Inoxia corpora

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11 octubre 2018
Mi salud, mi responsabilidad
11 octubre 2018

Inoxia corpora

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

El escritor polaco Henryk Sienkiewicz, autor de la novela Quo Vadis, publicada originalmente a fines del siglo 19, nos traslada en esta obra a la época de la iglesia cristiana primitiva. Concretamente, la novela se sitúa en la Roma imperial, durante el gobierno del césar Nerón. El relato, impecablemente ambientado en los días de los primeros cristianos, teje una historia de amor casi imposible entre un tribuno militar romano pagano y una doncella cristiana, y tiene un punto culminante en la persecución que Nerón desencadena contra los cristianos, tras ser acusado del incendio de la ciudad de Roma. En unos de los pasajes cumbre de la novela, luego de la muerte de muchos cristianos en la hoguera, en los jardines del césar, Nerón es acusado de ser el verdadero incendiario, y el autor pone en boca del pueblo que había acudido a ver el espectáculo, refiriéndose a los cristianos asesinados, las palabras inoxia corpora. El significado literal de esta expresión sería cuerpos inofensivos, pero el sentido que le da el novelista, luego expresado con claridad en el texto, es el de víctimas inocentes.

Valga la referencia a la inmortal Quo Vadis como ilustración para comenzar la reflexión acerca de una expresión que podría parecer redundante, pero no lo es. Hablar de víctima inocente podría tomarse como redundante si observamos, por ejemplo, la siguiente definición del término víctima: persona o animal que sufre un daño o perjuicio por culpa ajena o por una causa fortuita (https://definicion.de/victima/). Así que, si la culpa es ajena, la víctima siempre sería inocente, pues la culpa es de otro. Este aspecto, que el daño o perjuicio se produce por culpa ajena, también está presente en la definición de la RAE. Hay definiciones más escuetas, como la que dice que víctima es la: persona o cosa a la cual una acción o suceso le produce un daño; y también: persona o animal que muere a causa de una acción o suceso (https://es.thefreedictionary.com/víctima). La posibilidad de que una víctima, alguien lesionado o perjudicado – o incluso muerto – no sea tan exenta de culpa de lo que pasó se vislumbra en otras acepciones del término; por ejemplo: Persona que sufre las consecuencias de sus propias acciones o de las de otros (http://www.wordreference.com/definicion/víctima); y también, de la primera página citada (definicion.de/victima), el siguiente párrafo: En un sentido más abstracto, una persona puede ser víctima de sus propias acciones, lo cual ocurre especialmente en individuos que padecen ciertos trastornos de la personalidad. Lo del sentido más abstracto parece ponerlo más en términos de proposición teórica que de hecho concreto, cuando en realidad todos sabemos que hay personas que sufren daños o perjuicios – a veces físicos – como consecuencia de sus propias acciones. Coloquialmente, en nuestro país al menos, tenemos una expresión para comentar sobre esta característica que tienen algunas personas: “es malo para él”, o “es mala para ella”. Llama la atención que se destaque en este párrafo de definición lo especialmente que ocurre el que algunas personas sean víctimas de sus propias acciones entre quienes padecen ciertos trastornos de la personalidad. Llama la atención, salvo que acompañemos la noción general, muy en boga y políticamente correcta en la actualidad, que engloba la imprudencia, la estupidez y la maldad dentro del universo de las enfermedades mentales; una forma racional y científica que ha desarrollado nuestra cultura actual, en su beneficio, de eludir la responsabilidad personal y sacarse de encima la culpa.

