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¡Vayan a trabajar, psicópatas! – Parte 2

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Dijimos, y reiteramos, en la primera parte de esta reflexión, que la nuestra es una cultura que aprecia –todavía, la mayoría de la gente aprecia– en forma superlativa el trabajo y el esfuerzo personal para la superación individual y familiar, y como algo productivo, para el bien de los demás y de todos. Sin embargo, ese aprecio por el trabajo como algo intrínsecamente valioso se acompaña –en nuestro país, quizás en otros lugares también– por la costumbre muy popular de bromear al respecto del trabajo, y de quejarse por el exceso de trabajo. En cuanto a la broma, todos hemos oídos expresiones jocosas que aluden al rechazo de las obligaciones laborales, tales como: “si el trabajo es salud, que trabajen los enfermos”, o “cuando me vienen ganas de trabajar, me siento a esperar que se me pasen”. Cuando pensamos las cosas seriamente, comprendemos y estamos de acuerdo con que el trabajo es importante y de valor; pero cuando nos juntamos con amigos, o con compañeros de trabajo, el chiste que nunca pasa de moda es cómo trabajar menos –sobre todo en el lugar de trabajo– y qué vivo es aquel que se esconde de las tareas y, usando una antigua expresión, “hace sebo”; es decir, no cumple con sus deberes, aun estando en su puesto de trabajo. Que una persona le diga a un compañero de trabajo que “no hace nada”, como una acusación en claro tono de broma, siempre resulta gracioso, siempre hace reír. Y deberíamos preguntarnos por qué; por qué la “viveza criolla” nos impone considerar que fingir trabajar y no hacer nada, o “hacer sebo”, es mejor, y nos hace lucir como más inteligentes y avispados que los demás; sobre todo, más que aquellos que sí trabajan, y cumplen con responsabilidad sus obligaciones.

Por otro lado, así como la falta de trabajo genera preocupación, sobre todo cuando se avizora un cierre de empresa, el quedarse sin el empleo con el que se sustenta la familia, el exceso de trabajo casi invariablemente produce quejas. Me quejo, porque tengo que trabajar mucho; me quejo, porque tengo que trabajar después de hora; me quejo, porque tengo que ir el fin de semana; me quejo, porque la empresa aumentó la producción, y hay que hacer horarios extendidos (cuando en realidad debería dar gracias, porque eso implica cierta seguridad laboral). Y, por supuesto, me quejo cuando un feriado cae en domingo; un año con varios feriados en fin de semana, ya de antemano lo vemos como un “año terrible”. Lo curioso es que ni la broma ni la queja surgen exclusivamente entre quienes están obligados a desempeñar tareas que no les gratifican personalmente, pues por no haber estudiado ni haberse preparado, trabajan en lo que pueden y allí donde consiguen empleo; y, por lo tanto, se ganan la vida en ocupaciones en las que sólo encuentran tedio, incomodidad y estrés, trabajan a disgusto, y llegan a sentir aversión, a odiar su lugar de trabajo. Llamativamente, también entre quienes están donde se supone que deseaban estar, profesionales que estudiaron durante años para obtener un título académico que les habilitara a desempeñarse como tales, surge esa aversión por el trabajo, expresada en son de broma o a ritmo de queja. Y no estamos hablando de aquellos casos, cada vez más numerosos –o cada vez más diagnosticados, o las dos cosas– de aquellos que, por comprometerse mucho con su tarea, sobre todo cuando la misma consiste en atender personas, y tiene connotaciones humanísticas, sufren un desgaste profesional y personal –con síntomas de ansiedad y depresión– que afecta su salud personal, y provoca una disminución de la calidad de su trabajo. Sin entrar en ese tema –un gran otro tema– hablamos de cómo, en una sociedad y una cultura que pondera el trabajo, el esfuerzo y el compromiso con la tarea a cumplir, resulta gracioso y se aplaude cómo algunos desarrollan mañas para esquivarle el bulto al trabajo, y la queja es una norma, cuando las tareas deben realizarse.

Y cabría que nos preguntáramos en qué medida esta aceptación de la broma y de la queja respecto del trabajo, no es un factor más –además de otros como la economía y la política– que influye en ese declive en la consideración positiva del trabajo y en el desarrollo del sano hábito de trabajar, sobre todo en las nuevas generaciones.

