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Usted pide mucho

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

La iglesia es el vehículo del mensaje de amor de Dios al mundo; punto. Lo dijimos muchas veces, y no es ahora la idea extendernos en este aspecto de un tema que hemos abordado reiteradamente, que es justamente la Iglesia, y nuestra experiencia de fe en la misma; experiencia de fe a la que invitamos a todos, poniendo su fe y confianza en Jesucristo para recibir perdón, paz y vida eterna. Recordando conceptos vertidos en la columna La edad de oro del cristianismo, decimos que: La Iglesia, no en cuanto institución religiosa, pero sí en cuanto comunidad de creyentes, es un grupo de individuos llamados por Dios a salir del mundo en un sentido moral; es decir, apartarse de la corriente pecaminosa de un mundo que rechaza a Dios, y reunirse en asamblea con un propósito. Ese propósito es el cumplimiento de la misión que Jesús entregó a sus discípulos, la Gran Comisión (1). La propuesta hoy es hablar de Iglesia, de nuestras iglesias cristianas evangélicas y del mensaje de amor del cual son vehículo, bajo otro enfoque: centrar nuestra atención, primero, en la contraposición entre iglesias que predican e iglesias que prometen, y cómo eso incide en el compromiso personal de cada cristiano y cristiana con Jesucristo, un compromiso al que somos llamados claramente en las Sagradas Escrituras de la Biblia, pero que parece diluirse en el discurso eclesiástico actual.

El ejemplo más gráfico que podemos poner es el fenómeno – un fenómeno – religioso presente en nuestro país desde hace ya algunas décadas: el de las iglesias neopentecostales llegadas de Brasil, entidades de las cuales los líderes evangélicos uruguayos han tomado distancia hace ya muchos años. Estas iglesias hacen un desmesurado énfasis en los aportes de ofrendas y diezmos de los creyentes, y comercian con fetiches religiosos de todo tipo, prometiendo bendiciones financieras, de salud y de otra clase a quienes ofrenden, diezmen y/o lleven el fetiche, a cambio del correspondiente pago del donativo solicitado. La forma en que estos movimientos seudo evangélicos han prosperado explotando la credulidad de la gente ha representado un enigma para muchos, quienes considerando que el nuestro es un pueblo culto – como es habitual que nos consideremos los uruguayos, muy cultos – durante mucho tiempo no hallamos explicación para la respuesta masiva de gente que caracterizó, y en algunos casos aún caracteriza, las reuniones de tales organizaciones. Una primera respuesta que surge, la misma que explicaría la popularidad de productos televisivos llegados de la vecina orilla – la televisión “tinelizada” – es que no somos un pueblo tan culto como creemos. Una explicación más profunda del fenómeno religioso de las iglesias neopentecostales – de la muchedumbre de personas que convocaron y aún convocan – pasa por preguntarse si estas organizaciones, como iglesia, predican “todo el consejo de Dios” (Hechos 20:27), o si lo que ofrecen es la rápida y fácil resolución de los problemas del aquí y el ahora – porque pagar dinero para que los problemas se resuelvan es fácil, sólo hay que tenerlo – sin las exigencias clásicas y escriturales del evangelio: arrepentimiento de pecados, cambio de vida – el nuevo nacimiento bíblico – compromiso con Cristo, y consagración a una forma de vida vivida todas las horas de cada día para Dios. En síntesis, si lo que allí se encuentra es una invitación a una fe sin compromiso y sin requerimientos morales.