La consideración de la inocencia o no de la víctima, es decir, en qué medida es culpable del daño o perjuicio que sufrió, es muy apropiada a propósito de las víctimas del delito en las comunidades modernas; sobre todo por las ideas y teorías en boga para tratar de explicar el delito y la conducta de los delincuentes, y con las que también se procura – hasta ahora sin éxito alguno – encontrar una respuesta alternativa como sociedad, que no sea la tradicional e histórica: el castigo, tanto más duro cuanto peor sea el hecho. Lo tradicional es considerar a la víctima inocente; es decir, y según una definición escueta pero muy clara de qué es ser inocente, libre de culpa (http://www.wordreference.com/definicion/inocente). La persona que sufre el daño o el perjuicio, sobre todo cuando es objeto de ataque, rapiña o agresión, es considerada una víctima libre de culpa. Sin embargo, como recién sugerimos, nuestras comunidades modernas están impregnadas de ideas, sobre todo desde la academia, que descargan sobre otros – padres, educadores, la sociedad toda – la responsabilidad por la conducta delictiva de los criminales. En nuestro país hemos tenido ejemplos de esto, por ejemplo, cuando actores del sistema judicial han responsabilizado públicamente al estado, o al pleno de la sociedad, por el comportamiento de los delincuentes. Es decir que las víctimas serían, en definitiva, victimarios, ya que en forma indirecta le han provocado un “daño” al delincuente, que lo ha llevado a delinquir. En ese caso, las víctimas del delito – aquellos que son rapiñados, secuestrados, incluso asesinados – no estarían libres de culpa, pues por formar parte de la comunidad, les cabría parte de la responsabilidad por el accionar del delincuente. Por lo tanto, no serían víctimas inocentes.
No deja de ser llamativo cómo, en las noticias policiales – y en artículos editoriales derivados del actual estado de inseguridad que vivimos – actores judiciales o expertos en ciencias de la salud mental, cuando son consultados, esbozan estas ideas en un intento de explicar la conducta delictiva, y también en un intento de proponer – y justificar – soluciones alternativas; soluciones alternativas que no pasen por el expediente tradicional del castigo, mediante la reclusión prolongada del delincuente; aunque ese expediente tradicional, al menos, signifique la protección de las personas honradas. Y resulta muy llamativo y revelador leer cómo, en las secciones de comentarios, o foros, de esos mismos artículos de prensa, los lectores reaccionan con enérgico rechazo a la idea de compartir responsabilidad en el comportamiento desviado de un criminal. Un coletazo de estas teorías es que, dicho groseramente, si la víctima no es tan inocente, el culpable no es tan culpable; en consecuencia, el castigo no debe ser tan severo. Por lo tanto, el miedo al castigo, uno de los tantos elementos básicos de control para asegurar la convivencia pacífica y segura en una comunidad, según la criminología clásica, ese miedo al castigo va perdiéndose, hasta llegar a una situación como la vivida actualmente en nuestro país. Situación en la que es posible reconocer – mediante observación simple – cómo el aumento en la aplicación de penas alternativas y excarcelaciones tempranas de los delincuentes, ha ido de la mano con el incremento alarmante de la criminalidad, de la violencia por parte de los delincuentes, y de la inseguridad que vive la población. ¿Qué fue primero? Y, más importante, ¿cuál es la solución efectiva para un problema tan complejo? Nadie parece saberlo.

El principio de responsabilidad individual está claramente expresado en las Sagradas Escrituras de la Biblia. Una afirmación contundente respecto a la determinación de Dios de dar el pago y aplicar el justo castigo a quienes infrinjan su Ley se expresa en el Antiguo Testamento en dos pasajes bien separados por varios siglos de lapso de tiempo, y en contextos también diferentes: el Señor “de ningún modo tendrá por inocente al culpable” (Números 14:18), “no tendrá por inocente al culpable” (Nahúm 1:3). Una aseveración similar sobre el justo castigo se lee en otro pasaje del Antiguo Testamento, también en un contexto distinto, pero también aplicable en forma general a todo aquel que es no es libre de culpa delante de Dios, por causa de sus pecados: “te castigaré con justicia: de ninguna manera te dejaré sin castigo” (Jeremías 30:11). Pero ese principio de responsabilidad individual se afirma en pasajes donde el Señor insiste en que sufrirá el castigo quien cometa el hecho delictivo o pecaminoso (términos intercambiables en la Biblia, sobre todo en el Antiguo Testamento): “Los padres no morirán por los hijos ni los hijos por los padres; cada uno morirá por su pecado” (Deuteronomio 24:16); este pasaje bíblico, en la traducción DHH, se lee de la siguiente manera: “Los padres no podrán ser condenados a muerte por culpa de lo que hayan hecho sus hijos, ni los hijos por lo que hayan hecho sus padres, sino que cada uno morirá por su propio pecado”. Haciendo abstracción de la dureza del castigo mencionado aquí – la pena de muerte, muy practicada en la antigüedad – la Ley de Moisés proscribía otra práctica también habitual en la antigüedad, que consistía en castigar a toda la familia de un criminal, por los hechos del mismo. En un pasaje semejante, también distante en el tiempo y en las circunstancias, pero en el que se establece el mismo principio, se lee: “El alma que peque, ésa morirá. El hijo no llevará el pecado del padre ni el padre llevará el pecado del hijo; la justicia del justo recaerá sobre él y la impiedad del impío recaerá sobre él” (Ezequiel 18:20); el mismo pasaje en la traducción DHH dice: “Sólo aquel que peque morirá. Ni el hijo ha de pagar por los pecados del padre, ni el padre por los pecados del hijo. El justo recibirá el premio a su justicia; y el malvado, el castigo a su maldad”. Además de que estos pasajes del Antiguo Testamentario anteceden y anuncian una verdad teológica fundamental del cristianismo, como es la afirmación del apóstol Pablo: “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23), los pasajes leídos antes nos muestran un principio teológico primordial, en relación a cómo Dios ve el pecado – o delito – del ser humano: recibe el castigo todo aquel que haya tenido participación en el hecho pecaminoso o delictivo, sea gestación, planificación, colaboración o ejecución; pero el que no tuvo nada que ver con el hecho, no. En el pasaje de Ezequiel 18 aparece una pregunta interesante, de parte de los oyentes del profeta: “¿Por qué el hijo no llevará el pecado de su padre?” (v. 19); pregunta que evidencia la mencionada práctica común en la antigüedad: castigar a quienes no habían tenido participación ninguna en el hecho pecaminoso o delictivo, y por lo tanto estaban libres de culpa, pero a quienes se consideraba responsables por el simple hecho de ser miembros de la misma familia del culpable. Estos se transformaban en víctimas inocentes. En cierta forma, visto desde este ángulo, considerar responsables a los miembros de una comunidad por los delitos de un delincuente perteneciente a esa comunidad, es una forma de retroceso. Aunque los castigos actuales no sean tan atroces, poner el estigma de la responsabilidad – de la culpa – sobre quienes no tuvieron nada que ver con el hecho delictivo o pecaminoso, y por lo tanto están libres de culpa, es reproducir víctimas inocentes. Eso no parece ningún avance.

