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Expectativas

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Todos esperamos algo de algo o de alguien; de alguna situación, de alguna institución, o empresa, o de alguna persona con la que tomamos contacto por motivos de trabajo, de trámites que debemos realizar, de la necesidad de ser atendidos profesionalmente, o en razón de entablar un vínculo personal. Todos tenemos expectativas; es decir, esperanzas, perspectivas, intereses, incluso posibilidades, que aguardamos se concreten. Todos esperamos lo mejor en la vida: el cumplimiento de un sueño, la solución de un problema, la curación de una enfermedad, la salida de una crisis. Todos tenemos la expectativa de que las cosas mejoren, que las circunstancias ya no sean adversas, que las condiciones en que vivimos sean cada vez más favorables. Todos esperamos sentirnos realizados, y llegar ser felices. La vida se hace más llevadera cuando tenemos proyectos de futuro, cuando esperamos lograr algo, cuando trabajamos en pro de alcanzar objetivos, cuando buscamos nuestros sueños, cuales sean, con la esperanza de cumplirlos; y esto independientemente de cualquier juicio de valor que terceros puedan hacer sobre los anhelos y sueños que las personas persiguen, por creer que su concreción les dará gratificación y felicidad en sus vidas. Por el contrario, la vida sin proyectos, sin esperar nada más del futuro, cuando ya no se espera otra cosa más que la muerte, ya no es vida sino simplemente existir, mientras se espera el fin.

Las expectativas que todos tenemos, o nos formamos, siempre son por buenas noticias de buenas cosas que vengan – o sucedan – en nuestra vida. Queremos que nos vaya bien siempre; aunque eso no sea razonable en el mundo en que vivimos, las expectativas no piensan, ni razonan, ni siguen una lógica. Son como las emociones, son esperanzas. Nadie tiene expectativas de malas noticias de cosas malas. Las malas noticias de malas experiencias por pasar, o de malas cosas que pudieran acontecernos, se temen, se las rehúye, o se prepara uno para prevenirlas, o para atravesarlas lo mejor posible. Para decirlo en forma más clara y simple: nadie abriga esperanzas de que le pasen cosas malas. Cada día puede traer buenas noticias de buenas cosas; o puede traernos malas noticias de malas cosas. Para los incrédulos eso depende de las previsiones que se hayan sabido tomar, del giro azaroso de los acontecimientos, y – en último término – de la suerte. Para los creyentes, depende de la voluntad de Dios, de su amor, y también de su disposición a permitir en la vida de sus hijos pruebas y dificultades que impliquen corrección, enseñanza, y también crecimiento y fortaleza en la fe. Por eso, para un creyente en Dios, agradecer de antemano por cada día, cuando el día comienza, supone un acto de fe, pues implica dar a Dios las gracias por un día que puede traer muy buenas noticias de muy buenas cosas, pero en el que también pueden ocurrir malas cosas, que nos lancen a una dura crisis personal, cuyo desenlace – a priori – desconocemos. Con todo, es mejor confiar en Dios que confiar en las personas; incluso – a veces – en uno mismo. Y es mucho mejor que confiar en la suerte. En palabras de Dios, en boca del profeta Jeremías: “Así ha dicho Jehová: ¡Maldito aquel que confía en el hombre, que pone su confianza en la fuerza humana, mientras su corazón se aparta de Jehová!” (17:5); pasaje que en la traducción DHH se lee de la siguiente manera: “El Señor dice: Maldito aquel que aparta de mí su corazón, que pone su confianza en los hombres y en ellos busca apoyo”. Por el contrario, de aquel que sí pone su confianza para el futuro en Dios, dice: “¡Bendito el hombre que confía en Jehová, cuya confianza está puesta en Jehová!” (17:7); texto cuyo equivalente en DHH es: “bendito el hombre que confía en mí, que pone en mí su esperanza”. Cabe agregar aquí que la “maldición” que se describe, más que interpretarse como un acto de Dios, puede verse como el simple resultado de haber puesto las expectativas en personas que no merecían confianza, dado lo veleidoso de la naturaleza humana; por el contrario, la bendición de confiar en Dios es resultado de la bendición de Dios, que trae el bien a aquel que en Él confía. En efecto, Dios “recompensa a los que lo buscan” (Hebreos 11:5). Así que, si usted no cree en Dios ni busca a Dios ni confía en Dios, no espere ningún bien de su parte; pero si cree y busca a Dios, y confía en el Señor, la bendición de Dios va a venir a su vida.