Al finalizar la entrega anterior hablamos de cómo el cristianismo influyó decisivamente en el proceso de dignificación del trabajo, incluso el trabajo más humilde del obrero, al mostrar el ejemplo de su fundador: un hombre pobre, proveniente de una pequeña aldea alejada de los emporios urbanos y de los centros de poder político, probablemente carpintero de oficio antes de su manifestación pública, que surgido de la nada y sin el apoyo de influencias políticas poderosas, inició un movimiento que sacudió el mundo. Este hombre humilde recorrió incansablemente Tierra Santa, predicando, enseñando y haciendo milagros, lo que Él consideraba un “trabajo” (Juan 5:17). Y cuando quisieron tomarlo por la fuerza para convertirlo en rey de la nación (Juan 6:15), se escapó de quienes habían tenido esa idea, evitó que se concretara, y se quedó en el llano, junto al pueblo, como parte del pueblo.

Más adelante, el Nuevo Testamento nos muestra a uno de los hombres que fue puntal de la iglesia cristiana del primer siglo, el apóstol Pablo, trabajando con sus manos en un humilde oficio: “Pablo salió de Atenas y fue a Corinto. Y halló a un judío llamado Aquila, natural del Ponto, recién venido de Italia con Priscila su mujer, por cuanto Claudio había mandado que todos los judíos saliesen de Roma. Fue a ellos, y como era del mismo oficio, se quedó con ellos, y trabajaban juntos, pues el oficio de ellos era hacer tiendas” (Hechos 18:1-3). De este oficio, Pablo obtenía su sustento, e incluso mantenía a sus colaboradores, quienes eran en cierta forma su familia; así lo expresa en Hechos 20:34 donde se lee: “Ustedes saben que para lo que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas manos me han servido”. El apóstol Pablo se gloriaba –es decir, se enorgullecía– porque, en muchas ocasiones, había trabajado como un humilde obrero, para ganar el sustento para sí mismo y para los que le acompañaban en su tarea misionera, de modo de no pedir dinero en las iglesias que había fundado, y a las que había enseñado el camino del evangelio, tales como Corinto, Éfeso y Tesalónica. Por eso pudo decirles a los ancianos de Éfeso: “En todo les he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir” (v. 35). A los cristianos de Tesalónica les escribió: “Se acuerdan, hermanos, de nuestro trabajo y fatiga; cómo trabajando de noche y de día, para no ser gravosos a ninguno de ustedes, les predicamos el evangelio de Dios” (1 Tesalonicenses 2:9); y otra vez: “Nosotros no llevamos entre ustedes una conducta indisciplinada, ni hemos comido el pan de nadie sin pagarlo. Al contrario, trabajamos y luchamos día y noche para no serle una carga a ninguno de ustedes… trabajamos para darles el ejemplo que ustedes deben seguir” (2 Tesalonicenses 3:7 – 9b; DHH). Por eso, Pablo tenía autoridad para mandar a algunos, que andaban de vagos sin trabajar en nada, que debían trabajar, para comer “su propio pan” (v. 12). Entonces, que cada uno coma “su propio pan”, es decir, viva del fruto de su trabajo –un trabajo honrado– es un ideal y un principio cristiano, que el Nuevo Testamento enseña con las palabras y el ejemplo de uno de los principales adalides de la naciente iglesia cristiana.

La insistencia del apóstol Pablo por el trabajo se conecta con la ayuda para los necesitados. En su carta a los cristianos de Galacia, Pablo relata cómo había tenido una audiencia con los apóstoles en Jerusalén, en la cual quienes eran apóstoles antes que él le habían encarecido esto mismo: “Solamente nos pidieron que nos acordásemos de los pobres; lo cual también procuré con diligencia hacer” (Gálatas 2:10). Este interés en la ayuda a los menesterosos sale en un pasaje ya citado, Hechos 20:35: “En todo les he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir”. Es interesante notar cómo Pablo conecta el deber de trabajar y ayudar a los necesitados con un dicho de Jesús –un ágrafa, es decir, un dicho no registrado en los evangelios– según el cual, más que esperar recibir, deberíamos estar prontos a dar de lo que tenemos a quienes no tienen, pues hay mayor felicidad en tal proceder. Esto mismo enseña Pablo a los cristianos de Éfeso: “El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad” (Efesios 4:28). Esta visión bíblica del trabajo sirve para introducirnos en una consideración –necesariamente breve– de una actitud presente entre cristianos evangélicos: el no trabajar en nada, bajo la excusa de “vivir por fe”.

