Divinamente personal

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Divinamente personal

Lectura: Juan 14:15-27

“No os dejaré huérfanos, vendré a vosotros” v. 18

El Espíritu Santo de Dios es divinamente personal. Es decir, Él es Dios, y como tal, posee atributos propios de una persona. Por ejemplo, de acuerdo a la Escritura, Él tiene voluntad (1ª Corintios 12:11), también razona (1ª Corintios 2:10,11), y siente (Efesios 4:30).

Los evangelios citan que Jesús, antes de comenzar su ministerio y como parte fundamental de su preparación preliminar, fue guiado por el Espíritu al desierto (Mateo 4:1). El mismo Cristo, sabiendo de la persecución venidera sobre sus discípulos, les instruyó a no pensar anticipadamente lo que responderían al estar ante las autoridades competentes, “porque el Espíritu Santo os enseñará en la misma hora lo que debáis decir” (Lucas 12:11,12). En Pentecostés, cuando el Espíritu Santo desciende por primera vez sobre la iglesia, Hechos 2:4 relata que “fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen”.

A esto debemos agregar que todo lo que un creyente puede llegar a producir para la gloria de Dios, ¡es solamente fruto del Espíritu Santo! Ya lo dice Gálatas 5:22: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza…”.

Creo que, como creyentes, continuamente necesitamos ser guiados, enseñados e inspirados por el Espíritu Santo de Dios. Y pienso que una de las bendiciones más grandes es que, puesto que posee atributos propios de una persona, nuestra interacción con Él puede ser tan fluida como lo es con el mejor de nuestros amigos. Podemos hablar con Él, llorar con Él, reír con Él, fortalecernos con Él, y ser pastoreados por Él.

Ronald Delgado, Honduras

¡Disfruta del Espíritu de Dios en tu vida!
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