Ahora, teniendo claro en quién poner nuestras expectativas de cosas buenas, nuestra esperanza de bendición – es decir, del bien y la felicidad que ansiamos tener en la vida – cabe preguntarse: ¿es posible poner las expectativas en el Señor, y aún así tener las expectativas equivocadas? En otras palabras, ¿puedo esperar que Dios haga cualquier cosa que se me ocurra, o me parece, y que las haga porque confío en Él para que las haga? ¿Es Dios, el Todopoderoso Creador del universo, algo así como el genio de la lámpara, que me va a conceder mis deseos, cualesquiera sean, habiendo cumplido yo el requisito de pedírselos a Él y “confiar” en Él para su obtención? Esta consideración implica un paso adelante en la recta – la bíblica – comprensión de la relación vital con Dios, que podemos alcanzar cada uno de nosotros. Tener nuestras expectativas puestas en Él, confiar sólo en Él, pero también confiar en su voluntad, en que los planes que Dios tiene para cada uno de nosotros son lo mejor, el mayor bien y la mayor bendición, que tendremos por confiar en Él. Aprender a confiar en la voluntad de Dios, y aceptar esa voluntad, aunque nuestras expectativas no siempre se vean colmadas.

Un episodio sumamente conocido de la vida de Jesús de Nazaret – un episodio que, en un país de herencia religiosa cristiana, hasta los incrédulos conocen – muestra las expectativas frustradas de muchas personas respecto al Señor, dónde estuvo el error, y en qué desembocó la frustración de la gente. El episodio es la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, casi al final de su ministerio público de tres años. El hecho está registrado en los cuatro evangelios; para una aproximación al relato bíblico, vamos a leer el pasaje de Lucas 19:28 – 40: “Dicho esto, iba delante subiendo a Jerusalén. Y aconteció que llegando cerca de Betfagé y de Betania, al monte que se llama de los Olivos, envió dos de sus discípulos, diciendo: vayan a la aldea de enfrente, y al entrar en ella hallarán un pollino atado, en el cual ningún hombre ha montado jamás; desátenlo, y tráiganlo. Y si alguien les preguntare: ¿Por qué lo desatan? le responderán así: Porque el Señor lo necesita. Fueron los que habían sido enviados, y hallaron como les dijo. Y cuando desataban el pollino, sus dueños les dijeron: ¿Por qué desatan el pollino? Ellos dijeron: Porque el Señor lo necesita. Y lo trajeron a Jesús; y habiendo echado sus mantos sobre el pollino, subieron a Jesús encima. Y a su paso tendían sus mantos por el camino. Cuando llegaban ya cerca de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, gozándose, comenzó a alabar a Dios a grandes voces por todas las maravillas que habían visto, diciendo: ¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor; paz en el cielo, y gloria en las alturas! Entonces algunos de los fariseos de entre la multitud le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos. Él, respondiendo, les dijo: les digo que si éstos callaran, las piedras clamarían”. Este evento, que da base a la tradición cristiana del domingo de ramos, merece comentarse, a la luz de los sucesos que le siguieron, en los días siguientes de aquella semana memorable.

Respecto a esta llegada, tan grandiosa y entusiasta por parte de la gente, de Jesús de Nazaret a la ciudad de Jerusalén, cabe preguntarse: ¿acaso era la primera vez que Jesús entraba en Jerusalén? La respuesta es no; Jesús había ido a Jerusalén varias veces, desde su infancia. Entonces, ¿por qué esta entrada fue tan especial? ¿Por qué concitó la atención de la gente y la aclamación de la multitud? Una primera razón tiene que ver con las profecías mesiánicas, y las esperanzas del pueblo de Israel. En el pasaje paralelo del evangelio de Juan se lee: “Halló Jesús un asnillo y montó en él, como está escrito: No temas, hija de Sión, tu Rey viene, montado sobre un pollino de asna” (Juan 12:14, 15). La evocación que hace el apóstol Juan es una cita del profeta Zacarías, uno de los profetas pos exílicos, quien anuncia (9:9) al rey que vendrá a tomar el trono de Israel, en una clara alusión al Mesías prometido a Israel. La llegada a Jerusalén de un personaje tan popular como Jesús, famoso desde años antes por demostraciones asombrosas de poder sobrenatural que incluía, sobre todo, curaciones milagrosas de todo tipo de enfermedades, resurrección de muertos y alimentación milagrosa de grandes multitudes, y por su enseñanza sobre la venida del Reino de Dios, ha de haber parecido a la multitud como una declaración: el Rey prometido viene para tomar el trono. Su llegada, montado en un asno, probablemente haya evocado, por lo menos a los conocedores de las Sagradas Escrituras, la ascensión al trono del hijo de David, aquel gran rey de Israel; en un pasaje que en nuestras Biblias está en 1 Reyes 1:32 – 34, se lee: “el rey David dijo: llámenme al sacerdote Sadoc, al profeta Natán y a Benaía hijo de Joiada. Entonces entraron a la presencia del rey, y él les dijo: tomen con ustedes los siervos de su señor, monten a mi hijo Salomón en mi mula y llévenlo a Gihón. Allí lo ungirán el sacerdote Sadoc y el profeta Natán como rey sobre Israel”. Aquella multitud, el pueblo de Israel – residentes y peregrinos llegados para la Pascua – creyeron que Jesús, quien llegaba a Jerusalén montado en un asno, estaba finalmente presentándose como el hijo de David prometido, el Mesías esperado; esto es evidente en la aclamación, también dicha en aquel evento por la gente: “¡Bendito el reino de nuestro padre David que viene!” (Marcos 11:10). En síntesis, aquellas personas pensaron que Jesús venía a la ciudad sagrada para tomar el reino, liberar a Israel de la dominación romana, e instaurar el Reino de los Cielos del que tanto había hablado.

