Solía amarla, pero la tuve que matar – 2

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Solía amarla, pero la tuve que matar – 2

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

La referencia es a la carne. No como la canción de Guns N’ Roses, un tema musical cuya letra habla claramente de violencia hacia la mujer, a un extremo que hoy en día es inadmisible. La referencia es a la carne en ese sentido bíblico, espiritual y teológico sobre el cual reflexionamos, y vamos a continuar reflexionando.

¿Amar la carne? Un párrafo del Nuevo Testamento expresa algo relacionado: “Nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia” (Efesios 5:29); en este pasaje, no citado hasta ahora, carne debe entenderse como el cuerpo físico del ser humano. Estas palabras afirman que nadie odia –o nadie debería odiar– su propio cuerpo. Ni por su aspecto, algo que puede pasar a personas, con o sin fe en algo, pero sí obsesionadas por el aspecto físico y por lograr una figura esbelta; ni por ser, el cuerpo, el asiento de apetitos, pasiones y deseos que, como escribe el apóstol Pedro, “batallan contra el alma” (1 Pedro 2:11), algo que puede ocurrir, por otro lado, a creyentes obsesionados con alcanzar su propio concepto de la espiritualidad y la santificación. El pasaje de Efesios 5:29 dice claramente que la forma en que cada uno –también y, sobre todo, el creyente cristiano– cuida de su carne, es decir, de su cuerpo, es figura de cómo Cristo cuida a la iglesia. La idea de amar el propio cuerpo, por ser hermoso, esbelto y atractivo, o por ser el vehículo para gozar de los placeres físicos, cuando se les da rienda suelta a los deseos carnales, no es en ningún modo peregrina en nuestra cultura actual. Una referencia bíblica aplicable a esta idea está en el capítulo 1 de la epístola a los Romanos, donde Pablo escribe acerca del carácter y la conducta del ser humano totalmente alienado de Dios, y enumera, entre muchas otras cosas, pasiones vergonzosas, lascivia, hechos vergonzosos, fornicación y perversidad, y dice que estos individuos no solo hacen estas cosas, “sino que también se complacen con los que las practican” (v. 32). Es decir, que los animales humanos alejados de Dios, que dan rienda suelta a los bajos instintos de su carne, encuentran en ello y entre ellos gusto, deleite y satisfacción, ignorando displicentemente –o cerrando los ojos terca y voluntariamente– al final desastroso al que conduce, en forma invariable, provocar a Dios con el pecado.

Por otra parte, ¿matar la carne? Expresiones interesantes en ese sentido surgen al considerar la práctica religiosa que se infiltró en el cristianismo de los primeros siglos, con el propósito manifiesto de alcanzar la “vida cristiana perfecta”: el ascetismo, es decir, la práctica de austeridades extremas por motivos religiosos. Los primitivos ermitaños cristianos de la era de la iglesia antigua, antes de la caída del imperio romano, pretendían “triunfar sobre la carne mediante la oración, contemplación y mortificación” (1). La práctica de ayunos prolongados, las oraciones y vigilias con escaso descanso y sueño, el vivir con muy escasas comodidades –o con incomodidades autoimpuestas– la pobreza extrema, el celibato y la vida solitaria, y en casos extremos los castigos auto infligidos, como la flagelación, constituyeron un conjunto de recursos para luchar contra los deseos de la carne; pero esta clase de prácticas no es privativa del cristianismo, sino que –en mayor o menor medida– están presentes en otras religiones. Cuando estas ideas ingresaron en la religión cristiana, los ascetas imaginaron que, despreciando el cuerpo y derrotando la carne, podían prepararse para la muerte y apresurar la venida del reino de Dios (2). La frase del asceta “Estoy matando al cuerpo porque me está matando a mí” (2), describe esta lucha, imaginada en función de doctrinas impregnadas de ideas paganas no registradas en la Biblia. Matar el cuerpo, o matar la carne, era el propósito de aquellos que aspiraban a una vida espiritual perfecta, en compañerismo estrecho con Dios, y buscaban así la salvación y la vida eterna –el ingreso al paraíso eterno de Dios– mediante la práctica de una vida religiosa compuesta de hábitos que conllevaban castigar el cuerpo; o también, mortificar –es decir, causarle daño a– la carne, para de esta manera controlar, sujetar o matar los deseos carnales. Estas prácticas ascéticas continuaron, durante muchos siglos, constituyendo el recurso de elección para “escapar del mundo”, con el objetivo de vivir la vida cristiana perfecta y “espiritual”. Hasta el día de hoy el monasticismo cristiano en las iglesias católicas –romana y ortodoxa– mantiene el ideal de perfección cristiana a través de la práctica de austeridades más o menos severas.

