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La maldición

El ciclo maldito – Parte 1

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

El repertorio de insultos, imprecaciones y exclamaciones que la personas dicen en momentos de disgusto, dolor, enojo o frustración, es rico en todos los idiomas, y el nuestro no es una excepción. Dirigidos contra una o más personas, o a veces a nadie en particular (dichos “al aire”), estas manifestaciones han variado con el correr del tiempo, enriqueciéndose con el aporte de otras regiones y culturas. Pero lo que es cierto es que evolucionan con el correr de los años y los cambios de época, y muchos van cayendo en desuso. Hoy en día, a alguien medio tonto nadie le diría “mentecato”, ni se le diría “badulaque” a un tipo de poco juicio en su conducta. Asimismo, nadie que se lleva un susto, o se enoja, exclamaría “cáspita”, o “recórcholis”; por lo menos, no en nuestro país. Y nadie que colgando un cuadro en la pared se martille un dedo diría “repámpanos”. Sin embargo, hay una expresión –con una historia de milenios– que sigue presente en nuestro lenguaje cotidiano, y parece estar a flor de labios en muchas personas; esta expresión emerge explosivamente en momento de disgusto, ira, dolor, frustración, desgracia o desesperación: la maldición. La gente maldice a menudo, generalmente sin darse cuenta de lo que dice: maldita lluvia, maldito calor, maldito gobierno, maldito el idiota que me despertó de madrugada. Es verdad que, en estos tiempos de decadencia moral, la vulgaridad y las obscenidades adornan cada vez más el habla coloquial de nuestros vecinos, y saturan el repertorio de insultos que, en broma con los amigos y en serio con los que no, se utilizan a diario. Pero la maldición siempre está ahí; generalmente, nunca en broma. Tal vez, sí a la ligera, como si fuera una expresión más, sin poder alguno más que el de ofender o molestar; pero muy raramente como chiste. Una persona puede dirigirse a un amigo suyo, en broma, acordándose de la madre del mismo con esa palabra muy conocida que la señala como mala mujer; pero jamás alguien maldeciría a la madre de su amigo. Casi nadie usa las palabras “maldición” o “maldito”, o la expresión “maldito seas” o “maldita sea” en broma, pese a que dichas palabras y expresiones, en la actualidad y para la mayoría de las personas, estén desprovistas del significado mágico y del poder que se les atribuían, en otros tiempos y en diversas culturas.

¿Qué es una maldición? Algunas definiciones pueden ayudarnos a clarificar de qué se trata en realidad: “Una maldición es una expresión a través de la cual se le desea un daño a una persona o un grupo de individuos. El término procede del vocablo latino maledictio, que puede traducirse como injuria”(1). En tanto, de maldito leemos como definiciones, entre otras, que se usa esta palabra para referirse a una cosa de mala calidad, ruin y miserable, como también a alguien perverso, de mala intención y dañadas costumbres, o a una persona que ha sido condenada y castigada por la justicia divina (2). La maldición depende, entonces, de qué maldecimos, y a quién maldecimos. Cuando se profiere la palabra maldición porque, por ejemplo, uno se ha martillado un dedo, o se le ha roto algo en la casa, o su cuadro de fútbol favorito perdió el partido, puede parecer que no tiene mayor relevancia. En cambio, maldecir a una persona, sea el vecino, el jefe, o hasta un familiar fastidioso, implica algo más que un insulto, o una palabra fuerte dicha para impresionar, cerrar una discusión, o como catártico personal ante la molestia que representa el otro. En el mejor de los casos, decirle a una persona –amigo, vecino, familiar o desconocido– maldito seas, resulta ofensivo y perturbador; ofensivo, porque el maldecir a alguien siempre sale con una carga de rabia, o de odio, o de ambas cosas, y siempre se trata de una injuria seria. Perturbador, primero, porque cualquiera reconoce la carga de odio y rabia mencionada, dirigida contra su persona por aquel que lo maldice; y también porque aun en una cultura agnóstica –o de espiritualidad liviana– persiste, como residuo, el temor que despertaban viejas creencias acerca del poder contenido en la palabra emitida por una persona contra otra. Por otro lado, y remitiéndonos a las definiciones, maldición o maldito son palabras que no tienen por qué estar presentes cuando se maldice a una persona; es decir, no maldecimos solo al decir, maldito seas. Como, por definición, la maldición es el deseo de daño dirigido contra una persona, cuando le deseamos a una persona un daño, la estamos maldiciendo. La cinematográfica expresión “rómpase una pierna” tiene su equivalente entre nosotros en, por ejemplo: “mal rayo te parta”, o la muy coloquial “morite”. La expresión: ¡Te odio, desgraciada; morite!, contiene una manifestación concreta de odio, seguida de un insulto, y luego una maldición. Constituye en su conjunto una injuria muy seria y grave, sin usar obscenidades ni palabrotas, y sin usar tampoco la palabra “maldita”.

