Las Piedras del Hambre

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Las Piedras del Hambre

Un análisis sobre la falta de reflexión en nuestra sociedad.

Por Ezequiel Dellutri*

Los que una vez me vieron, lloraron. Los que me vean ahora también llorarán«. El mensaje, nada estimulante, está escrito en una de las doce grandes rocas que descansan en el lecho del río Elba, en Europa Central. Se las conoce como Piedras del Hambre y pasan la mayor parte de tiempo sumergidas, pero cuando el agua baja más de lo normal, las inscripciones vuelven a estar visibles. Fueron talladas a fines de la Edad Media, durante tiempos de sequía, con la idea de advertir a futuros pobladores: si el texto emerge, la desgracia está cerca.

Desde que escuché la historia de las Piedras del Hambre, no puedo dejar de pensar en el sufrimiento del que son testigos. Tampoco dejo de imaginar al hombre o mujer que talló los mensajes. Hay algo desesperado en querer advertirle al otro sobre el inicio de su propio tiempo de angustia. Lo cierto es que las frases talladas en estas rocas son atemorizantes por más que uno sepa que los tiempos son otros y la dependencia del clima no es tan severa como antaño.

Todo esto hace que me pregunte hasta qué punto necesitamos de indicadores para comprender nuestra propia desgracia. Muchas veces, luego de cometer grandes errores, he mirado para atrás y he visto con toda claridad mis propias Piedras del Hambre: señales que ignoré con tenacidad y que me llevaron a enormes equivocaciones. Duele, por supuesto, pero tampoco puede volverse el tiempo atrás y uno tiene que vivir con el peso de no haber hecho lo que debía y con la convicción de que la próxima vez, debería estar más atento.

También he visto personas incapaces de ver sus propias Piedras del Hambre. Gente que, como uno, se equivoca, pero ni aún así mira para atrás y ve los carteles indicadores que le hubiesen impedido llegar al desastre. Así, hay personas que se quejan de su estado económico, pero nunca registran que han vivido por encima de sus posibilidades; jóvenes frustrados que no se dan cuenta del mucho tiempo que han perdido en tonteras; matrimonios sin comunicación que consideran que la culpa siempre es del otro; padres carentes de autoridad que jamás se han atrevido a un “no”. La lista podría ser mucho más larga y estoy seguro de que cada uno puede completarla con ejemplos propios o de personas cercanas.

Vivimos en la sociedad que predijo la ciencia ficción: los autos no vuelan, pero cada vez es más accesible un pasaje de avión; las comunicaciones son tan fluidas que ya podemos cultivar relaciones por intermedio de internet; la información —la buena, la mala, la falsa, la intrascendente, la superficial— fluye cada vez con mayor velocidad. Lo que no hemos aprendido es a ser reflexivos, a buscar todas las aristas de un problema, a no dejarnos llevar por eslóganes pegadizos, a ver el revés de la trama para interpretar qué intereses se mueven detrás de determinadas manifestaciones. Nuestra sociedad se niega a realizar los razonamientos más elementales y hasta para preguntar hay que pedir permiso.

Nosotros, muchas veces, caemos en la misma falacia: avanzamos por la vida buscando el disfrute. Una vida de placer permanente implica necesariamente el evadir la reflexión y, sobre todo, el evitar cualquier tipo de proyección seria. Se reemplaza la capacidad de análisis por la meditación, una técnica introspectiva que pretende contactarnos con realidades interiores, como si la interacción con el exterior no fuese determinante en nuestras vidas.

Hemos olvidado que para retener lo bueno, para poder separar el trigo de la cizaña, primero debemos aprender a analizarlo todo. Y analizar no es otra cosa que ver cuáles son las Piedras del Hambre que tenemos en lo individual, pero también como sociedad. Darnos cuenta, por ejemplo, de que todas las culturas que dejaron de lado el concepto de familia y promovieron la libertad sin responsabilidad terminaron en la disgregación. Grandes imperios cayeron no debido a la merma de su poderío real, sino a la decadencia moral y la falta de justicia. Incluso dentro de la fe, hay movimientos que bajo su disfraz de ovejas esconden afilados dientes de lobos: intereses materiales, pobreza doctrinal, deseos de exhibicionismo y falta de compromiso con la realidad son algunas de las Piedras del Hambre que deberíamos aprender a analizar.

La fe cristiana ha dado grandes pensadores, porque propone el análisis tanto personal como social. Nos insta a ver nuestras propias Piedras del Hambre no para llorar sobre ellas, sino para estar advertidos y actuar en consecuencia. Se trata, en última instancia, de ser sencillos como palomas, pero astutos como serpientes. Un equilibro difícil, pero necesario.

 

*Ezequiel Dellutri: Integra el equipo del programa Tierra Firme de RTM (www.tierrafirmertm.org). Profesor de literatura, escritor de literatura fantástica y novelas policiales. Es pastor en la Iglesia de la Esperanza, San Miguel provincia de Buenos Aire, Argentina. Está casado con Verónica y tiene dos hijos (Felipe y Simón).

1 Comment

  1. Enrique Villacorta dice:

    Muy buena; gracias por la reflexión.

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