Cómo ser una persona encantadora

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Cómo ser una persona encantadora

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Todos hemos conocido personas que nos han resultado encantadoras. Si no les hemos llamado así, o no hemos hablado de ellas con terceros en tales términos, tal vez lo hemos pensado: qué persona encantadora. La fresca y atractiva simpatía de alguien, amigo, familiar, vecino, compañero o desconocido, ha producido ese efecto tal vez unas pocas veces, tal vez una sola vez en la vida; pero lo más impresionante, y más enigmático, es cuando produce ese efecto en todas o casi todas las personas con las que el “encantador ser humano” toma contacto y entabla relación. Y seguramente muchos de nosotros, tras conocer una persona encantadora que, con su porte, su sonrisa, su elocuencia y su discurso nos magnetizó, secretamente hemos deseado ser así: personas encantadoras, amadas por todos, simpáticos para todos, cuya compañía todos desean.

¿Qué significa ser alguien “encantador”? No deja de ser curioso que, si uno busca por “persona encantadora”, se encuentra con artículos instructivos, que parecen verdaderos tutoriales acerca de cómo ser una persona encantadora: Tres formas de ser encantador (es.wikihow.com/ser-encantador); Cómo ser una persona encantadora: 12 pasos (con fotos) (es.wikihow.com/ser-una-persona-encantadora); Nueve características de las personas encantadoras y carismáticas (www.lavidalucida.com/9-caracteristicas-de-las-personas-encantadoras-y-carism…); Nueve trucos psicológicos para ser la persona más encantadora del mundo (genial.guru/…/9-trucos-psicologicos-para-ser-la-persona-mas-encantadora-del-.); Once hábitos de las personas encantadoras (www.gustavoescobar.com›Home›Blog›7-10 minutos de lectura); Cinco claves para convertirte en una persona encantadora y gustarle a todo el mundo (muhimu.es/inspiracional/convertirte-alguien-encantadora/). Y la lista podría seguir. Ahora, que un tema como éste sea tan recurrido merece una breve reflexión; porque, en efecto, impresiona como si se intentara llenar una necesidad de los lectores. Tal vez una necesidad sentida de aquellos que tienen problemas de relacionamiento, de quienes les cuesta sociabilizar, o que incluso aspiran a conquistar ascendiente e influencia sobre los demás. Las dificultades de relacionamiento con los demás – paradójicamente más agudizadas en esta era de comunicaciones informáticas por múltiples vías, e instantáneas – pueden estar en la base de muchos de los conflictos que mueven a los consumidores de literatura inspiracional y de autoayuda.

Desde el punto de vista de una definición fría, la persona encantadora es aquella que hace muy grata impresión en el alma o en los sentidos; también, la que deja muy buena impresión por ser muy agradable. Estas dos definiciones, bastante similares, comparten un concepto: impresión; la persona encantadora provoca en los demás una impresión. Es decir, para empezar, una emoción o sentimiento, que el encantador o encantadora produce en otra persona; tal vez una emoción intensa, inexplicable, hasta un estremecimiento, pero muy grato o muy agradable. También, la opinión que produce en los demás, lo que implica un movimiento intelectual y reflexivo de quien conoce a alguien encantador, que lo lleva a catalogarlo, pero catalogarlo en forma positiva. Y también la huella que deja la persona encantadora, la forma en que modifica la estructura mental y emocional de los demás, virtualmente obligándoles a tenerle en la memoria, como un agradable y grato recuerdo, y quizás hasta con el anhelo de volver a ver a dicha persona.

Una persona encantadora es una persona guapa, bella, bonita, atractiva y sublime; también es llamativa, atrayente, seductora, hipnotizadora y fascinante; asimismo, es interesante, agradable, simpática, amena, deliciosa y cautivadora. De todas estas definiciones, tanto las expositivas como las que surgen de sinónimos, se desprende que las virtudes de alguien encantador pasan fundamentalmente por la capacidad, la habilidad y la destreza de magnetizar a los demás. Las personas que han aprendido a ser encantadoras son las que han sabido qué hacer con – como ocultar – los vicios y defectos que producen rechazo en los demás. No estamos hablando exactamente de vicios socialmente aceptados, como fumar y beber alcohol – recordemos que hoy en día es mal visto llamarlos “vicios”, y se prefiere hablar de “hábitos” – y tampoco estamos hablando de defectos físicos, desde la simple fealdad a deformidades que crispan la sensibilidad de la gente. Porque el consumo de sustancias socialmente aceptadas, si bien produce rechazo en muchas personas, es visto como parte de la normalidad en la conducta de las personas; y porque la fealdad física no es ni jamás debiera ser criterio para justipreciar la valía de un ser humano. De hecho, muchas personas logran superar ampliamente el ser poco agraciados físicamente, justamente por su porte, su espíritu y su carácter, y por la actitud positiva, optimista y alegre con que enfrentan la vida.

