Veritas liberabit vos – Parte 2

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Veritas liberabit vos – Parte 2

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

La verdad los hará libres, dijo Jesús hace dos mil años. Y hoy en día como seres humanos y como ciudadanos, como personas que aman, que tienen esperanza y que trabajan por labrar un futuro mejor para sus familias y para sí mismos, seguimos buscando esa verdad que nos hará libres. Nadie discute la afirmación de Jesús, nadie la cuestiona; por lo menos, nadie bienintencionado y sin ganas de molestar, porque la sentencia la haya dicho el máximo referente de la principal y más grande religión del mundo. Tal vez la frase ha sido repetida tantas veces, en tantos contextos en los que se la acepta sin controversia, que simplemente no se discute. Sin embargo, decir que la verdad nos libera parece como enunciar un axioma de la naturaleza; es decir, algo tan evidente que no necesita ser demostrado. Como ya mencionamos, la verdad nos libera de la mentira –parece de perogrullo– y del engaño; también puede liberarnos de filosofías e ideologías destructivas, e incluso de religiones que no conducen ni a Dios, ni al bien, ni a la superación y felicidad que prometen. Y en este tema de las religiones, la verdad libera de sectas y versiones degeneradas de iglesia. Y también, dentro de una iglesia que predica el evangelio de salvación por la fe en Jesucristo, nos libera de aquellos mandamientos de hombres, que periódicamente se infiltran en las congregaciones evangélicas, cada vez que teólogos, predicadores y presuntos maestros de Biblia pretenden llenar –con sus propias ideas – huecos de la revelación que no necesitan ser llenados.

¿Por qué aparecen en las iglesias de todos los apellidos, las doctrinas y mandamientos de hombres? ¿Y por qué aparecen en las iglesias evangélicas, en nuestras iglesias, que supuestamente predican sólo las Sagradas Escrituras de la Biblia? El apego a la Biblia, y sólo a la Biblia, como única regla de fe y conducta, un rasgo característico del cristianismo evangélico –una herencia de la Reforma Protestante del siglo 16– puede inducirnos a pensar que el contenido de la Biblia es bien conocido y manejado por los ministros evangélicos encargados del pastorado y la enseñanza de la doctrina cristiana. Sin embargo, justamente el conocimiento imperfecto de las Sagradas Escrituras, y el conocimiento imperfecto de la recta interpretación de la Biblia, están en la base de las malas interpretaciones que derivan en los equívocos en la enseñanza. Para poder enseñar se necesitan dos requisitos básicos: saber el tema a enseñar, y saber cómo enseñar de modo que los que deben aprender, aprendan; es mucho más complejo que esto, pero esos dos aspectos son básicos. Para enseñar la Biblia, para enseñar doctrina cristiana, es primordial conocer y comprender bien la Biblia, y eso no se logra de un día para el otro, ni pegando cuatro gritos durante una breve oración. Es necesaria una lectura continua, metódica, paciente, detenida y repetida del texto bíblico; un texto, recordemos, que fue escrito por personas que vivieron en otras épocas, en otras culturas y en regiones remotas para nosotros. Es necesario conocer sobre esas épocas, y sobre las culturas y civilizaciones que dieron marco a los distintos libros de la Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento. Además, es preciso conocer algo sobre los lenguajes originales en que fue escrita la Biblia –tener una mínima idea– y saber de sus giros gramaticales, estilos literarios, y acerca de las figuras retóricas utilizadas. Los judíos del tiempo de Jesús eran muy apegados a sus Sagradas Escrituras, el Antiguo Testamento para nosotros; sin embargo, Jesús debió decirles: “Escudriñen las Escrituras; porque a ustedes les parece que en ellas tienen la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39). Es decir que leían, pero no habían entendido; tenían que profundizar más. Por otra parte, el apóstol Pablo le escribió a Timoteo: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15). Es decir, que la palabra de verdad –la Biblia– puede ser mal usada, y vaya si sabremos que eso sucede; pero el obrero aprobado la usa adecuadamente. Para eso se inventaron los seminarios teológicos; hay que estudiar. Confiar en el Espíritu Santo está muy bien, pero también hay que estudiar.

