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Libres de maldición

El ciclo maldito – Parte 3

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

La cultura popular tiene muchos ejemplos de maldiciones, algunas famosas. Lugares malditos y casas embrujadas; y personas maldecidas, como Jack el tacaño, personaje vinculado a Halloween, condenado a errar por el mundo después de su muerte, por no ser bienvenido ni en el cielo ni en el infierno; o el Holandés errante, barco fantasma que vaga con su tripulación por el océano desde hace siglos, sin jamás poder llegar a puerto. Pero, indudablemente, la maldición popular más famosa, y la más explotada por el cine y la literatura, es la de los vampiros; entre estos, por excelencia, el conde Drácula. El vampiro chupasangre de la novela de Bram Stoker, publicada a fines del siglo XIX, aglutina muchas de las características que la mitología atribuyó a los vampiros desde la antigüedad, entre ellas su origen en una maldición, merecida por crímenes o sacrilegios cometidos en vida.

Las maldiciones en obras de ficción de la literatura y el cine tienen un origen diverso. Mientras que, en tiempos pasados, en obras surgidas de la cultura occidental y cristiana, la fuente de la maldición era Dios, o el diablo, o algún ente demoníaco encuadrable en la cosmología cristiana, o en la mitología derivada del cristianismo, en nuestra actualidad, en la que el cristianismo ha perdido su preponderancia en la cultura, el origen de la maldición es más amplio. En efecto, además de los nombrados, la maldición puede venir como consecuencia del trato con deidades paganas, con antiguos dioses dormidos, o encarcelados –y accidentalmente liberados– con seres oscuros de origen incierto, y hasta con los espíritus de personas malvadas, que vivieron en tiempos inmemoriales. Por la misma razón, la defensa contra estas entidades malignas, y contra las maldiciones que acarrean, ya no son los tradicionales símbolos del cristianismo, el cual muchas veces es mostrado como impotente frente a fuerzas sobrenaturales malévolas de insondable poder. La secularización del pensamiento creativo de los escritores y cineastas ha llegado a tal punto, que ya no se puede confiar ni en una buena cruz para ahuyentar a un vampiro, y hay que recurrir a un virus anti-vampiro producto de ingeniería genética.

Saliendo del universo ficticio de la novela, o de la película, y mirando la Biblia, como siempre hacemos los cristianos cuando queremos una aproximación confiable a los asuntos sobrenaturales, en este tema de la maldición podemos hacernos, para empezar, dos sencillas preguntas. ¿Quién maldice, Dios o el diablo?; y, ¿Dios maldice? Yendo, entonces, a la Biblia, nos encontramos con que la maldición –cuando es pronunciada por un ser espiritual– lo es por Dios; efectivamente, Dios maldice. Pero no maldice en el sentido de desear el mal, sino como consecuencia por el pecado y como sentencia contra los pecadores y malvados. La maldición de Dios es el veredicto del Creador sobre el pecado de sus criaturas, y la declaración de cuál es el castigo merecido por los hechos cometidos; castigo que, generalmente, cuando es pronunciado por Dios en las Escrituras, es inmediato. La primera maldición expresada en la Biblia no se dirige contra los seres humanos, sino contra el enemigo espiritual personificado en la serpiente infiltrada en el jardín primitivo. En Génesis 3:14, 15 se lee: “Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre te arrastrarás y polvo comerás todos los días de tu vida. Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú la herirás en el talón”. Este pasaje merece un pequeño paréntesis, pues el Nuevo Testamento (Apocalipsis 12:9) identifica aquella serpiente del Génesis, la “serpiente antigua”, con el diablo, el gran enemigo de Dios y de la raza humana –especialmente, enemigo de los que buscan a Dios con sinceridad– y las palabras finales del versículo 15 indican que la simiente, o sea la descendencia de la mujer, habría de herir la cabeza de la serpiente; es decir, habría de provocarle una herida mortal. De acuerdo a la teología cristiana, el descendiente de la mujer que provocó una herida mortal al diablo fue Jesucristo, quien al consumar su obra de salvación causó un daño irremediable al poder del diablo sobre los seres humanos. Esto es muy interesante, porque implica que, incluso antes que Dios le dijera al hombre “maldita será la tierra por tu causa” (Génesis 3:17), al pronunciar la primera maldición de la Biblia, estaba introduciendo un elemento de esperanza. Parafraseando esto, es como si Dios les hubiera dicho a sus criaturas, los seres humanos: “ahora me veo obligado a maldecirles, pero un día llegará alguien que les salvará de la maldición”. El mensaje contenido en Génesis 3:15, la primera maldición de la Biblia, es considerado también la primera profecía mesiánica, el origen de la expectativa por la venida de un mesías, un salvador para la humanidad. Expectativa que aún hoy muchos tienen; incluso, muchos de quienes no creen en Jesucristo, y siguen esperando ese salvador que librará a los seres humanos de todos sus problemas irresolubles. Los cristianos, en cambio, creemos, sabemos y anunciamos, que ese Salvador ya vino, fue crucificado hace dos mil años en Palestina, murió, y resucitó de entre los muertos, y vendrá otra vez a este mundo. Jesucristo es quien nos libra de toda maldición.