En cuanto al valor de estos métodos religiosos para “matar la carne”, merecen considerarse a la luz de la Biblia, y hay pasajes claves en el Nuevo Testamento para justipreciar los mismos. Como preliminares podemos recordar las palabras de Jesús a los judíos que le preguntaron “¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?” (Juan 6:28), siendo la respuesta del Señor: “Esta es la obra de Dios, que crean en el que él ha enviado” (v. 29); también, la sentencia categórica del apóstol Pablo en Efesios 2:8, 9: “Por gracia son salvos por medio de la fe; y esto no de ustedes, pues es don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe”. Ambos pasajes, de distinta manera, conducen al creyente a poner su mira, no en las “obras”, tareas, ejercicios espirituales o prácticas religiosas que pueda realizar, para ser acepto ante Dios y recibir la salvación, sino en la fe; en la fe puesta concretamente en el Hijo de Dios, Jesucristo. Pero el pasaje del Nuevo Testamento más revelador respecto a las prácticas de austeridad por motivos religiosos es el de Colosenses 2:20-23, donde se lee: “Si han muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si viviesen en el mundo, se someten a preceptos tales como: No manejes, ni gustes, ni aun toques (en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se destruyen con el uso? Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne”. Estas palabras están dirigidas a creyentes cristianos; de los mismos se dice que habían muerto a la vieja vida sin Cristo, y vivían una nueva vida con Cristo. Sin embargo, se sometían a preceptos, a mandamientos que les ordenaban abstenerse de distintas cosas. Según el v. 23, estos mandamientos, aparentemente, eran bien vistos –tal vez por la gente en general, aunque no cristiana, tal vez entre los cristianos– como prácticas religiosas o prácticas de culto adecuadas; además, implicaban una afectación de humildad en la persona que las practicaba, y significaban tratar con rigor el cuerpo físico. De esto último puede inferirse que consistían en privaciones y austeridades. Pero el veredicto final del apóstol Pablo sobre toda esta práctica religiosa es sorprendente, amén de diáfanamente claro: no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne; no sirven para dominar los deseos de la carne. Este v. 23 en la traducción DHH se lee de la siguiente manera: “Es verdad que tales cosas pueden parecer sabias, porque exigen cierta religiosidad y humildad y duro trato del cuerpo, pero son cosas que no honran a nadie, pues sólo sirven para satisfacer los deseos puramente humanos”. Aquí hay una discrepancia llamativa en la traducción, pues parece indicar que estas prácticas religiosas sólo satisfacían los deseos de las personas, de realizar prácticas religiosas; en otras palabras, de satisfacer su instinto religioso. Otras dos traducciones, sin embargo, se acercan al sentido de la VRV: la NTV: (tales cosas) “podrán parecer sabias porque exigen una gran devoción, una religiosa abnegación y una severa disciplina corporal; pero a una persona no le ofrecen ninguna ayuda para vencer sus malos deseos”; y la NVI: (tales cosas) “Tienen sin duda apariencia de sabiduría, con su afectada piedad, falsa humildad y severo trato del cuerpo, pero de nada sirven frente a los apetitos de la naturaleza pecaminosa”. Se repite que aquí hay una discrepancia de traducción. Pero lo que destaca, en las versiones concordantes, es que el duro trato del cuerpo, la severa disciplina corporal, o el severo trato del cuerpo, no tiene valor, ni ofrece ninguna ayuda ni sirve de nada contra los apetitos de la carne, ni para vencer los malos deseos, ni para enfrentar los apetitos de la naturaleza pecaminosa.

Antes se dijo que la práctica de las austeridades más o menos severas continúa en las iglesias católicas. Lo curioso es consultar el mismo pasaje bíblico, Colosenses 2:23, el cual, como vimos, declara que el duro trato del cuerpo no tiene valor frente a los deseos de la carne, en traducciones católicas de la Biblia. En la Nácar Colunga, el pasaje se lee: “Son preceptos que implican cierta especie de sabiduría, de afectada piedad, humildad y severidad con el cuerpo, pero sin valor alguno, si no es para satisfacción de la carne”: Aquí se ve una discrepancia semejante a la notada en la traducción DHH, pues dice que las austeridades y el severo trato del cuerpo sólo tienen valor para satisfacer la carne; esto es notable, pues antes conjeturamos que los “deseos puramente humanos” de los que habla la DHH podrían corresponder a deseos surgidos del instinto religioso humano. Pero es justamente la versión católica de la Biblia la que presenta la satisfacción de tal instinto religioso, como satisfacción de la carne; esto es muy curioso. El mismo pasaje bíblico en otras traducciones, también católicas, se lee de la siguiente manera: “Tales cosas tienen una apariencia de sabiduría por su piedad afectada, sus mortificaciones y su rigor con el cuerpo; pero sin valor alguno contra la insolencia de la carne” (Biblia de Jerusalén); “Todo eso quiere ser sabiduría, religión, humildad y desprecio del cuerpo, pero no sirve de nada cuando la carne se rebela” (Biblia Latinoamericana). Estas dos traducciones ofrecen una versión de este versículo que concuerda con lo leído en las traducciones protestantes citadas antes (VRV, NTV y NVI). Así que, en varias versiones de la Biblia, tanto evangélicas como católicas, vemos que la religiosidad compuesta de austeridad, privaciones y severidad con el cuerpo, en realidad no ofrece una vía que permita alcanzar una verdadera vida espiritual de victoria sobre los deseos, pasiones e instintos humanos, cuya satisfacción configura una violación de la ley de Dios. Tal vez la siguiente pregunta obvia sea por qué la satisfacción de tales deseos, pasiones e instintos representa violar la ley de Dios, o infringir sus mandamientos, o está en contra de lo que Dios, el Dios de la Biblia, quiere de los humanos. Esta pregunta obvia tiene varias respuestas obvias; en primer lugar, no se trata del capricho de nadie, ni de Dios, ni de la iglesia, ni de los ministros religiosos. Tal vez en otras épocas, cuando la iglesia imponía sus dogmas en la vida de todas las personas, esto pudiera tomarse de esa manera; pero esa imposición no estaba en el Espíritu de Jesús, ni era así en la iglesia primitiva, la de los días de los apóstoles, ni en la actualidad debería ser así. Por lo tanto, y segundo, no se trata tampoco de una imposición religiosa que deba obedecerse por ser una imposición religiosa, pues en el corazón del evangelio de Jesús está la invitación del Señor a seguirlo, y seguir sus enseñanzas; y una invitación se acepta voluntariamente, o no se acepta. Una invitación que se acepta obligado genera disgusto y rechazo; y es mejor no aceptar así la invitación del evangelio. En tercer lugar, tampoco se trata de cumplir un convencionalismo social, de no hacer lo que está “mal visto” o es “mal mirado” por los demás. No solamente la cultura ha evolucionado lo suficiente como para que a una persona que desea satisfacer sus deseos le importe muy poco o nada la opinión de los demás; también cabe pensar si la hipocresía de los tiempos en que las personas reprimían sus apetitos en público, afectando decencia, para satisfacerlos en privado, no era peor. En realidad, puede que sí fuera peor. A la era de la mojigatería y la falsedad le ha seguido la era de la vulgaridad y el cinismo.

Tal vez podríamos poner a consideración que poner la mira sólo en la satisfacción de los apetitos corporales, en la gratificación de los instintos y pasiones “de la carne”, no es ni debería ser el todo del ser humano; que el mismo debería también fijar su atención en valores más elevados, intelectuales, morales, incluso espirituales. La realidad es que para muchas personas satisfacer los apetitos corporales es el todo de sus vidas. También podría argumentarse que hay apetitos cuya satisfacción daña a otras personas y a uno mismo, y ejemplo claro de esto es el sexo sin compromiso ni control, y el consumo de sustancias adictivas y tóxicas. Estos argumentos podrían ser válidos para explicar mandamientos y prohibiciones bíblicas respecto a ciertas conductas y hábitos, pero no son el argumento que induce –ni ayuda– a respetar la ley de Dios, a aceptar e incorporar la Palabra de Dios en nuestras vidas, y a vencer los deseos de la carne. Todo eso se logra mediante la fe en Jesucristo, el amor de Dios, y la llenura del Espíritu Santo.

Uno de los pasajes bíblicos que confronta más enérgicamente el resultado de la expresión de la naturaleza carnal o pecaminosa del ser humano no redimido, incrédulo al evangelio, y carnal, por un lado, y por otro lado lo que puede producir la nueva vida en Cristo del cristiano, que por fe está lleno del Espíritu de Jesucristo, es Gálatas capítulo 5. Allí se lee: “Manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales les amonesto, como ya se los he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (19-21); estas “obras de la carne” son “lo que hacen quienes siguen los malos deseos” (v. 19, DHH). Por otro lado, quienes están llenos del Espíritu de Dios mostrarán una conducta muy diferente: “El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley” (v. 22, 23); este “fruto del Espíritu” es “lo que el Espíritu produce” (v. 22, DHH) en aquellos que han puesto en Jesucristo esa fe que no es simple creencia, sino que implica seguirle con amor y dedicación, de todo corazón.

Cuando Jesús dijo: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, vendremos a él, y haremos morada con él” (Juan 14:23), no estaba hablando simplemente de una práctica religiosa, una filosofía de vida, o el atesorar en el alma un querido recuerdo de aquel gran maestro judío de hace dos mil años. Hablaba de la sobrenaturalidad del cielo que vendría a vivir en cada seguidor suyo que le amara y se esforzara por cumplir su palabra: “El Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre” (v. 25).

Ni fórmulas mágicas, ni prácticas religiosas, ni privaciones severas o ejercicios místicos secretos. La victoria sobre la naturaleza pecaminosa del ser humano, para los creyentes cristianos, está en una fe viva en Jesucristo, en amar al Señor, y en renovar cada día la llenura del Espíritu Santo en nuestras vidas.

 

1) Williams CP, “Anacoreta”, artículo en el Diccionario de Historia de la Iglesia. Editorial Caribe, USA, 1989; pág. 49.
2) Wright DF, “Ascetismo”, artículo en el Diccionario de Historia de la Iglesia. Editorial Caribe, USA, 1989; pág. 93-4.

 

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* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

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