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Gracias totales

Un desafío a ser agradecidos

Por: Ezequiel Dellutri*

Gustavo Cerati se llevaba mejor con la música que con las palabras, pero eso no impidió que escribiera canciones únicas y que dijese una frase que ya forma parte del léxico latinoamericano. Sucedió en el que parecía ser el último recital de Soda Stereo, la banda que lo había llevado a la fama y que él mismo había decidido disolver para emprender una nueva búsqueda. Cerati siempre sintió un respeto profundo por su público, lo que queda de manifiesto en la dedicación que ponía en los ensayos y arreglos de cada uno de sus shows. Para despedirse de quienes lo habían acompañado en la proeza que significó para el rock en castellano Soda Stereo, improvisó la frase: “No hubiéramos sido nada sin ustedes y toda la gente que estuvo con nosotros desde el comienzo. ¡Gracias totales!” Siempre pensé que esas dos últimas palabras tienen una magia especial: son un intento por agrandar al máximo la capacidad de un vocablo tan simple y fundamental como “gracias”.

Si hay dos actitudes que desearía tener y que intento cultivar, no siempre con éxito, son la capacidad de reconocer mis errores y el saber manifestar gratitud. Nótese que digo actitudes y no virtudes, porque creo que ambas pueden cultivarse: no necesitamos nacer con una autocrítica feroz ni ser naturalmente agradecidos; ambas condiciones pueden ser desarrolladas con esfuerzo y dedicación o, dicho de otro modo: podemos obligarnos a ver nuestros propios errores e imponernos la gratitud.

Siento, además, que ambas actitudes se interrelacionan: quien no tiene, como diría el cantautor Andrés Calamaro, una honestidad brutal, tampoco puede ver sus propios errores ni valorar lo que los demás hacen por él. Saberse falible implica, entre otras muchas cosas, que necesitamos del otro, porque todo, todo, todo no podemos hacer. Ser agradecidos es reconocer que algunas de las personas que tenemos al lado son determinantes. Siempre he sentido que, aún en las peores circunstancias, he tenido algo por lo que agradecer: la presencia de un amigo, un mensaje, un llamado, una mirada de apoyo o aprobación. Porque por más seguros que seamos, por más convencidos que estemos de nuestro camino, la posibilidad del fracaso y del desaliento están a la vuelta de la esquina. Aún los hombres más duros necesitan de una palabra de estímulo.

Pienso que, así como muchas veces desconocemos el poder destructivo de las palabras dichas desde el odio o el rencor, también desconocemos el de las palabras dichas desde el amor y el afecto. Debo reconocer que en momentos de profundo desaliento, fueron las palabras de alguien cercano o lejano las que me ayudaron a levantarme.

Muchas veces, erigimos una falsa división entre las palabras y las acciones, pero nos equivocamos: quien habla está haciendo, está generando, está construyendo. No hay nada menos estático que las palabras; el lenguaje es nuestra principal manifestación de vida, casi tan importante como respirar y sentir.

La propuesta para este fin de año es sencilla: estamos llegando al cierre de un ciclo, tiempo de balances y evaluaciones personales. Pero también nos enfrentamos a la posibilidad de ser nosotros de bendición para otros. Cuando Jesús sanó a los diez leprosos, hubo uno que regresó a agradecer. Los otros nueve habrán sido felices con su sanación, pero ese que supo volver fue mucho más que eso: eligió la plenitud, una condición que no es efímera como la felicidad, sino permanente, porque sigue con nosotros aún en medio de la dificultad.

Muchas veces hemos reflexionado sobre la importancia de no ser esclavos del pasado; sin embargo, hay una forma positiva de ver nuestra historia: cuando la desandamos para buscar a aquellas personas a quienes debemos gratitud, estamos repensándola no para ser cautivos, sino para poder crecer en amor y verdad.

A pocas horas de haber terminado el año pasado, ¿por qué no dar los agradecimientos que debemos? Así caminaremos en el 2019 sabiendo que no hay cuentas pendientes con quienes marcaron la diferencia.

 

*Ezequiel Dellutri: Integra el equipo del programa Tierra Firme de RTM (www.tierrafirmertm.org). Profesor de literatura, escritor de literatura fantástica y novelas policiales. Es pastor en la Iglesia de la Esperanza, San Miguel provincia de Buenos Aire, Argentina. Está casado con Verónica y tiene dos hijos (Felipe y Simón).

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