Traición fraternal

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Traición fraternal


Por: Dr. Álvaro Pandiani*

La traición es uno de los peores actos que una persona puede cometer contra otra; tal vez el peor, entre los que no implican violencia directa. Siempre fue considerado un acto execrable, un pecado infame; históricamente, los traidores, cuando eran descubiertos, recibían un castigo muy severo, en general, la pena de muerte. En La Divina Comedia, Dante Alighieri estructura el Infierno en nueve círculos, que van profundizándose hacia el centro de la tierra; en el poema, el lugar de castigo para los traidores está ubicado en el noveno círculo, el más profundo, ante las fauces del mismísimo Lucifer. Significativamente, Dante ilustra el castigo de los traidores como un extenso lago de hielo, en el que las almas están enterradas hasta el cuello, con su rostro cubierto de hielo; una forma simbólica de representar la frialdad necesaria para traicionar los afectos, la confianza, la amistad, y aun el cariño fraternal que la víctima ha depositado en quien, a la postre, se transforma en traidor. La traición es explotada en historias cinematográficas de conspiraciones y espionaje, lo que parece proyectarla a situaciones de alcance nacional, o internacional. Sin embargo, la vida cotidiana se nutre de historias sórdidas y lamentables que configuran verdaderas traiciones, en las cuales alguien alevosamente pisotea la confianza depositada en él, con fines exclusivamente personales. Un cónyuge adúltero, un compañero de trabajo trepador, un amigo falso, son ejemplos de personas de la vida diaria que engañan, mienten y atropellan la buena fe de quien confió en ellos, en procura de lograr sus propios intereses: obtener placer, escalar posiciones de poder, alcanzar más y mejores réditos económicos. Esos también son traidores.

La degeneración moral es una característica de nuestra cultura pos cristiana. Una cultura que ha desfigurado el concepto de moral, relativizándolo a tal punto que ya todo da igual; lo moral es arcaico, o es redefinido según circunstancias y conveniencias personales; lo inmoral es un chiste, o es presentado como nuevos derechos, y para los mismos se reclama tolerancia; lo amoral campa por sus respetos, en cuanto indiferencia y negligencia por establecer una clara separación entre lo malo y lo bueno, y una distinción definida entre lo que está bien y lo que está mal. No hay nada que esté claramente bien, o claramente mal; todo se argumenta, todo depende de la situación, del contexto, de las emociones del momento; y, sobre todo, de lo que a uno se le da la gana hacer. Es la era del egoísmo. Nuestra cultura pos cristiana ha desfigurado el concepto del amor, vaciándolo de su contenido más elevado, y su significado más puro: el de anteponer el bienestar y la felicidad del otro, al de uno mismo. No nos podemos engañar; por un lado, la debacle moral de nuestro tiempo tiene su causa y explicación en el abandono de la fe bíblica. El abandono de la Biblia como brújula moral se acompaña de argumentos tan diabólicos, esgrimidos por los propulsores de las nuevas moralidades, tales como que la fe y la religión son expresiones de oscurantismo, ignorancia, retroceso en el tiempo, superstición, o también debilidad cultural, y pusilanimidad personal. No nos engañemos; no hay una verdadera tolerancia hacia la fe y la espiritualidad estructurada en una religión; y menos hacia el cristianismo. Pero tampoco –por tercera vez– podemos engañarnos, porque por el otro lado, el abandono de la fe bíblica conduce a una debacle en las relaciones humanas, al egoísmo como estilo de vida y guía de la conducta, a la falta de amor que se interesa en el otro, a la inmoralidad, y a la traición.

