Espíritu, alma y cuerpo

«Un enemigo del pueblo»
2 agosto 2019
Fake news espirituales
6 agosto 2019

Espíritu, alma y cuerpo

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

¿Puede nuestro cuerpo denunciar trastornos emocionales y espirituales que, muchas veces, no atendemos debidamente? ¿En qué medida eso sucede? Existe un vínculo real e indisoluble entre lo corporal, lo orgánico o biológico, y lo mental y emocional. Hoy en día prácticamente nadie discutiría eso. Las ciencias de la salud nos dicen que el ser humano tiene una constitución bio-psico-social, a lo que más recientemente se ha añadido lo sexual; y nosotros desde nuestra visión cristiana agregamos lo espiritual. El Nuevo Testamento de la Biblia, desde hace ya casi dos mil años, habla de la constitución del ser humano como espíritu, alma y cuerpo (1 Tesalonicenses 5:23). Tradicionalmente, la fe cristiana ha enfatizado la espiritualidad del ser humano, mucho más que lo corporal y biológico. Hoy en día esa visión se ha revertido casi por completo, e incluso las ciencias de la salud mental buscan en lo biológico la razón de muchos males, y la solución –o por lo menos el alivio– de los mismos. Existe una disciplina médica, la psicoinmunoneuroendocrinología, que integra varias especialidades, y estudia el estrés, las emociones y los pensamientos que se vinculan a las conductas adaptativas frente a los cambios del medio. El cuerpo tiene sistemas interrelacionados para interactuar y adaptarse al medio: el simpático adrenal (adrenalina), el neuroendócrino, el inmunitario, los cuales confluyen y tienen su sustrato anatómico en el hipotálamo, un órgano situado en la base del cerebro. Por supuesto, esta visión esencialmente biológica de la conducta adaptativa del ser humano implica el riesgo de reducir toda la actividad intelectual, emocional, e incluso espiritual, a simples reacciones bioquímicas. Algunos, los más materialistas, ya lo hacen, y consideran que lo más elevado desde el punto de vista intelectual y espiritual del ser humano, no es más que actividad electroquímica cerebral. Lo metafísico del ser humano, si existe –y los cristianos creemos que sí existe– no es pasible de demostración científica; aunque tampoco es pasible de demostrarse su no existencia. En definitiva, es una cuestión de principios, y creencias.

Desde los años ochenta del siglo veinte, la medicina y la psiquiatría psicosomática han puesto el foco en la conducta de los enfermos, procurando modificar los hábitos de riesgo, promover conductas saludables e incrementar la adherencia a los tratamientos de distintas enfermedades, intentando en general mejorar la calidad de vida de las personas. Desde la visión de la medicina, las enfermedades psiquiátricas en la atención de salud tienen como origen, primero, una base orgánica, por una lesión cerebral; en segundo lugar, un padecimiento psiquiátrico concomitante; y tercero, una respuesta psicopatológica a la vivencia de enfermedad. La visión desde el ángulo opuesto, el origen exclusivamente psíquico de la enfermedad orgánica, hoy en día, es discutible. Lo que sí está claro es que las perturbaciones psíquicas precipitan, agravan o complican enfermedades orgánicas (por ejemplo, hipertensión arterial, diabetes, asma, infartos cardíacos, fibromialgia, infecciones respiratorias, reacciones alérgicas). A aquellos síntomas para las que no hay explicación médica –es decir, una clara y definida base orgánica– y que se asocian a alteraciones psicopatológicas, se les ha llamado trastornos psicosomáticos; también han sido denominados trastornos somatomorfos, y actualmente el DSM-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales) los nombra trastornos de síntomas somáticos. Estos trastornos son molestias, o enfermedades, relacionadas a la conducta, y a la vida psíquica; son resultado de estados psíquicos y de conducta que afectan la estabilidad y el equilibrio orgánico.

