¡Vayan a trabajar, psicópatas! – Parte 1

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¡Vayan a trabajar, psicópatas! – Parte 1

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

En Uruguay, los cristianos evangélicos tuvimos, durante la década de los años noventa del siglo pasado un evento público, callejero, multitudinario, llamado la Marcha por Jesús. Este evento acompañó un movimiento internacional cuyo objetiva era anunciar el nombre de Jesucristo en las calles de las ciudades del mundo, y generó un verdadero mover en muchísimas congregaciones evangélicas, que cada año se preparaban durante meses, pintando carteles y pancartas, arreglando vehículos con enormes equipos de audio para reproducir música cristiana muy alegre, e incluso organizando y ensayando grupos de coreografía que bailaban al son de movidas canciones evangélicas durante todo el trayecto. Las Marchas por Jesús siguieron hasta el año 2002, cuando finalizaron a nivel internacional; luego se intentó una continuación del movimiento, pero no tuvo mayor repercusión. Aquella Marcha del 2002, en la que tuve el honor de escribir y leer la proclama del acto final, en la explanada de la Intendencia de Montevideo, puso punto final a un evento memorable de proclamación de Jesucristo como Salvador y Señor. Una de aquellas Marchas me dejó el recuerdo de un pequeño episodio, que tuve el privilegio de ver y oír desde primera fila, y que tal vez muy pocos recuerden, por no haberle prestado atención. En el momento en que la Marcha comenzaba, y una gruesa columna de gente con grandes carteles que las identificaban como cristianos evangélicos iniciaba la caminata desde el Obelisco rumbo a 18 de Julio, un camionero que circulaba por Bulevar Artigas hacia el sur sacó la cabeza por la ventanilla y gritó, dirigiéndose a los marchantes: “vayan a trabajar, psicópatas”. Literalmente.

Nadie dijo ni una palabra; el vehículo, que iba en movimiento, siguió camino, y la Marcha continuó sin ningún incidente. Ahora, la actitud y la expresión insultante del camionero da tela para cortar. Para empezar, es evidente la absoluta falta de respeto del individuo que gritó, para con miles de personas que en ese momento ocupaban la calle. Al llamar “psicópatas” a quienes marchaban por la calle exteriorizando su fe, trató a miles de personas –totalmente desconocidas para él– como locos, desequilibrados y perturbados mentales. No es de ahora que términos surgidos de las profesiones de la salud mental han pasado al habla coloquial para ser usados como insultos. Hace varias décadas que vocablos como idiota, imbécil, débil mental, oligofrénico, neurótico, psiquiátrico, demente y otros, han enriquecido el repertorio de epítetos insultantes que las personas usan contra su prójimo. A veces en broma, a veces con clara intención de ofender, de herir los sentimientos. Habría sido interesante saber si entre los que integraban la Marcha había algún amigo o familiar del camionero. También habría sido interesante saber si el camionero se habría atrevido a gritar lo mismo, caso de cruzarse con una procesión católica. En cualquier caso, la evidente intolerancia –intolerancia religiosa– contenida en el insulto, hoy en día sería inadmisible, e incluso perseguible judicialmente. Al menos, según los discursos que desde una década y media o dos décadas han preconizado públicamente la tolerancia y la no discriminación. Aunque la verdad es que tantas veces nos hemos quedado con la sensación de que esa defensa de la tolerancia es una calle flechada, que tal vez, si hoy saliéramos a marchar por Jesús, andá a saber qué adjetivos recibiríamos. Lo que sí es interesante, y es el objetivo de esta reflexión, fue la recomendación del camionero a todos aquellos a quienes llamó “psicópatas”. ¿Por qué los mandó a trabajar?