Histórica y culturalmente, hay un elemento de sobrenaturalidad asociado a la maldición. Desde la creencia en el poder mágico de la palabra emitida por un ser humano, la convicción de que el espíritu humano libera una energía, derivada de un intenso deseo de que el mal caiga sobre un enemigo –o rival– sea este deseo expresado en voz alta o no, hasta la participación de seres sobrenaturales, generalmente dioses o espíritus maléficos, que vehiculizan el deseo maligno de un ser humano hacia su enemigo, a cambio de una “prestación” –generalmente algún tipo de sacrificio– por parte del maldiciente. Aún hoy en día hay personas entre nosotros que creen en estas cosas, y no sólo verbalizan con intensidad sus deseos malévolos hacia aquellos a quienes consideran sus enemigos personales, sino que también concurren a consultar brujas y oficiantes de magia negra, para invocar la ayuda sobrenatural de la magia o de malos espíritus, con el fin de ver cumplidos sus deseos en aquellos a quienes odian. Hoy, en nuestro país, en pleno siglo 21, los hay de estos, y abundan. De la antigüedad del elemento sobrenatural de la maldición nos habla la siguiente cita, extraída de una fuente evangélica: “Para el hebreo, así como la palabra no es meramente un sonido en los labios, sino un agente que se envía con una misión, de la misma manera la maldición pronunciada es un agente activo que provoca daño. Detrás de la palabra está el alma que la ha creado” (3). Debe destacarse que, si bien esto es de una fuente evangélica, cuando habla de la “palabra” no debe interpretarse como la Palabra de Dios; en este caso, se refiere a la creencia que había entre los hebreos –y también entre otros pueblos del antiguo cercano oriente– en el poder de la palabra dicha por un ser humano. La creencia en un poder espiritual, un poder del espíritu humano, capaz de hacer que se cumpliera lo dicho por alguien, por el solo hecho de haberlo dicho. Por supuesto que esto es imposible de demostrar, y suena más bien a magia y superstición; no a fe bíblica, aunque se hable del antiguo pueblo hebreo. Sin embargo, hay pasajes de la Biblia que pueden dejarnos sorprendidos, si los miramos bajo esta óptica.

En los países de herencia cultural y religiosa cristiana, el mensaje de la iglesia –practicado en los hechos, o no– ha formado en el pensamiento de la gente una idea y una imagen del cristianismo como una fe que predica el amor, incluso a los enemigos, y que también predica la paz, el perdón y la reconciliación. Cuando se habla de esto, siempre es necesario hacer la misma aclaración: la historia lo desmiente rotundamente, y es necesario proyectarse al evangelio original contenido en el Nuevo Testamento, para encontrar estos grandes ideales de amor, perdón y paz, como mandatos de Jesús a sus seguidores, que sus seguidores fracasaron en cumplir, la mayor parte del tiempo. Pero lo que hay que entender, referente a esos grandes ideales, es que son ideales distintivamente cristianos. No se trata de que los antiguos israelitas no conocieran el amor, el perdón y la paz, que siempre estuvo presente como mensaje de Dios en su Palabra. Pero el sentimiento hacia el –o los– enemigos, que emerge en algunos pasajes de las Escrituras del Antiguo Testamento, puede llegar a ser sorprendente. Esto sucede, por ejemplo, con los llamados salmos imprecatorios. Siendo la imprecación una “expresión exclamativa que evidencia el deseo de que a alguien le suceda algo malo” (4), las imprecaciones son, de hecho, maldiciones; maldiciones dichas en voz alta y con sentimiento, con energía interior, con la fuerza del espíritu humano que envía esa palabra de maldición, esperando que se cumpla. Los salmos imprecatorios, por lo tanto, son salmos que contienen maldiciones; esto no deja de ser perturbador, pero merece un acercamiento. Para eso, vamos a leer algunos ejemplos: “Sean avergonzados y confundidos los que buscan mi vida; sean vueltos atrás y avergonzados los que mi mal intentan. Sean como el tamo delante del viento, y el ángel de Jehová los acose. Sea su camino tenebroso y resbaladizo, y el ángel de Jehová los persiga. Porque sin causa escondieron para mí su red en un hoyo; sin causa cavaron hoyo para mi alma. Véngale el quebrantamiento sin que lo sepa, y la red que él escondió lo prenda; con quebrantamiento caiga en ella” (Salmo 35:4-8); “Que la muerte les sorprenda; desciendan vivos al Seol, porque hay maldades en sus moradas, en medio de ellos” (Salmo 55:15); “Y tú, Jehová Dios de los ejércitos, Dios de Israel, despierta para castigar a todas las naciones; no tengas misericordia de todos los que se rebelan con iniquidad. Anden ellos errantes para hallar qué comer; y si no se sacian, pasen la noche quejándose” (Salmo 59:5, 15); “No concedas, oh Jehová, al impío sus deseos; no saques adelante su pensamiento, para que no se ensoberbezca.  En cuanto a los que por todas partes me rodean, la maldad de sus propios labios cubrirá su cabeza.  Caerán sobre ellos brasas; serán echados en el fuego, en abismos profundos de donde no salgan” (Salmo 140:7-10). Y para el final, y sin que estos sean todos los salmos imprecatorios del Antiguo Testamento, uno muy contundente: el Salmo 137, el cántico de los cautivos hebreos en Babilonia, en el cual leemos: “Hija de Babilonia la desolada, bienaventurado el que te diere el pago de lo que tú nos hiciste. Dichoso el que tomare y estrellare tus niños contra la peña” (8, 9; DHH: ¡Feliz el que agarre a tus niños y los estrelle contra las rocas!).

