concretos, empezando por el dominador extranjero, Roma, cuyas fuerzas de ocupación estaban por todas partes. A propósito de los soldados romanos presentes en Tierra Santa, el evangelio de Lucas registra un episodio curioso, en el que un centurión – es decir, un oficial al mando de tropas – preocupado por la enfermedad de uno de sus sirvientes, ruega a Jesús por su sanidad. Si bien Mateo también narra el hecho, sólo Lucas cuenta la intercesión de algunos ancianos judíos ante Jesús, a quien hablaron a favor del centurión diciendo: “Es digno de que le concedas esto; porque ama a nuestra nación, y nos edificó una sinagoga” (Lucas 7:4, 5). Parece que este militar romano, que amaba a los judíos y era amable y generoso con ellos, constituía una notable excepción a la regla. Porque en realidad, muchos judíos toleraban muy mal la dominación romana, y hubo dos grandes revueltas, una durante la infancia de Jesús, y otra poco más de treinta años después de la crucifixión de Cristo, y esta última dio lugar a una guerra que terminó con la destrucción de Jerusalén, la muerte de un millón de judíos, y el inicio de la dispersión mundial de Israel. En efecto, aquellos judíos tenían enemigos concretos en los romanos, y quizás podrían agregarse a la lista aquellos de sus compatriotas que se habían vendido a los romanos, cobrando impuestos extorsivos a su propio pueblo, para beneficio de Roma: los publicanos. Cuánto odio habría en muchos de aquellos judíos hacia los romanos, y contra los secuaces locales de los romanos, los publicanos, y cuánta sorpresa debe haber provocado en ellos – incluso en los propios discípulos – el mandamiento de amar a los enemigos.

Sorpresa que para nosotros no es tanta, pues casi dos mil años después de dichas esas palabras, y luego de haber sido repetidas infinidad de veces en montones de idiomas a lo largo del tiempo por ministros religiosos de diversas confesiones cristianas, quien está más o menos enterado de la herencia religiosa cristiana de nuestra cultura sabe que uno de los mandatos primordiales del fundador del cristianismo fue, justamente, amar a los enemigos. Incluso se cuentan muchas anécdotas, procedentes de distintas épocas, en que personas cristianas – teniendo presente y cumpliendo ese mandamiento – demostraron ese amor a sus enemigos mediante actos de generosidad y hasta de sacrificio. Sin embargo nuestra actualidad, tanto en nuestro país como en lo que sabemos del mundo a través de los medios masivos de comunicación, demuestra que el mandato de amar a los enemigos subsiste como una rareza, un recuerdo de otras épocas, o un anacronismo religioso inaplicable en los tiempos que corren. Como dijo el historiador, demandas morales que constituían una aspiración y un ideal irrealizables. Ahora, ¿por qué es inaplicable en nuestro tiempo? Bueno, empecemos por preguntarnos: ¿es aplicable en el momento actual, para nosotros, esa retórica de hablar de “enemigos”? Tal vez sí para países que están en guerra, o bajo amenaza de ataque o atentado terrorista, pero, ¿para nosotros? Desafortunadamente, sí; es aplicable. La degeneración moral, la decadencia de los valores y el incremento de la violencia en nuestras comunidades ha llevado a que, por ejemplo, el opositor político o el rival deportivo sean vistos como enemigos. Y los códigos humanos, no las leyes que regulan la convivencia, sino códigos personales que a veces parecen nacidos del instinto de supervivencia, aunque en los mismos influye mucho la cultura – o subcultura – en que estamos inmersos, esos códigos humanos mandan odiar y destruir al enemigo. En ese aspecto, ahora y antes parece lo mismo. Como leímos, Jesús comienza diciendo: “Oyeron que fue dicho: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”. La primera parte, amarás a tu prójimo, está en el Antiguo Testamento (Levítico 19:18), pero no la segunda; si bien en el Antiguo Testamento se pueden encontrar oraciones imprecatorias pidiendo el castigo sobre los enemigos (Jeremías 18:19 – 22), y también declaraciones de odio hacia los “enemigos de Dios” (Salmo 139:21, 22), no existe un mandamiento positivo de aborrecer – es decir, odiar – a los enemigos. En cambio, podemos ver algunos preceptos sobre mostrar bondad y ayudar a los enemigos; por ejemplo “Si encontrares el buey de tu enemigo o su asno extraviado, vuelve a llevárselo. Si vieres el asno del que te aborrece caído debajo de su carga, ¿le dejarás sin ayuda? Antes bien le ayudarás a levantarlo” (Éxodo 23:4, 5), y “Si el que te aborrece tuviere hambre, dale de comer pan, y si tuviere sed, dale de beber agua ” (Proverbios 25:21), pasaje muy conocido pues es citado por el apóstol Pablo en Romanos 12:20.