Otra acepción del término víctima, que hasta ahora no consideramos, es la siguiente: Persona o animal sacrificado o destinado al sacrificio (http://www.wordreference.com/definicion/víctima). Este sentido, no tan utilizado hoy, se refiere al sacrificio expiatorio; es decir, cuando una vida es ofrecida en sacrificio para el perdón de los pecados del oferente. Se trata de una víctima inocente, que muere para que el culpable pueda ser redimido. Los sacrificios de animales fueron practicados por muchas religiones de la antigüedad, y aún hoy se practican en algunas partes del mundo. Parece que, desde muy antiguo en la historia de la humanidad, los seres humanos experimentaron la impresión de cómo el pecado, los hechos pecaminosos cometidos, indisponían frente a la divinidad, y exigían un pago. El judaísmo del Antiguo Testamento no fue la excepción, y en los primeros libros de la Biblia podemos leer acerca de los diferentes tipos de sacrificios, donde distintos animales eran ofrecidos como víctimas, para recibir el perdón. Pero en la Biblia, el sacrificio de una víctima por el pecado mostraba una verdad teológica profunda, ya mencionada antes en esta reflexión: “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23); como texto complementario, en Hebreos 9:22 se lee: “sin derramamiento de sangre no se hace remisión”; es decir, “no hay perdón de pecados si no hay derramamiento de sangre” (DHH). Esto del necesario derramamiento de sangre puede sonar sanguinario, violento y cruel para las conciencias contemporáneas y posmodernas, cargadas de conceptos sobre convivencia pacífica, tolerancia y derechos, incluso derechos de los animales; pero eso, a su vez, puede evidenciar hasta qué punto las ideas en boga en la actualidad han anestesiado esas conciencias respecto de los efectos graves y nocivos del pecado y la maldad de los seres humanos.

Respecto a los sacrificios de animales, practicados por el judaísmo del Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento tiene un par de precisiones de importancia. Por un lado, nos dice que no tenían la virtud de quitar completamente el pecado; al respecto de eso leemos: “la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados” (Hebreos 10:4); por eso, dice que esos sacrificios eran “sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas” (Hebreos 10:1). Es decir, no el sacrificio perfecto y final, sino apenas un reflejo de lo que vendría. ¿Por qué estos sacrificios no eran perfectos ni finales? Por la víctima ofrecida; un animal nunca podía ser la víctima perfecta para quitar el pecado de un ser humano. Ahora, ¿cuál era ese “bien venidero”? Una víctima perfecta, que quitaría el pecado definitivamente mediante su muerte, ofrecida como la vida de una víctima inocente, que moriría en lugar del culpable. ¿Quién era, o quién fue, esta víctima perfecta? La Biblia tiene la respuesta. El apóstol Pedro escribe a los creyentes diciéndoles “fueron rescatados de su vana manera de vivir, la cual recibieron de sus padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:18, 19). La profecía mesiánica del capítulo 53 de Isaías dice que Él “nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca” (v. 9). Volviendo a la epístola a los Hebreos, comparando con los sacrificios de animales, el escritor sagrado dice: “¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará sus conciencias de obras muertas para que sirvan al Dios vivo?” (9:14). Y otra vez vamos con el apóstol Pedro, quien escribió: “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu” (1 Pedro 3:18), pasaje que tiene una interesante versión en la traducción DHH: “Cristo mismo sufrió la muerte por nuestros pecados, una vez para siempre. Él era inocente, pero sufrió por los malos, para llevarlos a ustedes a Dios. En su fragilidad humana, murió; pero resucitó con una vida espiritual”.

Entonces, Jesucristo fue la víctima inocente perfecta, para enfrentar los graves efectos y las nocivas consecuencias del pecado y la maldad de nosotros, los seres humanos. Él murió por nuestros pecados; Cristo murió por nuestros pecados, para que podamos ser perdonados, redimidos, salvados con salvación eterna. Como dice el último texto que citamos: “para llevarnos a Dios”.

Estimado oyente, estimada oyente, permita que Jesús sea su víctima inocente y perfecta; el que perdone sus pecados, le dé salvación eterna, le dé una nueva vida de fe y esperanza, y le lleve a Dios.
Amén.

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

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