El estrés es un estado de activación biológica que rebasa la capacidad adaptativa del organismo, y aumenta la probabilidad de disfunción y enfermedad. Durante las situaciones de estrés se produce activación del sistema nervioso simpático, con aumento de adrenalina, activación neuroendócrina, con aumento de una hormona llamada cortisol –que es el más importante marcador de estrés– inhibición del sistema inmunitario –resultando en disminución de la vigilancia inmune, y eventual reactivación de virus y otras infecciones presentes en estado latente– e inhibición conductual. En cuanto a esta inhibición conductual se destaca una disminución de la capacidad de aprender, o de adquirir nuevas experiencias; también, la percepción de una pérdida de control sobre el entorno (familia, relaciones, trabajo, comunidad). La aparición del estrés depende de la evaluación, hecha por el individuo, de su interacción con el medio. Dicha evaluación, a su vez, depende de procesar la propia actividad emocional, y la información proveniente del entorno; es decir, cómo procesamos emocionalmente lo que nos llega del medio en que nos movemos. Ambos, emociones e información del entorno, se procesan subliminalmente; es decir, el proceso se realiza sin ser percibido en forma consciente. Este proceso define la apreciación que el individuo hace sobre la situación, determinando la respuesta emocional y la conducta. El resultado, generalmente, es una respuesta más instintiva que racional.

En cuanto a los estados depresivos, estos pueden manifestarse a través de síntomas físicos, más que psiquiátricos; la tristeza no siempre está presente. Cuanto más atípico o inexplicable desde el punto de vista médico sea un síntoma, es más probable que sea de origen depresivo. Ningún órgano ni sistema corporal está libre de presentar síntomas somáticos funcionales; es decir, somatizaciones de trastornos psíquicos. Dentro de los síntomas somáticos –o síntomas físicos, o “del cuerpo” – más comunes, están el dolor, la disnea –o sensación de falta de aire – las palpitaciones, los mareos, las náuseas, los desmayos, los acúfenos (zumbidos de oídos), las alteraciones del tránsito intestinal, el decaimiento inexplicado, y una sensación inespecífica de malestar general. El dolor puede presentarse a nivel del tórax (pecho), generando la alarma de un ataque cardíaco; en el abdomen, tanto un retortijón como un dolor difuso; puede ser dolor de cabeza, en la nuca o en toda la cabeza; dolor en articulaciones y músculos, y dolor lumbar. La falta de aire es episódica, sin relación con los esfuerzos (lo que pondría en la pista de trastornos cardíacos o broncopulmonares), y a veces acompañarse de sibilancias, o “chillidos”, como sucede a los asmáticos. Las palpitaciones, o sensación de latido cardíaco rápido, pueden aparecer súbitamente, y acompañarse a veces de mareo, incluso de desmayo. El mareo es como un embotamiento, a veces una inestabilidad leve. Las náuseas son subjetivas, y no se acompañan de vómitos, que orientan más a una enfermedad orgánica. En cuanto al tránsito intestinal, puede haber desde estreñimiento pertinaz hasta diarrea, y también cambios en la forma de las materias fecales. Finalmente, la persona puede sentir agotamiento, falta de voluntad para hacer las cosas, o una sensación subjetiva de “estar mal”.

Los síntomas funcionales más comunes son la ansiedad, la depresión, el insomnio y la agresividad. Dentro de lo que es la ansiedad tenemos agitación, inquietud, intranquilidad, y sensación de desasosiego. En la depresión, entre otros, se presentan tristeza, apatía (desinterés, falta de entusiasmo, “no me importa nada”), desesperanza –como no esperar nada del futuro– anhedonia (es decir, incapacidad de disfrutar de las cosas), también anorexia – falta de apetito– y pérdida de peso. El insomnio puede ser de conciliación –cuando el individuo se acuesta y no lograr dormirse– o de mantenimiento, que significa que despierta en plena madrugada, y ya no logra dormir más. En cuanto a la agresividad, puede estar contenida o desatada; dirigirse hacia los demás –incluso contra quienes quieren ayudar– o hacia uno mismo; ser sólo verbal, o llegar a la agresión física.

