La mega familia de la mega fe – Parte 1

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La mega familia de la mega fe – Parte 1

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

¿En qué es mejor una mega iglesia, donde centenares, o miles de personas se congregan cada domingo y otros días de culto, que una pequeña iglesia evangélica de barrio? ¿En qué es mejor una pequeña congregación evangélica, inserta en una calle común, entre vecinos, que una iglesia gigante, reunida en un antiguo cine, u otro tipo de salón enorme, convertido en templo evangélico, y ubicada en una avenida o en una zona céntrica de la ciudad? ¿Pero es que es válido plantear las cosas en términos de mejores y, por lo tanto, peores? ¿Es legítimo que hablemos de si una es mejor que otra? ¿O sería más adecuado considerar que esos dos distintos tipos de congregación – o iglesia – son en realidad expresiones diferentes de la vitalidad espiritual del cristianismo evangélico? ¿Qué características de una mega iglesia pueden atraer a los creyentes que migran de sus pequeñas congregaciones hacia los grandes templos evangélicos? Y, por otro lado, ¿qué pueden ofrecer las pequeñas congregaciones barriales, que las mega iglesias jamás podrán proporcionar?

El tema puede resultar curioso para aquellos que no son miembros de una iglesia evangélica; personas que creen en Dios y en Jesucristo, que tienen interés en las cosas espirituales – y en la espiritualidad que ofrece la Biblia – pero que no concurren regularmente a una congregación evangélica; también aquellos que jamás han pisado ni tienen planes de pisar una iglesia evangélica – o de otro tipo – pero sí procuran escuchar regularmente programación radial o televisiva evangélica, o leer literatura evangélica, porque comparten opiniones y principios con la fe cristiana, o les resulta inspirador, de consuelo, de fortaleza y de esperanza escuchar el mensaje de la Palabra de Dios, contenido en la Biblia; y hasta aquellos que, incrédulos, agnósticos o indiferentes a Dios y a las cosas espirituales, dan con un programa radial o televisivo evangélico, o con literatura evangélica, y deciden escuchar, o leer, para enterarse de lo que se dice. Pero incluso estos últimos, aunque estén a años luz de entrar a una iglesia evangélica, o sólo entrarían equivocados o para ir a una boda, por ejemplo, pueden reconocer algo en el paisaje urbano: en las grandes avenidas y en zonas céntricas de la ciudad – o en las zonas céntricas de los barrios más populosos – grandes recintos, generalmente antiguas salas de cine, han sido convertidos en templos evangélicos de distinto apellido, y ofrecen servicios religiosos, a veces, varias veces al día, todos los días; por otro lado, una recorrida por el interior de un barrio, por las calles poco transitadas y tranquilas, permite de tanto en tanto reconocer un pequeño local, a veces el garaje de una casa, o un local comercial no muy grande, con carteles que lo presentan como iglesia evangélica, con días y horarios de reunión, fuera de los cuales ese local – esa iglesia – generalmente permanece cerrado. En un país de herencia cultural y religiosa católica como el nuestro, lo que es claro es que muy pocas iglesias evangélicas presentan las fachadas de aspecto antiguo y augusto, tradicionalmente asociadas con la arquitectura religiosa. En general, la gran mayoría de las iglesias evangélicas no parece “iglesia”; habitualmente las mega iglesias y las pequeñas congregaciones de barrio comparten eso. Por lo demás, hay diferencias interesantes.

No parece que pueda haber duda de que la madre de todas las diferencias entre una mega iglesia y una pequeña congregación evangélica barrial es la masificación que se da en las del primer tipo. La multitud de personas que asisten a una mega iglesia – en nuestro país cientos, tal vez miles en algunas; miles o más en otros países – esas multitudes generan un ambiente anímico y emocional particular que se retroalimenta de los dirigentes de la reunión de culto a la concurrencia, y de regreso a los dirigentes de la reunión, y entre los mismos concurrentes. El entusiasmo, la alegría, la atmósfera de festejo, sobre todo durante la música y el canto, que generalmente es dirigido por bandas de músicos y cantantes que se demuestran muy virtuosos en lo que hacen, pueden confundirse con la apetecida “unción espiritual”; de hecho, a menudo se toman por tal. Esa confusión es común, al punto que los nuevos aprenden que esa atmósfera particular de exaltación propiciada por la multitud enfervorizada, es producto de la obra del Espíritu Santo; en otras palabras, la presencia del Espíritu de Dios se manifiesta casi exclusivamente en gritos, risas, júbilo, a veces llanto, aplausos y baile. El ambiente de fervor retroalimentado que se da en las grandes convenciones y campañas evangelísticas se reproduce cada domingo en una mega iglesia, porque cuenta con los ingredientes clave: liderazgos fuertemente carismáticos – a veces similar al de los caudillos políticos – música ejecutada con profesionalismo y amplificada con equipos de excelente calidad, y sobre todo, la muchedumbre; una muchedumbre cuyos miembros se estimulan al ver la cantidad de gente que concurre a la iglesia, que canta, que bate palmas, que se siente libre de exteriorizar sus sentimientos, de levantar el volumen de voz – incluso de gritar – y de acompañar la música con pasitos de baile, porque está inmerso en un mar de gente que hace lo mismo, con libertad, sin vergüenza, sin atarse a convencionalismos sociales; todo lo cual hace de cada domingo un “avivamiento”. Esta noción de un avivamiento continuo, de un mover de Dios continuo en ese lugar, hace sumamente atractiva la mega iglesia para cristianos de congregaciones pequeñas, poco informados de los contenidos doctrinales de las Sagradas Escrituras, y que van de un lado al otro buscando una unción especial de Dios, procurando encontrarla allí donde alguien les dice que hay “mover de Dios”, y que resultan ser como hojas secas de otoño “llevados por doquiera de todo viento de doctrina” (Efesios 4:14).

