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Malditos los que maldijeren

El ciclo maldito – Parte 2

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Continuamos este ciclo acerca de la maldición, y para eso vamos a considerar nuevamente algo expresado en la entrega anterior, acerca de las creencias en el poder de la palabra: “la maldición pronunciada es un agente activo que provoca daño. Detrás de la palabra está el alma que la ha creado” (1). Este aspecto de las antiguas creencias acerca de la maldición, y la efectividad de maldecir por medio de la palabra, hoy en día aparenta no tener la misma fuerza; las creencias actuales acerca de cómo causar daño a los rivales o enemigos personales se apoyan en ritos, sortilegios y ceremonias ocultistas. Pero sea a través de las palabras dichas por un ser humano, con la energía espiritual de su alma –o de su odio, o de su rencor– o sea a través de conjuros, hechizos y cosas de ese tipo, el fin siempre es dañar, traer desventura al destinatario de esas palabras o encantamientos, sin que medie intervención directa. Maldecir, maldecir con intensidad, con energía, con el deseo vehemente de que esa maldición haga su obra en el otro, lo haga sufrir, e incluso lo destruya. El conocimiento, o la simple sospecha, de que un rival, un enemigo personal, o incluso alguien a quien no se tenía como tal, ha procurado causar daño, perjudicar por ejemplo la salud, el matrimonio, la familia o el trabajo, y que lo ha hecho recurriendo a las artes ocultas de lo sobrenatural, la magia negra o la brujería, puede desencadenar en la persona que se siente o se cree víctima de una maldición, una respuesta de miedo.

El miedo a lo sobrenatural es asociado habitualmente con las personas de bajo nivel de instrucción, ignorantes y supersticiosas. La casi cinematográfica expresión: vamos, doctor, usted, un hombre instruido y culto, ¿cree en esas cosas?, implanta la noción –muy extendida entre el público– de que el estudio, la instrucción, la adquisición de conocimientos, nos libra de la ignorancia que subyace en creer en lo sobrenatural en general, y en particular en las maldiciones. Sin embargo, el miedo a lo sobrenatural –sobre todo a lo sobrenatural malévolo– podría incluso ser catalogado como un miedo atávico; por miedos atávicos se entiende: “Ideas que nos perturban que proceden de nuestros antepasados y que, sin saber cómo, perviven con el paso del tiempo generación tras generación” (2). El miedo a la oscuridad y el miedo a ser atacado –sobre todo, a ser atacado durante las horas oscuras– son miedos atávicos, provenientes de nuestros ancestros más primitivos. Estos miedos podrían combinarse en el temor a ser dañado por un mal que no se puede ver, cuya naturaleza y procedencia se ignora; por ejemplo, por originarse en el hecho de haber sido uno maldecido por alguien, y que esa maldición se cumpla trayendo enfermedad, separación familiar, pérdida económica, y otras desgracias. Entonces, en el caso concreto del temor a la brujería y la magia negra, en algunas personas esta clase de cosas despierta miedos; miedos que podemos calificar de irracionales y supersticiosos, pero miedos al fin. Sobre todo, cuando comienzan a suceder algunos contratiempos que rebasan las probabilidades de tratarse de simples accidentes, y refuerzan la noción de que alguna fuerza maligna está llevando a efecto la maldición, o el embrujo. Estos miedos, que en lo psicológico pueden ser interpretados como una causa que inconscientemente provoca –en las personas sugestionables– las desgracias que se temen, en lo teológico pueden ser considerados evidencia de falta de fe en la protección de Dios, y por lo tanto como una puerta abierta al mal, vehiculizado por entidades malignas.

