Cruzando la tierra de nadie

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Cruzando la tierra de nadie

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Cuando en el año 2005 un equipo de médicos y enfermeros cristianos evangélicos uruguayos fuimos a trabajar en ayuda humanitaria con las víctimas del tsunami del año 2004 en Sri Lanka, un país situado en el sur de Asia, vivimos una experiencia muy particular. Durante la preparación, antes de partir, nos informamos lo más completamente posible sobre el lugar al que íbamos: cultura, forma de gobierno, costumbres, religión, algo de leyes, enfermedades endémicas, recursos para el trabajo que haríamos, entre varias otras cosas. En esa preparación supimos que Sri Lanka llevaba, en ese momento, más de un cuarto de siglo de guerra civil entre la población cingalesa, autóctona de la isla, y una minoría tamil llevada allí como fuerza de trabajo desde la India por lo británicos, en siglos anteriores. Los tamiles de Sri Lanka luchaban por una serie de reivindicaciones para su pueblo. Pero a pesar de lo minuciosa que procuramos que fuera nuestra preparación, viajamos convencidos de que la guerra civil había terminado. Fue luego de aterrizar, cuando íbamos adentrándonos en el país, que nos aclararon que la guerra no había terminado; el gobierno y la guerrilla tamil sólo estaban en tregua. Cuando ya llevábamos varias semanas en la isla, los coordinadores locales del trabajo médico humanitario nos propusieron entrar en una región del país que estaba bajo el control de la guerrilla, para trabajar allí también. Luego de una reunión del grupo, en que decidimos por unanimidad aceptar la propuesta, partimos hacia dicha región. La invitación a entrar en el territorio de la guerrilla conllevaba una experiencia particular, que fue cruzar una doble frontera, una controlada por el ejército nacional del país, y la otra controlada por la guerrilla tamil. Una vez pasado el control del ejército, antes de llegar al control de la guerrilla, las camionetas cruzaron aproximadamente un quilómetro de “tierra de nadie”.

Ir desde el territorio donde el gobierno mantenía el control, a una zona bajo el dominio de un grupo guerrillero fue, para nosotros, enfrentar lo desconocido, en varios sentidos. No sólo implicaba ir a una parte del país a la que no habíamos entrado, sino también ingresar a un territorio donde, ni los recursos del gobierno, ni tampoco los de agencias humanitarias internacionales llegaban para ayudar a la población afectada por la catástrofe. Pero, además, todos los miembros del equipo ignorábamos por completo lo que era tomar contacto con guerrilleros, y ni siquiera habíamos nunca cruzado una “tierra de nadie”. Recuerdo claramente que, una vez que terminamos el trabajo y salimos de esa región, uno de los coordinadores locales nos dijo que allí donde habíamos ido, sólo iban los que tenían un “gran corazón”. Siempre tomé esa expresión como un cumplido para reconocer en nosotros bondad, generosidad, preocupación por los más necesitados y esa clase de cosas; en definitiva, por eso habíamos ido hasta ese país. Mucho después me pregunté si, además, aquel hombre, también un hermano en la fe, no se refería a la entereza necesaria para cruzar la tierra de nadie, y enfrentar lo desconocido.