Muchos hemos conocido creyentes que, bajo el pretexto de “vivir por la fe”, no trabajan en nada, y sobreviven gracias a lo que alguien les da, de tanto en tanto; puede ser un familiar, o un hermano en la fe. También, cuando la cosa aprieta, tiran un tiempo con lo ganado en algún tipo de trabajo zafral, o alguna tarea ocasional, cumplida en trato directo con el contratante, del tipo comúnmente conocido en nuestra habla coloquial como “changa”. Para aclarar, aquí no hablamos de aquel que ha buscado y sigue buscando trabajo, y al no encontrarlo subsiste en base a changas; hablamos de aquel que hace alguna changa cuando la situación económica apremia, porque simplemente no busca trabajo fijo, o no quiere tal tipo de trabajo. De estos últimos hay tanto entre los que no son creyentes, como entre los cristianos evangélicos; lo singular es que algunos evangélicos se escudan en que hacen eso porque “viven por la fe”.

Es muy fácil “vivir por la fe”, cuando alguien de la familia trabaja y aporta al hogar el dinero para comer y pagar las cuentas. El/la que trabaja y tiene un vago en su casa, cuando ese vago no es creyente, pensará: “este tipo es un vago”; el problema es que cuando el vago es creyente, y aduce que “vive por la fe” porque Dios así se lo mandó, el familiar que lo mantiene va a pensar: “los evangélicos son todos unos sinvergüenzas”. Así que eso de “vivir por la fe” a costillas de familiares no creyentes deja asentado un pésimo testimonio para la fe cristiana. Si el que trabaja y paga las cuentas sí es creyente, y ve cómo su familiar, también creyente, vive de arriba sin hacer nada productivo para aportar al sostenimiento del hogar, con el pretexto de que “vive por la fe”, la situación no es mucho mejor. El apóstol Pablo trató este tema en forma muy clara y desapasionada en 2 Tesalonicenses 3:11, 12, donde se lee: “Oímos que algunos de entre ustedes andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno. A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que trabajando sosegadamente, coman su propio pan” (la traducción DHH aquí es notable: “Algunos de ustedes llevan una conducta indisciplinada, muy ocupados en no hacer nada”; “trabajen tranquilamente para ganarse la vida”). Conviene recordar que esos desordenados que andaban de vagos, muy ocupados en no hacer nada, eran cristianos de la iglesia de Tesalónica; a estos el apóstol Pablo les manda trabajar para ganarse la vida.