En cualquier caso, no es el estudio, ni son los títulos universitarios, lo que nos libra de esos miedos, sino las convicciones firmes. Bien sea, por un lado, la firme convicción en la no existencia de lo sobrenatural; pero una convicción que se mantiene firme, aunque a uno le toque pasar –absolutamente solo– una noche de tormenta en una casa oscura. O sea, por otro lado, la firme convicción en la existencia de un poder benévolo, superior a cualquier poder sobrenatural o espíritu maligno que vehiculice la maldición, y la certeza de que ese poder nos protege. En síntesis, se librará de esos miedos o el genuino ateo, o el verdadero creyente. Por poder benévolo superior a cualquier otro poder sobrenatural, evidentemente, hablamos de Dios; nosotros, cristianos, hablamos del Dios de la Biblia, el Creador omnipotente de todas las cosas, el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Un pasaje bíblico clave al respecto de esto es el de Génesis 12:3, donde leemos que Dios le dijo a Abraham: “Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra”. Generaciones de creyentes se han apropiado de esta promesa de Dios, que abarca bendición y maldición, pero que generalmente es invocada más porque lleva implícita la promesa de protección frente a toda maldición. Esta promesa de Dios se extiende a los descendientes de Abraham; y los creyentes cristianos, aunque gentiles –es decir, no judíos– también podemos considerarnos descendencia de Abraham, según lo escrito por el apóstol Pablo en Gálatas 3:7, donde se lee: “Los que son de fe, éstos son hijos de Abraham”. Por eso, como descendencia espiritual de Abraham, nos apropiamos por la fe de la promesa de Dios, sobre todo de esa afirmación acerca de que quienes nos maldigan, serán malditos por Dios. Por lo tanto, la promesa de Dios es garantía –para los creyentes– de que no serán alcanzados por ninguna maldición. La fe en esa promesa, como la fe en todas las promesas de Dios, nos libra del temor. Todos los seres humanos sentimos temor; el miedo es una experiencia universal. Las oportunidades en que Dios dice en la Biblia “no temas” –es decir, no tengas miedo– no son un mandamiento que prohíbe sentir miedo, sino un mensaje de ánimo y esperanza, lleno de amor, de parte de Dios, al ser humano que confía en Él. Algunos ejemplos de este extraordinario mensaje de aliento: “No temas, porque yo estoy contigo” (Isaías 41:10); “No temas, yo te ayudo” (Isaías 41:13); “No temas, cree solamente” (Marcos 5:36). La protección de Dios sobre el creyente fiel se expresa en forma magnífica en el salmo 91; según este canto a la protección divina, el hombre –o la mujer– que confía en Dios “vive bajo la sombra protectora del Altísimo y Todopoderoso” (v. 1; DHH); expresivamente, el salmista continúa afirmando: “Solo él puede librarte de trampas ocultas y plagas mortales” (v. 3; DHH); y acerca de nuestros miedos atávicos y temores más profundos, dice: “No tengas miedo a los peligros nocturnos, ni a las flechas lanzadas de día, ni a las plagas que llegan con la oscuridad, ni a las que destruyen a pleno sol; pues mil caerán muertos a tu izquierda y diez mil a tu derecha, pero a ti nada te pasará” (v. 5-7; DHH). Así que, si de creer se trata, la cuestión es si creer en brujas y magia negra, y tenerles miedo; o no creer en nada, y tampoco confesar miedos profundos, ocultos tras un maquillaje de racionalismo; o creer en Dios Todopoderoso, y no tener miedo, nunca más.

Volviendo a la antigua creencia en el poder de la palabra hablada por el ser humano, la Biblia ofrece múltiples ejemplos de esto, tanto en relación a la bendición como a la maldición, sobre todo cuando eran dichas por un personaje importante de la comunidad. Una ilustración interesante es la bendición de Isaac a sus hijos. En Génesis 27 hay un relato muy llamativo acerca de la costumbre antigua que tenían los padres de bendecir a sus hijos, cuando su muerte estaba próxima. En aquellas culturas al primogénito –es decir, el primer hijo varón– le correspondía una herencia mayor que la de sus hermanos. Jacob, el hijo menor de Isaac, engaña a su padre ciego haciéndose pasar por Esaú, su hermano mayor, para recibir la bendición privilegiada. Cuando Esaú llega para recibir la bendición de su padre, Isaac comprende que ha sido engañado por su hijo menor, pero se resiste a bendecir al primogénito, diciendo: “Vino tu hermano con engaño, y tomó tu bendición” (v. 35). Esaú, exasperado, se queja del carácter engañoso de su hermano, y le reclama a su padre: “¿No has guardado bendición para mí?” (v. 36). La contestación de Isaac es muy curiosa: “Le he puesto por señor tuyo, y le he dado por siervos a todos sus hermanos; de trigo y de vino le he provisto; ¿qué, pues, te haré a ti ahora, hijo mío?” (v. 37). Esta respuesta del patriarca a su hijo es muy interesante, porque evidencia que Isaac estaba convencido de que lo que había dicho no se podía deshacer, y se iba a cumplir. A nosotros hoy en día puede costarnos entender esto, porque en nuestra actual cultura decadente, tenemos el concepto de que a las palabras se las lleva el viento y, por lo tanto, la palabra hablada tiene escaso valor, y ningún poder. Pero no era así para aquella gente. También puede costar entender este episodio, si pensamos que Dios sería quien cumpliría la bendición pronunciada por Isaac; porque en ese caso, cabe preguntarse: ¿acaso Dios bendeciría a quien había robado la bendición de su hermano, perpetrando un engaño? Esto, más allá de la doctrina de la elección, la cual, en resumen, sostiene que como Dios había elegido a Jacob, cumpliría en él su propósito, independientemente de cómo éste se portase. Más allá de vericuetos teológicos, si yo me acerco a este relato como simple lector que quiere aprender sobre Dios y la fe, sólo puedo entenderlo si tomo en cuenta ese aspecto cultural de los pueblos del antiguo cercano oriente: el que ellos creían que, al pronunciar una palabra de bendición, o de maldición, ésta se cumpliría, por el solo hecho de haber pronunciado una bendición, o una maldición.