El libro de Hechos de los Apóstoles tiene una historia muy curiosa al respecto de esto último. Felipe el diácono –llamado el evangelista– fue enviado por un ángel a un camino desierto al sur de Jerusalén (8:26); allí vio una caravana guiada por un etíope, funcionario de la reina de aquel país. El Espíritu Santo indicó a Felipe que se acercara al carro del funcionario (8:29); allí Felipe escuchó que el funcionario leía al profeta Isaías. Entonces le hizo la pregunta clave: “¿Entiendes lo que lees?” (v.30). Y el etíope dio la respuesta clave: “¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare?” (v.31). Es necesario tener la humildad del etíope, que sin tener vergüenza pidió que alguien le enseñara, y el Espíritu Santo le envió quién le enseñara. Antes de presumir de ser maestro, hay que tener la humildad de ser alumno con ganas de aprender. Esa es una buena receta para evitar contaminar la iglesia con doctrinas y mandamientos de hombres que pongan cadenas, en vez de liberar.

Otras causas de la aparición de doctrinas y mandamientos de hombres pueden ser: primero, el anhelo de protagonismo; quienes ganan protagonismo son los iniciadores y propulsores de movimientos, sobre todo aquellos que muestran características distintivas, como por ejemplo ciertas doctrinas y/o prácticas de vida que, por supuesto, se presentan como fundamentadas en la Biblia. Aunque esa fundamentación sea débil, y no resista un buen análisis hermenéutico, pocos se interesan en hacer un buen análisis hermenéutico, sobre todo si el movimiento o ministerio es exitoso en atraer multitudes a sus reuniones, convenciones o campañas. El éxito dado por el arrastre de la muchedumbre encumbra a los líderes del movimiento, incluso haciendo que la prensa –cristiana y, a veces, también secular– se interese en entrevistarlos y difundir sus nombres, sus imágenes y sus ideas. Ese protagonismo rutilante de algunos puede inducir a otros a querer ocupar tales lugares, no por servir, sino por el protagonismo en sí mismo. La singularidad de ideas y doctrinas predicadas, a veces, es un camino utilizado para alcanzar la notoriedad; el resultado: doctrinas y mandamientos de hombres.

Segundo, es un error común, en el que caen frecuentemente los ministros evangélicos, considerar que al ser un siervo de Dios ungido y lleno del Espíritu Santo, la revelación de Dios en Su Palabra está abierta de par en par y con claridad diáfana para el mentado siervo ungido, y por lo tanto el individuo sabe todo y tiene todas las respuestas. En ideas de este tipo está el origen del llamado discurso omnicomprensivo de algunos líderes evangélicos; es decir, un discurso que todo lo sabe, todo lo abarca, todo lo comprende, y todo lo responde. Los predicadores cristianos que se presentan con un discurso omnicomprensivo tienen respuesta para todo; todo lo explican. En esto juega también un rol la presión de la gente; sean creyentes, o sean circunstanciales que llegan procurando algún tipo de ayuda o de respuesta para una situación. El individuo, de traje y corbata y con la Biblia bajo el brazo, habiendo recién terminado una predicación brillante, tiene que tener alguna respuesta para cada cosa. En otras palabras, no sabe ni puede decir no sé. Si la Biblia no ofrece con claridad una respuesta para el tema del que se trate, el individuo procurará dar esa respuesta, porque alguna respuesta tiene que dar; porque no sabe ni puede decir no sé. Pero la Biblia, como ya vimos, calla algunas cosas; en Deuteronomio 29:29 dice: “Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley”. Este mismo pasaje tiene una versión interesante en la traducción DHH: “Hay cosas que no sabemos: ésas pertenecen al Señor nuestro Dios; pero hay cosas que nos han sido reveladas a nosotros y a nuestros hijos para que las cumplamos siempre: todos los mandamientos de esta ley”. Hay cosas que no sabemos; si Dios no nos las reveló, no hay que andar inventando. Los inventos pueden terminar en doctrinas y mandamientos de hombres.

Seguimos con las causas de la aparición de doctrinas y mandamientos de hombres. En tercer lugar, hay que considerar a la gente; los creyentes, miembros de la iglesia o visitantes, y los que llegan a un lugar de culto cristiano en busca de una solución, una salida para una situación crítica personal. O llegan en una búsqueda personal de Dios. Recién mencionamos la presión de la gente por una respuesta para sus crisis personales. Otro tipo de presión se presenta en aquellos grupos en los que hay inmadurez espiritual, o desconocimiento de las Escrituras –o falta de apego al estudio de la Biblia– que ven la vida cristiana como una sucesión de experiencias sobrenaturales maravillosas; estos se apasionan por los relatos de fenómenos extraordinarios: sanidades milagrosas, expulsión de demonios, profecías y visiones nocturnas, y procuran vivir inmersos continuamente en esa clase de portentos. Como los antiguos atenienses mencionados en Hechos de los Apóstoles, estos hermanos y hermanas contemporáneos nuestros corren detrás de cada nueva revelación, de cada nueva unción, de cada novedad presentada como “mover de Dios”. En Hechos 17:21 se lee: “Todos los atenienses y los extranjeros residentes allí, en ninguna otra cosa se interesaban sino en decir o en oír algo nuevo” (la traducción DHH es muy interesante: “Todos los atenienses, como también los extranjeros que vivían allí, sólo se ocupaban de oír y comentar las últimas novedades”). A veces impresiona que nuestras congregaciones evangélicas padecen algo así como un mal de Atenas. La presión por unciones y revelaciones novedosas puede desembocar en doctrinas y mandamientos de hombres.