Aunque fuera verdad que las iglesias neopentecostales ofrecen una fe sin compromiso, no debemos cometer el error de pensar que sólo ahí vamos a encontrar “creyentes”, que esperan de Dios la solución de una situación conflictiva, que puede ir desde dejar de fumar a recomponer su matrimonio, curarse de una enfermedad, o mejorar en su trabajo, sin querer asumir más compromiso que el contrato representado por el “servicio” que solicitan a la Divinidad, y el pago en efectivo por el mismo, hecho al ministro religioso oficiante. Ahora vamos a vincular esta reflexión sobre los seudo creyentes sin compromiso, con lo que Michael Spencer, en su artículo El próximo colapso evangélico llamó “creyentes marginales”. Hace algunos años reflexionábamos, a propósito de dicho artículo de Spencer, de la siguiente manera: Spencer no nos explica qué entiende por creyentes marginales, pero dado el contexto podemos hacer algunas conjeturas. No creemos, por ejemplo, que utilice el término marginales para referirse a personas pobres o indigentes; tampoco a ilegales, hispanos o inmigrantes de otras etnias. Dado el tenor general del artículo, interpretamos como marginales a aquellos creyentes que no están en plena comunión con sus iglesias, no son asiduos concurrentes, no son miembros con cuyo aporte se pueda contar para actividades, necesidades o proyectos, o son de esas personas que transitan de una congregación a otra por diversos motivos (mal relacionamiento, disgusto con la liturgia, disgusto con el contenido de la predicación, búsqueda del ideal utópico de la “iglesia perfecta”, etc.) (2). Michael Spencer planteaba que sería bueno que estos creyentes se fueran de las iglesias, y al respecto decíamos que tal planteo se nos antojaba duro, pues uno apuntaría al ideal de una completa conversión y compromiso de todos estos creyentes; y añadíamos: Pero quizás el planteo, bien que duro, sea realista; no todos esos creyentes se comprometerán por completo con Cristo, y su alejamiento de las congregaciones dejará en éstas a los verdaderamente convertidos. Tal ideal de una completa conversión y compromiso con Dios y con la obra de todos aquellos que concurren con cierta periodicidad a una iglesia evangélica – quizás a iglesias de todas las confesiones – parece que se quedará nomás en el ideal.

La intención es, ahora, disecar el fenómeno de esa población de creyentes marginales, presentes en todos los grupos religiosos, intentando analizar causas y contenido espiritual, y tal vez hasta las justificaciones presentadas por los propios creyentes marginales, para mirar luego las Sagradas Escrituras y ver si interpretamos bien lo que Jesús pide a todos sus seguidores. En primer lugar, en todo grupo o congregación existe un conjunto de gente que está metida hasta las orejas en el asunto; creyentes bautizados y miembros que están – y se sienten – completamente comprometidos con el espíritu, la misión y la tarea de la Iglesia. Un grupo de personas fieles al que podríamos llamar un “núcleo duro” – como podríamos llamarlo de otra manera – que se toman en serio la fe y el discipulado, y pueden contar una experiencia de conversión que cambió sus vidas para siempre. Son seguidores de Cristo convencidos y convertidos, con los que siempre se podrá contar (salvo que razones de fuerza mayor les impida dar su apoyo en la iglesia). Por fuera de ese núcleo duro están los creyentes marginales. Ahora, ¿por qué están por fuera, y qué los hace marginales? ¿Con qué tipo de personas, situaciones y motivos nos encontramos en esa población flotante que cada tanto visita nuestras iglesias?

Hablamos de los creyentes marginales en las congregaciones evangélicas; personas a los que llamamos formalmente hermanos – como si fueran cristianos comprometidos – cuando en realidad son solo simpatizantes, o como a veces se dice, “primos”. Personas que aún no han pasado por la experiencia renovadora de fe en Jesús, y están por fuera del “núcleo duro”. ¿Quiénes son y por qué están por fuera? Algunos nacieron a la fe en otras congregaciones, de las que se fueron por diferentes causas, algunas ya mencionadas: mal relacionamiento con el pastor, algún líder, algún o algunos de los miembros de la congregación; disgusto con la liturgia, es decir la forma y estilo de desarrollar las reuniones de culto (causa habitual en iglesias de corte conservador, cuando sus líderes se “abren” a una renovación espiritual de tipo pentecostal o carismática); disgusto con el contenido de la predicación, sea por lo superficial, o por lo exigente y dura en su denuncia del pecado; búsqueda del ideal – utópico – de la “iglesia perfecta”, en la cual uno pueda adorar y servir al Señor “tranquilo y sin problemas” (lo dicho, utópico).

También están aquellos que creen sinceramente en Jesús, pero en su vida mantienen hábitos y costumbres reñidos moralmente con la Palabra de Dios, y aunque entienden que tales cosas no les permiten un compromiso, no se deciden a dejarlas. En tercer lugar, y muy relacionado con lo anterior, en virtud de tener tales hábitos y costumbres, o por la culpa y la “mancha” interior por hechos del pasado, algunos se consideran a sí mismos indignos de consagrarse a Dios. Cuarto, hay quienes creen, también sinceramente, en Jesucristo, pero no están convencidos de dar el paso de entrega total – bautismo e ingreso pleno a la membresía de la iglesia – por temor a involucrarse en algo que esté más allá de sus convicciones. En quinto lugar tenemos a los que en líneas generales creen en Dios y en la Biblia, pero tienen reparos con algunos puntos de la doctrina cristiana, o con ciertos aspectos de la historia bíblica – por ejemplo, la violencia ejercida en nombre de Dios, o por “mandato” de Dios, como aparece en algunas partes del Antiguo Testamento – o también con particularidades cuestionables de la historia de la iglesia.