Como se ve, la constelación de síntomas que expresan disturbios de la vida psíquica es extensa. Ahora, resulta un terreno relativamente inexplorado el de la expresión física de perturbaciones espirituales. ¿Cuáles serían esas perturbaciones espirituales? Y, ¿qué las diferenciaría de otros trastornos, englobados por la ciencia en la vida psíquica del ser humano? En otras palabras, ¿por qué no considerar que forman parte de los disturbios de la vida psíquica, como lo hacen las ciencias seculares de la salud mental?

Para intentar dar una respuesta a esas preguntas, como creyentes debemos introducir un concepto teológico bíblico básico: la existencia de un Ser supremo, Creador de todo lo que existe y de la vida humana. Un Ser supremo –Dios– que no se ha desentendido de la raza humana, sino que espera una respuesta adecuada y una conducta definida de sus criaturas. En suma, un Dios que pide cuentas y reclama la asunción de responsabilidades por parte de los seres humanos. Las perturbaciones espirituales han de tener que ver con – y han de entenderse como vinculadas a – la relación del ser humano con Dios. Más concretamente, con las situaciones en que esa relación entre Dios y el ser humano está comprometida por circunstancias que la interrumpen. A continuación, tenemos que introducir otro concepto teológico bíblico básico: el pecado. El pecado es la causa por excelencia que interrumpe el vínculo entre Dios y el ser humano. En el Antiguo Testamento, el libro de Isaías dice: “Las maldades cometidas por ustedes han levantado una barrera entre ustedes y Dios; sus pecados han hecho que él se cubra la cara y que no los quiera oír” (59:2; DHH); y en el Nuevo Testamento, en la epístola del apóstol Pablo a los Romanos se lee: “Todos han pecado y están lejos de la presencia gloriosa de Dios” (3:23; DHH).

Componentes de la vida espiritual del ser humano son: la búsqueda de lo trascendente, la relación con lo trascendente, y también, la fe en lo trascendente; estos tres se dirigen, en último término, a la pregunta sobre la existencia de Dios, y la búsqueda personal de Dios. Asimismo, compone la vida espiritual del ser humano el amor; pero ese amor que va más allá de lo afectivo, el amor que está dispuesto al sacrificio, en aras del bienestar, la seguridad, y la felicidad del ser amado. Y también entra dentro de la estructura de la vida espiritual, la sujeción a una escala de valores, con una eventual aspiración de superación moral, que dependerá de la capacidad para mantenerse a la altura exigida por la escala de valores que se ha adoptado como norma para la vida. En la relación del ser humano con lo trascendente también participa: la creencia en un único Dios, o en más de uno; la dicotomía monoteísmo–politeísmo, que hoy en día está nuevamente presente en el mundo occidental, por la influencia de religiones africanas, y por el resurgimiento de antiguos cultos europeos. La disyuntiva entre fe, indiferencia o incredulidad, focalizada en Dios. La alternativa entre amor, indiferencia u odio, también enfocada en Dios. el binomio esperanza-desesperanza, en relación a distintas situaciones de la vida –sobre todo las crisis– o frente a la muerte, propia o de un ser querido. La compleja vivencia de alegría, tristeza y desesperación, también relacionada a situaciones de vida, o en relación a Dios y lo trascendente. La experiencia de soledad, o vida en compañía, sea por seres queridos y amigos, o a través de la fe en un vínculo con lo trascendente (Dios). La noción de justicia o injusticia, acerca de las cosas que ocurren cotidianamente, o en particular cuando sobreviene una crisis en la vida. Finalmente, el sentimiento de culpa por lo que se cree un pecado cometido, que prevé un castigo, y el temor al castigo.