Al mencionar liderazgos carismáticos como ingrediente de este tipo de movimientos de fe, la referencia no es a los “carismas” bíblicos, es decir, los dones del Espíritu Santo que aparecen enumerados en el Nuevo Testamento, en pasajes como 1 Corintios 12:8 – 10, o Efesios 4:8 – 11; el sentido pasa más por el carisma personal que puede tener un predicador religioso, pero también – como se insinuó – un político, un conferencista, un profesor, un artista, una estrella de cine o televisión. El carisma personal de los líderes, en cualquier campo o disciplina, que le otorga un magnetismo personal, que le permite atraer la admiración de sus seguidores, convencerlos sin cuestionamientos de sus ideas, opiniones y creencias, y estimularlos, cuando no incitarlos, a ejecutar actos impensados, a veces irracionales. Ese carisma personal que es definido como “la cualidad que pasa por extraordinaria (condicionada mágicamente en su origen, lo mismo si se trata de profetas que de héroes o de hechiceros, jefes de cacería o caudillos militares) de una personalidad por cuya virtud se considera en posesión de fuerzas sobrenaturales o sobrehumanas – o por lo menos específicamente extra cotidianas o no asequibles a cualquier otro – o como enviados de Dios, o como ejemplar, y en consecuencia, como jefe, caudillo, o líder1. Por la fuerza de la evidencia debemos reconocer que muchos líderes de mega iglesias se ajustan a este tipo de carisma, y sobre ese liderazgo carismático se basa el aparente “éxito” del movimiento de fe que la mega iglesia representa.

Las mega iglesias han sido, desde hace un buen número de años, ejemplo de perlas para los propulsores del iglecrecimiento; es decir, del movimiento que pone énfasis en el crecimiento numérico continuo de las iglesias evangélicas. Un crecimiento que conduce a las congregaciones evangélicas a transformarse en grupos multitudinarios. Al llegar a este punto es que vamos a hacernos un par de preguntas: la masificación de la congregación, el hecho de que una enorme cantidad de gente concurra a una iglesia, ¿es evidencia de la presencia y operación del Espíritu Santo de Dios en ese lugar? Y, por otra parte, ¿es positivo el énfasis en el iglecrecimiento?

Hay tratados y libros sobre iglecrecimiento. Esta reflexión quiere ser sólo una aproximación. El iglecrecimiento – o crecimiento numérico de miembros de una iglesia o congregación local – ha sido muy apetecido, sobre todo en las últimas décadas. Los relatos acerca de iglesias evangélicas – ubicadas en países con otra cultura y otra idiosincrasia – que tienen concurrencias multitudinarias cada domingo, han estimulado a pastores y líderes evangélicos a procurar reproducir el fenómeno en nuestro país; más allá de que algunos movimientos y denominaciones evangélicas hayan logrado tener congregaciones de algunos cientos, o miles, de miembros, no hay registro en nuestro país de iglesias multitudinarias con decenas – o cientos – de miles de miembros, de las que se nos habla que existen en lugares como Estados Unidos, Corea del Sur, o algunos países de América Central, y también en nuestros vecinos inmediatos, Argentina y Brasil. Pero, además de la ya mencionada distinta cultura e idiosincrasia del pueblo al que se predica el evangelio, que lleva a que la población del país responda de una forma muy diversa al llamado evangelístico a la entera conversión a Cristo, el aspecto numérico – la cantidad de población del país – indudablemente incide al considerar cuántos responderán al evangelio. Jesús enseñó en la parábola del sembrador que no todos responderían al llamado; la semilla de la Palabra de Dios no germinó ni dio fruta en todos; ni siquiera en la mitad; sólo en la cuarta parte. Decir que con el Espíritu Santo vamos a conquistar el mundo – o el país – para Cristo funciona muy bien como arenga tribunera, para exaltar a una multitud de creyentes reunidos en una gran convención evangélica; o en una mega iglesia. Pero en los hechos no se comprueba, ni tiene respaldo bíblico.

