La gloria del hombre – Parte 1

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La gloria del hombre – Parte 1

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Gloria es, más que una palabra aislada, una expresión cargada de diversos significados. Poco habitual en el habla de todos los días, esta palabra aparece en frases coloquiales superficiales, a veces bien frívolas, para describir actividades o momentos de gran placer o disfrute, tales como: “para mí mirar el partido tomando una cerveza bien fría es estar en la gloria”. Fuera del uso religioso del término gloria, la acepción que viene a la mente con más fuerza, hoy casi privativa del mundo del deporte, es la que dice que la gloria “es la fama, el honor y la reputación que se obtiene gracias a los grandes logros o las buenas acciones” (https://definicion.de/gloria). Hoy en día, cualquier compatriota que escuche a un periodista deportivo hablar de las glorias de un equipo de fútbol –o las glorias de la celeste–sabe que se está hablando de la historia de triunfos, logros y hazañas de tal equipo deportivo, o de la selección. De igual manera, todos hemos escuchado decir a esos mismos periodistas que tal o cual futbolista –generalmente de épocas pasadas– es una gloria de nuestro deporte; y sabemos a qué se refiere: el tal deportista es alguien que “ennoblece o engrandece” a su equipo, o al deporte nacional. De igual modo, aunque menos frecuentemente, puede oírse hablar, por ejemplo, de un escritor, como gloria de las letras nacionales, o de un pintor como gloria del arte; o también de un profesional, de desempeño superlativo en su campo, como gloria de la universidad que fue su alma mater, y también de su país. Las glorias militares, sean por batallas ganadas o por la muerte con honor en el campo de batalla, fueron muy destacadas en otros tiempos, incluso en nuestro país; hoy en día, en cambio, ya no tienen buena prensa. No obstante, no podemos olvidar que todos, cuando cantamos el himno nacional uruguayo, repetimos –probablemente sin darnos cuenta de los que decimos– “orientales, la patria o la tumba; libertad, o con gloria morir”. De hecho, aquellos cuya función policial o militar les requirió portar armas, y que murieron en cumplimiento de su deber, son recordados con respeto y honra por sus compañeros, y por las instituciones a las que pertenecieron.

Hay muchos ejemplos de la gloria que puede alcanzar una persona, pero el más destacado –y más apetecido– es el reconocimiento público obtenido por alguien debido a su labor y sus logros; cuanto más alcance tengan dichos logros, cuanto más significativos sean para la comunidad, cuantas más personas conozcan lo que ha hecho, mayor será la gloria que tendrá. Para un deportista será ganar un campeonato; si es el torneo nacional, bien, pero si es un campeonato continental, o mundial, mayor gloria tendrá por su hazaña. Para un artista será obtener premios; si es un premio nacional, bien, pero si es un premio internacional y, sobre todo, uno de los muy prestigiosos, mayor gloria tendrá por su talento. Para un rescatista será salvar vidas; y cuantas más vidas haya salvado, sobre todo de una sola vez, mayor gloria tendrá por su valentía y heroísmo. Para un científico será realizar un descubrimiento que sea una contribución fundamental al acervo del conocimiento humano, y si además tiene un efecto directo en mejorar la vida de las personas, mayor gloria tendrá por un trabajo insigne que resultó en un aporte eminente a la humanidad. El sentido de gloria en estos casos, la gloria a la que accederá el artista, o el deportista, o el científico, o el que se juega la vida por otros, es el de fama: obtener el reconocimiento del público, hacerse popular, adquirir notoriedad, transformarse en una celebridad. Pero también –y asociado con esto– está el sentido de poder, honor, dignidad, e incluso majestad, todo contenido en ese término hoy tan poco usado, pero presente: gloria. ¿Qué futbolista no sueña con ser campeón del mundo? ¿Qué atleta no sueña con obtener una medalla de oro en los Juegos Olímpicos? ¿Qué actor no sueña con ganar un Oscar? ¿Qué científico no sueña con obtener un Premio Nobel? ¿Será que todos los seres humanos aspiramos a ganar fama? ¿Todos soñamos con el reconocimiento y el aplauso, con los elogios, con ser populares y célebres? ¿Todos queremos alcanzar la gloria? ¿Hay alguien que pueda decir que no le gustaría estar en el podio, levantando la medalla de oro, o en el escenario, mostrando la estatuilla dorada? ¿Qué impulsa a los seres humanos, a algunos al menos, a luchar por alcanzar la gloria? ¿Simplemente tener un trabajo para ganarse la vida, como dicen algunas estrellas de la televisión, haciendo gala de una consumada falsa modestia?