Sexto, a veces se trata de familiares cercanos a miembros comprometidos de la iglesia; el caso típico es el del esposo de una mujer que es fiel asistente de la congregación. Asimismo hay que considerar a los que vienen por otros intereses diversos de aquel que consiste en cultivar una fe sincera en Jesucristo: la persona que buscando huir de la soledad de su vida, busca contención emocional en el grupo de creyentes; el que viene solo en procura de apoyo económico; el que concurre para buscar pareja (y si la consigue se manda mudar); el que viene para divertirse y pasar el rato, por ejemplo en la reunión de jóvenes, o cuando hay alguna reunión especial por fechas particulares, como navidad o semana santa (sobre todo si ese día hay comida); y aquellos que consideran la iglesia una actividad social, cultural o recreativa más. Por último – y sin pretender haber agotado todas las posibles causas – tenemos a las personas que parecería que nunca llegarán a comprender, por más que se les explique, que el evangelio reclama compromiso total.

Sin embargo, entendemos que ese es el mensaje implícito en el evangelio que Jesús predicó. El relato del llamado de Jesús a sus primeros discípulos, junto al mar de Galilea, invitándoles a ser sus seguidores, y cómo el escritor sagrado dice con sencillez que aquellos hombres dejaron todo y se fueron tras él (Mateo 4:18 – 22), representa la escena casi épica del individuo que, en un momento bien definido de su vida, tiene un encuentro personal con alguien que revoluciona todo en su interior, tal que decide abandonar todo lo que hacía y todo lo que era, para irse detrás del ideal maravilloso y eterno representado por la sublime persona de Jesucristo. Él nos llama a un compromiso total y completo en todas las áreas de nuestra vida. Esta demanda de Jesús puede parecer excesiva, como ejemplifica un episodio relatado en el evangelio de Juan. Cuando el Señor pronuncia su discurso sobre el pan de vida, presentándose a sí mismo como el nuevo maná venido del cielo, que da vida eterna a quién lo “come”, es decir, a quién llena su ser de la persona de Cristo, la reacción de algunos de los discípulos de Jesús a la exclusividad que reclamaba como objeto de su fe y lealtad fue de disgusto: “Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?” (Juan 6:60), dijeron algunos. Estos discípulos creían en Jesús, pero no tanto como para responder a sus demandas. El resultado fue la defección de muchos de ellos; Juan cuenta que “Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él” (v. 66). El abandono de tantos de sus discípulos parece haber afectado a Jesús, quién – quizás algo desolado – preguntó a su “núcleo duro” de doce apóstoles: “¿Quieren acaso irse también ustedes?” (v. 67). Un núcleo duro en el cual había un traidor, lo que Jesús sabía, y Juan aclara que el Señor lo sabía al decir: “Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién le había de entregar” (v. 64). Esa pregunta – tal vez desalentada – de Jesús debería hacernos reflexionar, a todos, cuando amenaza afectarnos ese mal tan extendido de la “marginalidad” espiritual: abandonar. Porque abandonar la iglesia es abandonar el Cuerpo de Cristo, y es – por lo tanto – abandonar al Señor; y ser inconstantes con el Señor. Y ser inconstantes es no ser firmes, ni leales, ni confiables para la obra de gracia que Dios está llevando adelante en este mundo en esta era; eso, aún en esta época en que tantos cambios sociales, jurídicos y morales, que supuestamente se instrumentaron para “mejorar” la sociedad, solo han servido para empeorar la vida y la convivencia.

En esta época, como siempre y como nunca antes, es necesario renovar nuestro compromiso de fe, fidelidad y lealtad con Jesucristo. Porque si no, como lo expresó el apóstol Pedro, “¿a quién iremos?” (v. 68). Si no vamos a los pies de Jesucristo, en renuncia y entrega total a Él, ¿a quién iremos? En la prueba, en el desengaño, en la tristeza, en el enojo, en la duda, en la angustia, en la incertidumbre, en el dolor, sólo en Jesús hay vida, y vida eterna.

 

1) La edad de oro del cristianismo, publicado en esta página web en mayo de 2014.
2) El colapso evangélico – 4, publicado en esta página web en mayo de 2013.

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

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