La entrada de Jesús en Jerusalén tuvo dos tipos de recibimiento. Uno, como ya se mencionó, la multitud que aclamaba al Mesías, el cual – ellos pensaban – llegaba para reinar. El otro, en ese momento unos pocos individuos, los fariseos, sus permanentes opositores; individuos que no creían en Jesús como Mesías, y para los cuales el tumulto de su llegada era sumamente frustrante, lo que se desprende de sus palabras registradas en el evangelio de Juan: “Los fariseos dijeron entre sí: Ya ven que no consiguen nada. Miren, el mundo se va tras él” (12:19). Estos dos tipos de recibimiento bien pueden representar el recibimiento que cada persona da al mensaje de Cristo; unos reciben a Jesús con alegría, y creen en Él, mientras que otros le rechazan con indiferencia, incredulidad, y hasta odio; sí, odio, aunque cueste creerlo. Lo interesante, volviendo a los eventos de aquellos días, es ver qué pasó después con las multitudes de Jerusalén, presumiblemente las mismas que lo habían recibido con gozo. En Mateo 27:20 – 22 se lee: “Los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud que pidiera a Barrabás, y que se diera muerte a Jesús. Respondiendo el gobernador, les dijo: ¿A cuál de los dos quieren que les suelte? Y ellos dijeron: A Barrabás. Pilato les preguntó: ¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo? Todos le dijeron: ¡Sea crucificado!”; y en el pasaje paralelo de Lucas 23:18, 20, 21 vemos que “Toda la multitud gritó a una, diciendo: ¡Fuera con ése; suéltanos a Barrabás! Les habló otra vez Pilato, queriendo soltar a Jesús; pero ellos volvieron a gritar, diciendo: ¡Crucifícalo, crucifícalo!”. ¿Cuántas multitudes había en Jerusalén, en la Pascua de aquel año? Esto sucedió sólo cinco días después de la entrada triunfal. ¿Qué había pasado? La explicación más probable es que, por un lado, ellos esperaban un Mesías guerrero que iniciara la guerra contra los romanos, para traer la libertad al pueblo israelita. Pero Jesús había ido a Jerusalén para consumar otro tipo de plan: morir por los pecados de todos los seres humanos, para traer el perdón, la salvación y la vida eterna a todos quienes creyeran en Él.

En cualquier caso, la multitud no vio colmada sus expectativas.

¿Con qué expectativas vinimos a Jesús, cuando creímos en Él, si creímos? ¿Ser libres de un vicio? ¿Solucionar un problema matrimonial? ¿Lograr la sanidad de una enfermedad? ¿Alcanzar la prosperidad económica? Quienes predicamos a Jesús a veces lo presentamos como el Mesías guerrero; es decir, como aquel que nos libera de todos los vicios y problemas de esta existencia. Pero debemos entender que el principal y mayor problema del ser humano es el pecado que lleva a la condenación. Esa es la prioridad que debemos atender; esa fue la prioridad de Jesús. Jesucristo nos llama hoy al arrepentimiento y la fe para el perdón de los pecados. Cuando nuestros pecados son perdonados, entonces – recién entonces – venimos a ser hijos de Dios, y entonces sí, Él obra en el resto de nuestros problemas y conflictos, para ayudarnos a ser libres de esas cosas, según su voluntad.

Vayamos a Jesús – y prediquemos a Jesús – con el mismo objetivo con el que Él fue a la ciudad de Jerusalén: a salvar con salvación eterna a los pecadores. Y luego sí, esperemos con confianza que también se cumplan en nuestra vida personal, en nuestra familia y en nuestra iglesia, las palabras de Mateo 6:33: “Busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas”.

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

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