Pero en cuanto al encantador, o encantadora, esa persona tan linda, tan mona, tan fascinante y amorosa, que merece tantos otros epítetos o calificativos positivos que le podríamos poner – como varios de los que ya mencionamos – ¿no merece también algunos calificativos negativos? ¿Ser encantador, no es a veces ser un manipulador, un seductor y un tramposo? ¿Hay siempre buenas intenciones detrás de las palabras, los gestos y las maneras tan bonitas, atractivas y sublimes, tan agradables, deliciosas y cautivadoras, de alguien encantador? Por ejemplo, ¿no hay políticos muy carismáticos y cautivadores, que han tenido la pericia de engatusar a un pueblo entero, o por lo menos a medio pueblo más uno para ganar las elecciones, y después no han cumplido casi ninguna o ninguna de sus promesas de campaña? ¿No hay vendedores – de lo que sea – que nos hipnotizan con su discurso, su elocuencia y su sonrisa radiante, hasta prácticamente forzarnos a comprar algo, que después nos hemos preguntado para qué lo compramos y qué vamos a hacer con esa porquería? ¿No hay promotoras jóvenes, esbeltas, de sonrisa luminosa, que con su belleza y su simpatía nos hicieron hacernos socios de algo, un club, un seguro, una mutualista, o hasta de una clínica veterinaria, aunque no tengamos mascota? ¿No hay hombres de iglesia – y también mujeres de iglesia – predicadores, o cantantes, o consejeros que, con su porte augusto y atractivo, su seguridad en sí mismos y su convicción contagiosa, nos prometieron las grandes cosas que Dios haría de inmediato por nosotros, y se mandaron mudar con las ofrendas y los diezmos, sin habernos enseñado siquiera a buscar la voluntad de Dios?

Es cierto que, el que un ser humano tenga en el cien por ciento de los casos buenas intenciones hacia los demás, es difícil; esto, porque en todas las personas existirá, subyacente a sus decisiones y actos, la motivación de buscar lo que mejor conviene a sus propios intereses, y a los de los suyos. Y esto no tiene por qué interpretarse como egoísmo, en el sentido moralmente negativo del término; puede tomarse como simple autoconservación. Si bien es cierto, entonces, que no siempre hay intenciones generosas hacia los demás – se necesita mucho amor y desprendimiento para poner a los demás siempre en primer lugar – puede haber personas naturalmente encantadoras, que no usan su encanto para manipular a la gente y aprovecharse de sus semejantes. Es decir, todas las interrogantes anteriores no implican que alguien que nos resulta encantador – o encantadora – siempre será un oportunista que nos está tendiendo una trampa. ¿Cómo reconocerlos? Y otra interrogante, quizás más acuciante, ¿es que hay algunos que de verdad son bienintencionados y sinceros?

En cierta forma, se podría decir que el ser encantador es algo así como un poder. Por supuesto, no un poder sobrenatural, sino como uno de los poderes naturales que tienen algunos seres humanos, usando los cuales logran imponerse y prosperar. Ejemplo de estos poderes pueden ser la fuerza, aunque imponerse a los demás por la fuerza está mal visto; también, una inteligencia superior al promedio, y prosperar por medio de la inteligencia generalmente está bien visto. Puede ser también la astucia, y aquí entraría la habilidad de ser encantador, para envolver a los demás y conquistar sus voluntades, por medio del arte sutil de ganárselos con el particular magnetismo personal que tienen algunos. Sin embargo, imponerse y prosperar conquistando a los demás por medio de las artimañas del atractivo y la seducción, para sacar partido y lograr los propios fines, sin importar los derechos o la sensibilidad del otro, también es algo muy mal visto. Ser un manipulador, que engaña a su prójimo con el objetivo de sacar ventaja, es decididamente malo.

Ahora, estas cosas son bien vistas o mal vistas, se consideran buenas o malas, ¿según cuáles criterios? ¿Según qué normas, cuál código de conducta? No según la universidad de la calle, donde desde hace mucho rige – y se aconseja – la filosofía del “primero yo, segundo yo, tercero yo”, anteponiéndose uno mismo a los intereses y derechos de los demás. Tampoco según las leyes que nos gobiernan, pues ya hemos visto como, por ejemplo, el “yo decido sobre mi cuerpo” fue uno de los gritos de batalla en la lucha que llevó a la despenalización del aborto, con la consiguiente muerte de miles de niños no nacidos. Hay que buscar en un decálogo de normas superiores a esas, para encontrar la razón de que nos parezca bien cuando alguien prospera, es decir progresa en la vida en todo sentido, por medio de su inteligencia y esfuerzo, pero nos parece mal cuando alguien se impone a los demás por la violencia y la fuerza, o haciendo uso de la astucia para manipular a la gente. Esas normas superiores son las trasmitidas desde nuestros padres y abuelos como “valores”, y en nuestro país, de herencia cultural y religiosa cristiana, se puede rastrear el origen de tales “valores” hasta la Biblia, hasta aquellos principios surgidos de la Palabra de Dios que, mal que le pese a muchos que desearían erradicar la idea de Dios, aún permean el pensamiento en nuestra comunidad.