Los disturbios de la vida espiritual pueden tener efecto en el cuerpo. Ya vimos que, según 1 Tesalonicenses 5:23, nuestro ser es “espíritu, alma y cuerpo”. La Biblia ofrece algunos pasajes en que se ve la influencia sobre la salud del cuerpo, de situaciones que afectan la vida espiritual. En el libro de Job, en un contexto de pérdida de la esperanza (14:19), se dice que “su carne sobre él se dolerá, y se entristecerá en él su alma” (v. 22), pasaje que en la DHH se lee: “Sólo siente los dolores de su propio cuerpo, el sufrimiento de su propio ser”. En el mismo libro, en un contexto de soledad e incomprensión, se lee: “Mi piel y mi carne se pegaron a mis huesos, y he escapado con sólo la piel de mis dientes” (Job 19:20; DHH: “La piel se me pega a los huesos, y a duras penas logro seguir con vida”). En el Salmo 31:10, en un contexto de pecado propio, dice: “Mi vida se va gastando de dolor, y mis años de suspirar; se agotan mis fuerzas a causa de mi iniquidad, y mis huesos se han consumido”. En el Salmos 32:3, en un contexto parecido, pecado no confesado, se lee: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día” (DHH: “Mientras no confesé mi pecado, mi cuerpo iba decayendo por mi gemir de todo el día”). En Isaías 21:3, en un contexto de temor y expectación ante una invasión que se avecina en castigo por la maldad del pueblo de Israel, dice: “Mi cuerpo se estremece, me retuerzo de dolor como mujer de parto, la angustia no me deja oír, el terror me impide ver” (DHH). En Jeremías 4:19, en un contexto similar, se lee: “¡Me retuerzo de dolor! ¡El corazón me palpita con violencia! ¡Estoy inquieto, no puedo callarme! He escuchado un toque de trompeta, un griterío de guerra” (DHH). Por contrapartida, la Biblia también habla de los efectos positivos que tiene sobre el cuerpo una vida espiritual saludable por medio de la adecuada comunión con Dios. en el Salmo 41:1 – 3 se lee: “Dichoso el que piensa en el débil y pobre; el Señor lo librará en tiempos malos. El Señor lo protegerá, le dará vida y felicidad en la tierra, y no lo abandonará al capricho de sus enemigos. El Señor le dará fuerzas en el lecho del dolor; ¡convertirá su enfermedad en salud!” (DHH). En Proverbios 15:13, un pasaje muy conocido: “El corazón alegre hermosea el rostro; mas por el dolor del corazón el espíritu se abate” (DHH: “Corazón alegre, cara feliz; corazón enfermo, semblante triste”).

El pecado es el elemento disruptivo por excelencia de la relación entre el ser humano y Dios. Sobre todo, el pecado no confesado; es decir, no reconocido ante Dios, a través de la oración, con arrepentimiento y sincera intención de cambio. Un pasaje clave, al respecto de esto, está en el discurso del apóstol Pedro el día de Pentecostés, el mismo día del nacimiento de la iglesia cristiana: “Vuélvanse ustedes a Dios y conviértanse, para que él les borre sus pecados y el Señor les mande tiempos de alivio, enviándoles a Jesús, a quien desde el principio había escogido como Mesías para ustedes” (Hechos 3:19 DHH). “Volverse” es la palabra que, en la VRV, aparece como “arrepiéntanse”; es decir, girar hacia Dios, cambiar la mente –o el pensamiento – sobre Dios, sobre uno mismo, y sobre la vida que se ha llevado lejos de Dios y de la fe. “Convertirse”, en este contexto, continúa el proceso iniciado por el arrepentimiento; es poner la fe exclusivamente en Jesús, para hacerse su seguidor, su discípulo. Hacerse cristiano. Porque el cristianismo todavía tiene cosas valiosas para ofrecer, bendiciones y beneficios para el alma humana que nadie más, ni ninguna otra fe, puede ofrecer: perdón de pecados, salvación y vida eterna; y vida plena y abundante, también en este mundo. Todo eso está en una vida vivida por la fe en Jesucristo.

Porque Jesús dijo: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10).

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *