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La mega familia de la mega fe – Parte 2

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

El músico de rock estadounidense John Mellecamp dice en su popular canción Small Town, de 1985, que el “temor de Jesús” le había sido enseñado en un pueblo pequeño. Y aunque habla de los pequeños pueblos del interior profundo de su país –como también nosotros podemos hablar de alguno de los muchos pueblos de nuestro interior profundo– en el contexto del tema sobre el cual estamos reflexionando, es tentador hablar de las pequeñas congregaciones evangélicas barriales, en las cuales, como mucho, se reúnen unas pocas decenas de personas, como de un pueblo pequeño. De hecho, es bastante habitual en las iglesias evangélicas de poca membresía que los cristianos se refieran a sí mismos, tanto en la predicación como en la oración, como un remanente; y aunque remanente significa una sobra, o un resto, el sentido que se le da es el de un pueblo pequeño (un reducido grupo de personas). Un remanente es, efectivamente, un reducido grupo de personas que quedó luego de algún evento traumático o catastrófico que alejó, hizo desaparecer o incluso destruyó a la mayoría de la población. Ese parece ser el significado en algunos pasajes bíblicos tales como: “ahora por un breve momento ha habido misericordia de parte de Jehová nuestro Dios, para hacer que nos quedase un remanente libre, y para darnos un lugar seguro en su santuario, a fin de alumbrar nuestro Dios nuestros ojos y darnos un poco de vida en nuestra servidumbre” (Esdras 9:8); “El remanente, los que quedaron de la cautividad, allí en la provincia, están en gran mal y afrenta, y el muro de Jerusalén derribado, y sus puertas quemadas a fuego” (Nehemías 1:3); “¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia” (Miqueas 7:18). El uso repetido del término remanente en las iglesias evangélicas, sobre todo en aquellas en las que, habiendo tenido una membresía numerosa, han quedado pocas personas, parece evocar la noción de, por un lado, que la congregación debería ser más grande, pero algo sucedió y quedaron unos pocos; y, por otra parte, los pocos que quedaron son los verdaderamente fieles al Señor. Esto forma parte habitual de la psicología de una pequeña congregación evangélica.

Pero volviendo al rockero mencionado al inicio, es interesante que en la letra de su canción Small Town –la cual no es la letra de un himno cristiano ni mucho menos– mencione que en un pequeño pueblo le enseñaron el temor de Jesús; no canta que en ese pequeño pueblo le enseñaron acerca de Jesús, o a creer en Jesús, sino el temor de Jesús. ¿Por qué destacar esto? Porque en la Biblia, sobre todo en el Antiguo Testamento, el temor de Dios es un concepto muy repetido. Un concepto que, como cualquier cristiano evangélico sabe, significa no el miedo a Dios, sino la debida reverencia al Altísimo. Una reverencia nacida de la fe, la devoción y el amor a Dios, una reverencia que motiva e impulsa a obedecer los mandamientos de Dios, y que, por lo tanto, constituye el principio de la sabiduría (Proverbios 1:7); es decir, la guía para conducirse en la vida en forma recta, justa y honrada, según los preceptos divinos, y alcanzar así una vida venturosa y bendecida por el Señor.

Entonces, como ya dijimos, contrapuesta a la mega iglesia está la pequeña congregación de barrio. La mega iglesia a veces impresiona como una multitud de anónimos. No en todos lados ha de ser necesariamente así, pero sucede –como lo he comprobado personalmente– que, en un lugar con muchedumbre de concurrentes, una persona puede entrar, oír el servicio del culto, incluso cantar lo que se canta, y también escuchar la predicación del evangelio, y luego irse, sin saber el nombre de nadie, ni que nadie sepa su nombre. Esto no significa que en una mega iglesia no haya personas sinceras y genuinas en su fe en Cristo, que tengan presente como valor fundamental un aspecto esencial del evangelio, como es el amor que mueve a interesarse por las almas, buscar a las personas, captar a los perdidos para atraerlos a la fe en Jesús. La falta de amor no es necesariamente el obstáculo; sí puede serlo la falta de organización para manejar una gran multitud, de modo que nadie quede sin una palabra de bienvenida, sin un saludo amistoso y fraterno, sin el calor humano de un apretón de manos, un abrazo o un beso, dados con sincero amor.

Frente a esto, la pequeña iglesia tiene la ventaja de funcionar como una familia. Es una iglesia-familia, en la que todos se conocen por nombre, conocen las familias de cada uno –incluso quienes son los familiares que no comparten la fe– saben en qué trabaja o qué estudia cada hermano y hermana, están al tanto de sus problemas, necesidades, anhelos y logros, oran unos por otros, participan en los ministerios de la obra, y a veces, hasta se juntan para hacer cosas que no tienen relación con las actividades de la iglesia, como comer juntos, ir al cine o viajar. En este sentido, la iglesia permite conocer personas con las que se puede entablar amistades sinceras, desinteresadas y genuinas; es decir, verdaderas amistades. Es verdad que la iglesia es mucho, muchísimo más que un club de amigos; pero también puede ser algo así como un club de amigos. Yo no tengo problema en que la iglesia sea, además, un club de amigos. Pero para quienes son miembros de una congregación, y dicho grupo de personas es su referente social y relacional, la iglesia es –y debe fungir como– una familia.