Seguramente, alguno dirá que en estos salmos imprecatorios hay un elemento de justicia divina en el deseo del salmista; el deseo de ver el justo castigo de sus enemigos, ejecutado por el mismo Dios. Este elemento de justicia estaría presente, incluso, en las manifestaciones terribles del último salmo citado, el 137. El matar a niños pequeños –incluso bebés– era una práctica común de la antigüedad, y lo siguió siendo durante toda la edad media. Algún autor cristiano (5) ha visto en la expresión del salmista un anuncio profético sobre el futuro del imperio babilónico, que merecería semejante atrocidad, debido a las atrocidades que había cometido (como todos los imperios). Varios profetas del Antiguo Testamento, hablan del castigo que vendría sobre el imperio babilónico, debido a sus crueldades: Isaías, Jeremías, Habacuc, entre otros. Esto es curioso, porque significa que, si tomamos la expresión del anhelo de una atrocidad como la referida en el salmo 137, como una maldición, quien ejecutaría esa maldición sería el mismo Dios. Este elemento hay que tenerlo presente, siempre que se hable de la maldición en la Biblia. Ahora, en cuanto a la maldición del salmista contra el imperio babilónico en el salmo 137, también podría tratarse, simplemente, de una expresión de rencor y odio irreconciliable contra el imperio que había destruido su tierra y hecho cautivo a su pueblo.

La imprecación de los hebreos cautivos en Babilonia también sirve para comentar otro aspecto de la maldición: la impotencia del que maldice. Los judíos habían resistido la invasión y el asedio del ejército babilónico con todas sus fuerzas y con cuantas armas tuvieron a su alcance, y a pesar de haber luchado habían perdido. Los sobrevivientes de la guerra habían sido llevados a Babilonia como cautivos; es decir, habían sido sometidos y esclavizados. Estos individuos, que ya no tenían fuerza para vengarse de sus enemigos, pronunciaron una maldición, invocando el castigo que su odio y su dolor les mostraba como el merecido por sus opresores. Esto es muy ilustrativo, porque muestra cómo el que maldice, usa la maldición como recurso cuando no puede causar daño de otra manera a aquel a quien desea ver destruido. Porque no tiene la fuerza –la fuerza física– para hacerlo, o no tiene el valor, la valentía, para cumplirlo; en esta línea, podríamos decir que maldecir es un recurso de cobardes. Además, causar daño físicamente a otra persona para vengarse podría ser perseguible por la justicia.

En esta etapa de la reflexión ya no hablamos de la maldición dicha a la ligera, sin intención, y como simple interjección que expresa frustración o disgusto, como lo hablamos al principio; en esta etapa estamos hablando de aquel que recurre a lo sobrenatural; los salmistas hebreos antiguos a Dios, pero muchos, hoy en día, a las artes ocultas de la brujería y la magia negra, para causar daño a otra persona. Esos, además de ignorantes y supersticiosos, son unos cobardes; y desde el punto de vista espiritual, están en la más profunda oscuridad. Una oscuridad que sólo podrá ser disipada cuando pongan –si ponen– su fe en aquel que dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12). Jesucristo es la luz de este mundo, la luz espiritual inextinguible, que puede liberar al que maldice y al maldecido, de la oscuridad de la ignorancia y el error, trayendo paz, amor y perdón al corazón de aquel que desea dañar a su prójimo, y también al que teme ese daño. Con este pensamiento tan reconfortante, y que invita a la fe, terminamos esta reflexión sobre este tema espinoso de la maldición, para seguirla en la próxima entrega.

 

1) https://definicion.de/maldicion/
2) https://dle.rae.es/srv/search?m=30&w=maldito
3) J.A.M., Maldición, en Nuevo Diccionario Bíblico; Ediciones Certeza, Illinois, USA. Nashville, TN, 1982; Pág. 851.
4) https://www.wordreference.com/definicion/imprecación
5) www.cristianismoparaateos.com/index.php/2017/07/12/aconseja-salmos-1379-a-estrellar-nuestros-ninos-contra-la-pared/

 

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* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

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