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La tesis del enfrentamiento

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

La enseñanza de valores cristianos, o mejor dicho, la falta de la enseñanza de dichos valores, el deterioro de los valores cristianos de amor, paz, perdón, pureza, fidelidad, honradez, bondad, el considerarlos perimidos, obsoletos, anticuados, fuera de época, en una palabra, superados, es en nuestra opinión y desde nuestra cosmovisión cristiana, causa fundamental del empobrecimiento moral y espiritual de la sociedad uruguaya, causa de la disgregación de la familia, causa del declive de la convivencia pacífica en nuestra comunidad, y también causa de la infelicidad creciente que nos embarga –y nos amarga– a los uruguayos. Tal es el menoscabo de esos valores y tal la decadencia palpable en las relaciones entre las personas, que ésta parece una época en que se vuelve a cumplir algo mencionado en el Antiguo Testamento de la Biblia, acerca de personas que “a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo” (Isaías 5:20). Por supuesto, cuando decimos malo, lo hacemos desde nuestra cosmovisión cristiana y bíblica; ahora, esa cosmovisión cristiana se enfrenta a una pérdida generalizada de fe religiosa en la gente. Más allá de las respuestas que las personas den en las encuestas, impresiona que en realidad aquellos para quienes Dios es muy importante en sus vidas –sean cristianos, evangélicos o católicos, judíos o de otras religiones– no son una población mayoritaria; es eso, o la mayoría de quienes son creyentes, aunque no concurran regularmente a una iglesia, no se comprometen públicamente con su fe, sino que más bien parecen contemporizar con el secularismo prevalente y políticamente correcto. Esa pérdida generalizada de fe religiosa, recién mencionada, evoluciona a un ateísmo militante contra toda forma de espiritualidad, se dé ésta en el marco de lo religioso o eclesiástico, o por fuera de lo religioso; es decir, algunos condenan –y atacan– sólo las creencias estructuradas en un sistema religioso, pero no se meten, o hasta practican, otras creencias, por ejemplo: horóscopo, tarot, medicinas alternativas, y diversas supersticiones personales. Para otros, todas las creencias espiritualistas son falsedades. La pérdida generalizada de fe religiosa también evoluciona a una actitud que valora lo religioso y espiritual como manifestación cultural, inserto en el universo de expresiones culturales de la comunidad. Así vemos, por ejemplo, cómo los medios de comunicación, llegadas fechas como Navidad o Semana Santa, nos muestran e informan acerca de lo que hace la gente en esos días: armar el árbol y comprar regalos, o ir a las domas y comer huevos de pascua; y también ir a la iglesia. Entonces, en virtud de esa pérdida de fe religiosa, lo que está muy claro para quienes nos apegamos a la fe y la doctrina de Cristo expuesta en la Biblia, no está nada claro para quienes no sustentan nuestra fe; o incluso, consideran que está muy claro lo contrario –la inexistencia de lo espiritual y trascendente– aunque no haya demostración científica o argumento válido que lo respalde. El relativismo moral producto del abandono de la fe nos ha legado, hasta ahora, no solamente leyes cuestionables desde la óptica cristiana, sino también una degradación de la convivencia, y una violencia creciente expresada en el auge del delito, el tráfico y consumo de drogas, el vandalismo, y la exteriorización cada vez mayor de odios deportivos y políticos, hasta extremos inéditos. Causas tan justas y positivas como la defensa de los derechos de las minorías se vuelven banderas de movimientos que preconizan formas alternativas de moral, de familia, de relaciones humanas, incluso de espiritualidad. La subversión de valores llega al punto de que quienes se aferran a los valores bíblicos de fe, familia y sexualidad sean humillados, despreciados, e incluso judicialmente perseguidos. ¿Hasta qué punto puede llegar este enfrentamiento con una sociedad secularizada a ultranza, y cuál debería ser nuestra respuesta?

Un relato bíblico del Antiguo Testamento, contenido en el capítulo 6 del libro de Daniel, nos presenta una situación de enfrentamiento entre un hombre fiel a Dios y un grupo de individuos ávidos de poder, y astutos. El profeta Daniel fue un personaje que ocupó cargos de poder bajo el gobierno de los babilonios y de los persas. Pero él fue, además, un siervo de Dios, un hombre fiel a la Ley de Dios, que según 6:3 tenía “un espíritu superior”; este hombre demostró una capacidad superior a la de los otros gobernadores del imperio persa, lo que llevó al emperador Darío a considerar hacerlo su primer ministro, pues según el mismo versículo: “El rey pensó en ponerlo sobre todo el reino”. Esto provocó la reacción de los otros gobernadores de las provincias del imperio, conocidos como “sátrapas”, palabra que ha quedado en el lenguaje popular como sinónimo de persona que abusa de su poder, y también como de alguien ladino, pérfido y tramposo. Daniel se volvió alguien envidiado, temido y odiado, por su posición de poder y autoridad, pero también por su integridad, pues era recto, honrado e incorruptible. En 6:4 dice que “los gobernadores y sátrapas buscaban ocasión para acusar a Daniel en lo relacionado al reino; mas no podían hallar ocasión alguna o falta, porque él era fiel, y ningún vicio ni falta fue hallado en él”. En otras palabras, estos personajes taimados a quienes les hacía roncha el cargo de poder que tenía Daniel, pero también su honestidad a toda prueba, se sumieron en una verdadera intriga palaciega; la conspiración que pusieron en marcha tenía como objetivo descubrir en Daniel algo de qué acusarlo ante el rey, para hacerlo caer en desgracia y quitarlo de en medio. Hoy diríamos que buscaban demostrar que Daniel era corrupto, y por lo tanto indigno de ostentar un cargo tan encumbrado. Pero este hombre demostró ser moralmente muy superior a sus enemigos, y el relato nos dice que eso les hizo cambiar de estrategia. En 6:5 leemos: “Dijeron aquellos hombres: No hallaremos contra este Daniel ocasión alguna para acusarle, si no la hallamos contra él en relación con la ley de su Dios”.