La iglesia del Nuevo Testamento es modelo de iglesia para todas las épocas, y a la misma es que los cristianos evangélicos miramos, por ser bibliocentristas y porque se nos ha enseñado a ver la “iglesia primitiva” –o iglesia de los días de los apóstoles– como un paradigma de la iglesia del Señor. Si bien una lectura detenida de los libros del Nuevo Testamento, posteriores a los evangelios, muestra los errores, defectos, faltas y aún pecados en que incurrían los cristianos primitivos, las enseñanzas de Jesús y los apóstoles apuntan a un ideal de iglesia, conforme a la voluntad de Dios; y en ese ideal, directa o indirectamente, la noción de iglesia como familia espiritual –o familia de la fe– sale en muchos versículos. Ejemplo primordial de esto son las palabras de Jesús en Lucas 8:21: “Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la obedecen”; según el relato contenido en este pasaje Jesús, avisado de que su madre y sus hermanos querían verle, pero no podían llegar hasta Él por causa de la multitud que oía sus enseñanzas, hizo la afirmación precedente, privilegiando sobre su familia de sangre a aquellos que siguieran las enseñanzas de la Palabra de Dios. De esta manera definía a los creyentes como una familia espiritual. El apóstol Pablo llama a los cristianos de Galacia de forma similar, cuando dice: “según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y especialmente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:10), refiriéndose a la iglesia como una familia que comparte la fe en Jesucristo. Asimismo, Pablo toma una imagen de familia cuando le dice a los cristianos de Tesalónica, que le eran particularmente queridos: “nos portamos con ternura entre ustedes, como cuida una madre con amor a sus propios hijos” (1 Tesalonicenses 2:7). La propia naturaleza de la comunidad cristiana primitiva, en la que individuos de distinta nacionalidad, etnia, condición social y poder adquisitivo, haciendo caso omiso de sus diferencias se unían como hermanos, tratándose como tales, hijos de un mismo Padre, y unidos por el amor, evoca fuertemente que, para aquellos cristianos, la iglesia era una familia; tal vez para muchos, la única familia que habían conocido, o la única en la que habían sido tratados con verdadero amor.

El Nuevo Testamento tiene otros ejemplos muy atractivos de esta característica de la primitiva comunidad cristiana, la de funcionar como una gran familia espiritual. Uno de ellos está dado por las salutaciones en las cartas apostólicas. Dado que el apóstol Pablo fue el más usado por el Espíritu Santo para escribir esta literatura epistolar que pasó a formar parte de la Palabra de Dios, sus cartas son las que más exhiben dicha característica. En el capítulo final de la epístola a los Romanos, Pablo envía saludos para Priscila y Aquila, un matrimonio de predicadores cristianos, y para Epeneto, María, Andrónico Junias, Amplias, Urbano, Estaquis, Apeles, los de la casa de Aristóbulo, Herodión, los de la casa de Narciso, Trifena y Trifosa (¿hermanas?), Pérsida, Rufo y su madre, Asíncrito, Flegonte, Hermas, Patrobas, Hermes, Filólogo, Julia, Nereo y su hermana, y Olimpas. En el espacio de unos pocos versículos, el apóstol menciona a veintiocho personas. ¿Podría ser, como se ha sugerido, que el demostrar conocerlos fuera usado por Pablo como táctica para fundamentar su autoridad apostólica? Podría ser; pero el punto es que los conocía. Al final de su primera epístola a los Corintios, Pablo menciona a Estéfanas y su familia, a Fortunato, Acaico, y nuevamente a Priscila y Aquila. La epístola a los Colosenses es otra en la que abundan los nombres de los que envían saludos y los que los reciben: Tíquico, Onésimo, Aristarco, Marcos, Jesús llamado Justo, Epafras, Lucas, Demas, Ninfas y Arquipo; once personas en total. El último capítulo de la segunda epístola de Pablo a Timoteo, el legado final del apóstol antes de su ejecución en Roma, menciona nuevamente a Priscila y Aquila, y a Onesíforo, Erasto, Trófimo, Eubulo, Pudente, Lino y Claudia. Nueve personas en una carta muy personal. Mención especial merece la epístola a Filemón, en la cual el apóstol Pablo se dirige personalmente a dicho pastor cristiano del primer siglo, y a la hermana Apia, probablemente la esposa de aquel, y aparece nuevamente Arquipo, seguramente un colaborador de Filemón, quizás hasta su hijo, para luego interceder por Onésimo, un esclavo convertido al cristianismo. En todos estos pasajes, poco predicados desde los púlpitos de nuestras iglesias evangélicas, se percibe un relacionamiento muy cercano, un vínculo estrecho y profundo entre aquellos primeros cristianos, basado en el amor mutuo y en el mutuo interés el uno por el otro. La fe en Cristo y el amor de Dios unían y daban cohesión a la primitiva comunidad cristiana, cuyos miembros se sentían hermanos y hermanas los unos de los otros, y se preocupaban sinceramente cada uno por el otro. Como una familia; pero una familia de las buenas y verdaderas, una familia en la que hay amor, cuidado y protección de todos hacia cada uno de los integrantes de la misma. Un tipo de familia que necesitamos rescatar, y volver a construir, en nuestros hogares y en nuestras congregaciones.