También tiene que ver con ese crecimiento numérico, cuán diluido o concentrado esté el mensaje predicado. ¿Qué significa eso? Recién se mencionó la entera conversión a Cristo; ese era el llamado original de los primeros predicadores cristianos, hace casi dos mil años. El arrepentimiento de pecado, el abandono de la vida pecaminosa que desagrada a Dios, el cambio tan radical que configura – en palabras de Jesús – un nuevo nacimiento, una nueva vida en Cristo, la santificación, y la vida dedicada a servir a Dios, ese es un mensaje evangelístico concentrado. Se podría decir que es, en palabras del apóstol Pablo, predicar “todo el consejo de Dios” (Hechos 20:27). El mensaje diluido es aquel que promete con liberalidad que Dios hará, casi de inmediato, todo lo necesario para que las personas dejen de sufrir, de ser infelices, de pasar por dificultades y problemas, con casi cero o cero demandas de tipo moral, tales como dejar los malos caminos, abandonar los hábitos pecaminosos, cambiar de vida, ser una nueva criatura en Cristo; lo mencionado anteriormente. Este tipo de mensaje diluido es el que más respuesta tiene, el que más personas atrae, porque promete mucho, pero pide poco. Y no hablamos de pedir dinero, que eso algunos sí piden, y mucho; y otros pagan con gusto, porque creen – o les hacen creer – que pagando recibirán la bendición tan deseada, que por otros medios no pueden alcanzar. Lo que pide un mensaje evangelístico cristiano auténtico es fe; es lo que pide Dios, lo que pidió Jesús de sus oyentes. Cuando al Señor le preguntaron: “¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?” (Juan 6:28), Él respondió: “Esta es la obra de Dios, que crean en el que él ha enviado” (v. 29). Pero tenemos que entender que la fe que pide el Señor, es la fe que transforma la vida por completo. Esa es la fe que salva.

Volviendo al iglecrecimiento, indudablemente tiene aspectos positivos; cuantos más crean, se conviertan y bauticen, más serán los salvos por la fe, arrebatados de las garras del diablo, redimidos por la sangre de Jesús, camino de la vida eterna. También, más serán los discípulos que seguirán al Maestro, que pondrán en práctica sus enseñanzas, y que divulgarán la Palabra de Dios con su predicación, su vida y sus hechos. Además, el iglecrecimiento, con el consiguiente crecimiento numérico importante de una congregación, será una fuente de fortaleza institucional frente a la comunidad, y ante las autoridades; en otras palabras, la comunidad y las autoridades se verán obligadas a tomar en cuenta una institución eclesiástica que nuclea a tanta gente. Por otro lado, el iglecrecimiento tiene algunos bemoles, algunos aspectos negativos, entre los que cabe mencionar, por ejemplo, que puede ser visto como una fuente de prestigio para los pastores y líderes del movimiento; y prestigio, no sólo ante los creyentes de esa mega iglesia, o de otras, sino incluso ante los de afuera. Lo dicho recién, cuando una institución eclesiástica aglutina mucha gente, las fuerzas vivas de la comunidad, e incluso las autoridades, se ven obligadas a tenerla en cuenta, y eso sobre todo en la figura de sus dirigentes. El inconveniente no es el prestigio en sí; sabemos que el mundo se mueve de esa manera, catalogando a las personas en más o menos importantes, pero los hombres y mujeres de Dios llenos del espíritu de humildad de Jesús no deberían poner eso en el primer lugar de importancia; el verdadero problema es cuando los líderes evangélicos procuran – por no decir ambicionan – el iglecrecimiento, en la búsqueda del prestigio, ante los cristianos y los de afuera.

Lo mismo sucede con la otra pega del iglecrecimiento: el aumento de los ingresos económicos, en ofrendas y diezmos, fruto natural del cada vez mayor ingreso de personas al padrón de miembros de la iglesia. Que las arcas de la iglesia se engorden de dinero porque más y más gente acude y se hacen miembros, no es el problema real. El auténtico problema, que puede llegar a transformarse en escándalo, es cuando los dirigentes buscan el iglecrecimiento, y lo explotan, para engordar sus bolsillos.

La alternativa a todo este asunto de la mega iglesia, con su mega show religioso, es la pequeña congregación barrial, que funciona como una verdadera familia de la fe. De eso hablaremos, en la siguiente entrega.

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

1) http://www.monografias.com/trabajos101/carisma-eva-peron/carisma-eva-peron.shtml#lahistoria#ixzz5ElT7Skb3.

1 Comment

  1. alba dice:

    MUY INTEREZANTE EL TEMA LO ENCONTRE TARDE Y LO VOY A REBISAR —- LAS PEQUEÑAS IGLESIAS DE BARRIO SE VEN FAMILIAR … NO SON NI MEJORES NI PEORES SIMPLEMENTE QUE EN LAS PEQUEÑAS CONGREGACIONES PODES SENTIR ABIERTAMENTE UNA REALIDAD (( EL AMOR ) QUE ES LO QUE EL MAESTRO ENSEÑO Y LO RECALCO BUENAS NOCHES EL PROXIMO TEMA LO SEGUIMOS …SHALOM

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