Teniendo esto en claro, como surgido de la Palabra de Dios, llama mucho la atención cómo algunos argumentan que los cristianos deben vivir por fe. Refiriéndose al trabajo honrado con el que las personas se ganan la vida, citan las palabras de Jesús en Mateo 6:24: “No podéis servir a Dios y a las riquezas”. Llaman al trabajo secular que todos hacemos para ganarnos la vida “trabajar por dinero”, y lo equiparan con “servir a las riquezas”1; esto es tan absurdo, que el único comentario que merece es que, evidentemente, estos hermanos nuestros nunca trabajaron, ni han visto los magros sueldos que cobran la mayoría de los obreros en los países de América Latina. También se escudan en las palabras de Jesús que aparecen en Juan 6:27: “Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece”. Según estos hermanos del “vivir por fe”, esto debe interpretarse en el sentido de que los cristianos deben dejar sus trabajos seculares, y dedicarse a predicar el evangelio1. O sea que, según esta posición doctrinal extremista, Jesús mandó a sus discípulos que sólo se dedicaran a predicar –es decir, predicar a tiempo completo– y no a trabajar para ganarse la vida. Como pasa siempre que surgen doctrinas extrañas, las palabras de Jesús en Juan 6:27 son sacadas de contexto; el Señor había alimentado el día anterior una multitud de cinco mil hombres (sin contar las mujeres y los niños), y cuando esas mismas personas aparecieron al otro lado del mar de Galilea buscándole, Jesús reconoció en ellos el interés material por la comida (v. 26). Ante esto, el Señor les dice que deben poner su mira en los beneficios espirituales de la fe. Lo singular –y alarmante– de la posición de estos hermanos del “vivir por fe”, es que cuando se los confronta con los textos ya citados, en los que el apóstol Pablo condena la vagancia de algunos cristianos y les ordena –en el nombre de Jesucristo– que vayan a trabajar, la respuesta es que nuestro Salvador es Jesús, no Pablo, y que debemos poner los ojos en Jesús, no en Pablo1; por lo tanto, debemos seguir las enseñanzas de Jesús (que ya vimos que las interpretan mal). El problema es que este argumento quita autoridad divina a las porciones del Nuevo Testamento escritas por Pablo, sobre el deber de trabajar. Entonces, si no debemos hacer caso de las enseñanzas de Pablo a este respecto, ¿por qué sí de otras? ¿Acaso Pablo enseñó cosas diferentes de las que enseñó Jesús? Los ateos creen que sí, y algunos nos acusan diciendo que el apóstol Pablo inventó el cristianismo actual. ¿Es que algunos creyentes también se atreven a afirmar algo así? Merece que reflexionemos sobre esto. Por ejemplo, preguntándonos: ¿Trabajar honradamente para sustentar a la familia y a uno mismo, es tener amor a las riquezas? Ridículo. ¿El trabajo secular honrado, hecho con responsabilidad, es incompatible con el evangelio? Absurdo. ¿Jesús de verdad quiso que todos sus seguidores se dedicaran a predicar a tiempo completo, sin trabajar con sus manos? Ya vimos que no. Porque si esto fuera así, entonces deberíamos preguntarnos, ¿los cristianos tienen que sólo predicar, y el trabajo secular que lo hagan los perdidos? Muy pintoresco. En el Nuevo Testamento vemos que, según 1 Corintios 16:1-3, y 2 Corintios capítulos 8 y 9, los cristianos eran los que daban las ofrendas; si no trabajaban, ¿de dónde las sacaban? ¿Robaban el dinero? ¿Todos los discípulos de Jesús dejaron todo para estar con Él? No; Jesús tuvo muchísimos discípulos. Según Lucas 10:1, en una ocasión Él envió setenta discípulos a predicar. Luego de la defección de muchos de sus discípulos, relatada en Juan 6:66 –momento en que, aparentemente, sólo los doce se habían quedado con Él– cuando la entrada triunfal en Jerusalén se habla de una “multitud” de discípulos (Lucas 19:37). Y luego de la ascensión de Jesús, en Hechos 1:15 se habla de ciento veinte “hermanos”, es decir, también seguidores de Cristo. Otra vez la pregunta: ¿todos sus seguidores dejaron todo para estar con Él? No; según Marcos 3:14, Jesús eligió a doce para que estuvieran con Él. Por lo tanto, ante la pregunta acerca de si todos los cristianos deberían dejar todo para predicar a tiempo completo, la respuesta, sin dogmatismos ni pontificaciones, parece ser: no, sólo aquellos que son llamados por Él para eso.

Una última pregunta, al cierre de esta reflexión: en la Biblia, ¿vivir por la fe significa verdaderamente no trabajar? Hay un pasaje del Antiguo Testamento (Habacuc 2:4), que se repite en varias epístolas del Nuevo Testamento (Romanos 1:17; Gálatas 3:11; Hebreos 10:38): “el justo por la fe vivirá”. En los tres pasajes, el significado es el mismo: el perdón de Dios y la salvación, vienen por la fe puesta en Jesucristo. Ese es el verdadero vivir por fe: ser un creyente en Cristo, nacido de nuevo, heredero de la vida eterna, que cumple cada día la voluntad de Dios en su vida, cual sea y según el llamado del Señor para cada uno y cada una.

Procuremos esa vida de fe.

 

1) https://www.comovivirporfe.com/ensenanzas/dinero-y…/98-el-mito-de-hacer-tiendas

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

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