Es un rasgo cultural nuestro, tal vez no privativo de nuestro país, pero sí, indudablemente, presente en el habla coloquial nuestra de cada día, el recomendar “ir a trabajar” a otras personas, por parte de quienes no comparten –no están de acuerdo con– la actividad que están desarrollando esas otras personas. Es decir, no el consejo bienintencionado, dado por ejemplo a un joven, o a una persona en necesidad material y económica, de buscarse un trabajo con que solventar sus gastos. Un consejo de ese tipo, dado a una persona en necesidad, generalmente es dado con buena voluntad; aunque no siempre sea recibido con buena voluntad por la otra parte –la que debería ir a trabajar– y menos en estos tiempos de asistencialismo estatal e impuestos que gravan pesadamente el trabajo –fruto de ideologías maquilladas de solidaridad, pero cuestionables– todo lo que desestimula el desarrollar sanos hábitos de trabajo en las personas, y especialmente entre los más jóvenes. Además, ningún padre que quiera enseñar a su hijo que debe ganarse el pan con su esfuerzo honrado y decente, le diría: “andá a trabajar, psicópata”. La notable frase del camionero refleja un rasgo cultural muy característico, consistente en recomendar ir a trabajar a alguien, cuando se considera que aquello en lo que se ocupa ese alguien no vale la pena, es una pérdida de tiempo, es una tontería, una completa idiotez, una ocupación absurda, o algo simplemente ridículo. El “vayan a trabajar, psicópatas” del camionero aparece bajo formas diversas; por ejemplo: “dejate de perder el tiempo con eso, y andá a trabajar”; “¿no tenés nada que hacer, que te ocupás en esas estupideces?”; “a éste lo que le hace falta es ponerse a trabajar”; “hacé algo productivo, en vez de gastar el tiempo con esas imbecilidades”; y otras variantes por el estilo. Lo que los “camioneros” de turno hacen es dar una opinión –que nadie les pidió– o dar un consejo –que nadie les solicitó– sobre el valor de lo que el otro hace. Evidentemente, hacen una valoración desfavorable, por lo cual, con una actitud de menosprecio, con un desdén maquillado de broma, recomiendan al otro ir a ocuparse en algo productivo. Habida cuenta de la valoración en descenso que tienen hoy en día el trabajo y el esfuerzo personal, en nuestra sociedad moralmente decadente, tal vez este rasgo cultural esté condenado a desaparecer. El punto es que lo que este rasgo cultural encierra es desprecio por lo que la otra persona –aquella a la que se manda a trabajar– hace, o desprecio por lo que esa persona es. Aquel camionero, quizás hasta creyéndose chistoso, expresó en forma contundente su desprecio por miles de vecinos de su ciudad, en razón de su fe evangélica. Por eso dijimos que, hoy en día, sería incluso perseguible judicialmente, por su actitud de intolerancia religiosa.

Sin embargo, este rasgo cultural, tan despreciable como parece ser, contiene un aspecto positivo. El individuo que, con grosería, expresa su desprecio por la ocupación –cual sea– del otro, al recomendarle ir a trabajar, también está expresando aprecio por el trabajo. Tal vez ese aprecio por el trabajo no sea personal; es decir, tal vez el individuo que se hace el gracioso diciendo algo así, no tiene verdaderamente sanos hábitos de trabajo. Pero ese aprecio sí está contenido en la comunidad en la que surge y se populariza esta forma de manifestarse sobre lo que otros hacen. Una comunidad, la gente de una nación, de un país, que aprecia en forma superlativa el trabajo y el esfuerzo personal para la superación individual y familiar, y como algo productivo para el bien de los demás, para el bien de todos. O que lo apreciaba; porque, como dijimos, la realidad actual es de un declive en el desarrollo y el estímulo de la contracción al trabajo, para salir adelante como ciudadano, y para construir un país mejor para todos. ¿Qué valor le damos al trabajo?