Un momento cumbre en la historia sagrada es la salida de Israel de Egipto. La liberación del pueblo hebreo de la esclavitud bajo el faraón Ramsés II fue un acontecimiento de vital importancia para el desarrollo de la nación israelita, y aún lo es en el presente del pueblo judío. El evento marca la experiencia espiritual individual y nacional de Israel en gran parte del Antiguo Testamento, y también sale reiteradas veces en la interpretación de lo que Dios había hecho por la humanidad en la obra de Jesucristo, en el Nuevo Testamento. El naciente pueblo de Israel había pasado más de cuatrocientos años en Egipto, cuando Moisés se levantó, llamado y equipado por Dios, para guiarlos en una salida épica, desde la esclavitud hacia la libertad. Después de los días inciertos en que las célebres diez plagas cayeron sobre Egipto, la muchedumbre de israelitas emprendió, casi echados por el pueblo egipcio, el éxodo rumbo al mar Rojo, bajo el liderazgo de Moisés. Son destacables de este éxodo algunos detalles en los que habitualmente no reparamos, aun quienes leemos asiduamente la Biblia: todos los que salieron con Moisés habían nacido en Egipto; además, eran esclavos, por lo que no es probable que conocieran nada más allá de Egipto. En aquella época no existía el turismo como tal; y si hubiera existido, no es para nada probable que a los esclavos se les hubiera permitido andar paseando o haciendo viajes. La única vida que conocían todas aquellas personas era ser esclavos en aquel país. El mar Rojo, hacia donde se dirigió aquella multitud, estaba en el extremo del desierto oriental, un límite natural de Egipto. Los israelitas salieron de la tierra fértil del país, en la cuenca del río Nilo, donde se había desarrollado la civilización egipcia, hacia el desierto oriental, una zona salvaje e inhóspita, habitada por tribus nómadas de beduinos. Cuando esto estaba teniendo lugar, según se lee en Éxodo 14:5-10: “Fue dado aviso al rey de Egipto, que el pueblo huía; y el corazón de Faraón y de sus siervos se volvió contra el pueblo, y dijeron: ¿Cómo hemos hecho esto de haber dejado ir a Israel, para que no nos sirva? Y unció su carro, y tomó consigo su pueblo; y tomó seiscientos carros escogidos, y todos los carros de Egipto, y los capitanes sobre ellos. Y endureció Jehová el corazón de Faraón rey de Egipto, y él siguió a los hijos de Israel; pero los hijos de Israel habían salido con mano poderosa. Siguiéndolos, pues, los egipcios, con toda la caballería y carros de Faraón, su gente de a caballo, y todo su ejército, los alcanzaron acampados junto al mar, al lado de Pi-hahirot, delante de Baal-zefón. Y cuando Faraón se hubo acercado, los hijos de Israel alzaron sus ojos, y he aquí que los egipcios venían tras ellos; por lo que los hijos de Israel temieron en gran manera, y clamaron a Jehová”. Así que, aquellos israelitas estaban ya en la playa, a orillas del mar. Según investigaciones arqueológicas, y de acuerdo al estudio de las referencias bíblicas, la ruta que los israelitas siguieron hacia el mar Rojo fue el hoy llamado wadi Watir (1), un lecho seco profundo, encerrado entre altas montañas por el norte y el sur. Además, al norte, cerca de la desembocadura del wadi en la playa, había una fortaleza militar egipcia. Entonces, los israelitas estaban en lo que de hecho era un valle, rodeados de montañas al sur y al norte; al este estaba el mar Rojo, y más allá, lo desconocido. Y detrás, al oeste, apareció el ejército del faraón. El mismo Ramsés II dijo, según Éxodo 14:3, “el desierto los ha encerrado”.

En ese momento, los israelitas renegaron por haber sido llevados al desierto. Tuvieron un intenso miedo del faraón. Llegaron a decir que era preferible seguir siendo esclavos en Egipto. Aparentemente, no deseaban la liberación de la que Moisés les había hablado. Para ellos, en ese momento de crisis, sólo había dos opciones, enfrentarse a los egipcios, o morir en el desierto (v.12: “Mejor nos fuera servir a los egipcios, que morir nosotros en el desierto”). No se les pasó por la cabeza la opción del avanzar hacia el mar Rojo. ¿Por qué? Además de que era un mar, y no un simple arroyo, además de que probablemente no supieran nadar, y de que el pueblo era una multitud de cerca de dos millones de personas, con ganado, y además de que no había ni un bote, el mar Rojo significaba avanzar hacia lo desconocido. En ese momento Moisés, el caudillo que los había sacado de la esclavitud, arengó al pueblo: “No teman; estén firmes, y vean la salvación que Jehová hará hoy con ustedes; porque los egipcios que hoy han visto, nunca más para siempre los verán. Jehová peleará por ustedes, y ustedes estarán tranquilos” (v.13, 14). En otras palabras, les dijo: tranquilos, sin miedo, quédense allí parados y miren cómo Dios se encarga de los egipcios. Sin embargo, en eso Moisés se equivocó, porque el plan de Dios era otro.

El versículo 15 es interesante. En el anterior, Moisés estaba alentando al pueblo para que mantuviera la tranquilidad y la firmeza, y mirara cómodamente cómo Dios liquidaba a los egipcios. Sin embargo, el versículo 15 comienza con Dios diciéndole a Moisés: “¿Por qué clamas a mí?”. Resulta curioso que la Biblia nos presente a Dios increpándole a un fiel creyente por orar. Pero como dijimos, el plan de Dios era otro. El inicio del versículo 15 evidencia que, luego de calmar a sus compatriotas diciéndoles las grandes cosas que Dios haría, Moisés empezó a orar. ¿Por qué?; bueno, tal vez pidiéndole a Dios que hiciera lo que él había dicho que Dios iba a hacer. Pero Dios le dijo a Moisés, también en el versículo 15: “Di a los hijos de Israel que marchen”. Contrario a lo que había dicho Moisés, a quien le faltó traer butacas, pop y refresco para que los israelitas vieran tranquilamente una buena película de cine catástrofe –con los egipcios de protagonistas– Dios ordenó ponerse en marcha. Ante esta orden, la pregunta lógica era: ¿hacia dónde? Hacia el oeste estaban los egipcios; hacia el sur había montañas; hacia el norte también había montañas, y más soldados egipcios. ¿Entonces? Dios tenía pensado que fueran en otra dirección: “Tú alza tu vara, y extiende tu mano sobre el mar, y divídelo, y entren los hijos de Israel por en medio del mar, en seco” (v.16). El plan de Dios era llevarlos hacia lo desconocido, más allá del mar Rojo. Más allá del mar Rojo estaba la libertad; más allá estaba también la tierra prometida. Es como que Dios le hubiera dicho a Moisés: el tiempo de dudar terminó, el tiempo de vacilar finalizó, el tiempo de calcular acabó, incluso –y esto es muy singular– el tiempo de orar por este asunto ya terminó. Ahora hay que moverse.