En otras palabras, los enemigos de Daniel reconocieron no poder acusarlo por delito alguno; entonces, lo acusaron por su fidelidad a Dios. El drama de esta historia presenta un hombre íntegro enfrentado a un grupo de individuos mezquinos e intrigantes, disyuntiva que nos muestra dos posiciones a asumir en la vida, dos caminos a recorrer con nuestra conducta y nuestros actos, dos formas de ser y de actuar; todo lo que significa que tenemos chance de elegir. ¿Qué caracteriza a esta clase de individuos, a estas personas astutas y ambiciosas, que eligen mezclarse en intrigas, en verdaderas conspiraciones, para obtener beneficios? Que traman a escondidas las trampas que van a tender para perjudicar a las personas de bien; que no siempre dicen la verdad, sino que usan la mentira como recurso, como herramienta, como vía para obtener sus fines; que deben cuidarse de lo que hablan y delante de quién hablan, y andan con secretos para que no se descubran sus intrigas y se arruinen sus planes, o simplemente para no quedar expuestos a la vergüenza pública. Estos tipos miran las apariencias, y adulan a las personas de las que piensan que pueden sacar provecho, mientras por otro lado menosprecian a quienes consideran inferiores, mediocres o no importantes. De pie frente a ellos en general hay una persona de bien, un Daniel: alguien íntegro y honrado, intachable e incorruptible, que no presumía de ser moralmente superior, sino que en verdad lo era, y lo demostraba en su conducta cotidiana. Alguien que hoy puede parecer difícil de encontrar, pero que, de encontrarlo, yo querría tenerlo como pariente, como amigo, como líder, incluso como gobernante.

Todo esto nos lleva de regreso a la vieja tesis del enfrentamiento que caracteriza la realidad humana. El bien y el mal, el bueno y el malo, el santo y el pecador, el convertido y el inconverso, el espiritual y el carnal; Daniel enfrentado a los sátrapas, Jesús enfrentado a los fariseos y saduceos, a los escribas y sacerdotes, la Iglesia enfrentada al mundo, Cristo enfrentado a Satanás. ¿Podemos acaso escapar de este enfrentamiento? ¿Podemos decir que no es real? ¿Podemos decir que la línea que separa el bien del mal es imaginaria, que es un producto cultural, o un tecnicismo teológico, o una mentira religiosa? ¿Es eso lo que nos muestra el mundo? Evidentemente, no; en el mundo de hoy, que persigue la utopía de la tolerancia y la convivencia entre todos y todas en absoluta igualdad de derechos, sin discriminación ni segregación de ningún tipo, los seres humanos estamos divididos por opiniones distintas, por preferencias diversas, por intereses encontrados, por filosofías de vida dispares, bajo las cuales subyacen ideas, ideologías y aún creencias –no sólo religiosas– que son muy, pero muy diferentes. Eso desemboca en una agudización creciente de la brecha entre las personas, dividiendo y enemistando familias y comunidades. La política separa y genera odios, demonizando, despreciando y faltando el respeto al adversario, que comienza a ser visto como enemigo. El deporte –en especial, pero no únicamente, el fútbol– genera rivalidades, antaño sanas y pacíficas, acorde con lo que es en sí el deporte: un juego, donde los contendientes exhiben sus destrezas y habilidades deportivas en un ambiente de amistosa y sana competencia. Pero hoy en día, esas rivalidades devienen en odios y violencia extrema. La atención e intento de resolución de problemáticas propias de la vida en comunidad, desde economía, seguridad, educación, salud, transparencia en el manejo de la cosa pública por parte de los gobernantes, hasta convivencia y vida en el hogar –incluyendo relaciones en el matrimonio y crianza de los hijos– provoca opiniones distintas, divergentes, a menudo muy encontradas. Estas opiniones encontradas, a veces, más que a la academia responden a ideologías surgidas, no de los centros de estudio e investigación, sino de los antros de adoctrinamiento político partidario. Y cuando la discusión se politiza, lo sabemos, lo hemos visto, y lo vemos cada día en nuestro país, la brecha se agranda más y más, y el enfrentamiento se agrava, al parecer sin remedio.