Con semejante panorama moral –o inmoral– de nuestro tiempo y cultura, es evidente para nosotros los cristianos que urge ofrecer respuestas desde la fe bíblica; ofrecer opciones, ofrecer un camino. Ese camino tiene un nombre, es Jesucristo. La respuesta a la debacle moral y espiritual de nuestras comunidades es Jesucristo. Pero debemos tener claro que la respuesta, la opción, el camino que el cristianismo bíblico tiene para ofrecer, está lejos de ser bien recibido en el mundo posmoderno; tan lejos como en los tiempos pasados de la modernidad y el racionalismo. Ahora, si hay algo que las personas necesitan ver en quienes pretenden ofrecer una respuesta y un camino para el extravío de nuestra generación, es la autenticidad. Hasta el más incrédulo, inconverso e impío se resiente cuando, detrás de las palabras, sólo hay vacío, en vez de ejemplo de vida acorde al discurso. Eso también es traición; se traiciona el espíritu del evangelio de Jesús cuando quienes profesamos la fe en Cristo no exhibimos un mensaje integral: palabra, conducta y corazón. El apóstol Pablo, escribiendo consejos pastorales a su discípulo Timoteo, habla del “amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida” (1 Tim. 1:5); y refiere que, cuando algunos se desviaron de estas cosas, “se apartaron a vana palabrería” (v. 6), es decir, se transformaron en predicadores huecos, sin sustancia espiritual genuina en sus vidas. Entonces, como hacen las empresas, que ponen la mira en los clientes externos, aquellos que son el objetivo –como consumidores– de sus productos y servicios, pero también en los clientes internos, aquellos que trabajan en proveer esos productos y servicios, como iglesia debemos poner el objetivo de nuestro testimonio en el inconverso, el perdido, el necesitado de Jesús –como lo estuvimos una vez nosotros– y también en nosotros mismos, quienes somos los operadores de la obra del Señor, los obreros de la viña, los agentes del reino de Dios; supuestamente.

A manera de paréntesis, una pequeña ilustración, de muchos años atrás, que viene a propósito. Un amigo y hermano en la fe había incurrido en una conducta inapropiada, moralmente reprochable; se había mandado una macana. Este amigo estaba profundamente arrepentido de su tontería; pero al dolor de su arrepentimiento se sumaba que había recibido más y mejor apoyo y ayuda –incluso emocional– de parte de sus compañeros de trabajo inconversos, que de sus hermanos en la fe. Los hermanos en la fe se habían preocupado más por moralizar, exhortar con dureza y corregir. Por supuesto, estas diferentes reacciones, estas diferentes actitudes, pueden explicarse desde una posición religiosa como tolerancia del inconverso con el pecado; ¿mentiste?, eso es normal; ¿robaste algo?, y bueno, todos roban; ¿engañaste a tu mujer?, eso lo hace todo el mundo. Mientras que el creyente, celoso de la sana espiritualidad y santidad, exhorta con severidad y gesto inflexible al pecador, para que rectifique su camino. Y eso está bien, mientras en el proceso no se traicione el amor que está en la esencia del evangelio. Además, si la interpretación es errónea, y el que está en una situación de crisis no es verdaderamente culpable de nada, la rigidez inflexible, la palabra admonitoria, la acusación y la sentencia, todo comporta una mayor traición contra el amor.

Job, el gran ejemplo de la Biblia de alguien que sufre y no sabe por qué, frente a las acusaciones injustas e infundadas de sus amigos expresó las siguientes palabras: “El que sufre es consolado por su compañero, incluso aquel que abandona el temor del Omnipotente. Pero mis hermanos me han traicionado; han pasado como un torrente, como las corrientes impetuosas” (Job 6:14, 15). Este pasaje, en la traducción DHH, se lee: “Al amigo que sufre se le ama, aun cuando no haya sido fiel al Todopoderoso. Pero ustedes, mis amigos, me han fallado, como arroyos que se quedan secos”. La situación de Job ha sido tema reiterado de esta columna. A la desgracia que le había sobrevenido, se había agregado la interpretación instantánea –sin preguntar– de sus amigos, en cuanto a que lo que le había sucedido era consecuencia de pecados ocultos. Y cuanto más Job defendía su integridad, de forma más y más severa sus amigos lo condenaban como culpable. Hoy en día es posible encontrar, casi que en todas las iglesias evangélicas, modernos “amigos de Job”, que tienen la manía –o el vicio– de interpretar los apuros, luchas, dificultades y sufrimientos de alguien –sobre todo, de alguien ya creyente– como castigo por el pecado. Tan implantado está este pensamiento, que incluso los propios creyentes, ante una lucha o dificultad, se cuestionan y buscan pecados que puedan explicar el “castigo”. Por supuesto, es verdad que el Señor castiga y disciplina a los cristianos. En 1 Corintios 11:31, 32 se lee: “Si… nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo”; y en Hebreos 12:6 está escrito: “El Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo”. Pero cabe tener presente dos cosas: primero, si de verdad podemos pecar a un punto que mueva al Señor a castigarnos, y olvidar por completo ese hecho, ese pecado en particular. En segundo lugar, el verdadero creyente percibe en su espíritu cuándo ha incurrido en algo que ha desagradado al Señor; Efesios 4:30 dice: “No entristezcan al Espíritu Santo de Dios, con el cual fueron sellados para el día de la redención”. Así que, el creyente de verdad lleno del Señor, tiene un movimiento emocional negativo en su interior, cuando ha metido la pata. Además de todo, hay luchas y crisis que –como castigo– parecen excesivas para el pecadillo al cual el cristiano atribuye dicho castigo.