En el momento actual, una época posmoderna y poscristiana en que se preconiza la tolerancia y la convivencia pacífica, los odios parecen más exacerbados que nunca contra los enemigos políticos, contra los enemigos deportivos, y contra los enemigos de la vida cotidiana. Porque también hay enemigos en la vida cotidiana. ¿Quienes son estos enemigos?: vecinos, compañeros de trabajo, incluso desconocidos, y por supuesto miembros de la propia familia, que por sus ideas, sus opiniones, sus creencias, sus actos y su conducta entendemos que nos han perjudicado, que han lesionado nuestros intereses, que se han burlado de nosotros, o nos han vejado y humillado; personas que nos ofenden con su presencia, que nos mortifican cuando les va bien y prosperan, que nos amargan cuando son felices, y que nos gratificaría ver destruidos. Personas que, si analizamos detenidamente lo que sentimos por ellas, nos sorprendería ver que las odiamos, y cuánto las odiamos, porque son nuestros enemigos. Y también nos sorprendería ver la chatura decadente y la pobreza espiritual evidenciada por tanto odio, tanta envidia y amargura. Bueno, es a esos enemigos – declarados o no – que Jesús de Nazaret recomienda amar. ¡Qué dilema!

Debemos entender que enemigo no es sólo aquel contra el que se lucha; también es aquel a quien no se perdona. La mejor forma de neutralizar al enemigo es reconciliarse con él, para que deje de ser enemigo y se transforme en amigo. En cierta forma, la Biblia dice que somos enemigos de Dios. En el Antiguo Testamento, el profeta Isaías es enfático en declarar: “sus iniquidades han hecho división entre ustedes y su Dios, y sus pecados han hecho ocultar de ustedes su rostro para no oír” (Isaías 59:2); así que la iniquidad – es decir, la maldad – y el pecado de los seres humanos han alejado a Dios, lo han hecho tomar distancia de la humanidad. Ya en el Nuevo Testamento el apóstol Pablo declara algo similar respecto de los efectos del pecado humano en relación con Dios: “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23); es interesante notar que destituir reconoce como sinónimos términos como derribar, destronar, despeñar, incluso destruir. Por lo tanto, el Nuevo Testamento refrenda el concepto de un distanciamiento de Dios, por causa del pecado humano. Pero el apóstol Pablo habla también de un mensaje de reconciliación, encomendado por Dios a los predicadores cristianos, procurando llevar a los pecadores a Dios, a través del evangelio: “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación” (2 Corintios 5:19). La reconciliación entre Dios y el ser humano es, de nuevo en cierta forma, la reconciliación entre dos personas enemistadas; la persona divina, agraviada y ofendida por el pecado humano, y el ser humano, extraviado en su maldad y destinado a la perdición. Esta forma de reconciliación, este restablecimiento de la amistad, se produce mediante el perdón de Dios al ofensor, en virtud del sacrificio de Cristo, de acuerdo al mensaje del evangelio.