Esto último, la contrapartida a la bendición y tema de esta reflexión, la maldición pronunciada y afirmada con energía, tiene un ejemplo elocuente en una ceremonia desarrollada por el Israel antiguo, una vez cruzado el río Jordán, ya en la tierra prometida. Una vez allí, la mitad del pueblo debía situarse sobre una montaña llamada monte Gerizim, y la otra mitad sobre otra montaña llamada monte Ebal. Estas dos montañas delimitan, al sur y al norte respectivamente, un valle en el que actualmente está una ciudad israelí llamada Nablus, próxima a la Siquem del Antiguo Testamento. Los que estaban sobre el monte Gerizim debían bendecir al pueblo israelita, y los del monte Ebal, debían “pronunciar la maldición” (Deuteronomio 27:13). A continuación, el texto sagrado dice: “Hablarán los levitas, y dirán a todo varón de Israel en alta voz” (v. 14); luego, siguen doce maldiciones específicas sobre aquellos que infringieran la ley de Dios, todas con el mismo formato, y la última resumía diciendo: “Maldito el que no confirmare las palabras de esta ley para hacerlas” (v. 26; “Maldito sea el que no respete estas instrucciones, ni las ponga en práctica” DHH). A cada una de estas maldiciones, todo el pueblo debía responder “amén”. El amén, nuestro amén de todos los días, repetido en oraciones y tras las lecturas bíblicas, procede del hebreo y significa ciertamente; la raíz hebrea de esta palabra tiene como significado “ser firme, estable, confiable” (3). Aquí, nuevamente, era el pueblo, en la persona de sus líderes religiosos –en este caso, los levitas– el que estaba maldiciendo a los infractores, delincuentes y pecadores que violaran la ley. Algunos ejemplos de estas maldiciones son: “Maldito sea el que cometa una injusticia con un extranjero, una viuda o un huérfano” (v. 19); “Maldito sea el que mate a traición a su prójimo” (v. 24); “Maldito sea el que reciba dinero por matar a una persona inocente” (v. 25). A estas maldiciones, el pueblo en pleno respondía amén, dando por cierto, firme y confiable que la maldición caería sobre quien se atreviera a transgredir los mandamientos de Dios.

Entender cabalmente lo que significaba esta creencia en el poder de la palabra hablada para ellos, la fuerza que esta creencia tenía para los antiguos hebreos, ayuda a entender mejor lo que significaría –también para ellos– la promesa hecha por Dios a Abraham, que citamos antes, contenida en Génesis 12:3; sobre todo, como ya fue dicho, en lo que tiene que ver con la maldición pronunciada contra ellos por sus enemigos. La afirmación “a los que te maldijeren maldeciré”, implica no solamente que Dios no permitirá que ningún poder humano, espiritual o sobrenatural, lleve a efecto, o cumpla la maldición contra un hijo suyo. Implica también que Dios desactivará la maldición pronunciada contra quienes confían en Él; que Dios será como un escudo alrededor de los suyos. Como se lee en el salmo 28:7a: “Jehová es mi fortaleza y mi escudo; en él confió mi corazón, y fui ayudado”. Pero, además, la maldición pronunciada contra un hijo o una hija de Dios, recaerá sobre quién maldiga a un hijo o a una hija de Dios.

Entonces, llegados a este punto, los creyentes podemos decir con confianza que, si Dios nos libra de maldición, no hay maldición que sea efectiva contra nosotros. Ahora, ¿quién puede librar a una persona, cuando es Dios mismo quien la maldice? Aquellos que maldicen a los que confían en Dios, o aquellos que infringen la ley de Dios, o aquellos que incurren en conductas o actitudes que acarrean la ira y la maldición del cielo, ¿pueden ser libres de maldición? De eso vamos a hablar en la próxima entrega de este ciclo.

 

1) J.A.M., Maldición, en Nuevo Diccionario Bíblico; Ediciones Certeza, Illinois, USA. Nashville, TN, 1982; Pág. 851.
2) https://www.mundopsicologos.com/articulos/miedos-atavicos-que-son
3) J.B.Tr., Amén, en Nuevo Diccionario Bíblico; Ediciones Certeza, Illinois, USA. Nashville, TN, 1982; Pág. 47.

 

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* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

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