Palabras vacías

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Palabras vacías

Por: Dr. Álvaro Pandiani*

Uno puede imaginar muchas cosas, ante una expresión como la del título. Puede recordar muchas personas; de las que hablan mucho, esas que hablan interminablemente de cualquier tema, como si fueran especialistas en todos los temas; y también de las que se esfuerzan en hablar, aun cuando parece que no hay nada que decir. Más aún, puede hacernos recordar tantas frases hechas, que no hacen ningún aporte; expresiones que terminan siendo fórmulas huecas, dichos totalmente vaciados de contenido, o promesas que de antemano sabemos que nunca se cumplirán. Palabras, infinidad de palabras que en determinado momento de nuestra vida nos llueven, de parte de bienintencionadas personas que se acercan para ayudar –o acompañar un rato– o de circunstanciales interlocutores, que dicen algo para zafar y alejarse. Hablar de personas que dicen palabras vacías también puede recordarnos mucha gente; desde locutores y conferencistas, pasando por charlatanes profesionales –con o sin título universitario– hasta políticos en campaña, y también predicadores; de estos últimos, sobre todo los que más se parecen –por su aspecto y por cómo lucen– a políticos en campaña, o a estrellas de cine.

Pero más que nada, hacer alusión a las palabras vacías recuerda a esa nube de gente, con muy buenas intenciones, pero sin mucha idea de qué hacer en verdad para ayudar, que se arriman a alguien que sufre, con la sensación de que deben decir algo, con la urgencia por decir algo, y que cuando han logrado decirlo, se alejan aliviados; aunque no hayan aliviado para nada el sufrimiento del sufriente. Contá conmigo; llamame cualquier cosa; mi más sentido pésame; la vida es así; la vida sigue; y ya entre nosotros, los cristianos evangélicos, expresiones que se ponen más piadosas: fue voluntad del Señor; Dios sabe por qué hace las cosas; el Señor obra de formas misteriosas (cinematográfica ésta); y una que nunca falta: hay que orar, hermano. Todas ciertas, tanto las seculares como las espirituales; y todas dichas con la mejor intención, indudablemente. Pero todas, desprovistas de la capacidad de reanimar un corazón acongojado; sobre todo, cuando el dolor ha petrificado ese corazón, y las emociones se vuelven impermeables a estímulos externos, aunque vengan de los amigos más queridos.

Cada vez que, ante el dolor y el sufrimiento que provoca un revés grave en la vida, vamos a la Biblia –porque como cristianos siempre vamos a la Biblia en busca de respuesta y ayuda– terminamos en la consideración de la experiencia de Job. El de Job es un drama conocido para cualquier creyente evangélico, aunque puede ser un perfecto desconocido para quien nunca ha leído la Biblia. El libro de Job es el relato de un individuo que, en forma repentina y sin explicación, es azotado por la pérdida de sus bienes, quedando en la pobreza, la muerte de sus seres queridos y la enfermedad. Estas tres cosas, pobreza, muerte y enfermedad, constituyen un resumen de las calamidades que –en mayor o menor medida– todos tememos. A este resumen exterior, podemos agregar un resumen de la condición interior de quien sufre esta clase de pérdidas: dolor, tristeza, desesperación y amargura; también incertidumbre, duda, desánimo, y una ausencia de expectativas de futuro. El libro de Job cuenta que tres amigos de este hombre llegaron para condolerse de él e intentar consolarle; y lo primero que hicieron estos tres individuos fue lo mejor que podían haber hecho, lo que debieron hacer todo el tiempo que estuvieron con él. En Job 2:13 dice que los tres amigos “se sentaron con él en tierra por siete días y siete noches, y ninguno le hablaba palabra, porque veían que su dolor era muy grande”. Estos tres amigos de Job, tan criticados por cuantos conocen este drama relatado en el Antiguo Testamento, por su visión miope de los propósitos de Dios, apenas llegaron se limitaron a callarse la boca y escuchar las quejas que Job profería en su dolor. En eso estuvieron geniales. Lamentablemente, llegó un momento en que entendieron que debían hablar, y ahí fue que metieron la pata. Hablaron tanto, y con tan mala puntería, y molestaron tanto a su amigo que sufría, acusándolo incluso de merecerse lo que le pasaba, que Job llegó a exclamar: “Muchas veces he oído cosas como estas; consoladores molestos son todos ustedes. ¿Tendrán fin las palabras vacías? ¿O qué te anima a responder?” (16:2, 3); en la traducción DHH, esto se lee así: “Ya he oído muchas veces cosas parecidas. Ustedes, en vez de consolarme, me atormentan. ¿Es que no hay fin para las palabras huecas? ¿Qué manía es ésa de contradecirme?”. Pese a la mayor cercanía a nuestro hablar cotidiano de la traducción DHH, me quedo con la expresión de Job, tal como aparece en la VRV: ¿Tendrán fin las palabras vacías?