Culturalmente, traemos como herencia el tener en alta estima el trabajo; sea trabajo manual o trabajo intelectual. Que la remuneración de cada uno sea distinta no significa que no se valoren ambos, por ser trabajo. El legado judeocristiano de la Biblia nos habla del valor del esfuerzo personal, de que cada uno trabaje honradamente para ganarse su sustento, y poder así alimentar a su familia. Un pasaje muy enérgico del Nuevo Testamento al respecto de esto es el de 1 Timoteo 5:8, en el cual el apóstol Pablo expresa categóricamente: “Si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo”. Este pasaje se podrá retorcer y espiritualizar todo lo que algunos quieran, pero el contexto muestra que habla claramente del deber de quien están en condiciones de trabajar, de hacerlo para mantener a su familia. Según este pasaje, que un cristiano no trabaje para alimentar a su familia lo pone al nivel de un apóstata. Si miramos el tema relacionando Biblia y trabajo, es inevitable retrotraernos hasta el Génesis. Allí vemos a Dios diciéndole a los primeros seres humanos, luego de la Caída en pecado que conllevó la maldición de la tierra, la famosa expresión: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan” (Génesis 3:19). Es decir, la manutención diaria conllevará esfuerzo y fatiga. Esto ha llevado a algunos a considerar que, en la conceptualización judeocristiana, el trabajo es un castigo. Por ejemplo, la siguiente cita: “Si acudimos al libro del Génesis podemos ver que el trabajo humano se encuentra asociado con ideas tales como el esfuerzo, la pena y la fatiga«1. El autor de este artículo es más específico cuando agrega: “De hecho, el cansancio producido por el trabajo según la narración del Antiguo Testamento, se explica como una condena producto de la desobediencia del hombre”. Sin embargo, que el cansancio producido por el esfuerzo de trabajar sea un castigo divino no está en consonancia con pasajes del mismo Antiguo Testamento, surgidos del Eclesiastés, en los cuales se lee: “No hay cosa mejor para el hombre, sino que coma y beba, y que su alma se alegre en su trabajo” (2:24), y “es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce el bien de toda su labor” (3:13). Por si queda alguna duda, el pasaje de 3:13, en la traducción DHH, se lee de la siguiente manera: “Si comemos y bebemos y contemplamos los beneficios de nuestro trabajo, es porque Dios nos lo ha concedido”. Así que, el propio Antiguo Testamento nos dice que el ser humano puede llegar a realizar su trabajo con alegría, y disfrutar de los beneficios del mismo; y que esto es un regalo de Dios. Del mismo autor, citado anteriormente, extraemos la valoración del trabajo, sobre todo el trabajo humilde, entre los paganos de la antigüedad: “Para referirse al trabajo manual los griegos usaron la palabra banausía; con la cual designaban la actividad de campesinos, artesanos, escultores y todos aquellos individuos que llevaban a cabo trabajos de esta naturaleza. Este adjetivo implicaba casi siempre la deshonra y el estigma social”1. Contrasta con la muy baja estimación del trabajo manual por las civilizaciones de la antigüedad –sobre todo de aquellas que se edificaron con el trabajo y sufrimiento de los esclavos– la valoración actual de la dignidad de todo trabajo honrado: “La índole personal del trabajador hace que todas las actividades profesionales, con independencia de su contenido teórico o manual, participen de la excelencia constitutiva de la persona. El valor del trabajo deriva de (su) condición de ser una actividad plenamente personal, es decir, la persona es especialmente valiosa en virtud de su capacidad de elegir, o sea, hacer uso de su libertad”2. Es indiscutible que nuestra herencia cultural y religiosa cristiana tiene que ver con ese proceso de dignificación del trabajo honrado, haciendo que –para la mentalidad de sucesivas generaciones– el trabajo, cualquiera que fuera, se viera como algo noble, de elevado valor intrínseco. Por supuesto, este proceso llevó siglos, y fue sólo dentro de los últimos doscientos años, aproximadamente, que toda labor honrada, por humilde que fuera, fue vista como una tarea noble y valiosa, para el individuo y la comunidad. Se podría argumentar que las ideas marxistas también tuvieron que ver en el ennoblecimiento del trabajo humilde del obrero –que desde siglos atrás venía siendo explotado casi como un esclavo– y es probable que eso sea cierto. Pero la unidad orgánica de las primitivas comunidades cristianas, en la cual todos eran hermanos en la fe, independientemente de su origen étnico y de su condición social y económica (como se destaca en las palabras del apóstol Pablo: “Ya no importa el ser judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer; porque unidos a Cristo Jesús, todos ustedes son uno solo”, Gálatas 3:28, DHH), esa unidad orgánica basada en la fe y el amor mutuo, fue cronológicamente anterior, y también fue germen de ideas, para que se estableciera la actual valoración del trabajo.

El máximo referente del cristianismo, el fundador de la fe cristiana, el Mesías y Salvador del mundo, Jesucristo, fue un humilde galileo de la Palestina del siglo I, habitante de la aldea de Nazaret, donde se había criado, que probablemente, hasta el inicio de su ministerio público de predicación, se desempeñó como carpintero, oficio que habría aprendido de su padre adoptivo, José (Mateo 13:55). Durante los tres años de dicho ministerio público, Él cambió las herramientas de carpintería por la tarea de predicación, enseñanza, y por el hacer milagros en favor de quienes sufrían enfermedades y dolencias espirituales; ese trabajo, en su concepto, era prioritario sobre el día ceremonial de descanso judío, y lo llevó a enfrentarse a las autoridades religiosas de su pueblo, por realizarlo en sábado. En una oportunidad, Jesús justificó un milagro hecho en sábado diciendo: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” (Juan 5:17; DHH: “Mi Padre siempre ha trabajado, y yo también trabajo”). Este judío pobre, y aparentemente sin alcurnia, se definió a sí mismo como un trabajador, cuya tarea era salvar a los perdidos, auxiliar a los menesterosos y aliviar a quienes sufrían. Sus primeros seguidores, todos extraídos de las clases más humildes de la sociedad judía de aquel tiempo, siguieron su ejemplo. Entre otras cosas, de eso vamos a hablar, en la siguiente reflexión de este ciclo.

 

1) (https://www.carlosllanocatedra.org/blog-management/el-trabajo-y-la-dignidad-humana)
2) (https://www.monografias.com/docs/El-trabajo-y-la-dignidad-humana-F3CKTD4JMY)

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

1 Comment

  1. Mabel VÁZQUEZ dice:

    la ignorancia de esa persona que x supuesto que no es un cristiano para mi el servicio para el Señor es un privilegio que trabajar para el

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