Llegado a este punto y habiendo introducido la idea de la Biblia como regla válida para el discernimiento del bien y el mal, cabe agregar que aún se puede hablar de otro poder natural que el ser humano es capaz de desplegar, no para imponerse y dominar, pero sí para ejercer influencia, a veces una gran influencia en los demás: el poder de hacer el bien, y hacer el bien por amor. Llegados a este punto, es previsible que nos dirijamos a la consideración de la persona de Jesús de Nazaret como alguien que hizo el bien por amor, y atrajo a sí las multitudes, magnetizadas por su persona y por ese bien que Él hacía a cuantos se acercaban. Dos pasajes bíblicos fundamentales sobre el amor de Jesús se encuentran en el evangelio de Juan: “Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (13:1); “Un mandamiento nuevo les doy: Que se amen unos a otros; como yo les he amado, que también se amen unos a otros” (13:34); y en cuanto al bien que hizo por amor, lo encontramos mencionado en un pasaje del evangelio de Mateo: “Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor” (Mateo 9:35, 36); y en palabras del apóstol Pedro, recogidas en el libro de los Hechos: “Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y… éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hechos 10:38).

¿Magnetizaba Jesús a las personas? ¿Cómo respondía la gente? Los evangelios son bien expresivos al respecto. Lucas 14:25: “Grandes multitudes iban con él”; Marcos 3:7, 8: “Jesús se retiró al mar con sus discípulos, y le siguió gran multitud de Galilea. Y de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, y de los alrededores de Tiro y de Sidón, oyendo cuán grandes cosas hacía, grandes multitudes vinieron a él”; Mateo 15:33: “sus discípulos le dijeron: ¿De dónde tenemos nosotros tantos panes en el desierto, para saciar a una multitud tan grande?”, pasaje sobre la alimentación de una muchedumbre de cuatro mil personas, sin contar las mujeres ni los niños; Juan 6:2: “le seguía gran multitud, porque veían las señales que hacía en los enfermos”, siendo este capítulo del evangelio de Juan el que recoge las palabras de Jesús, diciéndole a la gente que lo buscaban por el pan que habían comido (v. 26); acerca de la entrada triunfal en Jerusalén dice en Mateo 21:8: “la multitud, que era muy numerosa, tendía sus mantos en el camino; y otros cortaban ramas de los árboles, y las tendían en el camino”. Estos son solamente algunos de los pasajes del Nuevo Testamento que informan cómo el ministerio público de Jesús de Nazaret se caracterizó por el arrastre de un impresionante número de personas, por multitudes “grandes” y “muy numerosas”. El broche de esta visión del ministerio público del Jesús está dado por las palabras de los fariseos, sus permanentes opositores y detractores, también cuando la entrada triunfal en Jerusalén: “Ya ven que no consiguen nada. Miren, el mundo se va tras él” (Juan 12:19). Estas palabras retóricas están cargadas de toda la envidia amarga de estos profesionales de la religión, a los que pocos hacían caso, mientras muchedumbres sin número preciso hacían temblar la tierra, allí donde andaba Jesús.

¿Cuál era el secreto, o el método, o la clave, que hacía a Jesús tan atractivo para tanta gente, que lo seguía a donde fuera? No la belleza física. Si bien la mayoría de las producciones
cinematográficas modernas muestran a un Jesús de agradables facciones, y hasta rubio y de ojos claros algunas, eso no tiene base bíblica, y es poco probable que así fuera Él. Más allá de la figura tradicional de largos cabellos, barba y bigote, que tampoco es explícitamente bíblica, no hay en el Nuevo Testamento una noción del aspecto físico de Jesús, y menos si era un guapo y seductor individuo de sonrisa entradora. En el Antiguo Testamento en cambio, en un pasaje bíblico profético que todo el cristianismo está de acuerdo en aplicar al mesías prometido a Israel, encarnado en Jesús de Nazaret, Isaías dice: “Subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos” (53:2). Este mismo pasaje, en la traducción DHH se lee de la siguiente manera: “El Señor quiso que su siervo creciera como planta tierna que hunde sus raíces en la tierra seca. No tenía belleza ni esplendor, su aspecto no tenía nada atrayente”. Así que, sin hermosura a la vista que incitara a buscarlo, a seguirlo, a sentirse atraído o subyugado, la clave del magnetismo personal de Jesús de Nazaret estaba en otra cosa: justamente en su poder demostrado a favor de los pobres, los necesitados, los desafortunados y los perdidos, por amor. Es poco probable que Jesús fuera guapo, bonito, físicamente atractivo, según los cánones modernos; pero también es cierto que no era un manipulador, es cierto que no atraía a las personas usando habilidades de seducción, fascinándolas para sacar provecho, para alcanzar sus propios y ocultos objetivos. Jesús fue un hombre transparente, movido a hacer las maravillas que hizo por el más puro amor.

Y hoy nos ofrece a cada uno, no los encantos cautivadores de un político entrador, de un vendedor zalamero, de una bella promotora, o de un predicador sublime. Nos ofrece la mirada franca y la mano amiga de alguien sinceramente interesado en nuestro bienestar y felicidad, plenamente capaz de perdonar nuestros pecados, darnos una nueva vida, y llevarnos más allá de este mundo, a la eterna salvación.

Respondamos a Jesús.

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

1 Comment

  1. Pablo vazquez dice:

    Muy bueno gloria a DIOS

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