Hay otro sentido, otro significado, o quizás otro contenido, en el término gloria: el de trascender, el de dejar una huella para ser recordado, para que la memoria del nombre, y de la vida que uno ha vivido, perdure más allá de la muerte. Aunque sea un magro consuelo ante la obligatoriedad de la muerte, ante lo imposible de prolongar nuestra existencia para siempre, ser recordado es una forma de no desaparecer del todo. Y ser recordado como alguien que hizo grandes cosas, que ganó fama, que alcanzó la gloria, ayuda a conformarse a la idea de nuestra mortalidad, ya que implica que nuestra vida, nuestros logros, nuestros sueños y nuestras realizaciones, todo lo vivido, todo lo concretado, todos nuestros afectos y nuestra pasión por vivir, de alguna manera permanecerá. Una perspectiva casi tan terrible como la muerte es la de que, tras el fin de nuestro paso por este mundo, nuestro nombre caiga en el olvido. Seguramente haya quienes digan que tal cosa no les importa, ni les preocupa, ni es lo que buscan; me permito dudar de lo que afirmen, o de que lo hayan pensado bien. Perpetuarse mediante el recuerdo de lo que hicimos y de lo que fuimos, evocado por los que vengan después, es una forma de no morir del todo. Desde los grandes filósofos hasta los charlatanes de boliche repiten esto; y también los charlatanólogos de la academia.

Por supuesto, hay en esta manera de ver el carácter perecedero de nuestra vida, una gran falta de fe.

A propósito de la gloria y lo perecedero, cabe detenernos brevemente en, justamente, el carácter perecedero –o no– de la gloria del hombre. Es común que, por ejemplo, quienes somos cristianos, y quienes procuramos mirar la dimensión espiritual de las cosas humanas, y aún quienes procurar sacar de los hechos y conductas humanas una instrucción moral –una moraleja– admonitoriamente hablemos de lo perecedero y finito de la gloria que puede alcanzar un ser humano; además de lo vacía, hueca e insatisfactoria que tal gloria resulta, al final del día o al final de la vida. Sobre este último aspecto no parece haber cuestionamientos; pero acerca del carácter perecedero de la gloria del hombre, parece desmentirlo el recuerdo permanente que distintas culturas y naciones guardan de grandes personajes de la antigüedad, a veces de una antigüedad muy remota, y cómo muchos de esos grandes personajes han cruzado la frontera de culturas y civilizaciones, y sus nombres son recordados, conocidos y reconocidos aún hoy en día, por personas con, al menos, un nivel medio de instrucción formal. Si miramos, por ejemplo, la principal avenida de Montevideo, la capital de nuestro país, y arrancamos desde la Plaza Independencia, donde está el monumento ecuestre de nuestro prócer José Artigas –quien murió hace menos de doscientos años– hasta las puertas de la Biblioteca Nacional, donde están las estatuas de Cervantes y Sócrates –quienes vivieron uno hace aproximadamente cuatro siglos, y el otro hace dos mil cuatrocientos años– esos recordatorios de bronce, mármol y granito sugieren que las comunidades humanas recuerdan la fama, el honor y la reputación de aquellos que alcanzaron grandes logros, o realizaron buenas acciones.

¿La gloria del hombre es eterna?

Un aspecto de la gloria no comentado hasta ahora es justamente la acepción del término que refiere, no a la gloria del hombre, sino a la gloria divina. Si bien en el ámbito de la religión la gloria se refiere, según las definiciones, al “estado de los bienaventurados en el cielo” (https://definicion.de/gloria), o también al “paraíso, lugar a donde van los bienaventurados después de la muerte y en el que pueden disfrutar de la visión de Dios” (http://www.wordreference.com/definicion/gloria), la referencia apunta en último término a Dios. Es la gloria de Dios lo que hace que los bienaventurados en el cielo estén “en la gloria”. En la Biblia, la gloria de Dios tiene a veces la connotación de fama y renombre, sobre todo frente a los falsos dioses adorados por los seres humanos. Por ejemplo, en Isaías 42:8 se lee: “Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas”; en este pasaje, Dios se afirma como el Dios verdadero, el único digno de recibir el reconocimiento contenido en la adoración tributada por sus criaturas. Esta contraposición entre la gloria debida al único Dios verdadero, y los falsos dioses que no merecen ningún reconocimiento de los seres humanos, aparece en el salmo 115, el cual comienza de la siguiente manera: “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad” (v. 1); luego, continúa destacando la abismal diferencia entre Dios y los falsos dioses creados por los seres humanos: “Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho. Los ídolos de ellos son plata y oro, obra de manos de hombres. Tienen boca, mas no hablan; tienen ojos, mas no ven; orejas tienen, mas no oyen; tienen narices, mas no huelen; manos tienen, mas no palpan; tienen pies, mas no andan; no hablan con su garganta. Semejantes a ellos son los que los hacen, y cualquiera que confía en ellos” (v. 3-8). De esta manera, este salmo destaca esa distinción entre el Dios único, que no es representado por imagen alguna –algo prohibido por el segundo mandamiento– y los dioses de los pueblos paganos y politeístas, que eran representados –y hasta hoy son representados– por imágenes, fundamentalmente de escultura o tallado.