Todos sufrimos pérdidas dolorosas; pero no todos las procesamos igual. Además de las diferencias entre los individuos –el factor personal, derivado de la personalidad de cada uno– está el factor social, la presión que representa el saberse observado por familia, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, y otros grupos de relación que se tengan. Uno de los grupos de relación que condiciona mucho nuestras reacciones ante el sufrimiento y la pérdida es, justamente, para quienes somos miembros de una congregación cristiana, el de aquellos a quienes consideramos nuestros hermanos y hermanas en la fe. Por eso, en primer lugar, deberíamos preguntarnos lo siguiente: para un creyente cristiano, para un evangélico, las pérdidas, ¿son más fáciles o más difíciles de soportar? Supuestamente, son –o deberían ser–más fáciles –o, mejor dicho, no tan difíciles– por el consuelo y la fortaleza que se derivan de la fe puesta en un Dios omnipotente que es nuestro Padre y nos ama; también por la esperanza de que Él renovará todas las cosas, y por la certeza de que Él incluso venció a la muerte. Sin embargo, en ocasiones pueden resultar mucho más difíciles. Porque, a diferencia del incrédulo, el creyente debe lidiar con las esperanzas rotas; esperanzas rotas derivadas del hecho de que Dios no actuó como el/la creyente esperaba. Por supuesto, en esa nube impersonal de creyentes que vigilan la correcta espiritualidad, siempre se va a destacar un mojigato que nos instruya –y advierta– que no debemos esperar que Dios haga lo que queremos, sino que debemos buscar –y sujetarnos a– la voluntad de Dios. Otra vez, sin embargo, con lo correctísimo que es esto, insistir en esto mismo prácticamente desvirtúa la oración; sobre todo, la oración que pide, ruega y suplica al Altísimo. La Biblia nos exhorta a buscar la voluntad de Dios, por supuesto, pero mucho más nos alienta a presentar nuestras inquietudes y necesidades en oración. Personalmente, no creo que esté mal, ni que sea pecado, esperar que Dios actúe como esperamos; es, podríamos decir, natural, pues obviamente no queremos sufrir, ni tampoco queremos perder a aquellos a quienes amamos. Pero cuando, a pesar de la oración insistente, sucede lo peor, y las esperanzas se rompen, esas esperanzas rotas nos llenan de incertidumbre, de dolor y de duda.

Entonces, en segundo lugar, lo que debemos preguntarnos es: ¿cómo reaccionamos cuando nos pasa? ¿Y cómo reaccionamos, cuando les pasa a otros?

Los cristianos evangélicos, entre muchas cosas que somos –algunas buenas, otras no tanto– podemos decir que somos portadores de un mensaje. Si vamos a lo que la Biblia dice que somos: discípulos de Jesús, y por lo tanto seguidores del Maestro que viven y predican sus enseñanzas, entonces somos portadores de un mensaje. Este es un mensaje de amor para todos; una enseñanza de vida para todos, de vida eterna por la fe en Jesucristo. Un llamado a un cambio de vida, que implica un llamado al amor, la misericordia y la compasión con todos, como muchas veces se ha dicho. Este aspecto del mensaje, el amor y la compasión con todos, se dirige particularmente a confortar y consolar a quienes sufren; como escribe el apóstol Pablo en 2 Corintios 1:3, 4: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios”; pasaje cuyo v. 4, en la traducción DHH se expresa de la siguiente manera: “Él nos consuela en todos nuestros sufrimientos, para que nosotros podamos consolar también a los que sufren, dándoles el mismo consuelo que él nos ha dado a nosotros”. Este mensaje de amor y consuelo puede expresarse en dos formas, o con dos lenguajes: con palabras, de aliento y fe, de consuelo y fortaleza; o sin palabras, con afecto, con la compañía asegurada para los peores momentos, con un abrazo fraterno, con oración silenciosa.