Andar haciendo de moderno “amigo de Job”, ¿no es traicionar el espíritu del evangelio?

Job llega a decir, y esto añade una nueva dimensión a su dolor, que sus amigos, en vez de darle consuelo, lo que hacían era molestar; así, en Job 16:2 se lee: “Ya he oído muchas veces cosas parecidas. Ustedes, en vez de consolarme, me atormentan” (DHH). En el texto citado anteriormente, él refiere otra cosa que también se ve hoy en día: los de afuera se comportan mejor –ayudan, consuelan y dan apoyo– mientras los de adentro proceden peor: critican, “exhortan” –es decir, condenan– sermonean, pero no ayudan. Job afirma algo interesante: “El que sufre es consolado por su compañero, incluso aquel que abandona el temor del Omnipotente” (6:14); en otras palabras, incluso entre los que no profesan fe alguna, aquellos a quienes los cristianos evangélicos mojigatamente llamamos inconversos –o impíos– se da que quien sufre, el que atraviesa circunstancias duras y dolorosas, tiene quien lo consuele, sin críticas, sin moralismos, sin condenas.

Este es un terreno espinoso; indudablemente, esta es una época en que caen muy mal los sermones moralizadores, porque lo que antes casi todo el mundo tenía claro que estaba mal, a eso, hoy en día se le llama derechos, y se invocan argumentos culturales y seudocientíficos para desvirtuar la moral tradicional, que se considera ya superada. Así que es más fácil que, entre quienes no profesan fe ni espiritualidad alguna, se preconicen conceptos como solidaridad, humanismo y tolerancia; la ética depende del color del cristal con que se mire la situación, y el pecado ya no se condena. Entonces que los sin Dios no condenen a los suyos que pasan por crisis derivadas de las consecuencias nefastas de ejercer sus “derechos”, no debe sorprendernos. Pero nos hace fruncir el ceño a quienes seguimos creyendo que hay un decálogo moral absoluto en la Palabra de Dios; nos apura, nos incentiva, nos urge por poner en claro los valores divinos revelados en la Biblia. Eso es muy fácil que derive en el sermón crítico, severo, inflexible, condenatorio; lo que no debe faltar es el ingrediente esencial, también incluido en la Palabra de Dios: el amor. 1 Corintios 13:13 dice: “Ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor”. Jesús dijo en una oportunidad: “Vayan… y aprendan lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento” (Mateo 9:13). Este versículo, en la traducción DHH, suena así: “Vayan y aprendan el significado de estas palabras: “Lo que quiero es que sean compasivos, y no que ofrezcan sacrificios.” Pues yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. Aquí, Jesús de Nazaret hace una referencia a los sacrificios ofrecidos en el Templo de Jerusalén, una forma muy cruenta de visualizar la vindicación de la justicia y la santidad de Dios, ofendido por el pecado humano; y pone por encima de esa práctica religiosa consistente en la muerte del animal ofrecido en sacrificio, la compasión hacia el otro. La compasión hacia el pecador, hacia el moralmente extraviado, hacia el perdido y alejado de Dios por sus malos hechos, por su maldad. Cuánto más, entonces, deberemos ser compasivos con nuestros propios hermanos y hermanas en la fe, incluso con los más descaminados. La compasión y el amor de Jesús deben guiar la exhortación, el consejo y la reflexión dirigida al descarriado, y al que ha incurrido en el pecado y el error. Si no, es como si cometiéramos una traición contra el evangelio.