Más allá de todo esto, destaca el sentido de gloria de Dios como la majestad del Supremo Creador del universo, una majestad inalcanzable e impensable para cualquier ser humano. La creación, el universo a nuestro alrededor, es evidencia de la gloria de Dios, según el salmista: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Salmo 19:1); o como también dice el cántico del profeta Habacuc: “Su gloria cubrió los cielos, y la tierra se llenó de su alabanza” (3:3). En determinados pasajes de la Biblia, la majestad divina, sobrenatural y sobrehumana, esporádicamente aparece en la forma de manifestaciones físicas aterradoras e incomprensibles; los siguientes son algunos ejemplos: “Aconteció que al tercer día, cuando vino la mañana, vinieron truenos y relámpagos, y espesa nube sobre el monte, y sonido de bocina muy fuerte; y se estremeció todo el pueblo que estaba en el campamento. Y Moisés sacó del campamento al pueblo para recibir a Dios; y se detuvieron al pie del monte. Todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego; y el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía en gran manera. El sonido de la bocina iba aumentando en extremo; Moisés hablaba, y Dios le respondía con voz tronante” (Éxodo 19:16-19); “Entonces una nube cubrió el tabernáculo de reunión, y la gloria de Jehová llenó el tabernáculo. Y no podía Moisés entrar en el tabernáculo de reunión, porque la nube estaba sobre él, y la gloria de Jehová lo llenaba” (Éxodo 40:34, 35); “la casa se llenó de una nube, la casa de Jehová. Y no podían los sacerdotes estar allí para ministrar, por causa de la nube; porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Dios” (2 Crónicas 5:13b, 14). La gloria de Dios, en estos pasajes, es presentada como una manifestación sobrenatural que atemoriza a los seres humanos y les impide aproximarse. Una nube luminosa, una luz muy potente, un sonido aterradoramente fuerte, la Biblia cataloga estos fenómenos físicos como la gloria de Dios; la exhibición ante los ojos humanos de la naturaleza extraña y ultraterrena del Ser Supremo, cuya sola proximidad puede afectar físicamente al ser humano, y que, si se mostrara en toda la vastedad infinita de su Ser, llegaría a ser fatal para el mismo. Dos pasajes del Antiguo Testamento son paradigmáticos en este sentido. Los efectos que una visión y la presencia de un ángel –sólo un ángel– tuvo en el profeta Daniel: “Quedé, pues, yo solo, y vi esta gran visión, y no quedó fuerza en mí, antes mi fuerza se cambió en desfallecimiento, y no tuve vigor alguno. Pero oí el sonido de sus palabras; y al oír el sonido de sus palabras, caí sobre mi rostro en un profundo sueño, con mi rostro en tierra”, “uno con semejanza de hijo de hombre tocó mis labios. Entonces abrí mi boca y hablé, y dije al que estaba delante de mí: Señor mío, con la visión me han sobrevenido dolores, y no me queda fuerza. ¿Cómo, pues, podrá el siervo de mi señor hablar con mi señor? Porque al instante me faltó la fuerza, y no me quedó aliento” (Daniel 10:8, 9, 16, 17); el otro, la afirmación de Dios, cuando Moisés pide ver el rostro divino: “El entonces dijo: Te ruego que me muestres tu gloria. Y le respondió: Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti; y tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente. Dijo más: No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá” (Éxodo 33:18-20). Esto son algunos de los pasajes del Antiguo Testamento que hablan del efecto que tendría sobre el mundo físico la manifestación visible de la gloria de Dios. Como también dice en el cántico de Habacuc: “La tierra tiembla cuando él se detiene; se estremecen las naciones cuando las mira; las viejas montañas se derrumban y se deshacen los montes antiguos; pero los caminos de Dios son eternos” (3:6; DHH).

¿Qué es la gloria del hombre en comparación? El apóstol Pedro nos da una semblanza, sobre la que continuar reflexionando; 1 Pedro 1:24, 25 dice: “Toda carne es como hierba, y toda la gloria del hombre como flor de la hierba. La hierba se seca, y la flor se cae; mas la palabra del Señor permanece para siempre”.

 

Leer “La gloria del hombre – Parte 2”

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

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