Tal vez parezca exagerado – seguramente parezca muy fuerte – considerar “enemigos” a aquellos con quienes tuvimos un altercado que nos distanció, cortando la relación de amistad, o más cercana, familiar, incluso sentimental, que antes nos unía. Sin embargo, no parece exagerado cuando decimos que dos personas que antes eran compañeros, o amigos, o pareja, ya no se hablan ni se tratan porque están “enemistados” por una situación dada. También puede parecer exagerado hablar de odio, del odio experimentado hacia aquel, o aquella, con quien anteriormente nos unía un vínculo – afectivo, o formal – vínculo que se rompió por algún hecho que provocó un profundo daño emocional o moral. Tal vez la reticencia a aceptar que uno alberga odio hacia una persona se deba a la connotación fuertemente negativa de tal sentimiento; nadie se siente orgulloso de confesar un odio irreconciliable. El odio es mal visto incluso en muchos medios seculares, y en eso probablemente influya nuestra herencia cultural cristiana; además, dado que el odio en general nace del dolor de una herida que alguien provocó, expone la propia vulnerabilidad. Pero cuando ese odio escondido en el corazón impide el restablecimiento de la amistad y las buenas relaciones, es un odio irreconciliable, un odio sin perdón. En medios cristianos el odio es una mala palabra, casi un tabú, porque – y esto lo repetiría cualquier evangélico – “el Señor nos mandó amar”. Para un cristiano evangélico confesar un odio pertinaz e irreconciliable sería como confesar un fraude, un homicidio, o el más repugnante pecado sexual; aunque confesarlo también tendría el mismo maravilloso efecto liberador.

La reconciliación es posible por el perdón; un perdón total, completo, sin condiciones, un perdón amplio y generoso. Para cumplir el mandato de Jesús de amar a los enemigos necesitamos perdonarlos a todos, para que haya reconciliación. Y para perdonarlos a todos, necesitamos amor; un amor como el de Cristo, el cual, según las Escrituras, “excede a todo conocimiento” (Efesios 3:19). Esto es, un amor más allá de lo conocido, un amor que viene de lo alto, un amor como el que Dios derrama en los corazones de sus hijos, por el Espíritu Santo (Romanos 5:5). ¿Es fácil esto? Ni por asomo. ¿Es posible en el cien por ciento de los casos? Desafortunadamente no. Hay enemigos que serán enemigos irreconciliables, hagamos lo que hagamos. Pero lo seguro es que debemos procurar la reconciliación que trae el perdón, para poner punto final a la enemistad, y también recibir el perdón por nuestro propio odio. El apóstol Pablo lo expresa de la siguiente manera: “Si es posible, en cuanto dependa de ustedes, estén en paz con todos los hombres” (Romanos 12:18). Al decir “si es posible”, Pablo reconoce que existirán situaciones en que no será posible, en que no habrá reconciliación con el enemigo; y vaya si Pablo tuvo enemigos, entre los judíos y también entre los gentiles, que más de una vez quisieron acabar con su vida. Pero continúa, en cuanto dependa de ustedes, insistiendo en la medida del esfuerzo que el cristiano nacido de nuevo debe poner en procurar de la paz con todos los hombres, es decir, con todos los seres humanos, con cada semejante. Así que el amor hace posible el perdón, el perdón favorece la reconciliación, y la reconciliación fortalece el amor y hace la paz. Es de esperar que cada uno sea bendecido y beneficiado con ese amor sublime de Jesucristo para poder perdonar a todos, y ser perdonado por todos y por todo, y así alcanzar la paz.

Una paz que también es regalo de Dios, una paz que viene de arriba y fluye en el corazón del que ama y ha perdonado. Una paz enigmática, como aquella de la que hablan las Escrituras en Filipenses 4:7 cuando dice: “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”; es decir, una paz que está más allá de lo comprensible. ¿Cuántos han – cuántos hemos – experimentado esa paz? El odio lo hace imposible; la fe, la obediencia y el amor de Dios, en cambio, allanan el camino para lograrla.

Quiera Dios que cada uno pueda alcanzarla.

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

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