Cuarto, y esto es algo que no puede faltar en la consideración de las causas de aparición de doctrinas y mandamientos de hombres –y no nos conviene cerrar los ojos a su existencia– es cuando las doctrinas y mandatos no bíblicos se infiltran en la iglesia, bajo la presión e influencia de personas –generalmente líderes, pastores, dirigentes de un movimiento eclesiástico evangélico– que se benefician con tales enseñanzas. Es decir, que tales doctrinas y mandamientos, reglas, costumbres y tradiciones de la comunidad cristiana, han sido diseminadas e impuestas, no por surgir de la Biblia, sino por intereses personales de algunos ministros religiosos. Recuerdo cómo, hace muchos años, dos amigos personales y hermanos en la fe, nos contaban de la confesión que les había hecho un viejo pastor, quien imponía en su congregación una disciplina muy estricta en la vestimenta de las mujeres, debido a sus propias debilidades carnales hacia el sexo femenino. Como otro ejemplo de esto, es obligatorio mencionar la forma abusiva en que se maneja todo lo relativo al pedido de ofrendas y diezmos en las iglesias; algo endémico, y al parecer sin solución.

Ahora, en definitiva, ¿de qué hablaba Jesús de Nazaret, cuando pronunció su famosa frase: la verdad los hará libres? ¿Cuál fue el sentido original con que la dijo? En esa oportunidad, Jesús habló de un problema inherente a la naturaleza humana, que puede hacer al hombre miserable en esta vida y en la eternidad: el pecado. La verdad de la que Jesús hablaba es la que libera definitivamente del pecado. Lo interesante de esto es que esta verdad no es un conocimiento –secreto o público– ni una filosofía esotérica, ni tampoco una doctrina religiosa o mística. La verdad es el mismo Jesús; Él dijo: “Yo soy la verdad” (Juan 14:6, “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”). Para ser libres del pecado y la maldad, para ser salvos de la perdición que apareja el pecado, en esta vida y la venidera, necesitamos encontrar a Jesucristo, y recibirlo como el Señor de nuestra vida.

La institución universitaria católica que ostenta en su escudo las palabras “Veritas liberabit vos”, en latín, está situada cerca de mi casa, aquí en Montevideo. Cruzando la avenida, apenas a treinta o cuarenta metros, hay otra institución educativa, colegio primario y secundario, e instituto universitario, que responde a la Iglesia Evangélica Metodista. Hace algunos años este instituto ostentó, en una zona bien visible de su campus, un cartel publicitario de sus cursos y carreras, en el que se mostraba las mismas palabras, La verdad los hará libres –en español– aclarando que fueron dichas por Jesús de Nazaret. En aquel momento me resultó muy llamativo cómo dos establecimientos educativos tan próximos entre sí lucían las mismas palabras, en dos idiomas distintos: español, y latín. Más llamativo aún, y digno de reflexión, es que dichas instituciones responden a ramas claramente diferenciadas del cristianismo, el catolicismo romano y el protestantismo evangélico; ramas en otro tiempo antagónicas y hasta enemigas, con una enemistad que determinó odio, atrocidades y muerte. Pero lo que más mueve a reflexión es que, por encima de la diferencia de idiomas, pero fundamentalmente muy por encima de las distintas conceptualizaciones de lo que es o debería ser la fe cristiana, la doctrina y la iglesia, muy por encima de todo eso, está Jesús como referente máximo, y sus palabras como luz y guía hacia la verdad y el amor. Y en aquel momento me evocó –y aún me evoca– las palabras que Pablo escribiera, refiriéndose a Jesucristo: “Él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación” (Efesios 2:14). Todos los que llevamos el nombre de cristianos deberíamos pensar en eso. Por encima de toda diferencia, está Jesús.

La verdad es que la Verdad que nos hace libres, es Jesús.

Amén.

 

Leer y escuchar Veritas liberabit vos – Parte 1

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

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