Los primeros cristianos judíos mantenían al inicio su contacto con el culto judío en el Templo de Jerusalén, pero paulatinamente fueron desvinculándose del mismo; esto se debió a factores tales como la persecución desatada luego del martirio del diácono Esteban, la apertura que significó la predicación a los gentiles, con el consiguiente ingreso de no judíos a las primitivas comunidades de discípulos de Jesús, y la resistencia enconada del judaísmo ortodoxo a reconocer –en Jesús de Nazaret– al mesías prometido. Los predicadores cristianos fueron paulatinamente retirándose también de las sinagogas, y este fenómeno se ve por ejemplo en Hechos 13:46, cuando los apóstoles anunciaron el evangelio en la sinagoga judía de Antioquía de Pisidia: “Pablo y Bernabé, hablando con denuedo, dijeron: A ustedes a la verdad era necesario que se les hablase primero la palabra de Dios; mas puesto que la desechan, y no se juzgan dignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles”. Sin templo y sin lugares dedicados a la reunión y el culto –lo que nosotros hoy en día llamamos “iglesias”– los primeros cristianos pasaron a celebrar sus cultos y su vida comunitaria de fe en casas de familia. Así, leemos por ejemplo que cuando el apóstol Pedro, encarcelado por el rey Herodes, fue liberado en plena madrugada por un ángel, “llegó a casa de María la madre de Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos, donde muchos estaban reunidos orando” (Hechos 12:12). Este es un ejemplo paradigmático de la función de la iglesia como familia que se preocupa por uno de sus miembros, y hace lo que está a su alcance por su bienestar; porque Lucas nos informa que, cuando Pedro fue encarcelado: “la iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él” (Hechos 12:5). Aquellos cristianos recurrieron a su mejor arma para procurar el bien de un integrante de la comunidad: orar día y noche por un miembro de la familia de la fe; esto, en una casa de familia. Las reuniones de los miembros de la comunidad cristiana del primer siglo, además de celebrarse en bosques y cementerios, continuaron en casas de familias cristianas, como se desprende de algunos párrafos del Nuevo Testamento, como los saludos finales a la iglesia de Roma, donde se lee: “Saluden a Priscila y a Aquila, mis colaboradores en Cristo Jesús… Saluden también a la iglesia de su casa” (Romanos 16:3, 5); también en los saludos finales a la iglesia de Colosas aparece lo siguiente: “Saluden a los hermanos que están en Laodicea, y a Ninfas y a la iglesia que está en su casa” (Colosenses 4:15); y en la mencionada epístola personal a Filemón, Pablo comienza escribiendo un afectuoso saludo a su amigo y la familia de éste, diciendo: “al amado Filemón, colaborador nuestro, y a la amada hermana Apia, y a Arquipo nuestro compañero de milicia, y a la iglesia que está en tu casa” (Filemón 1,2). Así que, en la época más primitiva de la naciente iglesia cristiana, los discípulos de Jesús se reunían como familia espiritual, en casas de familias cristianas, constituyendo –mediante el vínculo de la fe y el amor– una extensión, para cada uno, de su familia; una familia que contenía y apoyaba con amor.

Si vamos más atrás, hacia los evangelios, vemos que el mismo Jesús de Nazaret, conforme avanzaba su ministerio, arrastró cada vez más discípulos; en Lucas 19:37, el relato de la entrada triunfal en Jerusalén, se habla de “la multitud de los discípulos”. Sin embargo, todos los evangelios coinciden en algo: Jesús eligió a un pequeño grupo de discípulos, doce en total, para que estuvieran continuamente con Él (Marcos 3:14). Ese pequeño grupo de hombres compartieron con el Maestro techo y comida, descanso y sueño, viajes, trabajo y predicación, atención de personas, como la distribución del alimento a multitudes de miles, temores como los sufridos durante tormentas en medio del mar, esperanzas, tristezas, y también alegrías. Esos hombres llegaron a ser sus amigos (Juan 15:14, 15), y Jesús, ya resucitado, los llamó sus hermanos (Mateo 28:10; Juan 20:17).

Aún grandes congregaciones han buscado ese fraccionamiento, que no divide sino fortalece la experiencia de vida comunitaria de fe; no sólo para crecer, también para proporcionar a sus miembros el indispensable contacto humano y fraternal. El pequeño grupo; el pequeño grupo, donde el amor y el cuidado de los unos por los otros haga sentir, a cada uno, en familia. Tal vez a muchos los haga sentir por primera vez en mucho tiempo, o por primera vez en su vida, en casa. Porque cuando sentimos que estamos en casa, somos felices.

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

1 Comment

  1. Pablo vazquez dice:

    Muy bueno sigan que DIOS esta con ustedes excelente reflección

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