Como ya dijimos, lo que acarrea la maldición de Dios es el pecado. El apóstol Juan ofrece una definición simple, breve y fácil de entender de lo que es el pecado: “El pecado es infracción de la Ley” (1 Juan 3:4b). Por Ley se debe entender la Ley de Dios; todos los mandamientos –no sólo los diez mandamientos– todos los estatutos y los decretos de la Palabra de Dios, que funcionan como brújula moral para aquellos que sinceramente creen en Dios, y procuran vivir de acuerdo a su voluntad. Por eso es que, en la Biblia –sobre todo en el Antiguo Testamento– pecado y delito son prácticamente sinónimos. La infracción, o transgresión, o violación de la Ley de Dios, acarrea consecuencias funestas para el infractor; tanto en la antigüedad como en el presente, tanto para quien cree en Dios, como para quien no cree. El pecado acarrea maldición; no en la forma de vagar eternamente por la tierra, o por el mar, o vivir eternamente chupando la sangre de la gente. Pero sí, las maldiciones mencionadas en algunas partes del Antiguo Testamento como consecuencia por el pecado son aterradoras: “Acontecerá, si no oyes la voz de Jehová, tu Dios, y no procuras cumplir todos sus mandamientos y sus estatutos que yo te ordeno hoy, vendrán sobre ti y te alcanzarán todas estas maldiciones”; “Jehová enviará contra ti la maldición, el quebranto y el asombro en todo cuanto pongas tu mano y hagas, hasta que seas destruido y perezcas muy pronto a causa de la maldad de las obras por las cuales me habrás dejado. Jehová traerá sobre ti mortandad, hasta que te haga desaparecer de la tierra a la cual vas a entrar para tomarla en posesión. Jehová te herirá de tisis, de fiebre, de inflamación y de ardor, con sequía, con calamidad repentina y con añublo, que te perseguirán hasta que perezcas. Los cielos que están sobre tu cabeza serán de bronce, y de hierro la tierra que está debajo de ti. Dará Jehová como lluvia a tu tierra polvo y ceniza; de los cielos descenderán sobre ti hasta que perezcas” (Deuteronomio 28:15, 20-24). Este es un minúsculo ejemplo de las maldiciones contenidas en el Antiguo Testamento contra aquellos que violen los mandamientos de Dios. Su rigurosidad deja bien establecido que la Ley de Dios debería tomarse en serio, y que tomarla a broma o ignorarla conlleva consecuencias desastrosas (por las cuales luego las personas andan lastimeramente preguntándose “¿por qué?”, “¿por qué?”). El mismo Antiguo Testamento finaliza con una amenaza de maldición: “Yo les envío al profeta Elías antes que venga el día de Jehová, grande y terrible. Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y castigue la tierra con maldición” (4:5, 6). Lo interesante de esta amenaza final de maldición es que, al momento en que Malaquías desarrollaba su ministerio profético –unos cuatrocientos años antes de Cristo– el profeta Elías llevaba siglos desaparecido. Jesús identificó a Juan el Bautista como el Elías anunciado (Mateo 11:14); y el trabajo de Juan el Bautista fue anunciar la venida del Salvador. Así que, la última maldición del Antiguo Testamento también conlleva una nota de esperanza; esa nota de esperanza apunta a Jesucristo.

Dado que la primera y la última maldición del Antiguo Testamento apuntan al mesías, conviene ahora centrar la mirada en Jesucristo, observando lo que el Nuevo Testamento dice respecto de la maldición. Siempre mirando en primer lugar la traducción RV, en el lenguaje de la misma aparece un concepto teológico que puede considerarse casi sinónimo de maldición: condenación, y un término relacionado, perdición. La condenación en el Nuevo Testamento aparece vinculada al juicio y castigo de Dios por el pecado (Mateo 23:33, “la condenación del infierno”; Juan 5:29, “resurrección de condenación”); también, se relaciona con la eternidad, un castigo más allá de este mundo, que no tiene fin (2 Tesalonicenses 1:9, “pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor”). Sin embargo, la venida de Jesús, el amor de Dios, la condenación y la fe aparecen vinculadas en uno de los pasajes cumbre del Nuevo Testamento: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (Juan 3:16-18). Este pasaje, sencillo, muy conocido entre cristianos evangélicos, y que merece ser conocido por todas las personas, creyentes o no, nos habla de la voluntad de Dios, movida por su amor infinito, de rescatar al ser humano de la condenación, a través de la venida de su Hijo, nuestro Salvador Jesucristo; y nos habla de la fe como único requisito para pasar de la condenación a la vida eterna. La importancia de la fe se evidencia en la expresión “el que no cree, ya ha sido condenado” (v. 18); en otras palabras, estábamos condenados antes que el mensaje de Jesús llegara a nuestras vidas, y negarnos a creer en Jesucristo no hace más que confirmar esa condenación. ¿Condenados por qué? Por transgredir la ley de Dios. Éste era el concepto de las autoridades religiosas judías de la época de Jesús; en el evangelio de Juan encontramos a los fariseos afirmando: “esta gente, que no conoce la ley, está maldita” (7:49 DHH). Probablemente siguiendo lo escrito en Deuteronomio 28, aquellos fariseos consideraban que el populacho ignorante, por el simple hecho de no conocer bien la Ley de Dios, estaban malditos, por alcanzarles la maldición anunciada contra quienes infringían dicha Ley. El Antiguo Testamento es claro en cuanto a la condenación –o maldición– que cae sobre quien no obedece la Ley de Dios; y esto es confirmado por el Nuevo testamento; el apóstol Pablo escribió: “Todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas” (Gálatas 3:10). Pero, más adelante, Pablo es categórico al decir que “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero)” (v. 13). El apóstol Pablo hace alusión aquí a la costumbre antigua de ejecutar a un criminal por lapidación, y luego colgar su cuerpo de un madero por algunas horas, y a la expresión de la Ley de Moisés al respecto (“maldito por Dios es el colgado”; Deuteronomio 21:23). Pablo aplica esa expresión a Jesús, que murió colgando de la cruz a la que fue clavado. Por eso, el razonamiento teológico –bíblico– es que Jesucristo, quien murió cargando el pecado de todos, cayó bajo la maldición de Dios por causa del pecado; y aunque era inocente, fue maldito, y de esa manera nos libró de toda maldición. Entonces, cuando nosotros leemos acerca de cualquier maldición del Antiguo Testamento –absolutamente, de cualquier maldición– sabemos que, si hemos puesto nuestra fe y confianza en Jesucristo, Él nos ha rescatado. Esto incluye las llamadas maldiciones generacionales, una moderna fantasía religiosa de muchos predicadores –algunos de renombre internacional– que, basándose en textos del Antiguo Testamento que hablan de las consecuencias del pecado para los descendientes de quien infringió la Ley de Dios (Éxodo 20:5; Éxodo 34:7; Números 14:17, 18; Deuteronomio 5:8, 9), pretenden que, aunque ya estemos en el camino de Jesucristo, debemos arrepentirnos de los pecados de nuestros padres, abuelos, bisabuelos, etc., porque si no esas consecuencias nos afectarán. Jesús nos libra de toda maldición; y nos libra, y esto es de importancia culminante, de la maldición que puede acarrearnos nuestro propio pecado y desobediencia a Dios. Como está escrito en 1 Tesalonicenses 1:10, “Jesús… nos libra de la ira venidera”; pasaje que en la traducción DHH se lee: “Jesús es quien nos salva del terrible castigo que viene”.

Para finalizar, quienes hemos creído en Jesucristo tenemos mandamientos muy claros en cuanto a cómo relacionarnos con los demás, sean creyentes o no creyentes. En relación a este tema, siendo la maldición esencialmente palabras que pronunciamos, que expresan nuestro ánimo e intención hacia nuestro prójimo, sabemos que el mandato supremo de Jesús es el amor a todos, incluso a los enemigos. El apóstol Santiago, hablando de las cosas que decimos –a veces, sin pensar– escribe: “De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así” (3:10). El apóstol Pablo escribió, muy escuetamente: “Bendigan, y no maldigan” (Romanos 12:14). Y Jesús de Nazaret, como parte de su enseñanza en el Sermón del Monte, dijo: “Bendigan a los que les maldicen” (Mateo 5:44).

Está claro, ¿no?

 

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* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

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