Ahora, ¿a dónde nos conduce, a nosotros los creyentes evangélicos, esta tesis del enfrentamiento, tal como queda planteada? ¿A qué nos lleva, cuando tenemos qué opinar y qué ofrecer, desde nuestra posición de fe en la Biblia, y además estamos convencidos que nuestra posición, por estar basada en la Palabra de Dios, realmente sería un aporte valioso y decisivo para todas las personas de nuestra comunidad? ¿Nos conduce a erigirnos, los cristianos, los lectores de la Biblia –y en lo posible, también cumplidores de sus preceptos, mandatos y principios– como los buenos? ¿Y los demás, los que no creen como nosotros, los que acusan, atacan, se burlan y menosprecian, como los malos? Aunque en las grandes concentraciones evangélicas pueda escucharse esa conclusión tribunera –es decir para el ¡amén! de la multitud– es una conclusión simple y al bulto. La verdad es que todos, también nosotros los creyentes, cristianos, evangélicos y consagrados, etcétera, debemos ubicar claramente la línea, y decidir de qué lado estar. Volviendo al capítulo 6 del libro de Daniel, vemos que al final, Dios intervino a favor del justo; Daniel, ese hombre íntegro, fue vindicado, y los intrigantes, ladinos y sátrapas, terminaron mal. La pregunta que todos debemos hacernos es, ¿de qué lado es mejor estar? Y nosotros, los creyentes, cristianos, evangélicos y consagrados, etcétera, deberíamos preguntarnos: cuando llegue el momento de rendir cuentas, ¿de qué lado nos encontrará el Señor?

También es pertinente una reflexión sobre la actitud de Daniel al final del drama relatado. Una vez que él superó la prueba –ser arrojado al foso de los leones y sobrevivir por su confianza en Dios– sus enemigos fueron arrojados al mismo foso junto a sus familias –una decisión del monarca, a tono con la crueldad de la época– y allí todos encontraron la muerte. La primera pregunta es, ¿qué hizo Daniel por sus acusadores y enemigos? ¿Se enteró de que Darío había ordenado su muerte, y la de sus familias? Y si se enteró, ¿intercedió por ellos, se mantuvo al margen, o disfrutó con su destrucción? El texto bíblico no nos dice nada. Ahora, la segunda pregunta es: ¿Qué nos demanda el evangelio a nosotros, seguidores de Jesucristo? En Lucas 23:34 leemos cómo Jesús, mientras era crucificado, dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”; en Hechos 7:60, vemos a Esteban, el primer mártir cristiano, clamar mientras era apedreado hasta morir: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado”; y finalmente, en Romanos 12:20, 21, leemos como recomendación dada a todos los cristianos: “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber, pues haciendo esto, harás que le arda la cara de vergüenza. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal”. En suma, aunque nos veamos tentados a ver como enemigos a quienes no piensan como nosotros, a quienes menosprecian nuestras creencias o se burlan de nuestra fe en Cristo, debemos mostrar siempre ese espíritu de amor, perdón, misericordia y paz enseñado por el Señor en el Nuevo Testamento.

Más de una vez hemos dicho que la posición de la Iglesia Cristiana hoy en día es muy similar a la Iglesia de los primeros días, cuando el evangelio cristiano recién había amanecido en el mundo. Integramos una Iglesia inserta en una época y parada frente al mundo como si dos mil años no hubieran pasado. Y en algunos aspectos parecería mejor que mucho de la historia cristiana no hubiera sucedido, empezando por la oficialización del cristianismo como religión de muchos reinos, naciones y estados, lo que propició mucho de la intolerancia y la violencia que hoy comúnmente se asocia con la historia de la Iglesia. Ahora, en un mundo –y en una época– en la que la misma enseñanza de valores cristianos está en entredicho, es como si hubiéramos retrocedido dos mil años. Pero como hemos dicho más de una vez, eso puede ser bueno. En ese mundo –en este mundo– nos enfrentamos al desafío de predicar el evangelio prístino, el mismo que predicaron Jesús y los apóstoles: un llamado de amor al pecador, al arrepentimiento y la fe en Cristo, para recibir perdón, salvación y vida eterna. Que esa sea, que siga siendo, y que siempre sea nuestra tarea, nuestra misión, a la que nos dediquemos con todas nuestras fuerzas, nuestra sapiencia, nuestros dones, y con todo lo que somos.

Que así sea.

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

1 Comment

  1. Doris dice:

    Dr Álvaro: yo cristiana, hermana en la fe, opino sobre esta su charla. En mis 63 años jamás vi tanta maldad. Antes había más respeto, todos vivíamos mejor. Desde los 70 y pico todo ha cambiado. Hoy en día es peor, hay envidia, esa es la maldad más grande que hay hoy en día. Tienen y quieren más y más, hasta llegar a matarse unos a otros. Son tiempos difíciles. El amor muy poco, respeto menos. Vivimos con miedo hasta de los más cercanos, un horror. Antes no se vivía como hoy en día. Esta es mi opinión. LAMENTABLE TODO. Hermano Álvaro, su charlas son todas son muy interesantes pues hacen pensar al oyente. Gracias a usted. Lo saluda Doris.

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