Sin embargo, podemos incurrir en un error. Dado que, a diferencia del catolicismo que prioriza un ministerio sacerdotal, en el protestantismo se prioriza un ministerio de predicación, nos acostumbramos a ver predicadores, maestros de enseñanza bíblica, consejeros, personas que hablan; personas cuyo ministerio –es decir, el servicio que realizan– consiste fundamentalmente en hablar: predicar, enseñar, aconsejar, tal que parecen habladores profesionales, y que pueden inducirnos a creer que sólo debemos hablar, que todo se soluciona hablando, que el ministerio para el Señor se cumple hablando. Esto, evidentemente, no es así. Hace muchos años, mucho antes de ser médico, estando ya en el camino de Jesús, estaba aguardando en una sala de espera de hospital, y entablé conversación con una señora mayor, también vinculada a una iglesia evangélica. Durante cerca de media hora, esta persona me contó muchos de sus problemas, angustias e inquietudes; en ese rato, me limité a asentir, hacer alguna que otra pregunta, pero, sobre todo, a escuchar. Algún tiempo después, un conocido de ambos me comentó que esta señora le había dicho que hablar conmigo la había ayudado mucho y le había hecho mucho bien. Y recuerdo que comenté que no sabía en qué la había ayudado, si yo prácticamente no había dicho nada. Nadie me había enseñado algo que tuve que aprender por mí mismo: escuchar es la clave. Cuando estamos sumidos en la angustia, la tristeza y el dolor, no necesitamos discursos floridos, por más cargados de retórica bíblica que estén esos discursos. Necesitamos que nos escuchen. A veces uno necesita desahogarse contando un detalle, algo que parece una pequeñez de la vida, pero que por el momento en que lo vivió, o por la importancia de la o las personas con la que vivió esa pequeñez, es muy importante. Poder contarle esa pequeñez a alguien es como un momentito de felicidad en medio del dolor; o por lo menos un momentito de alivio, o de desahogo. Pero es muy difícil encontrar a alguien que en verdad escuche, con empatía; es decir, comprendiendo lo que uno siente. Y que, además, escuche con paciencia y amor. Otra de las frases hechas, la del hombro y la oreja, pocas veces se cumple. La mayoría suelta su discurso, y se va. El lamento de Job es muy expresivo: ¿Tendrán fin las palabras vacías? Expresa el tormento de escuchar; escuchar siempre lo mismo, una y otra vez; escuchar, y que no te escuchen.

¿Queremos ser de ayuda, realmente? ¿Queremos ser de bendición, es decir hacerle bien a quien lo necesita? Un párrafo del Antiguo Testamento, extraído de un libro que también habla profundamente acerca de las circunstancias de la vida que a veces nos sumen en el sufrimiento, dice que en la vida hay “Tiempo de callar, y tiempo de hablar” (Eclesiastés 3:7; DHH: “Un momento para callar, y un momento para hablar”). En la interpretación de esta máxima, me voy a tomar la libertad de darlo vuelta, y ampliarlo: hay un momento para hablar, y hay un momento para callar, y escuchar. Porque eso es lo que dice, ya en el Nuevo Testamento, al apóstol Santiago: “Mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse” (1:19; DHH: “Queridos hermanos: todos ustedes deben estar listos para escuchar; en cambio deben ser lentos para hablar y para enojarse”). Esto último es muy significativo: no hay que enojarse, cuando toca callarse un poquito, y escuchar al que necesita que lo escuchen.

Que Dios nos ayude, para que aprendamos cuándo debemos hablar, y cuándo tenemos que callar, y escuchar. Que sepamos cuándo escuchar. Y también que aprendamos cuándo dar una palabra, pero una palabra como lo escribe el apóstol Pablo: “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepan cómo deben responder a cada uno” (Colosenses 4:6). Es muy interesante cómo lo propone Pablo aquí: palabra con gracia –es decir, con misericordia, con amor y compasión– ya también sazonada con sal; es decir, no palabras insípidas, palabras vacías que no nos dejan gusto a nada en el alma, sino palabras justas, dichas a tiempo, en la justa medida, y que nos permitan gustar algo de sabor a cielo. Sí, quiera Dios ayudarnos para que sepamos ofrecer palabras llenas de amor, consuelo y compasión, con sabor del cielo, y no palabras huecas y vacías, como aquellas de las que se quejó Job. Todos aquellos que queremos servir de algo a nuestro prójimo, en los momentos difíciles que la vida nos trae a todos, propongámonos aprender esto; para así mostrar el amor de Cristo a quienes sufren, y ser de verdadero consuelo a quienes necesitan consuelo.

Que así sea.

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

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