Un pasaje del Antiguo Testamento resulta muy interesante, al mostrar algo del sentimiento generado en alguien que es víctima de traición fraternal. En el salmo 55:12, 13, se lee: “No me afrentó un enemigo, lo cual habría soportado; ni se alzó contra mí el que me aborrecía, porque me hubiera ocultado de él; sino tú, hombre, al parecer íntimo mío, mi guía, y mi familiar”; este pasaje, en la traducción DHH suena de la siguiente manera: “No me ha ofendido un enemigo, lo cual yo podría soportar; ni se ha alzado contra mí el que me odia, de quien yo podría esconderme. ¡Has sido tú, mi propio camarada, mi más íntimo amigo!”. Otro pasaje de los salmos en el que se expresa el mismo conflicto es salmo 41:9, que dice: “Aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, alzó contra mí el calcañar”; y en la traducción DHH: “Aun mi mejor amigo, en quien yo confiaba, el que comía conmigo, se ha vuelto contra mí”. Este último pasaje en particular es citado por Jesús (Juan 13:18) para anunciar la traición de Judas Iscariote. El nombre de este individuo se ha vuelto tristemente célebre en todas las naciones con herencia cultural y religiosa cristiana, como sinónimo de traición de la peor calaña. Lo que sucedió después con el Iscariote, la desesperación sin esperanza de redención que culmina en suicidio, exhibe la triste condición del traidor, cuando comprende la enorme maldad que implica su acto; eso, y el destino final ignoto, pero nada auspicioso, para el hombre que traicionó al Salvador, y murió sin estar verdaderamente arrepentido. Da la razón a Jesús cuando dijo: “Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido” (Mateo 26:24). Estas son palabras que hacen temblar.

En definitiva, y en resumen, el cristiano o la cristiana pueden pecar, hacer las cosas mal; o puede que estén pasando por pruebas y crisis, sin haber cometido ningún pecado. Está bien exhortar, en el sentido de aconsejar y guiar al arrepentimiento, cuando un hermano o hermana ha pecado deliberadamente, o ha equivocado el camino. El apóstol Santiago dice claramente: “El que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados” (5:20). Pero cuando alguien en dificultades, en crisis, o alejado de Dios, dice que los de afuera fueron más comprensivos, y demostraron más amor, que los propios cristianos, a mí eso me da mucha vergüenza. Recordemos que fuimos llamados a ser una comunidad de amor. No amar a los demás, por encima de todas las cosas –incluso por encima de nuestro propio sentido de la justicia y la santidad– es como traicionar el espíritu del evangelio. Y ser encontrados culpables de traición es un situación muy incómoda, comprometida y complicada. Dios nos libre de eso.

 

* Dr. Álvaro Pandiani: Columnista de la programación de RTM en el espacio “Diálogos a Contramano” que se emite los días martes, 21:00 hs. por el 610 AM. Además, es escritor, médico internista, profesor universitario y ejerce el pastorado en el Centro Evangelístico de la calle Juan Jacobo Rosseau 4171 entre Villagrán y Enrique Clay, barrio de la Unión en Montevideo.

1 Comment

  1. Gabriel dice:

    …16Pero si alguno sufre como cristiano, que no se avergüence, sino que como tal glorifique a Dios. 17Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios; y si comienza por nosotros primero, ¿cuál será el fin de los que no obedecen al evangelio de Dios? 18Y SI EL JUSTO CON DIFICULTAD SE SALVA, ¿QUE SERA DEL IMPIO Y DEL PECADOR?… Mateo 25:32 Reina-Valera 1960 (RVR1960)
    32 y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos.
    Mateo 25:32 Reina-Valera 1960 (RVR1960)
    Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega; y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Recoged primero la cizaña, y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero.
    14 No formen yunta con los incrédulos. ¿Qué tienen en común la justicia y la maldad? ¿O qué comunión puede tener la luz con la oscuridad?
    Incredulos con más amor y sabiduría que viene de lo alto que supuestos hermanos de la fe, posiblemente legalistas, aplicando, si o no, las verdades del evangelio?
    Filipenses 2:2 Reina-Valera 1960 (RVR1960)
    2 completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa.

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