La liberación de Israel de la esclavitud en Egipto, relatada en el Antiguo Testamento, se considera tipo –figura anticipada de algo futuro– de la redención de la humanidad de la esclavitud del pecado, mediante el sacrificio de Jesucristo. Así como Israel cruzó el mar Rojo rumbo a la libertad y a una nueva vida en la tierra prometida, el creyente cristiano se entrega a Jesús para ser libre del pecado y la maldad, y comenzar una nueva vida en Cristo. Ahora, ¿puede haber también, en esto último, un error, como lo tuvo Moisés cuando estaban a orillas del mar Rojo? Sí, puede haberlo; error puede ser pensar que cruzamos el mar Rojo una vez en la vida. Podemos llegar a creer que pasamos ese mar el día que recibimos al Señor como nuestro Salvador; cuando le abrimos el corazón para que entrara en nosotros, cuando rendimos toda nuestra vida a Él, cuando entregamos en sus manos el desastre que era nuestra vida, para que nos hiciera de nuevo. Pero la realidad es que, ya cristianos convertidos y sirviendo en su obra, el Señor puede hacernos pasar por el mar Rojo de nuevo; una o más veces, hacia nuevas experiencias, hacia una vida diferente a la que teníamos. Hacia lo desconocido. Como cruzar la tierra de nadie. ¿Es acaso esto agradable? No, no lo es; es probable que no queramos ser forzados a cruzar una tierra de nadie hacia lo desconocido, hacia una vida diferente a la que teníamos. Es más que probable que digamos: yo acá estoy bien, Señor; mirame, estoy firme, y acá me quedo. Y ya al borde de la frontera, a orillas del mar desconocido, hasta es probable que queramos volver a lo de antes, como aquellos israelitas que dijeron: “Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos” (Números 11:5). Pero a pesar de eso, de una manera u otra puede llegar lo que de hecho es una orden, la expresión de una voluntad superior, la voluntad de Dios, que decidió intervenir en nuestra vida y llevarnos a donde no esperábamos, ni imaginábamos, ni queríamos. Como la orden que en aquel momento Dios le dio a Moisés: que los hijos de Israel debían marchar, ponerse en movimiento hacia un nuevo destino.

Cuando Israel estaba por entrar en la tierra prometida, sabía que al otro lado del río Jordán lo esperaba la guerra. Es que lucha y conflicto siempre va a haber. En cambio, cuando estaban por cruzar el mar Rojo, no sabían qué pasaría. Así puede sucedernos en la vida; incluso en la vida de fe. Tal vez, más a quienes vivimos por la fe en Jesucristo, pues hemos entregado nuestra vida en las manos del Señor, y le dejamos a Él conducirla, mientras que los incrédulos conducen sus vidas según sus propios criterios. Y mientras los que viven sin fe chocan y sufren accidentes, sin saber qué vendrá después, los creyentes sabemos que, cuando Dios decide hacernos pasar de nuevo por el mar Rojo, cuando nos fuerza a cruzar la tierra de nadie hacia lo desconocido, Él nos acompaña en el camino, y nos espera al otro lado. Porque nos vale la promesa de Dios que dice: “Jehová va delante de ti; él estará contigo, no te dejará, ni te desamparará; no temas ni te intimides” (Deuteronomio 31:8), la cual, en la traducción DHH, dice así: “El Señor mismo irá delante de ti, y estará contigo; no te abandonará ni te desamparará; por lo tanto, no tengas miedo ni te acobardes”.

En conclusión, un día en nuestra vida cruzamos hacia lo desconocido: la vida de fe en Jesucristo; y fue para bien, para bendición, para salvación y perdón, y para una vida más feliz, abundante y llena de esperanza. Pero otros momentos en la vida, Dios puede hacernos cruzar otra vez hacia otros territorios desconocidos; nuestra vida como la conocíamos, se desarma, y tenemos que enfrentarnos a algo nuevo. En esos momentos de incertidumbre y ansiedad, aunque no sepamos qué hay al otro lado de esa tierra de nadie, sí sabemos que el Señor está ahí, esperándonos, porque Él prometió nunca dejarnos solos. Por lo tanto, cuando se oye la trompeta que indica que hay que marchar, hay que marchar, siempre hacia adelante.

Que Dios nos ayude para que esto sea una realidad en cada uno, cada momento de nuestra existencia.

 

1)https://books.google.com.uy/books?id=EzE1DwAAQBAJ&pg=PA118&lpg=PA118&dq=wadi+del+%C3%A9xodo&source=bl&ots=FIhyddMOvH&sig=PeMart-0V6de6aB_Y3lqD8oSvM0&hl=es-419&sa=X&ved=2ahUKEwi4k8uX4P_eAhXFC5AKHbVsABYQ6AEwEHoECAEQAQ#v=onepage&q=wadi%20del%20%C3%A9xodo&f=false

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

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